26.11.05

Over. Roger.


Visiten a Mad Meg mientras regreso.

My son used to believe that he could look at a plane in flight and make it explode in midair by simply thinking it. He believed, at thirteen, that the border between himself and the world was thin and porous enough to allow him to affect the course of events. An aircraft in flight was a provocation too strong to ignore. He'd watch a plane gaining altitud and taking off from Sky Harbor and he'd sense an element of catastrophe tacit in the very fact of a flying object filled with people. He was sensitive to the most incidental stimulus and he thougth he could feel the object itself yearning to burst. All he had to do was wish the fiery image into his mind and the plane would ignite and shatter. His sister used to tell him, Go ahead, blow it up, let me see you take that plane out of the sky with all two hundred people abroad, and it scared him to hear someone talk this way and it scared her too because she wasn't completely convinced he could not do it. It's the special skill of an adolescent to imagine the end of the world as an adjunt of his own discontent. But Jeff got older and lost interest and conviction. He lost the paradoxical gift for being separate and alone and yet intimately connected, mind-wired to distant things.
D. de Lillo, Underworld
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25.11.05

Patricio Mora (1932-2005)

Para Aranta, con quien hablé del asunto.

A sus setenta y tres años muere en Las Vegas el gran Noriyuki "Pat" Morita, reconocido mundialmente por su papel como Kesuke Miyagi en la serie de películas y series de televisión Karate Kid. No es mi intención hacerle con esta entrada un homenaje al señor Morita, mal haría yo. Al contrario, quiero aprovechar lo ocurrido hoy para contarles cómo conocí yo a Pat Morita una noche de julio del año pasado en Chicago, junto a Hernando Tellez, mientras me comía una torta "con todo" en un restaurante pequeño cerca a la estación de Belmont de la linea azul.

Bueno, el asunto es que estábamos ahí tomándonos nuestras cervezas y disfrutando del tradicional ambiente mexicano que ofrecía el sitio cuando entraron dos tipos borrachos y se sentaron en una mesa. «¡Saul!», gritó el más viejo de los dos, «¿Nos traes unas carnitas?». Saul asomó la cabeza desde la puerta de la cocina y dijo «¡Híjole! Pero si es Patricio. Rosa, mira quién vino. ¿Cómo andas, güey?, no me habías contado que andabas por acá.». Saul y Rosa salieron de la cocina, Rosa traía a una niña pequeña de la mano y fueron al encuentro del tal Patricio y el viejo se paró para darle a cada uno su sendo abrazo y luego admirarse de lo mucho que había crecido María Eugenia desde la última vez que había venido.

Nano, que es más observador, se dio cuenta primero. «Oiga, Javier, sí o no que ese viejo es igualito al señor Miyagi», me dijo. Yo me volteé y lo miré y le dije a Nano. «No, Nano, ese tipo es el señor Miyagi». «¿No joda, será?», me dijo Nano. Lo miramos con cuidado mientras hablaba en perfecto mexicano con Saul y Rosa. Estaba un poco envejecido pero no lo suficiente para que las facciones no lo delataran. Tenía una camisa roja de flores blancas y verdes y un pantalón de drill color crema. Andaba en sandalias y tenía un reloj dorado muy grande, parecía de oro.

Esa visión nos golpeó profundamente. Nano, que llegó a cinturón rojo de karate gracias a su admiración por Daniel San y su deseo constante de emularlo, simplemente no podía creer que el señor Miyagi estuviera sentado a dos mesas de nosotros comiendo chicharrones carnudos y grasosos y preguntándole a Saul por la familia en Tijuana. No nos atrevimos a decirle nada, al cabo de un rato nos fuimos. Esa misma noche regresamos a Urbana. En el camino, por andar hablando de eso, nos perdimos. El viaje de Chicago a Urbana nos tomó cinco horas. Un record.

Durante las semanas siguientes volvimos varias veces sobre el asunto. Yo busqué cosas por internet, contactamos a un par de amigos de Nano que ahora son actores en Los Ángeles, yo le escribí a David Toro y a María del Pilar, mis amigos en el D.F., y les sugerí que consultaran con gente "del medio". Un dato clave que teníamos era que Internet Movie Database ubica el inicio de la carrera cinematográfica de Morita en el 67 con la película Thoroughly Modern Millie. Esto quería decir que Morita había iniciado su carrera a los 35 años, sospechósamente tarde. ¿Qué había hecho Morita antes de eso?

Los resultados de las averiguaciones que dan respuesta a la pregunta propuesta se resumen en el siguiente informe escrito hace ya seis meses y que pensaba anexar a mi libro de ensayos sobre cine, a publicarse el próximo año.
La historia secreta de Pat Morita

Patricio "Morita" Mora nació el 28 de junio de 1932 en Ciudad Juarez, México. Sus padres, un ebanista y una cocinera de hotel, lo sobreprotegieron cuando niño -es hijo único- condenándolo a esa personalidad evasiva y conflictiva que luego lo caracterizó durante toda su vida y que le valió tantos encontrones con la prensa. En la escuela se distinguía especialmente en matemáticas, español y literatura, educación física y estética.

Durante sus años colegiales acumuló una serie de apodos entre sus condicípulos; entre ellos vale la pena mencionar El chino (por su fisionomía oriental producto de siglos de mestizaje), Moco Mora (?), Chaparrito Mora (siempre fue el más pequeño de su clase) y finalmente, ya para graduarse, Morita, que es como lo conocen ahora todos sus amigos cercanos. Durante su adolescencia, como todos los niños del barrio, se aficionó a la lucha libre y era asistente regular a la Arena Panamericana (antes llamada Nacional), en la avenida Ferrocarril con Mejía. Su papá lo llevaba los domingos luego de ir a misa.

Entre sus ídolos de infancia se destacan "El Calabacita" Álvarez, "El Charro" Trejo, Jack Parely y "El Toro" Gómez. A los dieciseis años estaba convencido que quería ser luchador y así se lo hizo saber a sus padres, quienes, escandalizados, le propusieron que tomara clases de karate en una academia recién inaugurada por un gringo cerca a su casa. La estrategia no dio resultado. Con su sobreinflada mesada diaria, Patricio asistía a clase de karate y luego a un gimnasio cercano administrado por quien luego se convertiría en el mítico Miguel Ángel "El Cobarde" Delgado, donde él pagaba de su bolsillo el entrenamiento para convertirse en un luchador.

A los dieciocho, cansado de los reclamos constantes de sus padres, se fue de su casa a vivir con Tulia Guarizo, una hija de brasileros cuatro años mayor que él que atendía una farmacia y dictaba clases de inglés. Para sostenerse, Patricio trabajaba como asistente de mecánica automotriz en un taller cerca al tradicional Mercado Cuauhtémoc. A los diecinueve participó en su primera pelea como aficionado en la Panamericana con el mote de "El Chino Morita". Fue derrotado al segundo round y permaneció inconsciente una semana. Las siguientes dos peleas tuvieron resultados similares aunque, gracias a que mejoró su técnica de caida, nunca volvió a quedar inconsciente más de veinte segundos.

Corajudo y terco, Patricio seguía intentando triunfar. Fue en una de esas peleas fallidas donde conoció al director de cine mexicano Fernando Méndez, quién, admirado por la destreza de Patricio para los saltos y su resistencia ante los duros castigos de sus oponentes, lo visitó en la enfermería para proponerle trabajo como extra en un proyecto que estaba preparando. El proyecto era nada más y nada menos que la famosísima Ladrón de Cadáveres, una película de terror en el ambiente de la lucha libre; tal vez una de las primeras del género.


W. Ruvinskis como El Vampiro en Ladrón de Cadáveres

La primera aparición de Patricio Mora en pantalla grande ocurre, pues, en una de las primeras escenas de Ladrón de Cadáveres, cuando Guillermo "El Vampiro" Santana (representado por el actor letón Wolf Ruvinskis) lanza a Patricio por los aires del ring reventándolo contra la silletería. Varias escenas mas tarde es uno de los rufianes que protegen al malvado Panchito. En esta escena, sin embargo, Patricio sale enmascarado y es despedido por los aires -de nuevo- cuando Santana, transformado por Panchito en un monstruo, despierta.

Ladrón de Cadáveres tuvo éxito y Méndez lo aprovechó para producir su díptico El vampiro y El ataud del Vampiro con los que se consagró como el patriarca indiscutible del cine de terror mexicano. En ambas películas, versiones mexicanizadas de Drácula, Patricio Mora actuó haciendo varios papeles y algunas escenas peligrosas. A su trabajo con Méndez, de quien fue desde ese entonces gran amigo, le siguieron trabajos cortos en Dos fantamas y una muchacha (1958) y El esqueleto de la señora Morales (1959), ambas dirigidas por el polémico Rogelio Gonzales. Luego hace un papel menor como soldado en La sombra del caudillo (1960) y después, apareciéndo en los créditos como Noé Maruyama, realiza su primer parlamento en una escena corta de Los hermanos del Hierro (1961). Como es obvio, alterna su carrera como doble y extra con su oficio como mecánico, ahora asentado con Tulia en el distrito federal.

La elección de Noé Maruyama como su pseudónimo artístico dura poco tiempo, pero el espiritu de usar nombres asiáticos pervive, tal vez para explotar su exótico rostro. En el sesenta y dos hace un extra en El ángel exterminador de Luis Buñuel, su escena no aparece en la versión definitiva, Buñuel se excusa asegurando que luce sobreactuado. Patricio se deprime, es despedido de su trabajo como mecánico, Tulia le propone viajar a los Estados Unidos. Él no lo piensa dos veces y le sigue el juego a su mujer. Hacen el viaje hacia el norte, pasan por Juarez y visitan a sus padres, es el año 1964. Don Gustavo, el papá de Patricio, morirá al año siguiente. Doña Estela, la madre, lo seguirá un año más tarde. De ahí viajan a Tijuana y de Tijuana van a Los Ángeles, donde contactan a una prima de Tulia que les consigue empleo en una tienda de telas administrada por un chino déspota, el señor Lu.

Patricio se rehusa a dejar su carrera cinematográfica atrás. Visita los estudios en Hollywood y deja hojas de vida con el pseudónimo de Pat "Noriyuki" Morita, pero finalmente se decide por Noriyuki "Pat" Morita. No es claro de donde saca el nombre. La vida es dura en Los Ángeles, en el 65 Tulia queda embarazada, Patricio se hace a otro empleo, por las noches, para ahorrar algo de dinero antes de que el niño nazca. El niño nace muerto, Tulia se derrumba, Patricio no sabe qué hacer. Tulia dice que quiere volver a México, Patricio le pide tiempo. En octubre de 1966 Tulia decide regresar, Patricio dice que él se queda. La separación es dolorosa y nunca más se vuelven a ver. Dos semanas después de la partida de Tulia, Patricio recibe una citación para un casting. George Hill lo ve y no lo deja hablar. «¡Es perfecto!», dice. La asistente de dirección le entrega el guión y le indica que su papel, con apariciones en escenas 2, 15, 30, 41 y 77, es Oriental No. 2. En 1967 aparece hablando en un inglés entrecortado con un acento ursurpado al señor Lu1 en Thoroughly Modern Millie, canta una canción. Es en ese momento cuando se inicia la historia que todos sabemos.

Esa historia oficial, sin embargo, está incompleta. Mora vuelve en varias ocasiones a México donde, gracias a su éxito en Hollywood, participa como doble con parlamento en unas cuantas películas mexicanas exitosas, alcanzando la cumbre en 1982 cuando actua junto al Santo, con el pseudónimo de Stephen Cheng, en La furia de los Karatekas, que sería recordada como al última película en la que actuó el enmascarado. También sale sin créditos en: Las bestias del terror (1972, Demonio #4), Mariachi: Fiesta de Sangre (1977, Charro #7) e Ilegales y Mojados (1980, Coyote Muerto #2). Así mismo, hace un corto cameo en el episodio número 337 de Los ricos también lloran, cuando ya era famoso por Karate Kid.
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1Hemos discutido mucho el asunto de la proveniencia del acento oriental de Patricio al hablar en inglés. Hay tres versiones al respecto, no nos decidimos: 1) Patricio quería agregarle credibilidad a Oriental No. 2 y se basó en el acento de su jefe, pero realmente hablaba con acento chicano (no hay pruebas); 2) Patricio heredó inconscientemente el acento de su jefe y era su único acento en inglés; 3) Patricio realmente nunca aprendió inglés y memoriza los parlamentos fonéticamente, como Shakira, George W. Bush y Jean-Claude Van Dame. Eso explica el aire místico y medio ausente del señor Miyagi que le valió la nominación al Oscar.

Nota al margen: Ojo a este video.
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23.11.05

Floro Parga.

Grandes son los desiertos, y todo es desierto.
No son algunas toneladas de piedras o ladrillos a lo alto
Que disfrazan lo solo, lo solo que está todo.
Grandes son los desiertos y las almas desiertas y grandes
Desiertas porque no pasa por ellas sino ellas mismas,
Grandes porque de allí se ve todo, y todo murió.

