15.7.09

Viejo Lyon (Detalles)














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12.7.09

Campañas al vacío

Ayer salió la segunda columna sobre sociedad y tecnología que escribimos con Sergio para El Espectador. Como la versión en línea es prácticamente inaccesible y además fue recortada, reproduzco a continuación el texto original.
Dentro de la lógica de que Internet es el futuro y la política debe adaptarse al ritmo de los tiempos, los candidatos presidenciales se lanzan a conquistar la codiciada red haciendo presencia en Facebook, Twitter, YouTube y, claro, los blogs. El ejemplo a seguir es Barack Obama, cuya campaña virtual fue fundamental para difundir su discurso y crear una comunidad gigante de voluntarios. El éxito de esta campaña en línea consistió en conectar al candidato con la gente de manera efectiva y sin depender de la intermediación de los medios tradicionales. Obama hablaba y respondía, anunciaba visitas y coordinaba encuentros con una audiencia extensa y de otra manera inabarcable. La idea, sencilla, fue bien implementada y parecería que funcionó, ¿pero tiene sentido reproducirla en Colombia?

No es una pregunta fácil de responder. El impacto del contenido en la red es algo que todavía no entendemos bien. No sabemos, por ejemplo, si la comunidad colombiana en línea tendrá el peso suficiente para afectar de manera significativa los resultados electorales. ¿Bastarán nuestros cerca de 2000 twitteros? ¿O los 12500 blogueros que reporta en su último estudio Bitácoras.com? No es claro. Al vuelo parecería que la red social nacional es todavía inmadura para que valga la pena invertir en su atención, lo que nos lleva a nuevas preguntas: ¿Y entonces por qué lo hacen? ¿Cuál es la motivación de esas campañas?

Si nos basamos en la manera como las llevan, da la impresión de que la única razón por la que existen es para acreditar modernidad. Para poder compararse a Obama y combatir por el dudoso título de ser "el candidato virtual". Una moda apenas cuya utilidad no entienden y por tanto no aprovechan. Pocos se aventuran fuera de los comunicados robóticos, o responden a los comentarios de sus contactos, o intentan crear comunidad. La red es sobrevalorada y subutilizada al tiempo. En ocasiones la torpeza es tal que ciertos candidatos ganan momentáneamente cualidades divinas y están en Pereira según YouTube y en Bogotá según Twitter (ver el blog Doblemachete para detalles). Son campañas empacadas y destinadas al vacío. Lo importante es estar aquí, en el éter, da lo mismo cómo.

Y lo triste es que el impacto podría ser real. Ya hace un año largo comprobamos en la práctica lo que se puede coordinar con algo de interacción en línea: miles de personas salieron a las calles en respuesta a una convocatoria gestada mediante Facebook. El potencial en bruto está ahí. Lo mínimo que uno esperaría de los que pretenden regir el destino de un país en desarrollo como el nuestro es que se tomaran las nuevas tecnologías un poco más en serio.

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Clif (Saw A Cub Bear Breaking Free From The Zoo)


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Loki (Edamame Monster)

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Ayhan (Mann Property Master)

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Lou (Tame Topologist)

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3.7.09

I want you back

1970

2001

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1.7.09

Algunas cosas que hicimos en Madrid (en ningún orden en particular.)

Vimos a un viejo que tocaba el violín en la estación de Sol recién renovada. Su mujer, también vieja, de vestido morado claro, canosa con moño, lo miraba sentada a su lado en un banquito. Era una imagen triste.

Compramos una botella de Moscatel Torres en El Corte Inglés.

Entramos a Tres Rosas Amarillas (una librería especializada en cuento que nos recomendó Martín) y nos espantó el olor a cigarrillo.

(Lo anterior casi que podría aplicarse a Madrid entera, ahora que lo pienso.)

Entramos a Tres Rosas Amarillas con tres objetivos: (0) Conocerla. (1) Mirar si el libro de Cozzolino ya había llegado (No). (Y 2) Comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Tampoco).

(Quería comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti porque Cozzolino habla mucho de esos cuentos y yo he leído muy pocos. Como Cozzolino escribe cuentos tan buenos, pensé que valdría la pena echarle una ojeada más cuidadosa.)

En búsqueda del libro de Onetti (con el de Cozzolino perdí pronto cualquier esperanza («¿El libro de qué? «¿Tulipanes para quién?»)), entramos a varias librerías pequeñas del centro de la ciudad. Entre ellas terminamos en esa que Javier Marías menciona por todos lados (no recuerdo el nombre) y que aparece durante su caminata por Madrid en el tercer tomo de Tu Rostro Mañana. Está sobre la calle mayor. Supe que era ella porque tenía, al fondo a la izquierda, un pequeño altar en honor de J.M. con todos los libros publicados hasta la fecha. También había otro para Arturo Pérez Reverté. Mientras revisábamos las estanterías, el dependiente hablaba con un señor de series de televisión policiacas de los setenta.

