Diario Imaginario (Soy lo que consumo).
Efectiva dramedia familiar-intimista, visualmente colorida y de factura independiente que narra el viaje de una familia disfuncional hacia un gringuísimo (y miedosísimo) concurso de belleza infantil en el que participará la hija menor. Los personajes son viejos conocidos: la madre que intenta sostener emocional y financiera a la familia; el padre soñador, ingenuo, sobrecontrolador y optimista; el tío gay e intelectual en medio de una crisis sentimental; el abuelo en su quinta adolescencia; el adolescente en su primera (y eterna) depresión; la niña luminosa y rosa que arregla todo con un abrazo o una sonrisa. Bloom dice que es una comedia basada en la pena ajena, yo creo que es un drama basado en los cortos momentos de gozo (o triunfo) de la gente. Cuestión de perspectiva.
La historia es el viaje y el viaje es la historia y no hay mucho más qué decir. De cierta manera, esta película es un ejemplo prototípico de esa tendencia general del cine independiente gringo a apostarle a tramas agridulces sin moraleja que, sin embargo, en el fondo intentan reforzar valores de esos que todos decimos compartir: la familia, la amistad, el amor, etc. Otro ejemplo de lo mismo es la artísticamente más atrevida pero menos efectiva en el plano global Tú y yo y todos los demás. Uno más exitoso que a mí no me gustó tanto es Sideways.
¿Será que algún día se aburrirán de la estética Elephant-Ghost World para la apariencia de los personajes de cine independiente gringo? ¿O es que acaso todo es culpa de los colores saturados? Yo no sé.
Domingo: Scoop
Continúa (y al parecer culmina) la (breve) etapa inglesa de Woody Allen. La traducción Nueva York-Londres ya fue sugerida en Match Point y aquí sólo se refuerza. En esta ocasión, como en tantas otras, la película recae en el personaje Woody Allen y su energía cómica explosiva usual —¿Narcisismo o Egocentrismo?—. A su alrededor orbitan los demás intentando atenuar, mal que bien, la sensación de estar presenciando un monólogo largo del mago viejito de gafas.
Es una buena comedia liviana y entretenida sin prerrequisitos ni sorpresas. Scarlett Johansson es perfecta y cada vez pinta más para ser el reemplazo de Soon-Yi. Hugh "Wolverine" Jackman es tan plano e inexpresivo como debe ser un sofisticado hijo de lord inglés. Woody Allen es, bueno, Woody Allen.
La siguiente escala de Allen es Barcelona. Veamos si logramos colarnos en alguna escena.
Domingo: (Bueno, ¿y por qué no hacemos dupleta?) Children of Men
Para empezar, hay que recordar que Alfonso Cuarón es sagitario. Por eso no debe sorprendernos que se renueve con cada película; seguro que cambia de firma cada año. En ésta, su nueva reencarnación (luego de Harry Potter 4 y su corto en Paris, je t'aime), Cuarón nos habla (haciendo eco a una novela de mediano éxito de un tal J.D. James) de un futuro tan próximo que por momentos parece un reflejo sincerado de la sociedad en la que vivimos; uno en el que se hacen realidad nuestras peores sospechas y miedos.
Children of Men es franca y cruel. No hay optimismo en la parábola pesadillezca del mundo incapaz de reproducirse que se termina de ir por la borda con todos adentro, no hay esperanzas. Optimistas, eso sí, son los que llaman a esta historia, por ocurrir en el futuro, una de ciencia ficción como quien dice para allá no vamos o todavía falta.
Cinematográficamente me recordó a 28 days later y yo creo que la reminicencia no es casual. En el también británico mundo de Children of Men parece que la humanidad entera hubiera sucumbido al síndrome zombie y el nuevo lema fuera «ya que quedais pocos, aniquilaos los unos a los otros». Por supuesto, hay razones menos simbólicas: las cámaras sucias cuasi documentales funcionan parecido, los personajes caen uno a uno, un gran protagonista es Inglaterra en caos. Qué bien le sienta el caos totalitario a Inglaterra. Ya nos lo habían mostrado los Wachowski con su (decente) adaptación de V for vendetta y ahora nos lo reitera Cuadrón con esta película.
No está de más decir que esta película no le viene bien a espíritus sensibles. Se debe ir dispuesto a padecer una batalla (con todo el absurdo que esto acarrea).