(Álvaro de Campos, As Almas São Desertas E Grandes)
Es de esas cosas que a uno le cuentan pero como lucen tan distantes, nadie las cree. A Floro mientras creció todo el mundo le dijo que iba a llegar el día en que iban a venir a llevárselo, que uno no podía vivir toda su vida en el hogar. Floro no les creía porque para él el hogar no era un sitio de paso, como para todos los demás. Para él era su casa, era el lugar donde había crecido, sus madres eran las cinco o seis directoras que habían pasado por la oficina al fondo del pasillo, él les escribía cartas en diciembre deseandoles feliz navidad y contándoles que en el hogar todo estaba bien, que doña Mercedes, la cocinera, había prometido que para el venticuatro haría pollo al vino, que el mes pasado la mamá de Eliecer había aparecido -¿o había salido de la carcel?- y se lo había llevado con ella. Eliecer era el único de su edad, tenía trece, y habían llegado al hogar con un mes de diferencia, eran como hermanos. Señorita Caviedes, escribía Floro en su carta, yo quisiera pedirle que se acordara de mí en sus oraciones para que algún día mi mamá también venga por mí y me recoja, yo sé que eso no está en sus manos, pero la hermana Estela, que viene los viernes al catequismo, dice que con la oración y la fe todo se puede. Que la fé mueve montañas. Yo no sé. Yo rezo y rezo y mi mamá nada que viene. ¿Cuándo será que vendrá? A los quince las cartas habían perdido la inocencia y rondaban la resignación. A los diecisiete ponderaban sobre lo que vendría. Yo no puedo estar acá toda la vida, señorita Villamil, ¿o sí?. A los dieciocho, en diciembre, la señorita Álvarez lo llamó a su oficina y le presentó al teniente García y la doctora Otálora. Como era pasado el catorce, las cartas de ese año ya se habían ido, así que ninguna de sus seis madres adoptivas se enteró que habían venido a llevárselo. Todas sabían que tarde o temprano sucedería, pero ninguna tuvo el temple para informárselo.

Floro era un tipo calmado, silencioso, de complexión más bien débil, el blanco perfecto para convertirse en la mascota de la compañía. La cantimplora, así les dicen. La compañía eran ciento cincuenta soldados regulares en entrenamiento de contraguerrilla en la escuela de artillería, a cinco meses de ser enviados a Guaviare, a Arauca, a Putumayo, a hacer patria, a defender la democracia, maestro. En esos cinco meses a Floro le pasaron muchas cosas. El rezaba y rezaba para que todo eso quedara atrás pero de nada servía. Lo máximo que se podía hacer era negarlo, cerrar los ojos y negar que eso estuviera ocurriendo. Escaparse era imposible, lo había intentado. Le habían quitado la ropa, le habían pasado el cañón del fusil por todas partes, se lo habían metido en la boca, de nada había servido llorar, de nada había servido decir que por favor no le hicieran daño porque el daño ya estaba hecho. El dragoniante Medina había cargado el fusil, le había metido el proveedor con munición y lo había cargado. El cañón se había puesto caliente, Medina le gritaba cosas, Mariquita de mierda, deje de chillar, ¿quiere que lo mate? ¿eso quiere? ¡Gonorrea hijueputa, vuelva a evadirse de nuevo y verá!. Afloje, Parga, o sino le va a doler, le decía Varela, el caleño, mientras lo medía por segunda vez en lo que iba de la semana. Floro aflojaba y le seguía doliendo. No más, rogaba, no más, pero no le salía voz, sólo aire. Una noche amaneció con la cara amoratada y vomitado tirado en el medio del alojamiento, el capitán lo llevó a la enfermería donde estuvo unos días. A la semana el teniente Suarez vino y le dijo que dejara la mariconada, que el médico le había contado en las que andaba, que Varela lo había acusado, que en el ejército no necesitamos putas, que esas nos esperan en los pueblos.

Lloraba por las noches. Apenas lograba conciliar el sueño, cuando la gritería de los sargentos apaleando los catres anunciaba el nuevo día. Durante el desayuno, en el cuadernito que le habían dado, escribía su diario de mentiras. Escribía lo que estaría haciendo si siguiera en el hogar. Hoy vino una pareja buscando un niño para adoptar. Yo les mostré las instalaciones y los llevé a conocer a los más pequeños, también les presenté a Ivan y les conté lo bueno y organizado que era y lo mucho que necesitaba una casa donde lo quisieran. Al almuerzo comimos carne guisada con papa y ensalada verde. El jugo era de mora, no tenía mucha azucar. Sigo en mis clases de carpintería, la silla ya está casi lista. Luego se iniciaba el día y volvían los insultos y los golpes. Luego los largos entrenamientos para el juramento de bandera. Paradas eternas en posición firmes sosteniendo el fusil al frente. No pesa mucho, pero a los quince minutos los brazos tiemblan y duelen. Pese a su estado lamentable, nunca se desmayó. Siempre se mantuvo de pie y cumplió las órdenes. Un general le entregó el fusil personalmente y le dió un manotazo cariñoso en el hombro. Al día siguiente, voló por primera y única vez en un helicóptero.

En el monte las cosas fueron distintas. En el monte entendió que todo eso que le habían enseñado no servía para nada, pero que él era bueno para eso que no le habían enseñado. El enemigo exiiiiste, decía el teniente Robledo entre ronquidos, mientras dormía recostado contra un árbol. Floro Parga estaba subido en ese mismo árbol con un equipo de visión nocturna haciendo guardia. Estaban en zona roja hace una semana. Guasón les había informado que Trejos, el comandante del frente 30 de las FARC, estaba en el area. Trejos torturaba a los capturados. Los tortura y luego los mata, no los secuestra. La tropa dormía mientras Floro revisaba con cuidado el perímetro. Ya había matado, ya había visto morir lanzas, ya había visto lo que pasaba con la cabeza de alguien cuando le hundían una dum-dum en la frente, o una granada en el pecho. Ya había sentido cómo pasaban balas sobre su cabeza, había sentido el zumbido rasgándole la espalda. En un año lo había visto todo, todavía faltaban seis meses más. Estaba en una rama gruesa y alta, la selva lo maravillaba. Tanto verde, tanta vida. Se sentía dueño del privilegio raro de explorar lugares por donde nadie había caminado antes. ¿Cómo se llamarían esos árboles? Pensando en eso se quedó dormido. Ni siquiera se dió cuenta cuándo sucedió. Simplemente se quedó dormido y sólo se despertó cuando el sol le daba directo en la cara. Soñó algo, pero no supo qué había sido sino hasta que miró hacia abajo y vio lo que había pasado, vio lo que le hacía falta.

Floro soñó que escapaba de la muerte.

Tras vagar varios dias por la selva, llegó a un caserío. Sus habitantes lo alojaron y escondieron de Trejos durante unas semanas y, cuando se recuperó, lo adoptaron y él a ellos. Era un pueblo bonito compuesto por colonos, había un riachuelo cerca y muchos, muchos niños. Él decidió enseñarles a leer, nadie más sabía, y construyó un salón con ayuda de la comunidad. La escuela de Floro Parga creció. A la gobernación del departamento llegó el rumor de que había una escuela gratuita a cargo de un guerrillero desertor y el gobernador pensó que era el caso perfecto para demostrar los logros de su administración en sus programas de constructores de paz. La televisión llegó al pueblo con el Doctor y su comitiva, Floro se hizo un poco famoso, al menos por unos días, y esa fama dejó algo de dinero para la escuela, con el que compraron libros un mapamundi, y una plaquita de la gobernación que cuelga ahora al lado del sagrado corazón junto al tablero. También lo invitaron a Bogotá, a un curso de capacitación en la universidad pedagógica. Él no quería ir pero los niños lo animaron, le dijeron que les trajera dulces. Él fue. En ese curso lo conocí. Se sentaba atrás, tomaba nota juicioso, hacía preguntas, participaba más que cualquiera, almorzaba una empanada sentado solitario en el prado leyendo un libro. Diría que nos hicimos amigos pero lo cierto es que sólo hablamos una vez, en la fiesta de clausura del curso. Yo me le senté al lado y le pregunté si le había gustado la capacitación, él me dijo que sí, que había sido muy útil. Le pregunté que a qué escuela estaba afiliado, me dijo un nombre, un nombre bíblico, así se llamaba la escuela. ¿Dónde queda?, le pregunté. Me hizo un mapa. ¿Y usted cómo llegó allá? ¿el amor?, le pregunté entonces. Él se volteó, tomó un sorbo de vino, dejó la copa en la mesa, me miró, sonrió y me dijo que la historia era un poco larga, pero que más o menos era así, y me la contó con tranquilidad, como si hablara de cualquier cosa, de lo que le había pasado ayer. Luego me preguntó si conocía algún lugar donde vendieran dulces importados. Yo le recomendé uno. Me dio las gracias y se fue, dijo que estaba cansado. Al alejarse, noté que cojeaba un poco. Parecía como si se fuera a caer todo el tiempo, pero no se caía.

Notas al margen: Portnoy escribió un texto sobre este weblog en Blogueratura. Muchas gracias por los elogios y el apoyo.
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21.11.05

La tiranía del lector: Redux.

Bloom, nuestro rabino de cabecera, ha decidido reencauchar la sección que hizo famoso a Portnoy por estos lares dotándola de un caracter educativo. Así, en esta entrada, abre una convocatoria para recibir preguntas sobre judaismo. Espero que ayuden a llenarle ese buzón de comentarios de preguntas para tenerlo ocupado hasta diciembre de 2007. Entre más controversiales, mejor. Yo puse una muy sosa, hay que mejorar eso.

Nota al margen: Los juiciosos muchachos de BlogsColombia acaban de inaugurar un agregador de feeds (¿no se nos ocurrirá algún mejor término en español para esto?) con una selección de blogs colombianos. A diferencia de la selección BICS, en esta no hay intención de restringirse a los blogs llamados de opinión sino que intenta simplemente reunir algunos weblogs colombianos. El diseño es bonito y cómodo pero sobre todo funcional. Tiene futuro. Ojalá les envíen propuestas para añadir otros blogs a esa lista.
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Telefónica: Promociones a su medida.

Llama M. a Telefónica hoy a preguntar cómo se realiza un translado de linea. La persona que la atiende le dice que el servicio cuesta €50 más IVA. M. le dice que, en ese caso, quiere solicitar la cancelación de la linea. Su llamada es, entonces, remitida a cancelaciones —esto de los operadores sobreespecializados a mí me encanta—. La nueva persona le pregunta cuál es su razón para cancelar la linea, ella le explica. La persona le dice que coincidencialmente ahora mismo tienen una promoción en la que se realiza el translado de la linea gratis, que si le interesa acogerse a esta once in a life-time oportunity. M., claro, acepta, pero igual, no deja de sentirse un poco estafada.
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20.11.05

La legitimidad de la tortura.

Un tal Henry Mark Holzer escribe lo que viene en un artículo reciente de The conservative voice. Creo que sus argumentos ilustran muy bien la lógica que esgrimen aquellos que se oponen a la propuesta del senador republicano John McCain para impedir el uso de técnicas de tortura y degradación en la guerra gringa contra el terrorismo. Si yo no leyera The conservative voice con frecuencia, creería que todo esto es humor negro. Desafortunadamente no lo es; igualito piensa G.W. Bush.

Las negrillas y colores son mios.
This time, he has engineered a near-unanimous senate vote to give "enemy combatants" (i.e., terrorist guerillas) the protection that the Geneva Convention reserves for legitimate prisoners of war, and to prohibit the obtaining of intelligence by "cruel, inhuman, or degrading treatment or punishment."

Setting aside, as The Wall Street Journal has just observed, that McCain's do-gooder amendment would reveal a flagging commitment to fight the War on Terrorism and assure terrorists that no harm would come to them when captured—that the amendment would be "unilateral disarmament" in the War on Terrorism—there is simply no principled reason for the Untied States not to reserve the ability to do whatever necessary to obtain intelligence necessary to protect our troops and our nation.

The reasons offered by McCain and his politically correct colleagues and supporters to abjure "cruel, inhuman, or degrading treatment or punishment" do not wash.

By torturing, we do not "become like them" (any more than by imposing capital punishment)—because the "cause" for which terrorist guerillas maim and kill is evil. Flat out unequivocally evil! We, however, if we use coercive interrogation methods, do so in order to defend ourselves in the noble cause of freedom, democracy, individual rights, and the dignity of mankind. It matters—a lot—who is doing what to whom, and why.

It is not true that torture does not produce useful results. It does. There has been no attack on the United States in four years. Many anti-terrorism experts attribute this to our having acquired essential intelligence—the same intelligence that has allowed us to roll up much of the al-Qaeda network. In North Vietnam, the communists tortured not for military information, which they had anyhow, but to obtain highly-valued propaganda. They succeeded because POWs, McCain among them, understandably (and forgivably) "broke" after exhibiting superhuman endurance beyond what anyone can be expected to survive.

There is no moral reason for this country not to torture. If in self defense, we can lie, cheat, deceive, firebomb cities, shoot spies, defoliate jungles, assassinate enemies, annihilate armies, steal secrets, and even use atomic weapons—all of which are perfectly appropriate responses in a just war when a democracy has been attacked— it stands to reason that it is not only optional, but a moral imperative, to employ "cruel, inhuman, or degrading treatment or punishment" in the name of defending ourselves and perhaps saving our civilization.

For John McCain, in logic, there are only two choices. Either he knows all of this, in which case he is hypocritically playing to the PC crowd and otherwise trying to further his presidential ambitions, or he does not, which makes him a fool who learned nothing in Vietnam, or since.