Finalmente terminamos encontrando el libro de Onetti en La Casa del Libro de la Gran Vía.

(Hace poco, dicho sea de paso, Amador me hizo caer en cuenta de que la traducción de Gran Vía al inglés sería Broadway.)

Compramos varios buñuelos en algunos de los cafés Juan Valdez. También un par de almojábanas.

Mónica leyó Homage to Catalonia. Yo terminé el libro de cuentos de Wells Tower.

Vimos la exposición de Matisse que había en Museo Thyssen. Nos gustó.

También nos gustó encontrar cuadros de Richard Estes.

Compramos postales para los amigos.

Pasamos frente al museo del Prado y comprobamos que está abierto los martes. Esta vez no entramos.

Comimos el lunes con Juan Camilo y Carolina y el martes con Margarita y Jorge. Hablamos, hablamos y hablamos.

Caminamos muy despacio por la calle Huertas.

Entramos a una oficina sobre el paseo del Prado (?) para pedir un documento que tardó dos años y tanto en ser emitido por el estado español. El proceso en la oficina fue indoloro y estábamos fuera a los diez minutos.

Almorzamos en Burger King.

Vimos un pájaro desconocido saltando en el parque del Retiro. Mónica dijo que probablemente era una paloma silvestre, pero tenía las patas muy cortas.

Oímos cosas en la calle por las noches. Niños corriendo. Camiones de basura. Chorros de agua. Borrachos.

Caminamos por Chueca de tarde, huyendo del sol.

Entramos a varias tiendas de ropa. En algunas ya había rebajas, en otras no.

Caminamos la vieja terminal del aeropuerto de Barajas.

Compramos la edición especial de Time sobre Michael Jackson.

Odiamos el calor.

Peleamos con un señor español que se quería colar en la fila para entrar al avión. Entre dientes lo llamé «Bárbaro». Creo que no le gustó.

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Infinite Summer


(clic)

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29.6.09

Childcare

The cold came late that fall, and the songbirds were caught off guard. By the time the snow and wind began in earnest, too many had been suckered into staying, and instead of flying south, instead of already having flown south, they were huddled in people’s yards, their feathers puffed for some modicum of warmth. I was looking for a babysitting job. I was a student and needed money, so I would walk from interview to interview in these attractive but wintry neighborhoods, past the eerie multitudes of robins pecking at the frozen ground, dun gray and stricken—though what bird in the best of circumstances does not look a little stricken—until at last, late in my search, at the end of a week, startlingly, the birds had disappeared. I did not want to think about what had happened to them. Or, rather, that is an expression—of politeness, a false promise of delicacy—for in fact I wondered about them all the time: imagining them dead, in stunning heaps in some killing cornfield outside of town, or dropped from the sky in twos and threes for miles down along the Illinois state line.
(sigue acá)

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28.6.09

Soliloquio (72): Honduras

Eso de "Golpe de Estado en Honduras" suena tan siglo xx que uno no sabe qué pensar. Para ser sinceros, "Honduras" suena súper siglo xx. Igual que "Vietnam" suena a 1967. "Colombia", en cambio, mantiene vigencia gracias a la-mata-que-mata.

Aunque la-mata-que-mata suena a 1983. O a Sherlock Holmes.

Cuando yo era niño quería ser como Sherlock Holmes y consumir cocaína a la lata mientras enfrentaba perros fantasmas. Pero el romanticismo de la cocaína se deshizo por culpa de las propagandas ochenteras de Bazuco-Bazuco. Y por la propaganda del tipo que se degradaba en cuatro o cinco pasos, no sé si la recuerdan. Era una cosa terrorífica ese Bazuco-Bazuco.

Claro que ahora usan las mismas imágenes (o casi las mismas) para prevenir el consumo de Crystal Meth. De pronto el Bazuco-Bazuco no era tan malo. (Con la diferencia de que a los consumidores de C.M. pierden los dientes. Con el Bazuco-Bazuco no pasaba eso (El Bazuco-Bazuco quemaba la boca. Pero sólo al principio. Luego salía callo)).

Pero a lo que iba era a que la mención a Honduras es para mí como una máquina del tiempo. Me recuerda mi largo viaje a pie por Honduras en 1972.

