Grandes son los desiertos, y todo es desierto.
No son algunas toneladas de piedras o ladrillos a lo alto
Que disfrazan lo solo, lo solo que está todo.
Grandes son los desiertos y las almas desiertas y grandes
Desiertas porque no pasa por ellas sino ellas mismas,
Grandes porque de allí se ve todo, y todo murió.
(Álvaro de Campos, As Almas São Desertas E Grandes)
Es de esas cosas que a uno le cuentan pero como lucen tan distantes, nadie las cree. A Floro mientras creció todo el mundo le dijo que iba a llegar el día en que iban a venir a llevárselo, que uno no podía vivir toda su vida en el hogar. Floro no les creía porque para él el hogar no era un sitio de paso, como para todos los demás. Para él era su casa, era el lugar donde había crecido, sus madres eran las cinco o seis directoras que habían pasado por la oficina al fondo del pasillo, él les escribía cartas en diciembre deseandoles feliz navidad y contándoles que en el hogar todo estaba bien, que doña Mercedes, la cocinera, había prometido que para el venticuatro haría pollo al vino, que el mes pasado la mamá de Eliecer había aparecido -¿o había salido de la carcel?- y se lo había llevado con ella. Eliecer era el único de su edad, tenía trece, y habían llegado al hogar con un mes de diferencia, eran como hermanos. Señorita Caviedes, escribía Floro en su carta, yo quisiera pedirle que se acordara de mí en sus oraciones para que algún día mi mamá también venga por mí y me recoja, yo sé que eso no está en sus manos, pero la hermana Estela, que viene los viernes al catequismo, dice que con la oración y la fe todo se puede. Que la fé mueve montañas. Yo no sé. Yo rezo y rezo y mi mamá nada que viene. ¿Cuándo será que vendrá? A los quince las cartas habían perdido la inocencia y rondaban la resignación. A los diecisiete ponderaban sobre lo que vendría. Yo no puedo estar acá toda la vida, señorita Villamil, ¿o sí?. A los dieciocho, en diciembre, la señorita Álvarez lo llamó a su oficina y le presentó al teniente García y la doctora Otálora. Como era pasado el catorce, las cartas de ese año ya se habían ido, así que ninguna de sus seis madres adoptivas se enteró que habían venido a llevárselo. Todas sabían que tarde o temprano sucedería, pero ninguna tuvo el temple para informárselo.
Floro era un tipo calmado, silencioso, de complexión más bien débil, el blanco perfecto para convertirse en la mascota de la compañía.
La cantimplora, así les dicen. La compañía eran ciento cincuenta soldados regulares en entrenamiento de contraguerrilla en la escuela de artillería, a cinco meses de ser enviados a Guaviare, a Arauca, a Putumayo, a
hacer patria, a defender la democracia, maestro. En esos cinco meses a Floro le pasaron muchas cosas. El rezaba y rezaba para que todo eso quedara atrás pero de nada servía. Lo máximo que se podía hacer era negarlo, cerrar los ojos y negar que eso estuviera ocurriendo. Escaparse era imposible, lo había intentado. Le habían quitado la ropa, le habían pasado el cañón del fusil por todas partes, se lo habían metido en la boca, de nada había servido llorar, de nada había servido decir que por favor no le hicieran daño porque el daño ya estaba hecho. El dragoniante Medina había cargado el fusil, le había metido el proveedor con munición y lo había cargado. El cañón se había puesto caliente, Medina le gritaba cosas, Mariquita de mierda, deje de chillar, ¿quiere que lo mate? ¿eso quiere? ¡Gonorrea hijueputa, vuelva a evadirse de nuevo y verá!. Afloje, Parga, o sino le va a doler, le decía Varela, el caleño, mientras
lo medía por segunda vez en lo que iba de la semana. Floro aflojaba y le seguía doliendo. No más, rogaba, no más, pero no le salía voz, sólo aire. Una noche amaneció con la cara amoratada y vomitado tirado en el medio del alojamiento, el capitán lo llevó a la enfermería donde estuvo unos días. A la semana el teniente Suarez vino y le dijo que dejara la mariconada, que el médico le había contado en las que andaba, que Varela lo había acusado, que en el ejército no necesitamos putas, que esas nos esperan en los pueblos.