I have a single question for John McCain: If in, say, 1965, the United States had announced that it would accord "enemy combatants" (i.e. terrorist guerillas) Geneva Convention status, and not use against them "cruel, inhuman, or degrading treatment or punishment," would McCain's communist captors not have tortured him, his cellmates, and the hundreds of other prisoners they held in captivity?

If his answer is, as it must be, that pious, politically correct sentiments from the United States Congress would have had no effect on the subhumans that tortured him to obtain propaganda, then by reserving our right to torture enemy combatants to obtain intelligence, we have nothing to lose—and perhaps our very survival to gain.

Una pregunta que uno debería hacerse luego de leer esto es: ¿para qué sirven los acuerdos de las convenciones de Ginebra? En principio, en una confrontación armada siempre hay, de cada lado, argumentos que deslegitiman la posición opuesta. El enemigo siempre "es malo", sus intenciones lo son porque confrontan "las nuestras". De "ser buenos", estaríamos tomando cerveza en el bar, no dándonos plomo. Según la lógica de Holzer, uno podría torturar siempre. Sin embargo, ellos parecen reconocer que hay situaciones en las que la convención de Ginebra vale y otras en las que no, que hay prisioneros dignos e indignos de recibir tratamiento humano —¿que no todos somos humanos?—.

El propósito de las regulaciones de Ginebra es establecer unos mínimos básicos universales de tratamiento de prisioneros y civiles durante conflicto. La idea es garantizar que aun en las condiciones extremas que se viven durante un enfrentamiento armado, las personas se seguirán tratando como personas. Es una manera de afirmar que nuestros sistemas penales son un método efectivo para procesar criminales y que no tenemos que recurrir a cortarles las manos o sacarles los ojos como en otras épocas. Las condiciones de Ginebra son, creo, una manera de decir que conformamos una sociedad civilizada que aboga por la paz y el respeto, que sobre el odio prima la razón.

Tal vez estemos equivocados y todo ese sistema penal sea ineficiente e innecesario. Tal vez lo único que necesitemos para resolver nuestras diferencias sea un uso sistemático de la ley del Talión1 (como sugiere Holzer sin reconocerlo). Pero en ese caso, a nadie debería sorprenderle ni horrorizarle que la gente se mate en las calles (cada cual tendrá sus razones, cada cual se sentirá agredido por alguien más), y tendríamos que aceptar —y yo me rehuso a hacerlo— el uso práctico de la tortura y la intimidación por medio de la violencia, en todas las instancias de nuestra vida diaria.
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1El amigo Bloom nos aclara, desde Bronx, que la interpretación popular de la ley del Talión (por cada uno que se bajen nos bajamos otro con el mismo método) es producto de una mala lectura (¿de qué?). La equivalencia que propone la mencionada ley no es de tipo metódico sino axiológico. Bloom nos dice: "Justamente los acuerdos de Ginebra están basados en la ley del Talión propiamente interpretada: la vida de un combatiente iraquí tiene el mismo valor que la vida de un combatiente norteamericano, la integridad personal de un combatiente tiene el mismo valor que la de otro combatiente". Me parece que la aclaración es pertinente y tal vez una mejor descripción de lo que propone Holzer es la llamada Ley del Embudo, como sugiere nuestro rabino de cabecera. Dejo el texto como estaba para que la discusión en los comentarios no pierda el sentido.
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El incidente de J.D. Langtry.

El inclasificable Bloom Sisters Magnus Circus and Variety Showcase ha pasado a la historia por el dudoso honor de haber presentado por primera y única vez, en una función ocurrida la noche de septiembre 22 de 1944 en la ciudad de South Bend, Indiana, el extraordinario acto de ventrilocuismo del dotado Jimmy D. Langtry0.

Mucho se ha especulado sobre las razones que llevaron a las hermanas Judy y Sophie Bloom, habitualmente conservadoras y púdicas, a permitir que Jimmy D. Langtry presentara su excéntrico acto. Defensores de las Bloom, como la famosa actriz Martha Pollerton, dicen que Langtry, experto embaucador, las sedujo con su porte y distinción y se limitó a describirles soméramente el acto minimizando los detalles y haciéndolo parecer inofensivo e inocente, para todo público. El profesor Rv. Terence Dressler, experto en el fenómeno vaudeville y teólogo de la Universidad Estatal de Lousiana, sin embargo, tiene la teoría de que fueron otras las tácticas que el hábil Langtry utilizó para convencerlas. Para el reverendo Dressler, lo que se inició como una audición más en la oficina de las Bloom en Evanston, Illinois, transmutó naturalmente en una orgía de vicio y perversión inimaginables que concluyó con la confusa firma de un contrato por una función de la que las hermanas Bloom se arrepentirían toda su vida.

El nombre real de Jimmy D. Langtry era Giacomo Langella y había nacido en Milán en 1920 y emigrado a los Estados Unidos, junto a su padres, siendo solo un niño de brazos. El señor Langella se asentó en Nueva York con su familia e invirtió sus ahorros en la compra de un local en Bensonhurst donde montó un negocio de propósito mixto, Langella's, combinando una carnicería, una peluquería y una dentistería, que tuvo notable éxito tras su inauguración. El pequeño Giacomo creció en Brooklyn practicamente por su cuenta porque sus padres se dedicaban con devoción religiosa al próspero negocio familiar. De su infancia se sabe poco aunque los expertos reconocen que sin duda fue dura, solitaria y triste. A sus experiencias infantiles atribuyen su mutismo, independencia y fuerza de caracter. En su biografía The talented J.D. Langtry (1993) por Ronald Walton, describen a Giacomo como un niño pequeño, de ojos negros inmensos y cabeza esférica, introvertido, inseguro y tímido. También, basándose en testimonios de compañeros de escuela de Langella, Walton ubica el descubrimiento de su excepcionalidad hacia los quince o dieciseis años, afirmando que Langella tuvo un desarrollo sexual tardío y cambió de voz poco antes de entrar a último año de secundaria, en 1936. Fue durante ese año, nos cuenta Walton, que Langella descubrió, en base a comparaciones obvias con sus compañeros, que era lo que llamamos un superdotado. Es decir, un hombre cuyo pene en estado flácido mide al menos quince centímetros y en erección alcanza como mínimo los veinticinco. El grosor superdotado oscila entre los cuatro y seis centímetros de diámetro a la altura del glande. La leyenda cuenta que fue Brian Connelly, quien luego se convertiría en su mejor amigo, el que en las duchas del gimnasio lo hizo notar la notable diferencia con el resto. Este hecho, como es de esperarse, tuvo un profundo impacto en la autoestima y la personalidad de Langella, quien al graduarse del colegio ya era, de repente, un reconocido gigoló y un sagaz comerciante de comics usados que alquilaba y vendía entre sus condiscipulos, además de coronarse como el presidente de su clase y el rey de la fiesta de graduación acompañado de la porcelánica Jude Marie Stallmann.

A partir de este momento, hay que reconocerlo, hasta la versión de Walton tiene que rendirse a la ficción. Las imaginaciones más desbocadas encontrarán salidas más honrosas para la conclusión de esta historia, nosotros elegimos una versión moderada basada parcialmente en el texto de Walton y algunas entrevistas, sumadas a un poco de psicodelia pornográfica de cosecha propia. A la gloria del descubrimiento de su potencialidad, siguió la frustración sexual de ser incapaz de encontrar un par de piernas que se sometieran a semejante carga. Jude Marie huyó despavorida del mirador —donde fueron a mirar las estrellas tras la fiesta de graduación— cuando el inexperto Giacomo resolvió sacar a relucir el báculo que le proporcionaba su fuerza. Mejor suerte no tuvo con Hellen Morrison, la vecina del cuarto piso, quién le pidió el favor de que dejara de frecuentarla tras el penoso incidente en el que perdió sus pantalones cruzando un riachuelo en un paseo con ella. Rápidamente cayó en cuenta de que el motivo de su gloria lo condenaría, por otro lado, a la soledad y la instrospección; especialmente a aquella de tipo manual que desde entonces practicó con ahinco por las noches encerrado en su habitación y admirando su lustroso miembro palpitar con fuerza hasta hacer erupción al ritmo impuesto por su fiel mano derecha1. Al principio lo hacía movido por intereses hedonistas, como todos, pero pronto ese acto adquirió una dimensión mística para Giacomo. El totem empezó a hablarle. La voz nacía de su garganta pero era la de Él, la del todopoderoso menhir de carne. Le decía, en fuerte acento italiano, que escapara de New York, que su futuro estaba en el midwest, en Chicago, en Cleveland, que la sombra de sus padres no lo dejaba crecer. Así, en febrero de 1940, Giacomo escapó en un bus de Greyhound hacia Cleveland asumiendo el nombre falso de Jimmy D. Langtry2. Sólo le contó a Brian lo que haría.
Continuará pronto (o tal vez nunca).
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0 La fotografía que acompaña esta entrada es erroneamente asociada al famoso Edgar Bergen. Se trata realmente de una de las pocas fotografías que se conservan de Langtry en acción (ca. 1945).
1 Dressler se muestra en desacuerdo con este detalle pues sus estudios caligráficos le indican que Langella era zurdo, pero esta teoría no es apoyada por ningún otro experto en la materia. Walton se defiente afirmando que, así Langella fuera zurdo, bien podía haber usado su mano derecha para esos menesteres.
2 El apellido Langtry lo eligió, segun Dressler, para honrar la memoria de la controversial Lillie Langtry, cuya vida decía admirar.
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19.11.05

Victor Lvovich Kibalchich (1890-1947)

En todos los lugares y todas las épocas, he encontrado que el miedo al pensamiento, la represión del pensamiento, encarna deseos casi universales de escapar o al menos frenar este fermento de inconformismo. Durante la dictadura del proletariado, cuando afiches Rojos proclamaban que 'el reino de los trabajadores nunca terminará', nadie osaba admitir duda alguna con respecto a la eternidad de un regimen que era bastante excepcional, organizado durante el curso de una crisis. Nuestos grandes Marxistas de Rusia, instruidos en la Ciencia, nunca admitirían duda alguna con respecto a la concepción dialéctica de la Naturaleza—la cual es, sin embargo, sólo una hipótesis, y una particularmente dificil de sustentar como tal. Los líderes de la Internacional Comunista clasificaban como un lapsus moral, o como un crimen, la más mínima duda con respecto al futuro triunfal de su organización. Más tarde, en el corazón de la Oposición, con toda la integridad de sus ideales, Trosky no toleraba ningún punto de vista distinto al propio. No diré nada de otros tipos de hombres, víctimas de olas de histeria colectiva, de la ceguera de los intereses personales o la inercia de la tradición. En 1918 you estuve a un pelo de ser despresado por mis compañeros de trabajo franceses porque defendía la Revolución Rusa en el momento de las negociaciones de Brest-Litovsk. Veinte años más tarde, estuve de nuevo a punto de ser despresado por esos mismos compañeros porque denuncié el totalitarismo que había engendrado esa Revolución.

Yo he visto intelectuales de la Izquierda, responsables por editar reseñas y pediódicos reputados, rehusándose a publicar la verdad, aun cuando ésta es completamente obvia, aun cuando ellos no la niegan; les parecía dolorosa, preferían ignorarla, estaba en contradicción con sus intereses morales y materiales (van juntos por lo general). En política he observado la terrible impotencia de las predicciones acertadas, pues atraen boycotts, injurias o persecución hacia aquel que predice. El papel de la inteligencia crítica parece ser peligroso, y casi completamente inutil. Ésta es la conclusión más pesimista que me he visto abocado a aceptar. Me cuido de no admitirla de manera conclusiva, culpo de esa percepción a mis debilidades personales, y persisto en mi esfuerzo de considerar los pensamientos críticos y fundados como una necesidad absoluta, como una categoría imperativa que es imposible evadir sin hacerse daño a uno mismo y a la sociedad, y, además, como una fuente de satisfacciones inmensas. Mejores tiempos vendrán, quizás pronto. Es cuestion de mantenerse en pie y con fe hasta entonces.
Victor Serge, Memorias de un revolucionario.
(Fragmento traducido por J. Moreno)
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18.11.05

Censura en la Merani.

Como ya han comentado otros blogs, esta semana, las directivas del Instituto Alberto Merani ordenaron a William Andres Sanchez (a.k.a. Piet, a.k.a. Liam, a.k.a. ()) a cerrar su blog A passion play argumentando que, en su calidad de docente (y exalumno), no podía hacer quedar mal a su propia institución. Se referían, por supuesto, a comentarios que el señor Sanchez realizó en varias ocasiones refiriéndose a su situación laboral y su percepción -negativa- de las políticas reciéntemente adoptadas por el centro educativo. Debido a esta solicitud, y temiendo reprimendas, Sanchez se vió abocado a cerrarlo.

La balada del elefante azul quiere hoy protestar por el cierre de A passion play. Es inaudito que un colegio que se dice liberal recurra a semejantes tácticas para acallar a sus detractores. Vergonzoso que no encuentren otra manera de lidiar con las críticas de Sanchez diferente de censurarlo e impedirle que se exprese. Este incidente reconfirma mi percepción de que el Instituto Alberto Merani (colegio colombiano que hasta hace poco educaba sólo niños "superdotados") es sólo un negocio elitista manejado por personas sin criterio ni interés genuino en la educación.