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26.6.09

El poder de la descripción

In the eighth American-educational grade, Bruce Green fell dreadfully in love with a classmate who had the unlikely name of Mildred Bonk. The name was unlikely because if ever an eighth-grader looked like a Daphne Christianson or a Kimberly St.-Simone or something like that, it was Mildred Bonk. She was the kind of fatally pretty and nubile wraithlike figure who glides through the sweaty junior-high corridors of every nocturnal emitter's dreamscape. Hair that Green had heard described by an overwrought teacher as 'flaxen'; a body which the fickle angel of puberty —the same angel who didn't even seem to know Bruce Green's zip code— had visited, kissed, and already left, back in sixth; legs which not even orange Keds with purple-glitter-encrusted laces could make unserious. Shy, iridescent, coltish, pelvically anfractuous, amply busted, given to diffident movements of hand brushing flaxen hair from front of dear creamy forehead, movements which drove Bruce Green up a private tree. A vision in a sundress and silly shoes. Mildred L. Bonk.
I.J.

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Huevo

Me pareció raro el incidente del huevo. Creo que no lo entendí.

Quiero decir: No entendí el propósito del acto. Ni su valor.

Porque si la intención era insultar a Uribe (un propósito respetable, sin duda, ya que habría sido divertidísimo (y hasta educativo) ver a Uribe lidiando con algo que de veras lo ofendiera, que lo sacara de casillas), el insulto de que "tiene huevo" cantadito así con esa voz temblorosa sonaba sobre todo risible. Si de verdad se trata de insultar, en colombiano no es posible bajar de "hijueputa" sin que la cosa parezca floja o casi tierna.

Así que concluyo que la idea no era insultar, era otra cosa.

Pienso que tal vez el propósito de la mujer era zamparle el huevo en la cabeza a Uribe y que todo lo del movimiento tiene huevo fue un chorro de babas (a.k.a. Plan B) para compensar por su falta de decisión (o súbita incapacidad acrobática). En ese caso faltó entrenamiento. No sólo porque el huevo nunca llegó a su blanco sino porque el chorro de babas subsiguiente hizo parecer a la estudiante de derecho una bobita adoctrinada sin nada que decir. Perdió su oportunidad al micrófono. Ni lo insultó bien ni explicó cuál era su posición ni nada. Sólo tembló y gritó tres tonterías. Tan mal le fue que Uribe, en un acto de aikido político ejemplar, se aguantó la risa y con su sagacidad de showman habitual transformó la intervención en casi que un sketch cómico que de paso le dio la oportunidad de soltar su estudiada retahila en defensa de su gobierno y sus "políticas".

Para la próxima recomiendo práctica, mucha práctica. O mejor abstenerse. Uribe no es un tipo bruto, ¡todo lo contrario!, y sabe jugar en ese terreno. Con esas improvisaciones torpes le dan papaya barata para que luzca ante su público magnánimo, calmado y generoso, y de paso desvalorizan la necesaria oposición (de por sí bastante frágil por estos días).

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Bad (News)


You Know... That man, no message could have been any clearer:
if you wanna make the world a better place
take a look at yourself and then make a change
(clic)

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Sobre cómo un comentario anodino en Facebook se convierte en una macabra profecía


(Ojo a las fechas)

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24.6.09

Ventana

Hoy el cielo en Lyon es azul muy claro y si lo veo por largo rato desde la ventana de repente se vuelve blanco por alguna ilusión óptica rara que ingenuamente atribuyo a un hipotético esfuerzo cerebral de normalizar el vacío ante mí y volverlo del color base, osea blanco (?). En el patio interior que da a la ventana de la sala se dan cita ventarrones espiralados y con ellos vienen los pájaros, que parece que usaran la confluencia eólica como parque de diversiones con algo del peligro: abajo, en el prado, siempre hay gatos gordos entre el retozo y la cacería. A veces los pájaros entran al espacio del patio planeando en bandada, como arrastrados por la corriente, y no sólo pasan muy cerca de nuestra ventana sino que se sienten pasar desde el sofá, así no esté mirando ni esté atento. Se siente el golpe del viento contra el cuerpecito mínimo, casi inexistente, de esos pájaros negros y Plinio, naturalmente, se para de golpe de mi lado y mira la ventana, muy quieto y tembloroso, para ver qué es lo que pasa allá afuera, para entender la naturaleza de la amenaza exterior. Para Plinio allá afuera debe ser más o menos lo mismo que para nosotros es el más allá. Lo mira, al menos, con el mismo respeto y miedo con el que yo creo que miraría afuera si tuviera una ventana en mi sala que diera al reino de los muertos. Los pájaros negros, en su caso, vendrían a ser nuestros fantasmas.