Lloraba por las noches. Apenas lograba conciliar el sueño, cuando la gritería de los sargentos apaleando los catres anunciaba el nuevo día. Durante el desayuno, en el cuadernito que le habían dado, escribía su diario de mentiras. Escribía lo que estaría haciendo si siguiera en el hogar. Hoy vino una pareja buscando un niño para adoptar. Yo les mostré las instalaciones y los llevé a conocer a los más pequeños, también les presenté a Ivan y les conté lo bueno y organizado que era y lo mucho que necesitaba una casa donde lo quisieran. Al almuerzo comimos carne guisada con papa y ensalada verde. El jugo era de mora, no tenía mucha azucar. Sigo en mis clases de carpintería, la silla ya está casi lista. Luego se iniciaba el día y volvían los insultos y los golpes. Luego los largos entrenamientos para el juramento de bandera. Paradas eternas en posición firmes sosteniendo el fusil al frente. No pesa mucho, pero a los quince minutos los brazos tiemblan y duelen. Pese a su estado lamentable, nunca se desmayó. Siempre se mantuvo de pie y cumplió las órdenes. Un general le entregó el fusil personalmente y le dió un manotazo cariñoso en el hombro. Al día siguiente, voló por primera y única vez en un helicóptero.
En el monte las cosas fueron distintas. En el monte entendió que todo eso que le habían enseñado no servía para nada, pero que él era bueno para eso que no le habían enseñado. El enemigo exiiiiste, decía el teniente Robledo entre ronquidos, mientras dormía recostado contra un árbol. Floro Parga estaba subido en ese mismo árbol con un equipo de visión nocturna haciendo guardia. Estaban en zona roja hace una semana.
Guasón les había informado que Trejos, el comandante del frente 30 de las FARC, estaba en el area. Trejos torturaba a los capturados. Los tortura y luego los mata, no los secuestra. La tropa dormía mientras Floro revisaba con cuidado el perímetro. Ya había matado, ya había visto morir lanzas, ya había visto lo que pasaba con la cabeza de alguien cuando le hundían una dum-dum en la frente, o una granada en el pecho. Ya había sentido cómo pasaban balas sobre su cabeza, había sentido el zumbido rasgándole la espalda. En un año lo había visto todo, todavía faltaban seis meses más. Estaba en una rama gruesa y alta, la selva lo maravillaba. Tanto verde, tanta vida. Se sentía dueño del privilegio raro de explorar lugares por donde nadie había caminado antes. ¿Cómo se llamarían esos árboles? Pensando en eso se quedó dormido. Ni siquiera se dió cuenta cuándo sucedió. Simplemente se quedó dormido y sólo se despertó cuando el sol le daba directo en la cara. Soñó algo, pero no supo qué había sido sino hasta que miró hacia abajo y vio lo que había pasado, vio lo que le hacía falta.
Floro soñó que escapaba de la muerte.
Tras vagar varios dias por la selva, llegó a un caserío. Sus habitantes lo alojaron y escondieron de Trejos durante unas semanas y, cuando se recuperó, lo adoptaron y él a ellos. Era un pueblo bonito compuesto por colonos, había un riachuelo cerca y muchos, muchos niños. Él decidió enseñarles a leer, nadie más sabía, y construyó un salón con ayuda de la comunidad. La escuela de Floro Parga creció. A la gobernación del departamento llegó el rumor de que había una escuela gratuita a cargo de un guerrillero desertor y el gobernador pensó que era el caso perfecto para demostrar los logros de su administración en sus programas de constructores de paz. La televisión llegó al pueblo con el Doctor y su comitiva, Floro se hizo un poco famoso, al menos por unos días, y esa fama dejó algo de dinero para la escuela, con el que compraron libros un mapamundi, y una plaquita de la gobernación que cuelga ahora al lado del sagrado corazón junto al tablero. También lo invitaron a Bogotá, a un curso de capacitación en la universidad pedagógica. Él no quería ir pero los niños lo animaron, le dijeron que les trajera dulces. Él fue. En ese curso lo conocí. Se sentaba atrás, tomaba nota juicioso, hacía preguntas, participaba más que cualquiera, almorzaba una empanada sentado solitario en el prado leyendo un libro. Diría que nos hicimos amigos pero lo cierto es que sólo hablamos una vez, en la fiesta de clausura del curso. Yo me le senté al lado y le pregunté si le había gustado la capacitación, él me dijo que sí, que había sido muy útil. Le pregunté que a qué escuela estaba afiliado, me dijo un nombre, un nombre bíblico, así se llamaba la escuela. ¿Dónde queda?, le pregunté. Me hizo un mapa. ¿Y usted cómo llegó allá? ¿el amor?, le pregunté entonces. Él se volteó, tomó un sorbo de vino, dejó la copa en la mesa, me miró, sonrió y me dijo que la historia era un poco larga, pero que más o menos era así, y me la contó con tranquilidad, como si hablara de cualquier cosa, de lo que le había pasado ayer. Luego me preguntó si conocía algún lugar donde vendieran dulces importados. Yo le recomendé uno. Me dio las gracias y se fue, dijo que estaba cansado. Al alejarse, noté que cojeaba un poco. Parecía como si se fuera a caer todo el tiempo, pero no se caía.
Notas al margen: Portnoy escribió
un texto sobre este weblog en
Blogueratura. Muchas gracias por los elogios y el apoyo.