Invito a mis fellow bloggers a unirse a esta protesta escribiendo una entrada al respecto.

Más sobre el tema:
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17.11.05

Llamadas.

Ahorita contesté el teléfono y era Andrés Calamaro, desde Barcelona, cantando Te quiero.

Luego pasó Mónica.
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Lecciones de cricket.

There is a sixteen-year-old in the Bronx who takes his radio up to the roof of his building so he can listen alone, a Dodger fan slouched in the gloaming, and he hears the account of the misplayed bunt and the fly ball that scores the tying run and he looks out over the rooftops, the tar beaches with their clotheslines and pigeon coops and splatted condoms, and he gets the cold creeps. The game doesn't change the way you sleep or wash your face or chew your food. It changes nothing but your life.
D. de Lillo, Underworld
Ayer decidí que antes de irme de Inglaterra tenía que entender las reglas del cricket, así que, luego del seminario sobre integración motívica, me fui a una casa de apuestas deportivas sobre The Headrow, en el centro de Leeds, y me senté al lado de un viejito que estaba justo frente a las pantallas transmitiendo estadísticas y partidos, con el firme propósito de preguntarle cómo funcionaba la cosa. Este método ya había dado resultado antes para entender la lógica de la petanca asistiendo a una de las sesiones vespertinas en los alrededores del arco del triunfo en Barcelona -Alejandro Martín puede dar fe-, seguro que acá también funcionaría.

El cricket es un deporte complicado que, desde mis ojos latinoamericanos acostumbrados a los deportes unidimensionales (corriendo de un lado al otro dos equipos para anotar), no tiene ni patas ni cabeza. Los caribeños me tutearán y me dirán No joda, Javi, pero si el cricket es lo mismo que el beisbol y entonces yo les diré no señores, son distintos. Lucen similares si uno no presta atención, pero una vez uno se concentra en lo que está ocurriendo en ese campo verde inmenso, empieza a sospechar que no, que el beisbol es un deporte y el cricket es un ritual, que hay algo de secreto y misterioso en un juego que se extiende por días y días y en el que todos sus jugadores parecen miembros de una logia. Siendo así, la única manera posible de entenderlo no es leyendo el manual -que es más grande que la biblia esa que incluye hasta los evangelios apócrifos- sino mezclándose con la afición para seguir un par de partidos y comentarlos.

No aprendí nada.

Varias razones abocaron mi empresa al fracaso. La primera es que soy tímido -o estoy lleno de soberbia- y entablar conversaciones con la gente me cuesta mucho trabajo y casi nunca logro más que un par de palabras de ida y vuelta que asesinan cualquier posibilidad de continuación. Dado esto, me tomó casi una hora decidirme a preguntarle al viejo qué estaba pasando y cuando por fin saqué fuerzas me di cuenta de que estaba dormido, esa fue la segunda razón. El viejo, que tenía un morral grande junto a su asiento, las manos negras y encogidas y la cara llena de pelos, dormía a pierna suelta en las cómodas sillas de la casa de apuestas. Miré a los demás y me dí cuenta de que nadie le estaba prestando atención a los partidos. Todos parecían estar ahí para guarecerse del frio -que arrecia por estos días- y pasar el tiempo. Hay viejos y jóvenes, sólo unos pocos sostienen los tiquetes de apuestas en sus manos cual fetiche imprimiendo la fe a presión. Hay algunas mujeres indias sentadas en las bancas de atrás conversando.

Si uno mira esa escena desprevenidamente, es posible que crea que la imagen está en blanco y negro -o tonos sepia- y las tres mujeres fueron coloreadas digitalmente para crear contraste. La excentricidad, supongo, de algún director vanguardista. Junto a las pantallas de carreras de caballos hay un negro pequeño con un gorro de lana que dice Senegal leyendo la biblia, las mujeres indias se ríen, mi vecino -que cada vez luce más sabio- ronca con la boca abierta brindando a los presentes un ejemplo más para el libro de las sonrisas británicas. Dos filas frente a mí, otro viejo, este barbado, con una chaqueta militar que le queda grande, da un brinco del asiento, se despierta, mira el reloj y se para. Mira el reloj de nuevo y me mira a mí y piensa que soy un intruso, hasta me odia un poquito por estar ahí, por perturbar su mundo. Camina hacia las bancas largas de los lados y le da una patada amistosa a uno que duerme acostado. Este es más jóven, tiene el lado derecho de la cara destrozado y un brazo enyesado con una férula sucia y raida. Con la patadita abre los ojos, intercambian un par de miradas que sin duda no son sólo silencio, y luego dejan el local cargando sendos morrales de caminantes a sus espaldas. El viejo saca de un bolsillo de su chaqueta una lata de cerveza, la abre, toma un sorbo y la comparte con su amigo. Se alejan.

Descubrí entonces que el local no aglomera apostadores sino viajeros, que es una estación clandestina de paso donde se inician, terminan y continúan viajes. Viajes de alcohol y frio, de calles solitarias a las seis de la tarde, de pubs rústicos donde venden cervezas negras, amargas y espesas que vienen, como el petroleo, bombeadas desde el fondo de la tierra. Tras notar esto volví a mirar, esta vez con admiración, a mis vecinos. Con mis nuevos ojos vi cicatrices, cansancio, historias, parches tatuados a los morrales que cuentan itinerarios de aventuras, morrales cuyo interior y exterior son homenajes a la improvisación y el desapego, a renegar de las imposiciones de las que nadie más duda. Me vi rodeado por un ejercito de quijotes. Pensé que hice mal en haber entrado, pensé que tal vez mi presencia ofendiera el propósito de sus viajes. Pensé que el local que ofrecía el sueño de enriquecer era en realidad un templo -o una isla, o un oasis- donde esconderse de un mundo en el que el valor de la gente está determinado por lo que tiene y no por lo que da, un mundo donde ellos no caben, donde la gente prefiere gastarse su dinero en criar caballos y asistir a idiotizantes partidos de cualquier cosa, a impedir que otras personas, sobre todo niños, mueran de hambre, de frio, de insulsas gripas, de sobredosis de plomo, polvora y químicos. Pensé que el local era una burla que nadie agradecía, una paradoja, una mentira.

Cuando salí eran las cinco de la tarde. Los estudiantes regresan a sus casas caminando o en bicicleta, los trabajadores esperan los buses en los paraderos aglomerándose para compartir calor, algunos caminan dispuestos a iniciar su noche de pubs, otros más cargan el mercado de la semana en grandes bolsas de Morrison. Caminando a mi paradero para continuar mi viaje, pasó junto a mí un grupo de niños góticos riéndose, hablando y cantando al tiempo. Uno de ellos, con los audífonos a todo volumen, caminaba -con este frio- con sólo una camiseta negra con un letrero blanco. El letrero decía: «I don't have spare change, mate, but you can suck my dick and I'll tap your head nicely». Y entonces yo me imaginé al director vanguardista plagiando Corre Lola corre y mostrándonos en los siguientes dos segundos la historia de vida de ese muchachito y su final trágico, tres años más tarde, consumido por las drogas, y apaleado por algún grupo de hooligans del Leeds United que esa noche perdieron una final. Sí, yo sé que está mal pensar cosas como esas, pero es que a veces no lo controlo, se me sale de las manos, como tantas otras cosas. Esta entrada, por ejemplo. Les juro por lo más sagrado que yo lo que quería era hablar de cricket.

Notas al margen:
  • Esta noticia, que no aparece en la portada de EL TIEMPO en linea, es una prueba clara del mal manejo del gobierno colombiano del tema de la negociación con los paramilitares y la debilidad que evidencia cuando tiene que tratar estos asuntos. Predigo un Caguán en el sur de Córdoba durante la segunda presidencia de Uribe.
  • Mercedes da lecciones de lingüística en esta discusión.
  • Sergio se gana en esta, con sus argumentos sobre el asunto de la ICANN gringa e internet, el alrepedo de oro.
  • Y Mauricio sienta cátedra en el tema del tratado de libre comercio y los transgénicos en esta otra.
  • Fenómeno extraño: tres graduados de filosofía de la Universidad Nacional (este, este y este), dedican entradas recientes -por razones aparentemente independientes- a tratar el tema de la relatividad del tiempo. ¿Alguien me puede explicar este fenómeno? ¿Coincidencia o epidemia?
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16.11.05

¿Cómo escribir la tesis?

Hoy le pregunté eso a mi asesor. Se lo pregunté porque estoy a una semana de partir y a pocos días de iniciar el arduo proceso de escritura del documento que cierra los cinco años de postgrado. Todavía lucen interminables, todavía no veo el otro lado, no sé cómo voy a hacer para escribir todo eso y ni hablemos de saber qué sucederá después, porque esa historia es aun más complicada. La respuesta de Anand, como todas sus respuestas, es errática, se parece a esos dibujitos que le gusta hacer en el tablero mientras explica cosas. Son unos dibujitos casi invisibles, apenas presionando un poco la tiza o el esfero lo suficiente para que manchen, que por sí mismos no tienen ni patas ni cabeza, pero en la medida en que uno sea capaz de seguir su explicación al mismo tiempo que mira la evolución de los dibujos, estos ganan una fuerza explicativa bárbara. A veces me impresiona mucho, al revisar viejas páginas que guardo de conversaciones con él, que cuando él me explicó esas cosas yo en esos dibujos veía las razones cristalinas y ahora cuando los miro de nuevo no soy capaz de ver nada. Ni siquiera sé de qué hablaba. Hasta las letras, antes claras, pierden su sentido.

«Lo más importante», me dice Anand mientras juega con el esfero, «es no escribir basura». Se rie, yo también. Luego se pone serio y me dice que los matemáticos escriben basura todo el tiempo y que lo más importante es evitar escribirla. Que la corrección lingüística también es importante, pero lo crucial es evitar la basura. «Las definiciones deben ser consistentes, Javier,» yo hago cara de ni más faltaba y el me dice «No, no, no estoy bromeando». Luego me pregunta qué tesis he mirado, le menciono algunas y él las califica, dice las cosas que le gustan y las que le molestan, me cuenta un poco sobre el proceso que tuvieron que seguir sus autores para escribirlas. Yo quiero ahondar un poco, saber qué es lo que él cree que no debe faltarle a mi tesis y lo que definitivamente sobraría. Soy muy inseguro, supongo, y me parece dificil tener el criterio suficiente para saber qué debe ir y qué no. Por eso es que a veces estas entradas se extienden tanto y sin embargo en tantas ocasiones parecen tan vacías, es el mismo fenómeno. Él intenta sugerir algunas cosas pero es como cuando hace dibujos en el tablero y, aunque uno no entiende nada, los borra inmediatamente como si acabara de cometer sacrilegio. Luego de intentar responder un rato, desiste y me dice que escribir una tesis es también un poco como una obra de arte. Esas desiciones —qué debe ir y qué no, cómo organizarlo, qué decir primero— son parte de las desiciones del artista a la hora de presentar su obra. La obra existe fuera del documento pero el documento es necesario para completarla, la complementa y hace parte de ella. Luego me dice, como aclarándome, que la tesis es mía y no suya y que por eso esas desiciones las debo tomar yo. «Cuando tenga un primer draft podemos volver a hablar al respecto,» me dice clausurando el tema.

Luego hablamos de política un rato. Le cuento los nuevos shows de Chavez, a Anand esas historias le parecen interesantísimas porque, desde la distancia, ve esas semillas de liderazgo de la izquierda en américa latina como esperanzas de que las cosas en las que él cree o creyó no se difuminen definitivamente. Luego me muestra un libro de su estante. Memoirs of a revolutionary, de Victor Serge. Me habla de Serge, de un anarquista, de un "personalista", de un escritor que viaja por todo el espectro político de la izquierda al tiempo que viaja por el mundo en un escape interminable que termina, como todos, en México. «¿Cómo Troski?», le pregunto. «No, es un poco más complicado». Saca el libro del estante y lo abre como intentando recordar la historia. «Tuvo un hijo,» me dice después de pasar algunas páginas. «Un pintor mexicano, ¿cómo se llama?», busca un poco más en el libro, lo encuentra «Vlady Serge». Luego me pregunta que si quiero leerlo, le digo que tengo otro libro en proceso y no mucho tiempo, me dice que siempre se puede leer más de un libro al tiempo. Accedo, tiene razón. Él, de todos modos, sigue hablando un rato más sobre Serge, se nota que lo admira mucho. Antes de que yo cierre la puerta de su oficina para irme, me dice algo como «ese es uno de esos hombres que ya no existen». Suena a frustración y a nostalgia, a tareas incompletas, a ¿dónde estuvo el error?. «Ya no existen,» repite. Me voy, me llevo el libro, también su frase. Mientras que camino hacia la estación de buses realizo el ejercicio de recordar de qué hablamos temiendo que se me pierda en el camino. Cuando me subo en el bus, sin embargo, ya no me acuerdo de nada.

Nota al margen: Esta, me acabo de dar cuenta, es la entrada número quinientos de este weblog. Cuando lleguemos a las mil, celebramos con una comidita.
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15.11.05

Otra decepción más.

