He wouldn't wake up till he died again.
Para recordar a Kuki Florcita, que nos dejó a medianoche.
"You know Sven? The man that takes care of the gym?" he asked. He waited till he got a nod from Nicholson. "Well, if Sven dreamed tonight that his dog died, he'd have a very, very bad night's sleep, because he's very fond of that dog. But when he woke up in the morning, everything would be alright. He'd know it was only a dream."J.D. Salinger, Teddy.
Llega a París. Charles de Gaulle a las ocho de la mañana. No es el terminal A ni el B, es un misterioso terminal C que no aparece en los mapas y niega la policía. Camina hasta la estación del tren y luego de unos minutos de estudio de la situación decide que su fila es aquella, la de la ventanilla que atiende la mujer negra de gafas y vestido morado con vetas rojas. Uno a uno van pasando todos los viajeros por el frente de la matrona africana que los mira, les lee la mente y la fortuna y les expide un número apropiado de tiquetes que pasa por debajo de su jaula de vidrio no sin antes soltar un consejo. A usted le dice algo que, claro, usted no entiende, así que baja la cabeza para agradecer (rezando que el lenguaje universal de los signos incluya ese gesto) y emprende su camino hacia el tren. Una hora lo separa del centro. Una hora que se pasa volando mientras usted se concientiza de que por fin logró su sueño de infancia y luego, aterrado, descubre que ya no le quedan más en la lista.
A su lado hay un hombre de gafas que musita palabras aspirándolas mientras llena páginas y páginas de un cuaderno con garabatos. Entre sus piernas sostiene —aprieta— una bolsa de plástico con más cuadernos. Usted también tiene su cuaderno y lo saca y mira los garabatos que escribió en la última página utilizada. No hay mucho que agregar a lo ya hecho. Si el argumento está bien, todos ganamos, pero especialmente usted, porque de ahí, de ese cálculo a medias escrito a la izquierda, pende la otra mitad de ese artículo que tiene pendiente y al que esa conferencia la semana pasada en el pueblito alemán le hizo tanto bien. Las conferencias de matemáticos son como las salidas de campo de los biólogos, piensa. Luego se pregunta cuantas especies nuevas descubrió en esta ocasion, ¿dos?, ¿tres? Cuatro si contamos a la rumana de ojos verdes que hacía teoría de números y hablaba español con un dejo mexicano rarísimo, pero no vale la pena contar a la rumana: a esa nunca la volverá a ver.
El hostal no es el más limpio ni el mejor en el que ha estado, pero caminando hacía él vió, del otro lado del río, la emblemática torre Eiffel y se acordó de inmediato de ese afiche que había en la casa de su papá: uno de esos afiches en blanco y negro que todos los francófilos colombianos tienen y que mira la ciudad desde un helicoptero parado unos kilómetros al oeste de la torre. A esa caminata, y a toda la ciudad, le viene entonces muy bien un cambio al blanco y negro de las fotos de su padre. En blanco y negro inmediatamente nos sentimos en el pasado así que al lado suyo va su perro de infancia: un pseudo-labrador gris claro de ojos amarillos y despiertos que responde al nombre de Pulgo. Pulgo se murió una noche, usted se acuerda: regresaron de Cartagena y lo encontraron acostado en el patio, levantó un poco la cabeza y los miró, se despidió. Le hablaron y lo llevaron a la sala de televisión, estuvieron todo el tiempo junto a él, dejó de respirar hacia la media noche, cuando en el televisor se escuchaban los últimos acordes del anquilosado himno nacional. No importa, Pulgo y usted caminan por París hasta el Hostal que atiende un árabe narizón y sospechosamente risueño que le entrega una toalla y una llave y le dice el número de su habitación: el ocho.
