Reporte desde Lorica.
1.

Casa en San Sebastián
Hoy al almuerzo Silvia nos dijo que alguien le había dicho que ese cuento de dios era para los pobres, porque los ricos no lo necesitaban. Silvia dice esto mientras se queja de su postoperatorio eterno que le dejó una pierna más pequeña que la otra y un dolor insoportable en la rodilla izquierda. Parece que los médicos se equivocaron y corrigieron primero lo que había que corregir más tarde. Tiene una cicatriz que le abraza la rodilla, parece una pitón miniatura empecinada en asfixiar el pedazo de hueso y carne. Luego de eso nos cuenta que el padre les contó el domingo la historia del hombre de la inundación que no se deja rescatar porque está esperando a dios. Nos dice todo eso para justificar su renuencia a ir a una rezandera amiga de la tía de Gabriel que le prometió mejoría en horas y satisfacción garantizada.
2.

Ciénaga Grande de Lorica desde el restaurante Villa Celina (Momil, Cordoba)
Por la tarde fuimos a ver la ciénaga desde distintas partes. Desde todos los ángulos, comprobamos, se ve exactamente igual. Esto corrobora su inmensidad. Hay pájaros en la ciénaga y M. se queja de no haber comprado no sé qué libro de aves de Colombia el otro día que lo vimos. Estaba caro.
3.
Volver a Lorica es como viajar en el tiempo. Lorica, ya lo he intentado explicar muchas veces, es inmune a los devenires de la vida, se preserva inmutable y lo hace dudar a uno que realmente creció, que todo el tiempo que uno siente atrás está ahí. Volver a Lorica es mi manera personal de comprobar la existencia de un pasado. La última vez que estuve acá vine con Tomás, Elena y Gabriel. Por ahí estuve ojeando el libro que Tomás leía por esos días, Los cuadernos de Lanzarote de Saramago. Una cosa buena de ese diario, tras leer las novelas del portugués, es que permite ver de cerca la manera como esas ficciones fueron concebidas. Hasta Encontrado sale.
Kuki también desapareció. El patio está vacío y sus ladridos de bienvenida fueron reemplazados por los maullidos del nuevo inquilino, una gata que mi mamá decidió adoptar y con la que comparte su solitaria vida en el pueblo. El río está bien, baja de nivel por estos días. La ciénaga está repleta, ahogada de tanta agua.

Casa en San Sebastián
Hoy al almuerzo Silvia nos dijo que alguien le había dicho que ese cuento de dios era para los pobres, porque los ricos no lo necesitaban. Silvia dice esto mientras se queja de su postoperatorio eterno que le dejó una pierna más pequeña que la otra y un dolor insoportable en la rodilla izquierda. Parece que los médicos se equivocaron y corrigieron primero lo que había que corregir más tarde. Tiene una cicatriz que le abraza la rodilla, parece una pitón miniatura empecinada en asfixiar el pedazo de hueso y carne. Luego de eso nos cuenta que el padre les contó el domingo la historia del hombre de la inundación que no se deja rescatar porque está esperando a dios. Nos dice todo eso para justificar su renuencia a ir a una rezandera amiga de la tía de Gabriel que le prometió mejoría en horas y satisfacción garantizada.
2.

Ciénaga Grande de Lorica desde el restaurante Villa Celina (Momil, Cordoba)
Por la tarde fuimos a ver la ciénaga desde distintas partes. Desde todos los ángulos, comprobamos, se ve exactamente igual. Esto corrobora su inmensidad. Hay pájaros en la ciénaga y M. se queja de no haber comprado no sé qué libro de aves de Colombia el otro día que lo vimos. Estaba caro.
3.
Volver a Lorica es como viajar en el tiempo. Lorica, ya lo he intentado explicar muchas veces, es inmune a los devenires de la vida, se preserva inmutable y lo hace dudar a uno que realmente creció, que todo el tiempo que uno siente atrás está ahí. Volver a Lorica es mi manera personal de comprobar la existencia de un pasado. La última vez que estuve acá vine con Tomás, Elena y Gabriel. Por ahí estuve ojeando el libro que Tomás leía por esos días, Los cuadernos de Lanzarote de Saramago. Una cosa buena de ese diario, tras leer las novelas del portugués, es que permite ver de cerca la manera como esas ficciones fueron concebidas. Hasta Encontrado sale.
Kuki también desapareció. El patio está vacío y sus ladridos de bienvenida fueron reemplazados por los maullidos del nuevo inquilino, una gata que mi mamá decidió adoptar y con la que comparte su solitaria vida en el pueblo. El río está bien, baja de nivel por estos días. La ciénaga está repleta, ahogada de tanta agua.
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Es dificil decidirse. 