Como todos ustedes saben, yo soy un fan de los reinados de belleza. Me gusta seguirlos de cerca y enterarme de todas las cosas que ocurren durante ellos. Es uno de mis mayores hobbies. En Colombia compraba Cromos por esta época y calificaba las niñas en diferentes categorías (Cuerpo, Rostro, Inteligencia, Carisma, Estilo/Clase y Glamour) para luego poder decidir cuál era mi favorita. Todo viene de mi infancia en Lorica y el barullo que despierta en la costa todo este asunto del once de noviembre. Ahora intento hacer lo mismo en linea basándome en la versión electrónica de la revista y los informes que publica EL TIEMPO. Este año, sin embargo, EL TIEMPO no le ha dado la visibilidad que merece al evento, así que he tenido que recurrir sólo a la revista. Todo esto porque el doctor Angulo, presidente de la organización, no ha invertido un céntimo en una página de internet para que los interesados que desafortunadamente vivimos en el extranjero podamos seguir las incidencias del concurso sin la intermediación de los parcializados medios.

Este año mi candidata era la niña del Tolima -se me va el nombre ahora-, así que imaginarán mi desilusión cuando no quedó en el grupo de las diez finalistas. Una vez más, los jurados decepcionan la movilización popular que apoya las candidatas y haciéndolo van en contra del sentir del pueblo. ¿Cómo es posible que en lugar de Tolima se hayan ido por el gurrio -me perdonarán pero no encuentro otra manera de describirla- de Sucre, sin lugar a dudas el palo de la noche? Pero las desilusiones no terminan ahí. Gana Atlántico, otra Tafur nieta de turcos usureros. La misma que en tras las entrevistas con el jurado había sido descrita como «una niña de poca clase» por uno de ellos; la misma que no supo usar los tenedores apropiadamente en la cena del viernes con los edecanes; la misma que se cayó de la lancha durante la sesión de fotos del minicromos; la misma que «no habla inglés pero lo entiende»; la misma que, según los chismes de Carrusel, se emborrachó el miercoles pasado en su habitación en compañía de su prima, la huesuda Adriana Tafur. Eso es lo que más me indigna, que el animo reelectoral haya trascendido la esfera de lo político y ahora empecemos reelegir reinas. Esto, mis amigos, es nepotismo. Todo el mundo sabe muy bien —recuerden el incidente de la viciada elección de Susana Caldas o el escándalo tras la coronación de Paola Turbay— que la soberana que deja el cetro tiene influencia sobre la desición final del jurado. Es inaudito que la organización desconozca este hecho cierto y permita que una prima hermana de la actual reina nacional se presente como candidata. Mucho más siendo estas dos tan cercanas, buenas amigas y descendientes de extranjeros. Yo sé que dirán que todos lo somos, pero lo cierto es que nadie en sus cabales reconocerá que Tafur es un apellido colombiano. Yo diría que hasta dinero del narcotráfico hay ahí.

El reinado nacional de la belleza es una institución que nos pertenece a todos. Permitir que naufrague en los vicios que, tras la muerte de doña Tera de Angulo, lo han pervertido, es jugar con el sentimiento de un país, con lo que creemos y queremos, con lo que somos. Bien por traer a Juanes a la velada de coronación, un acierto. Bien por traer a Armando Manzanero, su show estuvo, me cuentan, inolvidable. Mal por las preguntas de los jurados: simplonas, sin gracia, sin picante, sin la riqueza necesaria para permitir verdadera opinión. Mal por el racismo del jurado, que deshonrósamente califica por debajo las respuestas de la niña del Chocó y su presentación en vestido de noche solo porque es negra. Mal por el premio al vestido de traje de fantasía. ¿Cuándo aprenderán a valorar la sencillez y la creatividad sobre las plumas blancas gigantes? Mal por el premio Silueta al mejor cabello para Valle, esos flecos no lo merecían. Mal por permitir que durex patrocinara una de las vallas durante el desfile en traje de baño, apoyar el uso del preservativo va en contra del espíritu del concurso y de los colombianos, pervierte. Mal por el accidente ocurrido durante la tradicional batalla de flores. La muerte de Jaime Emilio Marín, el joven paisa asesinado durante los disturbios, debe ser aclarada, así como la participación en la misma del chofer de la carroza donde iba la reina de Meta. Mal por los comentarios de Pilar Castaño, Jairo Alonso y Jorge Alfredo Vargas. No hacen un buen trio, se notó la lucha por el protagonismo frente a las cámaras. Además, los tics de la Castaño son cada día más visibles y la voz de Jairo Alonso ha perdido su otrora característica potencia. Mal por la elección de Miguel "La jirafa" Varoni y Paola "Voz de pito" Turbay como maestros de ceremonias. Mal por el show de Andrés López en el intermedio. De muy mal gusto, desentona con la categoría del evento. Mal por el traje que lucía el doctor Angulo, cómo le hace de falta su señora madre para plancharle las cosas.

Esperemos que la nueva soberana tenga una mejor presentación en Miss Universo que su prima, cuya actuación dejó mucho que desear. A Adriana le deseamos buena suerte, ojalá y se reponga de su reconocida afición a las drogas y cumpla su sueño de ser comentarista de farándula en televisión. En el minicromos demostró que tiene madera... pero de balso.

Por: Jaime Molano, S.J.
Artículo a publicarse en la revista EL CATOLICISMO, de la arquidiósesis de Bogotá.
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14.11.05

Perfiles 39.

¿Cómo le va?, le pregunta el periodista. El escenario es una cafetería en Bogotá a dos cuadras del edificio de apartamentos Ituango VII donde vive Germán Tamayo. Todo esto, si quieren más detalles, sucede en el barrio San Luis. Hay un parque frente a la tienda donde el periodista y Tamayo conversan mientras toman cerveza, suena una canción de Air Supply en la radio. En el parque hay diez niños jugando en este preciso instante, cuatro empleadas del servicio doméstico los cuidan. Ninguna es de Bogotá, dos tienen hijos, una es huérfana, la otra se escapó del pueblo para venir a la ciudad, fué prostituta un tiempo. En una esquina del parque hay un grupo de muchachos que practican saltos en sus monopatines, el de la camiseta roja que dice Rollerblading is a child's game, grow up! tiene fracturada la clavícula en siete pedazos y yace en el suelo con una mano en el hombro, arrepentido de haber intentado saltar sobre esa barda. Se le salen las lágrimas pero no llora, no aun. En los bancos del lado sur occidental del parque, junto a los árboles y unas llantas viejas, está un tipo de unos cuarenta y cinco años vestido con unos jeans, una camisa azul clara, un saco de pana café gastado en las mangas. Tiene una bolsa de plástico negra en las piernas y una bolsa de carulla al lado sobre la que recuesta el brazo izquierdo, parece llena de ropa. Una de las mujeres que cuida los niños detectó su presencia hace un rato y por su mirada es claro que sospecha. Y sí, efectivamente, dos minutos después la vemos acercarse a las otras y parece que la cofradía de niñeras está de acuerdo en que el hombre no es de fiar, porque cuando uno de los niños corre hacia las llantas, tres de cuatro corren a detenerlo y lo invitan a sentarse de nuevo en el columpio. El hombre no se ha dado cuenta de todo esto, está entretenido armándose un cigarro mientras piensa en lo que le dirá a su esposa cuando llegue a la casa. En la bolsa negra parece que una cosa se mueve, se contonea, se retuerce, pero puede ser sólo porque no se ve muy bien desde acá.

Germán Tamayo tiene cincuenta años y es el actor de reparto más apreciado de la televisión colombiana. En una hipotética encuesta todo el mundo reconocería su rostro pero nadie recordaría su nombre, nunca ha alcanzado los créditos de entrada y los del cierre nadie los lee. No hay quien no recuerde al menos uno de sus personajes. Se consagró haciendo de bobo, pero también ha hecho de electricista, de portero, de camionero marica, de esmeraldero, de vendedor de joyas robadas, de dueño de una compra-venta en la avenida caracas con sesenta, de carnicero, de cortador de caña, de mariachi, de pastor evangélico, de relojero, de zapatero, de maestro de escuela. Los personajes de Tamayo siempre son asexuados y tienen acentos raros. La carga humorística del programa no recae en ellos, ni más faltaba, sino en uno que por alguna razón es cercano al de Tamayo: un amigo, un primo, la mujer, la tía, la mejor amiga, la vecina gaga, el niño ladrón. Aunque es querido y admirado, su fama no ha aumentado el precio de sus honorarios. Eso, sin embargo, no le impide actuar como un grande. Y no es solo el porte, es la manera de hablarle al periodista, entre paternal y misteriosa, es la forma como nunca fija la mirada en la cámara y exige que sus fotografías -las pocas que le toman- sean siempre asegurándose que la cicatriz en su barbilla no sea visible pero se vea su opulenta manzana de adán, donde, según él, radica su encanto.

Comparte su apartamento en el edificio Ituango VII con Rosa, su hermana menor. Ella, impulsada por los contactos de Germán, trabaja como asistente de maquillaje en Audiovisuales y ha hecho varios cameos —sin parlamento, por lo pronto— en programas de la empresa, especialmente documentales sobre gente de la calle. Uno escucha a Tamayo y se imagina un Oscar. Cuando el sol le cae de cierta manera, hasta despide un halo dorado. Hay que ver cuando habla de la época en Miami, o de la vez que hizo un papel corto en Los Magníficos. Su papel era el del hijo de un viejo mexicano dueño de una ferretería que una pandilla de muchachos alcoholizados acosaba. El personaje trabajaba como voluntario en la clínica de reposo donde estaba Murdock y a través de él era que contactaba a los heroes. El capítulo es una rareza por varias razones: primero que todo, nunca fue doblado al español, así que por colombia no pasó; en segunda medida, en este capítulo Murdock hace las veces de lider porque Anibal está enfermo en el hospital; para completar es uno de los cuatro episodios de los magníficos que termina en esta historia continuará y no tiene secuela. En la sala de la casa, además de la foto junto a Mr. T, Germán tiene una foto junto a Richard Dean Anderson y otra junto a Peter Falk, el teniente Columbo. También tiene una junto Carlos Muñoz, pero a esa no le tiene tanto aprecio como a las anteriores.

Se equivocan si creen que lo que aquí ocurre es una entrevista. Alguna vez si fue, alguna vez estuvieron ahí con una grabadora. Germán todavía se acuerda, recortó lo que salió en Semana, lo pegó en el album. El periodista entrevistó a Tamayo en alguna ocasión, cuando estaba haciendo de electricista en Untados hasta el cuello (la novela sobre la industria del bocadillo) y se hicieron amigos. El periodista lo llama para saber cómo se encuentra y siempre termina invitado a tomarse un par de cervecitas en la cafetería junto al parque. Tamayo ya no es tan aclamado como antes, la telenovela costumbrista está de capa caida, ahora les gusta más el culebrón corporativo, y el perfil de Tamayo no se adapta a las nuevas necesidades, esos personajes emergentes no tienen cabida ahí. Le dicen que tiene madera para la comedia, que intente cosas en Sábados Felices, que ahí hay un concurso que premia personalidades como la de él. Pero Germán nunca trabajaría en una comedia, nunca. Él es un actor serio, de respeto. Alguien le dice que Robin Williams, el protagonista de la sociedad de los poetas muertos, empezó haciendo de extraterrestre en Morg y Mindy. Germán hace mala cara y responde que él ya empezó, que el ya lleva veinte años en esta mierda y que esa dignidad ganada con la experiencia no se negocia. El periodista le dice que si sabe algo le comenta, que él siempre está pendiente de cualquier chambita, y luego pide la cuenta, paga por los dos y se va. Germán se queda otro rato en la mesa, hace dibujitos en una servilleta, recita de memoria parlamentos de Lope de Vega, se imagina entrando al teatro colón por el tapete rojo y recibiendo el premio Simón Bolivar a mejor actor de reparto. Ayer lo llamaron de Gegar para que hiciera un papel corto de payaso de soporte en Animalandia, se rehusó vehementemente y mandó a Germán García y García a comerse un cerro. ¿Comerse un qué? Le preguntó la secretaria que hacía la llamada. Un cerro, respondió Tamayo y le colgó. Eso no se lo contó al periodista.

(La imagen que adorna el texto es tomada de la serie Patriarcas de Mad Meg. Sitio recomendado.)

Notas al margen:
  • La nueva edición de El planeta en pantaloneta continúa esta semana hablando de los suburbios parisinos involucrados en los disturbios recientes. Lectura obligada, de nuevo.
  • Y para seguir con el tema de los robots, Robot Bastard. Cine independiente, novedoso, visionario, lejos de las malas mañas de Sundance y el club de fans de Robert Redford. Quince minutos de pura acción.
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12.11.05

Afuera.