En la habitación ocho hay tres personas más: dos franceses del norte que a sus tiernos diecisiete vienen a conocer París auspiciados parcialmente por sus padres, y un japonés encogido y elegante que, al usted entrar, se levanta de la cama y lo saluda con una profunda reverencia para luego ofrecerle la mano. En los dos incisivos superiores del japonés se podría jugar cómodamente tenis, en el aliento del japonés vive el alma en pena de Godzilla. Usted se cambia de camisa y de medias. El japones lo mira sentado desde su cama. Saca el morral de caminatas urbanas, lo carga con su cámara, su cuaderno y un libro en francés de Grupos de Lie y se dispone a salir. El japonés se le acerca y le pregunta en francés algo. Usted no entiende. El japonés saca su diccionario japonés-francés electrónico, usted saca su larousse de bolsillo español-francés. Tras dos minutos de intercambio lento de palabras, descubre que el japonés le preguntaba si iría a visitar museos. Oui, oui, dice, y el japonés, con señas descabelladas pero particularmente comprensibles —se nota que tiene experiencia— le pregunta si puede acompañarlo. Oui, oui, dice usted haciéndose eco. Merci, merci, dice el japonés. Usted señala en su diccionario la palabra correspondiente a Mañana, el japonés baja la cabeza varias veces y empuja aire hacia afuera por la nariz haciendo un sonido seco. Más reverencias en la puerta. Más aún a la salida del hostal. Usted saca su mapa, lo mira una vez, lo guarda y, convencido de haberlo memorizado, se prepara para perderse en París.
Al medio día camina por la rivera del Sena y se acuerda que de eso hablan en Rayuela. Hay ventas de libros usados en cajas de madera verdes apostadas contra el muro que da al rio. Hay gente caminando por todos lados y largas filas frente a panaderías. En la plaza de la concordia se toma una foto a sí mismo con el obelisco al fondo. Aún no tiene el coraje suficiente para pedirle a alguien más que le tome una foto, le parece que eso es una actividad privada y que a usted no le interesan las visiones que desconocidos puedan plasmar, así que estira el brazo, mide el ángulo y click. El obelisco sale a la derecha y usted a la izquierda de perfil con mirada sospechosa y ceja levantada. No se le ve el pelo. Se sienta en un banquito del jardín de Tuileries y vuelve al asunto del cálculo. No está seguro si esa relación es simétrica o si al decir simetría se refieren a lo que deberían referirse. Tampoco está seguro que la noción de rango propuesta sea equivalente a la estandar pero en ese caso confía ciega y tontamente en el buen juicio de su asesor, que por estos días anda en las playas de Ravello en una casita que alquiló para el verano.
A las dos va a almorzar. El restaurante elegido fue recomendado por un amigo de un amigo de una amiga. No es barato pero resulta muy bueno. Luego camina más y más. El rio hace imposible el plan de perderse, lo mismo le pasó en Londres. Al menos a pié nunca lo logrará. Notre Dame al inicio de la tarde, luego caminar por el barrio latino tarareando «dime si soy latino», luego una crepe de nutella con banano en Le p'tit grec, o algo así. Luego encuentro sorpresivo y de frente con el panteón y un nuevo descanso frente al monumento mortuorio en el que el cuaderno se sale del morral, se acomoda en sus piernas y le insiste que hay algo mal ahí que usted no está viendo. Con el tiempo se ha vuelto inseguro, ése cambio lo ha vuelto ineficiente y lento. Inseguro o no, algo anda mal ahí. No puede ser cierto esto —subraya la linea—, ni tampoco ésto —rodea la afirmación con un círculo repasado cuatro veces—. Entra a ver el péndulo, sale decepcionado al descubrir que no hay un pentagrama ensangrentado bajo él ni señales de una masacre peculiar ocurrida hace por ahí veinte años.
Vuelve a Tuileries. Más matemáticas. Está obsesionado con esas dos lineas dudosas y lo empezó a perturbar la hipótesis en principio inocua que había usado con tanta gracia en la primera parte pero que ahora luce artificiosa y falsa. A las ocho se come un sandwich rápido y vuelve al hostal. En lugar de ir a su habitación baja al bar. Ahí está el japonés, hablan. Durante los siguientes tres días —tres de los cuatro días que pasó en Paris—, el japonés de nombre indefinido que usted llamaba Kotaru se convierte en su sombra. Una sombra, valga la pena anotar, que invita a cerveza y a dos almuerzos y también paga la entrada del museo de Orsay. El japonés mira los cuadros lentamente y usted prefiere pasar rápido sobre todos y detenerse prolongadamente en aquellos que le llamen más la atención. De alguna manera y pese a su paso calmado, como si fuera un asesino de película, el japonés nunca parece alejarse demasiado de usted. Su sueño de hacer matemáticas en París se difumina de improviso.
