House of Leaves (4).
"I have no sense of anything other than myself," he mumbles.

Durante una evaluación, el doctor Téllez me mostró un cuadro negro, como el que está aquí abajo, y me pidió que le contara qué había adentro, que reconstruyera la oscuridad. Yo le mentí, le dije que había una cueva llena de monstruos, pero él insistió, «No, no, hombre, dígame qué ve», dijo, y luego de una pausa me preguntó que si todavía lo veía. Yo le respondí, ¿qué más hacía?, que sí, que ahí estaba, que todavía andaba ahí, escondido tras el borde, esperándonos. «Lo veo respirar.»
No me preguntó qué nos esperaba, no se atreve. No dijo nada más. Terminó de llenar el formulario y luego me dio las cartas de Mónica, eran tres. Mónica y sus sobres decorados. ¿Cuánto tiempo llevaba en ese lugar?
La siguiente vez que nos vimos, el doctor Téllez me mostró la foto de la niña y el buitre. «¿Qué ve?», me volvió a preguntar.
En el futuro, los lectores de periódicos y revistas probablemente verán las fotografías de las noticias más como ilustraciones que como reportajes, dado que sabrán bien que no hay manera de distinguir una imagen genuina de una que ha sido manipulada. Incluso si los fotografos y editores resisten la tentación de la manipulación digital, cosa que probablemente harán, la credibilidad de las imágenes reproducidas disminuirá debido a un ambiente de expectativas reducidas. En resumen, las fotografías no lucirán tan reales como alguna vez lucieron.0
Reconstruir el espacio por medio de una imagen captada (capturada, congelada, atrapada, salvada) por una cámara. Invertir la proyección. Scene reconstruction: ¿Cuántos metros separan al buitre de la niña? ¿Cuánto mide la niña? ¿Cuánto pesa? ¿Cuántos años tiene? ¿Se arrastra o yace? ¿Cómo se llama la niña1/2? ¿Llora? ¿Cuántos segundos le quedan? ¿Qué tan cerca estamos? ¿Qué tan lejos? ¿Qué vemos? ¿Es real? ¿Lo fue? ¿Qué hacer?
Reconstruir la oscuridad. Llenarla de volumen. ¿Qué hay en el cuadro negro? ¿Qué hay en la ceguera del viejo Zampanò? ¿Cuántos viven en su penumbra? Scene Reconstruction: el borgiano Zampanò llena su nada de letras y las deforma intentando convertirlas en un ensayo, una metáfora de lo que no ve. Muere en el intento. Fracasa. Zampanò sueña un documental, The Navidson Record, sobre un hombre obsesionado con capturar la o(b)scuridad y una casa repleta de ella, una casa que resguarda el camino hacia un laberinto negro y sin fondo, Ash Tree Lane.
The Navidson Record es más grande que Zampanò. Su ensayo se desborda sobre el mundo invisible y se convierte en un símbolo total de eso que no ve, que no puede vivir. Zampanò vislumbra una inmensa scene reconstruction comunal que llena al Navidson Record de sentidos, de caminos, de interpretaciones. Intentando ocupar el vacío negro, T h e N a v i d s o n R e c o r d s e e x p a n d e .
Will Navidson es famoso. Tal vez lo recuerden por esa foto, seguro que la han visto, de una niña sudanesa moribunda que es acechada por un buitre. Todo el mundo ha visto esa foto. Todo el mundo tiene una opinión sobre ella. Todo el mundo juzga. Todo el mundo sabe qué ocurrió, cómo llegó él ahí, qué estaba haciendo, qué no hizo, qué no pudo hacer, qué no fue capaz de ser. Will Navidson también ha visto el corazón de las tinieblas.
(¿No se llamaba Kevin Carter?)
Will Navidson se instala junto a su compañera Karen y sus hijos Daisy y Chad en Ash Tree Lane intentando escapar de su trabajo, de sus visiones congeladas de niños corriendo entre las balas, pero no puede dejar sus cámaras, no puede dejar de capturar el mundo, así que llena la casa de incontables cámaras de video y se prepara para narrar su primer año de vida sencilla y feliz. El único problema es que un día, al llegar de un paseo, descubren que hay una nueva puerta en la casa. Una puerta que conduce a un corredor frio. Navidson se adentra.
Así se inicia The Navidson Record.
Not the photo—that photo, that thing—but who she was before one-sixtieth of a second sliced her out of thin air and won me the pulitzer though that didnt keep the vultures away i did that by swinging my tripodaround though that didnt keep her from dying five years old daisy's age except she was pciking at a bone you should have seen her not the but her a little girl squatting in a field of rock dangling a bone between her fingers i miss miss miss but i didn't miss i got her along with the vulture in the background when the real vulture was the guy with the camera preying on her for his fuck pulitzer prize it doesnt matter if she was already ten minutes from dying i took threem minutes to snap a photo should have taken 10 minutes taking her somewhere so she wouldnt go away like that no family, no mother no day, no people just a vulture and a fucking photojournalist i wish i were dead right now i wish i were dead that poor little baby this god god awful...Carta de Will a Karen, 31 de Marzo de 19911

Ken Oosterbroek, el mejor amigo de Kevin Carter.
(Ciskei, Febrero de 1994)