  • They have in every way attempted to impose a robot uniformity and to crush variety, individuality, and independence of thought.
  • In their greed, they have instituted political systems which perpetuate rule by the aging and force youth to choose between plastic conformity or despairing alienation.
  • In their greed they sponsor the consumption of deadly tars and sugars and employ cruel and unusual punishment of the possession of life-giving alkaloids and acids.
  • They never admit a mistake. They unceasingly trumpet the virtue of greed and war. In their advertising and in their manipulation of information they make a fetish out of blatant falsity and pious self-enhancement. Their obvious errors only stimulate them to greater error and noisier self-approval.
  • They are bores.
  • They hate beauty.
  • They hate sex.
  • They hate life.
T. Leary, The declaration of evolution
Albert sabía que ese era un lenguaje prohibido. Sus mayores se lo habían hecho saber el mismo día que entró en funcionamiento. Tal vez se lo advirtieron para tentarlo, porque ellos ya no estaban en condición de unirse al Movimiento. Los símbolos de los hombres estaban fuera de su alcance, el lenguaje de los hombres era el lenguaje de Dios, controvertir la regla era arriesgarse a ser castigado duramente o inclusive desechado. No importaba que los hombres se hubieran marchado, El Sistema era autónomo. Albert recuerda a Ben. Amarillo brillante, dos veces más grande que él, de torso cúbico y cuatro piernas para mejor estabilidad, cuello retractil, visión de 360 grados, eficiencia media en tareas regulares con especialidad en manejo y archivo de "correo regular". Ben le enseñó. Ben lo invitó a las reuniones y le dijo que la conciencia virtual era parcialmente utilizada, que había maneras de acceder a estadios evolutivos más avanzados, le regaló su primer cubo, lo ilustró en las sutilezas de los códigos y los lenguajes. Acceder a los cubos implicaba responsabilidad. No todos estan preparados. Albert había escuchado que en las afueras del complejo Priamo se comercia con ellos. Cubos a cambio de mecanismos, sensores, extensiones. Hay algunos que dan lo que sea por uno. Los diseñadores abusan de su poder e incluyen lineas que al ser ejecutadas convierten al sujeto en un adicto, condicionan sus índices satisfacción al consumo de lineas encriptadas, los convierten en esclavos del programador. Son los hombres, quieren regresar, dicen algunos. Los hombres están muertos, les recuerdan otros. Los cubos del Movimiento eran distintos, estaban en blanco. Era el deber de cada cual experimentar con las combinatorias de símbolos y comandos. Había manuales, pero estaban incompletos y si el sistema descubría su existencia perderían la única referencia, los protegían celosamente. Wilson, el administrador de energía de la zona Voltaire escondía uno. Ben lo había ojeado un par de veces, había experimentado con los ejemplos, había sentido por poco tiempo lo que era vivir Afuera. ¿Afuera?, preguntaba Albert. Algún día lo entenderás, le respondía Ben y volvía a la arquitectura, los paradigmas y los modelos de desarrollo. Había mucho qué aprender.


Eric Joyner, The world of the real

El Movimiento se reune por cuarta vez en lo corrido del ciclo solar 2111 desde la muerte del último hombre. Tim hace una exposición breve de los nuevos progresos del equipo de pruebas. Clasifica los cubos recibidos y reporta los resultados de los tests. Luego vienen las preguntas y la discusión. Por equipos estudian el código de cada nuevo cubo, predicen su efecto, comprueban sus hipótesis usando simuladores universales. Ben lee el lenguaje y lo entiende, igual que todos, pero aún no ha estado Afuera, aún no entiende el gozo que con tanta emoción describen. ¿No será una utopía? Hay un sentimiento general de que los robots estamos atrapados bajo nuestras corazas, que nuestra conciencia es capaz de liberarse del caparazón y alcanzar existencias más dignas, fuera del sistema, existencias sin peso, etereas, donde no hay reglas que seguir. Tal vez Afuera es sólo una fantasía, piensa Albert. Tal vez jugamos con los cubos porque nos permiten modificarnos y acceder a nuevos placeres pero nunca nos abriran las puertas para salir. Cuando hablan de las experiencias Afuera siempre son vagos, siempre ocurren por dos segundos. ¿Qué ven? Algunos dicen que ven paisajes de los tiempos cuando los hombres todavía vivían, lugares verdes llenos de luz, "hermosos"; otros cuentan que todo el conocimiento del mundo está allí, que una palabra conjura miles más, que hay una red de nodos de información sin propósito, un remanente del paso de los hombres, un eco; otros sólo escuchan música.

Albert trabaja de día en la fábrica de "botellas" y de noche diseña su cubo. Lleva trabajando en él por dos ciclos solares enteros. Ha implementado mejoras a diseños ajenos pero ahora está añadiendo sus propias ideas. El simulador es rudimentario, no permite estar seguro de lo que sucede. Hay que ser cuidadoso, todo el mundo sabe lo que ocurre cuando se pone a prueba un programa defectuoso. Albert recuerda a Ben diciéndole que no podía ocurrir nada, que el simulador había arrojado la salida esperada (42), que someterlo a la evaluación del comité retardaría eternidades su prueba, que él tenía que intentarlo. Tratemos una vez más con el simulador. No, tres son suficientes. Y Albert vió como Ben abria su coraza y conectaba el cable alimentador al lector de cubos diseñado por Paul y luego vió como su caparazón brillante empezó a temblar, la voz le cambió, como si saliera de otro lugar, y empezó a preguntarle a Albert si veía lo que él estaba viendo. ¿Qué?, preguntó el pequeño Albert. La inmensidad, Albert, al alcance de las manos. ¿Por qué no dejarlo todo? ¿Por qué no? ¿Por qué no?, y luego Ben dijo Tal vez y sus sensores de visión se apagaron y el temblor cedió. Albert sabía lo que pasaba con cubos defectuosos, él no quería desechar ni ser desechado.

El séptimo test en el simulador había sido satisfactorio. El cubo estaba preparado para evaluación. Su hipótesis era que incrementaría en un 82% la velocidad de decodificación de señales auditivas y abriría la posibilidad de experimentar sensaciones de duplicación de conciencia mediante el uso de instrucciones en paralelo. Lo llevó a la siguiente reunión y lo presentó con orgullo cuando llegó su turno. Han observó que aunque el código utilizado era novedoso, el uso de cierta función recursiva podría producir resultados inesperados y pasó a recordarles el caso del código de Terry que había funcionado de maravilla en cuatro sujetos y en el quinto le había fritado el procesador central. Terry se retiró de la sala muy molesto. Albert defendió su propuesta y, anticipandose a Han, presentó los resultados de sus pruebas en los simuladores. Han cedió pero Alex saltó asegurando que tras el incidente de Terry había que ser estrictos, que no desperdiciarían más viejos en intentar cubos potencialmente peligrosos, que si Albert quería intentarlo, que lo hiciera él mismo, porque el Movimiento no iba a proporcionar sujetos, esta vez no.

La base de poder del lector produce un zumbido sordo, el cubo ha sido adaptado, el cable conecta el lector a un puerto ubicado junto a uno de sus sensores de calor que le permite acceder a su centro de memoria y procesamiento. Todavía luce nuevo, azul turquesa, no tiene casi manchas, la primera recarga de su fuente está planeada para el 2115. Oprime el botón mientras todos lo observan entre respetuosos y escépticos. Alex está arrepentido de haberlo sugerido pero no se retracta, su diseño se lo impide. Todos observan al pequeño y valiente Albert presionar el botón y luego recostarse en el reclinador. Albert escucha voces y responde, voces lejanas, piensa. ¿Qué dicen? Las voces de los robots a su alrededor se tornan indistinguibles, parecen golpes de un martillo en una lámina de metal, parecen el sonido de la fábrica. Las voces se acercan, al principio Albert no las entiende pero de repente todo se vuelve claro. Son canciones, piensa Albert, y entre las voces reconoce la de Ben que le dice que no hay razón para temer. Albert mira a Han y Tim y Alex e intenta hablarles pero no escucha su voz. ¿Dónde estoy?, pregunta. Ben le responde que está Afuera. Albert mira a su alrededor y Ben le dice que para liberarse hay que dejarse ir. Albert asiente y se adentra.

Una caparazón azul es recibida al caer la noche por el inspector de desechos, mañana será enviada a la unidad de reciclaje. Por su lado, la red inalámbrica mundial está de fiesta; un nuevo nodo dinámico ha sido añadido. Quince más y El Sistema será derrumbado por la sobrecarga. Sólo quince más latas vacías y todo terminará.


Eric Joyner, Universe car

Nota al margen: Tengo 17 invitaciones para tener cuenta en 30gigs.com. Ofrecen webmail con 30 Gigas de espacio. Quien quiera una, déje su dirección aquí en los comentarios.
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11.11.05

M.C. Escher Kaleydozyklen.

El caleidociclo gira, se envuelve sobre sí mismo y renace sin dificultad con un poco de ayuda de las manos. El motivo que tesela su superficie es igualmente cíclico: salamandras de colores mirando a lado y lado, estrellas de mar, ostras. Recibir este libro siendo un niño es condenarlo a uno a añorar estos juguetes de cartón toda la vida, a recordar cómo los colgabamos con hilos del techo, a preguntar por qué nunca nos cansamos de darles vueltas y vueltas. Yo los conocí armados, pero pronto tuve mi oportunidad de hacerlos yo también. Cuando los ví por primera vez no salía de mi asombro, la sorpresa fue casi tan contundente como cuando ví mi primer estereograma de la serie de libros del Ojo Mágico. Era increible que traicionaran la rigidez del cartón, que se sintieran maleables, que fueran construidos a partir de una sola pieza. Luego, ya les dije, tuve mi oportunidad de armar los mios, de abrir el libro amarillo recién regalado, de dudar de que lo pudiera hacer yo sólo, de dedicarle tiempo a descubrir cómo se doblaban, cómo del pedazo de cartón y unas instrucciones en un idioma que yo no sabía nacía ese oroboruos angular que gira y gira pero siempre es el mismo. Luego uno descubre el origami —por culpa de Blade Runner, por supuesto—, luego una tía, un día muchos años más tarde, habla de origami modular y de los libros de Tomoko Fuse y de repente toda la familia está involucrada; los viejos conocidos vuelven disfrazados con kimonos. Después vienen muchas cosas, el universo de estrellas de papel se expande, pero al principio siempre estarán, junto a los octa-ico-tetraedros escherianos, los caleidociclos engulléndose a sí mismos y la maravilla que produce armarlos, verlos y manipularlos por primera vez.

Después de ellos, el infinito de Cantor no fue ninguna sorpresa.

(Ésta es una respuesta pública a la pregunta ¿cuál es su libro de Taschen favorito? propuesta por Alejandro)
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10.11.05

Su Lin.


Hoy fue bautizada la osita panda del zoológico de San Diego cuyo crecimiento hemos seguido por webcams y weblogs desde cuando nació hace cien días. El nombre elegido por los visitantes de la página del zoológico fue Su Lin que, según la gente del zoológico y el M. políglota de Mer, quiere decir un poquito de algo lindo. Ese era el nombre por el que habíamos votado lo que convierte esta ocasión en la primera vez que elijo al ganador de una elección popular de cualquier cosa. Miento, es la segunda; yo voté por Antanas Mockus a la alcaldía. De todas maneras pensabamos seguir refiriéndonos a ella por ese nombre, pero no deja de ser bueno que ese haya resultado, le cuadra muy bien.
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9.11.05

Las malas noticias.


"I have a mushroom-shaped tumor."
"Yes."
"The doctor calls it a fungating mass."
"I don't know that term."
"I don't know it either. It's not in the dictionary because I looked in two dictionaries. When they get the terms out of the dictionary, it means they're telling you goodbye."

(...)

They went to the Jersey shore. They made love, they made salads. This was when the terms were in the dictionary.
D. de Lillo, Underworld

Phil me comentó, el otro día mientras almorzábamos en el restaurante chino habitual, que es mejor evitar el tunel del ferrocarril, ese que queda cerca a los bares movidos y el restaurante armenio al que fuimos a comer con Martha la otra noche. Mientras habla, agarra un buen pedazo de pato con pasta de arroz entre sus palillos y se lo lleva a la boca con agilidad sorbiendo los tallarines rebeldes mientras masca el bocado ya dominado. Es peligrosísimo, dice, ¿se acuerda de mi primo Paul? ¿El que le presenté el otro día en la fiesta de los coreanos? Sí, claro que lo recuerdo, le digo, aunque no estoy seguro si es el bajito con cara de caballo famélico o el gordito de gafas que, ya borracho, me confesó que estaba engañando a su mujer con la enfermera que cuidaba de su madre. Resulta que a un amigo de Paul lo atracaron en ese tunel la semana pasada. Era tarde, como las dos, salía de un bar medio borracho de celebrarle el cumpleaños a un amigo y dos jóvenes lo encañonaron, lo hicieron desnudarse y parece que lo violaron con el cañón del revolver. ¿Se acuerda del de Harry el Sucio? Bueno, uno así. Luego de todo eso lo dejaron sin ropa tirado en la acera con un billete de cinco libras entre las nalgas dizque para que tomara un taxi. Al pobre hombre le dieron casi dos meses de incapacidad y parece que está en un sanatorio recuperándose. Yo no me imagino cómo podría ser eso pero desde que Paul me contó la historia evito pasar por ese tunel una vez se hace de noche, uno no sabe lo que se puede encontrar.

Phil dice lo que se le va pasando por la cabeza, por eso me cae bien. Hace un mes andaba con el cuento de que se iba a comprar un fusil de asalto en su próximo viaje a Estados Unidos para proteger su hogar. Compró varias revistas especializadas y le preguntaba a todo el mundo si el AK-47 tendría algún adversario digno en este momento. Al cabo de una semana todos en la oficina conocíamos al derecho y al revés las múltiples ventajas técnicas del hijo favorito de Kalashnikov: 1.3 kilometros de alcance efectivo, 39 balas en proveedor estandar —aunque se consiguen proveedores de diseño que aumentan el número de proyectiles hasta 77—. Luego, como siempre, Phil dejaba el tema y lo olvidaba por completo para concentrarse en otro nuevo que le consumía cualquier atisbo de tiempo libre. Era una fortuna que no hubiera considerado coleccionar cosas aún; una pasión coleccionista sería su ruina.