Poco a poco una conversación toma lugar. Es una conversación lenta muy apropiada al consabido paso de tortuga del tipo y la ineficacia comprobada del sistema de comunicación adoptado, que incluye traducciones japonés-español, con un dudoso francés de intermediario, combinando las palabras gramaticalmente como si hablaran en inglés y recurriendo a señas cada tanto. Las razones por las que no intentan simplemente hablar en inglés son un misterio. A la salida de Louvre, sentados tomandose un café, usted se da cuenta que la conversación dejó hace horas el terreno sólido de los lugares comunes y se situa ahora en uno un tanto fangoso. De alguna manera el japonés descubrió que usted estudió alguna vez filosofía y entusiasmado ha decidido hablarle sobre las diferencias chocantes que él percibe entre la filosofía oriental y la occidental, pura confusión de términos. Es una discusión que pese a su cadencia cumbiambera resulta airada y envolvente. El japonés no entiende muchas cosas y pretende que usted se las explique y entonces usted le explica, en cambio, que ahora si que entiende menos y el japonés se asusta, pide disculpas, y rearma su frase añadiendo nuevos enigmáticos ingredientes a la conversación.
Su último día en París, usted y Kotaru caminan por la ciudad como si les perteneciera. Kotaru reemplazó hace día y medio al pulgo y ha hecho su visita a esa ciudad mucho más entretenida y extaña de lo que usted se la imaginaba. El centro Pompidou está cerrado por remodelaciones así que terminan yendo al cementerio de Montparnasse donde le deja una flor a Cesar Vallejo. En el metro de vuelta al centro se entera, leyendo el panfleto turístico que compró el japonés, que ahí también estaba enterrado Cortazar. Maldice su suerte y le explica al japones. Él inmediatamente pide disculpas.
En el bar del Hostal, haciendo tiempo antes de la partida, el japonés lleva la conversación a su punto más álgido: ¿es el concepto de la fuerza en StarWars oriental o, por el contrario, tiene sus raices en ideas occidentales? La pregunta admite varias respuestas cada una con varias variantes. Nunca logran salir de ahí, el climax de la discusión es también su cierre, un cierre homicida que es alentado con la promesa de que continuarán la conversación por e-mail. Por supuesto, nunca intercambian correos, apenas si acaso un abrazo en el apuro al descubrir que se hizo demasiado tarde. Kotaru volverá a Tokio el otro día, usted toma esa noche un avion hacia Barcelona. En la sala de espera del terminal paria rememora los cuatro días en la ciudad luz, se pregunta qué sucedió, se pregunta si valió la pena, recuerda. A su lado está Pulgo en blanco y negro de nuevo. Cuando usted llegaba a la casa Pulgo le saltaba al pecho y lo tumbaba. Pulgo corría por toda la casa y patinaba a dos metros de la puerta para que lo dejaran salir. Ahora está callado con la lengua afuera mirándolo como esperando una orden. La orden que espera llega por los altoparlantes, invitan a los pasajeros a abordar. Pulgo se desvanece y se queda en Paris, usted se sube en un avión y empieza el lento proceso de transmutar lo ocurrido en un sueño. Ésto es lo que queda al final.
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Reinaldo Cadena nació en Medellín en 1980 y murió en la misma ciudad en 1998 tras recibir un tiro en la frente procedente de las sombras de un pastizal cerca a su barrio. Entre el primer y el segundo incidente, Reinaldo Cadena mató a treina y cinco personas incluyendo su madre, su hermanito, su tio y su perro de toda la vida, Tron. Esta última muerte, me contó alguna vez, fue la única que propinó movido por amor. Hubiera matado a su padre de haberlo conocido, me dijo también. Reinaldo tenía pómulos afilados y colorados, fumaba desde los nueve, pero nunca metió vicio, y desde los doce jamás había estado a más de un metro de su revolver, un smith and wesson modelo 10 que le robó a un vecino bocón, borracho y pendenciero que había sido policía. Él fue su primera víctima.