Ken Oosterbroek -atrás-, moribundo, es arrastrado mientras su buen amigo Joao Silva intenta congelarlo vivo.
(Thokoza, 18 de abril de 1994)
El 12 de abril, Kevin Carter recibe el premio Pulitzer por su fotografía del buitre.
Carter se suicida2 el 27 de julio de ese mismo año.
(Ambas fotografías son tomadas de aquí.)
Era Emilio López Lobo, el fotógrafo madrileño de la agencia Magnum, uno de los mitos vivientes del gremio. No sé si Jean-Pierre había oído hablar de él (Jean-Pierre Boisson, del Paris-Match, dijo Jean-Pierre sin inmutarse, por lo que es presumible que no lo conociera o que en las circunstancias en las que nos hallábamos le importara un rábano conocer tan eminente figura), yo sí, yo soy fotógrafo y para nosotros López Lobo era como Don DeLillo para los escritores, un fotografo magnífico, un cazador de instantáneas de primera página, un aventurero, un tipo que había ganado en Europa todos los premios posibles y que había fotografiado todas las formas de la estupidez y de la desidia humanas. Cuando me tocó a mí estrechar su mano, dije: Jacobo Urenda, de la agencia La Luna, y López Lobo sonrió. Era muy flaco, debía de andar por los cuarenta y tantos, como todos nosotros, y parecía bebido o agotado o a punto de volverse loco, o las tres cosas a la vez.R. Bolaño, Los detectives salvajes
Zampanò es incansable, pero su tarea, ya lo dije, lo supera. Su ensayo a retazos, una gigantesca broma metaliteraria hiperestructurada, laberíntica, excesiva, erudita y confusa (¿cuántos adjetivos le caben?), yace junto a su cuerpo (junto a sus poemas, junto a sus notas, junto a su obra de vida, junto a los enigmáticos restos de su paso por el mundo) cuando los paramédicos vienen, porque Lude, su vecino, un peluquero gigoló, les avisa que el viejo hace dos días que no sale. Antes de morir, el viejo de deshace de todos sus gatos.
Lude también le avisa a Johnny, su mejor amigo. (Johnny Truant: Asistente de un taller de tatuajes en West Hollywood, huérfano de padre y madre, viajero de mochila, catador de psicoactivos e incorregible mitómano.) Lude le dice a Johnny que tienen que entrar a ese lugar antes de que se lleven las propiedades del viejo. Johnny lo acompaña. Johnny entra. Johnny encuentra la casa de hojas. Johnny, pobre desgraciado, intentará completar la tarea de Zampanò y el resultado de ese nuevo intento, la compilación maximal de la labor truncada de Zampanò y su edición comentada, modificada, subtitulada, ampliada y regurgitada, aunque no digerida, por Johnny Truant5/2, será lo que, luego de una juiciosa (y extensa) labor de edición, Mark Z. Danielewski resolverá colgar en internet para que sus amigos lo lean bajo el título de House of Leaves. Setecientas nueve páginas de abrumador desconcierto.
«¿Qué ve?», me repite Téllez.
«No veo nada», le respondo, pero ahí está, estoy seguro, escondido tras el marco, esperándome. Lo escucho respirar3.
Postdatas:
- Para una reseña más digna y más seria, pero en inglés, les recomiendo la de Allen B. Ruch para el todopoderoso The Modern Word. También vale la pena leer esta entrevista al autor para Flak Magazine.
- Lamentablemente, nadie se ha atrevido todavía a traducir House of Leaves al español. ¿Quién se anima?
- Curiosamente, House of Leaves parece tener bastantes (o incluso demasiadas) cosas en común con House on the borderland, novela que Portnoy recién reseñó esta semana. Deben ser cosas del Plan, como diría él. (Texto completo de esa novela, acá.)
0 Andy Grundberg, "No lo dude: La camara puede mentir", New York Times, agosto 12 de 1990, Sección 2, 1, 29. Esta cita reitera de varias maneras lo que Marchall McLuhan anticipó cuando escribió: "Decir que 'la cámara no puede mentir' es meramente subrayar los múltiples engaños que hoy se cometen a su nombre". (Nota escrita por Zampanò)
1/2 Delial (¿DeNial?).
1 "No la foto —esa foto, esa cosa— sino quien ella era un sesentavo de segundo antes de que cortara el aire y me ganara el pulitzer aunque eso no haya alejado al buitre yo lo hice agitando mitripode pero eso no impidió que ella muriera cinco años la edad de daisy excepto que ella estaba mordquiseando un hueso la debiste haber visto no la una niñita arrastrándose en un terreno pedragoso sosteniendo un hueso entre sus dedos extraño extraño extraño pero yo no extraño la llevo conmigo junto al buitre al fondo pero el verdadero buitre era el tipo con la cámara acechándola por su puto premio pulitzer no importa si le faltaban diez minutos para morir yo me demoré tresm minutos en tomar la foto me hubiera tomado diez minutos llevarla algún lugar para que no se fuera así sin familia, sin madre sin día, sin gente sólo un buitre y un fotógrafo de mierda ojalá estuviera muerto ahora mismo ojalá estuviera muerto pobre bebecita espantoso espantoso dios..."
2 Más información en el Suicidiario de Bogato.
5/2 La apropiación es a tal nivel que Johnny se transforma en un personaje del libro, en un coautor, en el contertulio perfecto del estricto Zampanò, el ser que, a diferencia del ciego, ha visto demasiado. Así, un largo segundo apéndice recolecta algunos de sus poemas, diagramas, cartas de su madre enferma y el obituario de su padre. Johnny, tras editar el libro, desaparece sin dejar rastro.
3 La niebla cae, les dije, pero a veces puedo ver tras ella, y lo que veo son cuarenta niños subiéndose a la carrera en un bus verde, cuarenta niños que las profesoras, en su crísis neurótica, no cuentan. Cuarenta niños que deberían ser cuarenta y uno. Cuarenta niños y tres profesoras que me dejan solo junto a la casa del oso. Cuarenta niños que nunca vuelvo a ver. Cuarenta vidas que pierdo de vista. Adiós, vidas, adiós. Hola, señor oso.
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