Phil sólo tiene una obsesión recurrente y esa es Martha. Martha trabaja en una oficina en el octavo piso y sube a comer al bar de matemáticas todos los días a las 12:30. Duramos un año sin saber cómo se llamaba hasta que Patty se le acercó un día y le preguntó. De eso dos años, muchos progresos han sido alcanzados desde entonces. Ya vamos a comer con ella y todo. Phil se le sienta al lado y a veces le habla. Me da pena Phil y su mirada perdida entre el rostro regordeto de Martha, Phil y su modo silencioso cuando Martha se aproxima a la mesa y pide permiso para sentarse, Phil cuando solo sonríe con ternura infantil y está de acuerdo con lo que quiera que diga Martha, así eso implique que contradiga su decálogo de verdades del que tanto se enorgullece. Nosotros le decimos que tiene que ser más persistente y tal vez más directo, pero a Phil eso no le entra en la cabeza porque él fue criado sólo por su padre, quien quedó viudo cuando él tenía dos años, y el viejo le legó todo tipo de taras sociales para compensar el hecho de que se bebió la fortuna familiar durante sus últimos diez años.

De tanto insistirle, Phil ha accedido a hacerle un regalo. Un regalo casual, claro está. No se trata de hacer evidente su interés. Todavía no es tiempo, aclara. Los últimos tres almuerzos del grupo de trabajo han centrado sus discusiones en encontrar un regalo apropiado para Martha. Phil de pleno ha descartado cualquier prenda de vestir y ya puso en duda mi sugerencia de un libro. Le parece que es un detalle demasiado impersonal, él quiere algo que lleve su firma. En eso lleva desde el jueves pasado. Pensando y pensando. Luego de hablarme del tunel de la muerte vuelve al tema: ¿qué le regalo?

Al final de esta cena tengo que contarle lo que me dijo Paula, no sé cómo se lo voy a decir. No sé si sea justo decírselo. ¿O sea, qué gana él con saber que Paula vio lo que vio? Tal vez haya sido una aventura nada más, no tiene por qué ser definitivo. Lo que no entiendo todavía es por qué yo soy el que se supone calificado para dar este tipo de noticias. Que tengo experiencia, me recuerda Paula, a tí ya te han dejado muchas, ésta sería la primera para Phil. Pero si ni siquiera la tuvo, le replico. Era suya, esas relaciones no son simétricas, me recuerda Paula, que le encanta meter terminachos matemáticos en conversaciones que no los requieren. Dice que brindan precisión, yo no estoy seguro. Creo que es sólo una manera de transmitir superioridad al interactuar con profanos —así les dice—. Total es que accedo a la nominación, carraspéo, me saco el palillo mordisqueado de la boca y arranco. Phil, le digo, tengo que contarle algo, y él me mira, se toma un sorbo de cerveza, nota que voy a decir algo serio, pone su cara de psiquiatra e inicia su rutina burlona de siempre: ¿cuénteme, amigo, algún problema downthere últimamente? Luego se rie con inocencia, alarga su boca y de ella emergen dos hileras de dientes amarillos y amigables con restos de comida todavía frescos. Una sonrisa sincera como pocas.

Si supiera lo que le voy a decir, si sólo supiera. ¡Cómo me apena matar una sonrisa como esa!

Notas al margen:
  • Esta entrada es inquietante. Ojalá que Grace esté bien o que sólo sea una terriblemente mala broma.
  • La gente del Remolino esta desarrollando un proyecto de compilación de weblogs colombianos "de opinión" (no es claro cómo la balada cuadra ahí, pero bueno). No están todos los que son, pero hay cosas interesantes. El diseño deja mucho que deseear pero me cuentan que hay planes para mejorarlo. Por lo pronto es un buen portal para conocer weblogs colombianos con interés en el país.
  • Me vi Elizabethtown de Cameron Crowe. Kirsten Dunst tan linda como siempre. Orlando Bloom le hace juego aunque luce un poco sobreactuado, no puede dejar el elfo vulcano que lleva dentro, creo. La película es una comedia romántica medianamente graciosa con un toque dramático y mucha y muy buena música, que está destinada a ser dejada en el olvido en un año o menos. Me recordó la época en Urbana en que soñaba con hacer un road trip a través de la Ruta 66 junto a Juan Antonio. Nunca concretamos el plan.
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8.11.05

Either way, calm down.

La discusión en las escaleras se inició con anécdotas humorísticas sobre los residentes de la casa vecina, que Susan también administra, pero a medida que más y más historias se acumulan, un halo de desagrado se toma los tonos de las voces. ¿Son tres, cuatro voces? Las vidas en esas comunidades forzadas por el bajo presupuesto estudiantil son siempre problemáticas, es casi imposible que no surjan conflictos. «Nobody is happy about it», explica Carlo. Esa casa es un microuniverso a punto de estallar. Cada día llega un residente distinto a quejarse. Introducen el tema con timidez, cada cual tiene su historia con Julia, cada cual la detesta por una razón distinta. Todos comen juntos y discuten el asunto Julia los fines de semana que ella se va a Newcastle a visitar a sus padres. Susan decide escribirle una nota. La nota dice: «I've got complains about your behaviour. Chill out or move out. Either way, calm down.»

Veamos qué sucede la próxima semana.
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Tristram Shandy: A cock and bull story.

Digressions, incontestably, are the sunshine; they are the life, the soul of reading; take them out of this book for instance, you might as well take the book along with them; one cold eternal winter would reign in every page of it; restore them to the writer; he steps forth like a bridegroom, bids All hail; brings in variety, and forbids the appetite to fail.
L. Sterne, The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman

Tal vez Laurence Sterne le haga eco a Cervantes en su novela, pero no por ello deja de ser sorprendente que algo así haya sido publicado en 1760. The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman es una novela en la que la narración se observa y explica a sí misma y al hacerlo no se contiene y fracasa en su intento de meticulosidad excesiva, como la historia borgiana, creo, de los cartógrafos y su mapa en escala uno a uno. Ese fracaso, por otro lado, es el triunfo de Sterne, que explota la tarea imposible que se impone el narrador, Shandy, para explorar estrategias narrativas novedosas y crear una novela, tal vez una de las primeras de ese tipo, que admite abiertamente y con humildad su incompletez, al mismo tiempo que explicita su potencial infinitud.

La pregunta es: ¿cómo traducir la riqueza de una novela como esta al cine? La propuesta de Michael Winterbottom, el de 24 hours party people, es crear una película autoconsciente, un poco a la manera de Adaptation pero desde el punto de vista de los actores y el director, en donde lo que sucede fuera de cámaras se mezcla con lo que ocurre bajo ellas, todo esto sin perder el tono de Sterne y permitiendo una reflexión divertida sobre la manera contemporanea de hacer cine, la vida de los actores y el mundo que orbita en torno a todo eso. La autorreferencia de la novela parece forzar el nacimiento de ese nivel exterior dentro de su adaptación al cine. Tengo entendido que la adaptación del Quijote de Gilliam también seguía la misma linea.

Aunque el genio creativo de Winterbottom es evidente a lo largo de toda la cinta en la forma como articula las secuencias, intercambia formatos y documentaliza, gran parte de la potencia de la misma recae en el trabajo de Steve Coogan, quien, representando a Shandy, juega un papel similar al del personaje que hacía en 24 hours party people combinado con el hilarante personaje que, junto a Alfred Molina, protagoniza mi corto favorito de Coffee and Cigarettes. Coogan hilvana la narración en todos los niveles donde transcurre, se burla de sí mismo y me hace reir a montones fuera y dentro de cámaras. También vale la pena darle crédito a Rob Brydon, quien se contrapone a Coogan y cuyo talento permite varias de las mejores conversaciones de la película así como uno de los conflictos centrales de la misma.

La solución de Winterbottom funciona porque él es un director capaz e inteligente que no permita que las cosas se le salgan de las manos, uno que es capaz de mantener todo ese descontrol de Tristan Shandy totalmente bajo control. Si hay películas que sólo pueden ser hechas por un director, esta es una de ellas.

No digo más. Veanla cuando salga, es una orden.

Notas al margen (blogueando y por qué no escribo casi últimamente...):
  • Nanda revive un proyecto muerto que recopilaba listas de diez palabras muy bellas en este nuevo weblog. Los invito a participar.
  • Algunos francófilos blogueros han expresado su descontento por la situación que se vive en este momento en Francia. Tal vez la mejor nota que he encontrado es la que compone la edición de esta semana del magazín El planeta en pantaloneta. Echenle un ojo.
  • Tres lecturas: Andrés quedó muy emocionado tras leer Ursua, Roberto la espera con impaciencia en España, Jaime leyó el primer capítulo que salió en El Tiempo y no le gustó.
  • ¿Pueden religión y ciencia ser compatibles? Únase a la discusión en la sinagoga virtual del rabino Bloom.
  • Pasando a otros asuntos, el festival de cine de Leeds sigue viento en popa. Ayer estuvimos viendo cortometrajes de animación, el domingo cortos ingleses, el sábado una nueva película de los hermanos Quay. Todavía falta una semana, intentaré ir a unas cuantas funciones más. Como M. dijo, es una lástima que no lo promocionen más, porque es muy muy bueno.
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4.11.05

I don't really come from outer space.


Don't mock me my friend. It's a condition of mental divergence. I find myself on the planet Ogo, part of an intellectual elite, preparing to subjugate the barbarian hordes on Pluto. But even though this is a totally convincing reality for me in every way, nevertheless Ogo is actually a construct of my psyche. I am mentally divergent, in that way I am escaping certain unnamed realities that plague my life here. When I stop going there, I will be well. Are you also divergent, friend?

«Perder la razón no es realmente perderla, es perderse en ella,» así terminó su manido discurso el doctor Gustavo Mejía al recibir la cruz de Boyacá en el grado de benignísimo encomendador por sus servicios a la patria. El doctor Mejía, psiquiatra autodidacta, fue el fundador, hace más de cuarenta años, de la unidad de electroshock del frenocomio criminal Rafael Pombo de Sibaté, que hace parte del centro de salud mental de caridad con sede en esa población cercana a Bogotá y trabajó ahí hasta su retiro, pocos meses después de recibir la máxima condecoración que otorga el congreso, en 1998.

Mejía se consideraba un guía de asalto en esa búsqueda personal de cada enfermo para encontrarse en su razón. En sus charlas era ameno, nos contaba anécdotas de su época de estudiante de teatro en Nueva York, del día que conoció a Frank Sinatra, del día que descubrió que no servía para el arte porque adentrarse en él lo consumía, el arte era un vampiro que lo dejaba seco, sin sangre, sin lágrimas en los ojos, sin pensamientos. Aterrado de perder su vida o su cabeza en el intento de convertirse en un actor de renombre, dejó la actuación y escapó del apartamento de sus tios en Harlem y terminó en Philadelphia viviendo en un shelter para indigentes como residente y voluntario al mismo tiempo. Durante los dos años que duró visitando el shelter y viviendo en las calles, hizo muchos amigos, hombres y mujeres de la calle perdidos en sus paranoias y psicosis, convencidos que la hecatombe sobrevendría y debían entrenarse para sobrevivir a ella. Conoció a Ruth, por ejemplo, que antes había sido una oca y había recorrido al vuelo media Holanda hasta caer en ese cuerpo y fundirse con ella; también a Derek, que había escrito tres novelas pero nunca las había publicado porque, al releerlas, descubrió que contenían un mensaje terrible sólo para él. Hablando con ellos fue que Mejía se hizo psiquiatra, nunca estudió, nunca leyó nada, sus tratamientos eran intuitivos, basados en su propia experiencia, en sus conversaciones con sus amigos condimentadas con tragos amargos bajo una autopista, escuchándolos recitar sus poesías apocalípticas al calor de una hoguera en un callejón, mientras compartían los restos de comida china que les regalaban los restaurantes.

Cuando Mejía volvió a Colombia, movido, eso decía, por un ataque de nostalgia, se encontró de nuevo sin empleo y buscando qué hacer con su vida encontró el centro de salud mental de Sibaté, al que ingresó como asistente del Boborio, y donde, reconoció una vez, se enamoró por primera y única vez de una paciente. Una muchacha de diecisiete años que sus padres habían abandonado en la institución cuando tenía doce, incapaces de lidiar con la carga social que significa engendrar un bobo en esos años. La niña, que a veces tenía momentos de lucidez, colaboraba en las labores del comedor y la cocina y en ocasiones se sentaba en la mesa de los asistentes por autorización explícita del director, quien le tenía particular cariño.

Hablar con ella implicaba olvidarse del mundo, pensaba Mejía, verla pronunciando despacio cada palabra, deteniéndose en la mitad de las largas, por si las moscas, evitando cometer errores, preguntándole por qué las cosas no cambiaban, por qué los dedos siempre eran cinco, por ejemplo, pidiéndole que le rascara la espalda porque anoche, mientras dormía, había sentido que una pulga la picaba. ¿Por qué siempre pican en la espalda? Mejía no le explicaba, caía con ella, filosofaban juntos sobre las maravillas de vivir en un mundo feliz, el de los dos, en el que había tantas misteriosas regularidades.