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23.6.09

Medidas de Keisler (y Jacobo Deza)

Una de las técnicas más sexis ahora mismo en teoría de modelos abstracta es el uso de las medidas de Keisler (como generalizaciones de los tipos) en teorías dependientes. (Una medida de Keisler, para el interesado en detalles, es una función del conjunto de fórmulas (con parámetros sobre un conjunto fijo y un cierto número, también fijo, de variables libres) al intervalo [0,1] que es finitamente aditiva (i.e. µ(ϕ(x) ∧ χ(x))+ µ(ϕ(x) ∨ χ(x))=µ(ϕ(x))+µ(χ(x))). Un tipo, entonces, puede ser pensado como una medida de Keisler cuyo rango es {0,1}. (Alternativamente uno puede definir las medidas de Keisler como medidas borelianas sigma aditivas sobre el espacio de tipos con rango [0,1], lo que permitiría en principio extender la noción a contextos no elementales (Dios sabe, eso sí, con qué negro propósito.))) Jerome Keisler (quien entre otras fue asesor de Sergio Fajardo) se inventó esas medidas en 1987 (y estudió cómo funcionaba la bifurcación) pero sólo veinte años más tarde descubrieron la potencia del concepto subyacente mientras estudiaban grupos definibles en teorías o-minimales. Con mucha frecuencia aparecen ejemplos en matemáticas de conceptos poderosísimos que fueron definidos mucho antes de que se pudiera explotar plenamente su potencial. Son tan bien planteados calibrados desde el principio que cuesta creer desde acá que quienes los descubrieron no tuvieran esas aplicaciones futuras en mente. Me hacen pensar en Jacobo Deza, el protagonista de varias novelas de Javier Marías, y cómo nace inocentemente (y casi sin nombre) en Todas Las Almas con todos los ingredientes que necesitaba para convertirse una década más tarde en el protagonista de la trilogía de Tu Rostro Mañana, que en retrospectiva parece contenida en potencia en la primera novela aunque es imposible que fuera efectivamente así. Siempre he querido preguntarle a Javier Marías si conocía el rostro mañana de Juan (Jacobo) Deza (si sabía que regresaría a Inglaterra, si sabía que conocería a Tupra, si...) cuando escribió Todas Las Almas.

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La naturaleza de la diversión

Enterándome de los detalles de este proyecto (pasen y ojalá participen, por cierto) terminé leyendo hoy varios textos disponibles en esta larga lista. Me gustaron mucho las reflexiones de este en especial:
The best metaphor I know for being a fiction writer is in Don DeLillo's "Mao II," where he describes a book-in-progress as a kind of hideously damaged infant that follows the writer around forever crawling after the writer (dragging itself across the floor of restaurants where the writer's trying to eat, appearing at the foot of the bed first thing in the morning, etc.), hideously defective, hydrocephalic and noseless and flipper-armed and incontinent and retarded and dribbling cerebo-spinal fluid out of his mouth as it mewls and blurbles and cries out to the writer, wanting love, wanting the very thing its hideousness guarantees it'll get: the writer's complete attention.
Mis proyectos de ficción hasta ahora han sido bastante breves y más bien descuidados así que no puedo decir que entiendo a lo que se refiere, sin embargo me gusta la imagen y cómo a través de ella Wallace desarrolla la idea (obvia pero fácil de olvidar en la práctica) de que hay ciertas etapas de frustración en el trabajo creativo que (si se mastican digieren apropiadamente) a su vez alimentan y enriquecen la sensación de diversión general que debería primar.

(Ahora que lo pienso, sí que entiendo a lo que se refiere, aunque no pensando en la escritura sino en el trabajo en matemáticas, donde me he enfrascado con éxito parcial en proyectos suficientemente grandes como para que pese. Pero de eso prefiero no hablar porque no me gusta llorar en público.)

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21.6.09

Coraline, de Henry Selick


(Un comentario sobre Coraline en Ochoymedio)

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La esperanza del Sudoka

Alguna vez el sudoka practicó en un páramo. Quería comprobar si podía aislar la práctica del mundo. Una vez instaló su carpa de toda la vida prendió una vela y asimiló doce de nueve por nueve del librito que le trajo su prima de Nueva York: Sudoku Master Vol. 37. Luego se quedó dormido.

Por mucho tiempo el sudoka pensó que el viejo japonés que salía en las portadas de la serie Sudoku Master era el creador del Sudoku. Años más tarde se enteró de que el creador del Sudoku se llamaba Howard Garns y había nacido en Connersville, Indiana. Era arquitecto.

El de la portada, por su parte, era un modelo y actor hawaiiano de apellido Tanaka. De joven logró cuantiosos papeles menores en series policiacas.

Cuando el sudoka despertó estaba en el hospital. Habían pasado tres días. Tuvo suerte: casi se muere. Por fortuna dos excursionistas suecos pasaron junto a su carpa y se acercaron a pedirle indicaciones. Cuando no respondió le preguntaron si estaba bien. Cuando de nuevo no respondió lo arroparon y lo llevaron a toda carrera hasta la estación, a tres kilómetros de distancia.

Precisamente fue en el hospital, recuperándose del incidente, donde el sudoka conoció a Esperanza.

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