(Este es un relato de la vida real escrito y cedido amablemente a este espacio por mi amigo Jaime Molano. Si está interesado en la excelente película colombo-mexicana de nombre homónimo protagonizada por Verónica Castro y Andrés García, por favor diríjase acá.)
Es un viaje familiar. Pablo estudia su maestría en recursos hídricos en Nantes y los papás se habían encontrado en Londres con Laura, la hermana, que trabaja en un hotel allá. Los cuatro se reunieron en París, padecieron los tres días de turismo reglamentario y luego cojieron un avión directo a Roma aprovechando las escasas dos horas para descansar los piés llenos de ampollas. El primer día caminaron por el centro. Fueron al coliseo, se pasearon por las ruinas tomando fotos, leyendo inscripciones, convenciéndose de que el pasado existe porque otros así lo han decidido.
A Pablo le gustan las conspiraciones, los códigos da Vinci, los caballos de Troya, Robert Anton Wilson, los Alquimistas, los últimos Catones, vainas de esas, por eso él sabe que todos esos templos son un engaño y su antigüedad no es producto del paso del tiempo sino de un proceso alquímico que
Los Hermanos Mayores practicaron en las rocas para convencernos de que forjamos nuestra historia y nuestra civilización, de que somos productos de nosotros mismos.
Los Hermanos Mayores saben, y Pablo también, el daño que haría a la humanidad que la verdad saliera a la luz. Pablo conoce el paradero de los
verdaderos pastorcitos de Fátima, Pablo sabe lo que contienen
Los Testamentos originales, los que fueron escritos en caldeo y
reformulados en griego despojándolos del mensaje original del mensajero. Pablo, todo hay que decirlo, siente que su nombre lo inviste de un caracter divino y una misión. Su madre, que fue quién le indicó el camino, le ha explicado varias veces que en su momento sabrá cuál es su parte del Plan.
Pablo no se acostumbra a la cambio de papa, el rostro del nuevo lo descompensa. Siente que el cambio físico de Juan Pablo a Benedicto, si se hiciera en
morphing digital, no se diferenciaría mucho del de los vampiros de
Buffy cuando adoptan su verdadera forma. Produciría
el mismo impacto. No era que Pablo le hiciera mucho caso al polaco ni mucho menos, pero al menos a ese lo veía en televisión y la candidez impostada del viejo le despertaba algo de conmiseración. El maestro Otálora le contó alguna vez, en una visita a su casa para recibir el diezmo, que el papa Juan Pablo era una marioneta de los cardenales y que nunca estuvo al tanto del Proceso. El polaco fue una ficha bien elegida para despertar ternura y desviar sospechas. Ratzinger es distinto, Ratzinger es el
puppet master oficiando. Pablo sabe lo que sigue, pero no sabe si será capaz.
El miercoles de ceniza se dirigen todos juntos a la basílica de Santa Sabina, donde ocurrirá la celebración. Antes de llegar toman un desayuno rápido en un pequeño café. Laura le pregunta a Pablo si está seguro, Pablo le dice que sí, que no tiene la menor duda. Los padres sonríen, los han criado bien. Continúan su camino, llegan a la capilla y esperan la procesión con sus pases de invitados en la mano.
Primero llega el olor a incienso, luego las voces y luego la tan esperada visión del papa presidiendo. Una multitud se aproxima y luego adentra en la capilla llenándola lentamente tras superar las innumerables medidas de seguridad. Pablo y Laura se sientan atrás, sus padres en una esquina, procurando no ser retratados por las cámaras.

La ceremonia se inicia y pasa volando. Todos allí son unos privilegiados y a Pablo le da pena que no lo sepan. Cuando la imposición de la ceniza de inicia, Pablo y Laura toman ordenadamente puesto en la fila destinada para tal fin. La fila avanza lento, a paso arrastrado, y la gente se persigna emocionada. Pablo no, tampoco Laura, ellos están encima de eso. Cuando Laura llega por fin frente al cura, hace una pequeña venia y expone su frente. Una cruz burda le es impresa por el pulgar gordo del pontífice, es como un quemón en su frente, aguanta las lágrimas. Sigue Pablo, otra reverencia, otra cruz hirviente impuesta. Cuando la mano se aleja, sin embargo, Pablo la toma con cuidado entre las suyas y, acercándola a sus labios, deposita en ella un beso tibio al que Ratzinger sonríe complaciente comprendiendo de inmediato el significado del acto. Ya es hora, dice Pablo para sus adentros. Ya es hora.
La ceremonia llega a su fin, la capilla se desocupa y el papa regresa a sus aposentos. Pablo, Laura y sus padres caminan por las calles que a sus ojos lucen ahora vacías. Laura arrastra una maleta de rueditas, Pablo lleva de la mano a su madre. Nadie dice nada. Caminan hasta
Roma Termini y se acercan a la plataforma ocho. Pablo mira a su madre y a su padre y a su hermana y luego baja la cabeza, se contiene para no abrazarlos. Ellos hacen lo propio, le dan la mano, fingen una sonrisa que sale amarga y luego suben al tren con detino a Milano, allí se encontrarán con Otálora. Pablo espera hasta que el tren parta y luego camina de vuelta al hotel. Sabe, y detesta saberlo, que tomará cinco semanas descubrir si todo salió como esperaba. Cinco semanas en Roma comiendo McDonalds y pizza barata. Esta cuaresma será eterna.