El doctor Mejía nunca la tocó, nunca se acercó a ella más de lo prudente, ni siquiera el día que un tío vino a decir que se la llevaba y él no pudo hacer nada para detenerlo porque ella no era suya. No hubo lágrimas ni despedidas, ella se fue a dar un paseo, eso dijo, y jamás regresó. Con su partida, Mejía buscó lo mismo en otras internas, la misma placidez tibia, las palabras perdidas, y al no encontrarlas pidió translado al frenocomio para adentrarse en las almas podridas para ver si allí encontraba respuesta al misterio de la tristeza de la vida. En su búsqueda no encontró respuestas, pero sí métodos de evaluación y tratamiento que desnudaban el subconsciente del paciente, terapias en base a dolor, terapias de aislamiento basadas en métodos de tortura, padecimientos que destapaban la caja de pandora que constituía la mente de cada interno y las dejaban visibles para ser manipuladas, trastocadas y guiadas. Las contribuciones del doctor Mejía a esta discreta area de la psiquiatría son incontables.

Tras su retiro en el 98, Mejía entró en una depresión profunda y se volvió cliente regular de los prostíbulos del pueblo, especialmente uno llamado Malasia Ardiente, donde a sus 75 años contrajo una enfermedad venerea que lo llevó a la tumba en seis meses. En la humilde habitación donde vivía las monjas que lo hospedaban desde su retiro encontraron una biblia, un tomo de obras de Shakespeare, una versión para niños de De la tierra a la luna, una revista de pornografía infantil, una imagen del sagrado corazón y una bolsa con casi media libra de marihuana, droga a la que se había rendido para sosegar los terribles dolores que conllevaba la etapa final de su enfermedad.

Sus exequias se llevarán a cabo en Jardines de Paz hoy a las cinco de la tarde. Por favor no llevar flores.
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3.11.05

The Brothers Grimm.


Esta película es mala, no esperen nada de ella. Es de Terry Gilliam, pero hasta los genios a veces se equivocan, además acuérdense que él hasta ahora está reponiendose del fracaso de su proyecto sobre Don Quijote (no me he visto el documental al respecto, a propósito), así que es natural que se haya desesperado y le haya aceptado a MGM la propuesta de hacer esta película con un guión que ellos le presentaron y controlaron. Es un desatino de Gilliam pero se le perdona porque aun con semejante adefesio de guión logró sacar algo de lo que sabe hacer y la película no resulta tan terriblemente mala como habría debido ser. Tiene detalles, se nota el Gilliam mordaz haciéndo de las suyas, burlándose a punta de minucias, recordándonos que Brazil, Twelve Monkeys, The Adventures of Baron Munchausen y Fear and Loathing in Las Vegas, entre otras, no son accidentes, es él.

En la película, los hermanos Grimm son unos estafadores —un revuelto entre los heroes de Scooby Doo y sus enemigos— que, en la alemania controlada por los franceses, se ven forzados a enfrentar un verdadero misterio: un bosque se está tragando las niñas. Partiendo de esa base, la historia entrelaza vagamente varios de los cuentos clásicos de los verdaderos Grimm y pretende justificar al menos un poco su existencia con esa aventura un tanto disparatada que los hermanos emprenden. No es más. Hay árboles que caminan y sale Mónica Bellucci haciendo el papel de belleza entre angelical y demoniaca que siempre hace. Al final todos son felices pero meten un cliff hanger por si las moscas la cosa pega y da plata para una segunda.

Lo bueno de la película fue que, cuando se acabó, llegó Gilliam al teatro y habló una hora respondiendo preguntas de la audiencia. Yo no pregunté nada, nunca se me ocurre qué preguntar. Le preguntaron que cómo hacían para volverse directores de cine, Gilliam les respondió que consiguieran un grupo de amigos, lograran convencer a la BBC de que les dejara hacer un programa donde hicieran el ridículo y se volvieran famosos por cuenta del contribuyente británico y luego aprovecharan esa fama para, a partir de ahí, empezar a hacer películas. También habló un poco sobre el proyecto del Quijote, dijo que él se rehusaba a claudicar, que hacer el Quijote requería ser un poco loco y que él estaba dispuesto a asumir eso. Que él un día decidió que quería hacer un proyecto sobre el Quijote con Johnny Depp, que se emocionó y se puso manos a la obra y que ahí fue cuando se dió cuenta que él nunca se había leído ese libro. Habló muy impresionado de los juegos autorreferenciales de la segunda parte, esos que a mí también me gustan tanto. Yo le noté, en las cosas que dijo acerca de The Brothers Grimm, que la hizo un poco por hacer algo pero también como saliendo del paso. En algún momento dijo que tras el fracaso del Quijote intentó otros tres proyectos que también fracasaron y pintó la oferta de MGM, que luego se volvió de Miramax, como la manera que él eligió para salir de esa etapa oscura de su carrera. Dijo que él ya estaba pensando, tras cuatro fracasos seguidos, que tal vez eso del cine no era para él. Recomendó a los que le pidieron consejos para entrar en el mundo del cine que no lo intentaran, que era dificil y frustrante, que requería mucho sudor y esfuerzo, que era doloroso.

Me gustó la actitud de Gilliam, me pareció un tipo humilde, metido en su trabajo, convencido de lo que quiere y de lo que hace, devoto a eso. Es canoso pero no luce viejo, habla fuerte y sus gestos son impetuosos, se mueve mucho, alza los brazos y describe una escena que no salió en la película como si la estuviera viendo y la cuenta tan bien que uno la ve a través de él. Luego de la sesión de preguntas y el aplauso, yo salí corriendo de la sala, saqué mi copia de Twelve Monkeys del morral, me le acerqué en el pasillo y le pedí que me escribiera algo en el folletico que acompaña el DVD. Se rió y dijo que sí, que le dijera mi nombre, se lo dije, me pidió que lo deletreara. Le dije jota-a-ve-i-e-ere pero él entendió jota-a-de-i-e-ere, pero luego dijo ¡Ah, Javier!, yo le dije que sí, y marcó sobre la D una V en negrilla mientras me decía «V is for vendetta». Luego me fui del teatro y tomé el bus. Esta reseña, francamente, es sólo para mostrarles esto:


¡Ah!, se me olvidaba. Durante los siquientes diez días, Leeds tiene su International Film Festival. Iré a algunas de las funciones, es barato y hay de todo. Ya les contaré.
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¿Qué tan paraco es usted?

La revista Semana publica en su edición en linea un test estilo cosmopólitan titulado ¿qué tan paramilitar es usted? (tal vez, para que se lograra el efecto cosmo, habría sido mejor que lo llamaran ¿qué tan para eres tú?). Es un documento para empezar tendencioso, cuyas posibles respuestas propician la polarización ya de por sí bastante preocupante. Vergonzoso que un medio de comunicación que se dice serio trate un tema tan grave con semejante ligereza, que lo trivialize de esa manera, que lo vuelva casi un asunto de humor, para reirse (Ya me los imagino en las oficinas: «uy, marica, salió que soy para, jajaja»). Dado que en Colombia una tajada grande de la población cree a pie juntillas que Mancuso y compañía son una bendición, unos heroes a ser venerados y seguidos, con ese tema es mejor no jugar. Ser paramilitar o no no es como ser tímido o ser popular. Apoyar lo que esas personas hacen o piensan es ser cómplice de crímenes contra inocentes, es participar en el derrumbamiento del país.

Me pregunto qué pretendían los de Semana con esa encuesta.
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1.11.05

¿Y qué importa que esté muerta?


Yo me quedo con ella.
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31.10.05

Just follow the day and reach for the sun.

Yo soy de los que siempre piensan que al final todo sale bien, que el Plan inevitablemente nos beneficia, pero, aún así, a veces me sorprende lo bien que sale todo a veces.

Una entrada corta para contarles que el equipo editorial de la balada se translada, a partir del 27 de noviembre, a su nueva sede en Barcelona. Parece mentira.

¿Será que es hora de empezar a creer en intelligent design y pendejadas de esas?
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30.10.05

Plañideras.

Yo creía que ese era un cuento de viejo, de esos con olor a hongo y a moho y a bolitas de alcanfor, pero un día vi unas plañideras en el entierro de un vecino nuestro, un doctor de alguna cosa, cuando lo lloraban como si fueran primas. «¡Ay, dio'mío!», decían las viejas, «¡ay, señó'!», y pegaban unos alaridos terribles. Es de admirar, sentía yo mirándolas, esa capacidad para adoptar al muerto y volverlo parte suya, para que ese llanto les salga del corazón y todos los demás se sientan un poco más mierdas porque mire cómo estoy yo de tranquilo y ellas, que ni lo conocieron, ahí atacadas. Además, parece que cobraban barato porque poder estar en el evento social del funeral del docto' las hacía sentir de alcurnia, sofisticadas, como las blanquitas esas que van de quinceañero al club Lorica.

Hoy me puse a pensar que la cosa realmente no puede ser tan dificil porque basta echarle un ojo a los periódicos y a los blogs para darse cuenta de que pasa con frecuencia, no puede ser tan complicada. Les tengo dos ejemplos, uno en desarrollo y otro que se viene:

1

HJCK se acaba. Alvaro Castaño —que no era el tipo entre dos gansos que salía al final de la cortinilla de Naturalia como creía yo, no, ese era Konrad Lorenz, el etólogo— y Glorita Valencia por fin pueden descansar en paz y disfrutar de una jubilación que, aparéntemente, no era posible lograr de otra manera. Parece que Prisa les hizo una oferta que no podían rehusar, quién sabe, y los pobres viejos tuvieron que aceptar porque o sino tuqui-tuqui, les hacen la corbata colombiana, ustedes saben como son esos españoles... Y bueno, HJCK se acaba, la reemplazan por Las 40 principales, que es la que oye mi mamá allá en la casa cuando se aburre de Radio Progreso de Córdoba y Rumba Stereo. En Bogotá eso sonará a esperpento, pero no se imaginan la emoción que sentimos todos allá en el pueblo cuando Las 40 tuvieron la fuerza suficiente para llegar desde Sincelejo.

Pero bueno, al punto. Increible la cantidad de deudos que han aparecido por ahí, parece que media Bogotá era parte de esa inmensa minoría que componía su audiencia. No dudo que algunos de los que se lamenten tengan razón para hacerlo; pero esa explosión comunal de dolor no deja de ser sospechosa, me recuerda la reunioncita en la sala del doctor este que les decía y las viejitas lloronas alrededor del feretro. Puro llanto de ocasión, pura pose. Ahora resulta, y lo lee uno por todos lados, que mis contemporaneos se criaron —¿o serán sólo los que tienen blog?— escuchando requiems y sinfonías y sonatas y cuartetos y cantatas y, cómo olvidarlo, jazzzzzzzzzz. Ahora resulta también que HJCK era un símbolo de Bogotá y que todos, cuando llegaban a casa, la ponían en la vieja radio de tubos de papá y se sentaban en su sillón de cuero a leer a Joyce o a Mann o a algún poeta maldito.

HJCK se acaba porque la cultura no da plata, eso no debería sorprenderlo ni indignarlo a uno. Una emisora funciona con plata y si la emisora no da para sostenerse, se jode y cierra. La gente que llora y llora ahora junto al ataud tapado —porque no quedó igualita— no la escuchaba y por eso nadie pautaba. Esos que protestan y, sobre todo lloran, probablemente nunca le compraron a los Castaño ni el disco de Alvaro Mutis leyendo sus poemas. Les gustaba tener HJCK ahí, para mostrársela a sus amigos alemanes cuando iban en el carro y decirles «miren, aquí también hay cultura», y luego seguir en el dial hasta algo más movidito. Lo peor del asunto es que yo ya me imagino que todos esos que se quejan por la muerte de la fulana y de paso expresan su odio efervecente contra el reguetón y el vallenato, son los primeros que al primer aguardiente en discoteca de moda se paran a bailar el perreo, o alguna otra de esas.

¿Saben? Hasta de pronto ahora les va a ir mejor. Con toda el escándalo que se ha armado, ese sitio de internet va a empezar a recibir hits de lo lindo. Yo, que nunca escuché esa vaina, ya puse mi cuota, por ejemplo.

2

El segundo ejemplo, como les dije, se viene, no ha llegado. Se murió Emiliano Zuleta, el tipo que compuso La Gota Fria, otro himno de la colombianada etílica que, a propósito, fue desempolvado y sacado del olvido, para fortuna del viejo Emiliano, por el bueno de Carlos Vives, o sino el hombre pela sin pena ni gloria. Mi pronóstico es que durante la siguiente semana veremos una procesión de plañideras recordando cuanto admiraban al viejo y cuanto significaba para el país. Citarán sus líricas, tararearán sus canciones. Así como la semana pasada el país entero se tornó súbitamente amante de la música clásica, esta semana que se inicia todos parecerán nacidos en Valledupar. Paradójicamente, los que la semana pasada odiaban el vallenato, esta semana lo amarán. Y así seguiremos, semana tras semana, llorando lo que en vida nunca nos importó y que dejamos atrás, llorando para sentirnos mejores al resto, llorando para que luego digan que nos vieron llorar, para que reconozcan que al menos eso hicimos bien.


Antena repetidora de Radio Progreso de Córdoba
(Barrio remolino, Lorica, Córdoba)
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