Hoy, buscando dónde reciclar dos galones de aceite de cocina (no pregunten), terminamos encontrando una pizzería de acento uruguayo entre una callejuela del Raval. Seguimos caminando, debíamos hacer mercado, pero nos prometimos regresar, porque en su puerta anunciaban empanadas a un euro con veinte y eso es algo que no se puede dejar pasar.
Tras las compras, muertos del hambre, buscamos de nuevo el sitio y pedimos tres empanadas para cada uno. Y aquí estamos, bienvenidos a la pizzería l'àvia (carrer La Cera, 33), atendida personalmente por su propietario, Mario Mariano Pérez Ruiz, un hombre grande y gordo, de un metro con noventa y tres, que dice que alguna vez midió más, pero con la edad uno... uno... Luego le muestra a su hija que Rosa está desesperada, y la niña de gafas y su perrita puddle salen en patines a toda carrera del local.
Al entrar, antes de ordenar, Mario nos recomendó la paella, pero no, nosotros habíamos venido por las empanadas, y además sabíamos, ya desde ese momento, nada más al cruzar la puerta, que este era un lugar de esos que nos gustaría convertir en uno familiar, como
Punjab, nuestro querido restaurante ecuatoriano-pakistaní, el cual seguimos visitando cada semana y algo para trancarnos con su delicioso encebollado.

En las paredes hay pequeños cuadros a la venta. Hay una imagen de Poe junto a nuestra mesa, en plumilla, rodeado de cuervos. También hay otros similares con personas que no reconozco. A un lado, cerca a la barra-vitrina, hay un estante con libros usados que me recuerda la estantería de libros y juegos de la
Green Street Coffee House en Urbana. Me gustaría describir el color del sitio pero no puedo, no sé cómo. Las paredes son azules o verdes, y hay acabados de madera oscura, pero hay algo más. Al fondo, un corredor conduce a la cocina, de la que viene un cocinero rubio y alto, más delgado que Mario, para decirle algo a la mesera. Mientras tanto, Mario saca del horno una bandeja de pan de pan pajés recién horneado. En esas entra un viejo. Saluda desde afuera y luego entra. Sonríe y dice algo que no alcanzo a atrapar. Luego pregunta que si todo está bien, y Mario le responde que tal vez deba traer la escopeta («su escopeta del 18») porque «este lugar está lleno de rumanos». Señala a la mesera y el cocinero. Todos se ríen. El viejo asiente y promete volver, más tarde, con la escopeta. Mario le dice que lo estará esperando. La música en el restaurante en ese justo momento, se los juro, es la tonada de presentación de
Viaje a las estrellas: La nueva generación. Por la calle pasa una banda marcial.
Las pizzas medianas cuestan tres con sesenta en promedio. La porción sale por dos euro. También tienen pasta, bocadillos (choripán con chimichurri, tres euro), "especialidades" (que van desde caracoles en salsa, cinco con cincuenta, hasta atún al perfume de tomate, seis con cincuenta, pasando por vacío con papas y asado criollo), las ya mentadas empanadas (gallega, de atún, de espinaca, de carne, de jamón y queso, de sobrasada, de pollo y de maiz), y para terminar una selección de postres encabezada por unos excelentes alfajores a un euro con veinte no más. No tienen fanta naranja, pero tienen cas. No tienen coca-cola, pero tienen pepsi. Cuando pedimos la cuenta, Mario nos dijo diez euro y la mesera rumana gritó «¡Barato!». Yo le dije que tenía toda la razón.
En algún momento, mientras me comía el alfajor, me di cuenta de que sobre la barra-vitrina, además de los alfajores, Mario tenía un muestrario de libros nuevos a la venta. Al momento de pagar, frente a la caja registradora, ojeé los títulos:
Pitágoras (El misterio de la voz interior),
El manuscrito Voynich (y la búsqueda de los mundos subyacentes) y
La quimera de la inmortalidad. Todos son escritos, ya lo imaginarán, por Mario Mariano Pérez Ruiz. No le pregunto si es él, no hace falta. Una fotografía en la solapa de uno de los libros lo confirma: Mario muy serio, de gafas, con una camisa roja. No le digo nada más. Miro al pizzero neopitagórico, tiemblo y pago. Pienso en el
tetractys por tercera vez en esta semana. Por tercera vez en esta semana, siento que una espiral me envuelve. Al llegar a casa busco información. Primero los libros, aquí están (
1,
2), luego su nombre, encuentro
una entrevista. Leo apartes, recorto y pego:
(...) cuando hablamos de Pitágoras hablamos de la base misma del arte. También se habla de conocimiento y sensibilidad humana, pensar que ellos desarrollaban hasta 7 sentidos, podían escuchar la armonía de las esferas o desarrollar cosas que describió Ficino como "el furor divino". Ellos sentaron las bases para el arte y la ciencia, con cosas como la geometría. En una época el hombre tuvo capacidad de expresar sentimientos a través de los números, eso nos descoloca ahora. Algunas figuras geométricas pueden expresar sentimientos.
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Yo trabajé en una pastelería en la que había un hombre que era de Mallorca y tenía un libro lleno de conocimientos secretos de pastelería, él lo quería publicar pero no lo consiguió. Estaba lleno de claves de pastelería. El hombre murió y el libro desapareció... y allí se termina la historia.
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Hay algo que los masones llaman la "palabra perdida", Pitagoras en griego significa los que hablan con el vientre. Por eso un día determinado, el solsticio de invierno, entre Navidad y San Esteban, podemos observar en el cielo a la vez el sol y la luna en pleno día, en ese día tuve una experiencia que ellos denominan "la voz del vientre", una voz que salía de dentro mío. Junto a mi voz aparece otra que habla por si misma. Un amigo mío, tristemente fallecido en circunstancias dudosas... ya sabes, un lago... lo mataron, me habló mucho de Pitagoras. Profesor de ciencias políticas, Miguel Gresco. Yo me puse a investigar y me interesó mucho la figura de Pitagoras. En los 80's además de estudiar matemáticas me pongo a estudiar su figura en concreto. Encontré un libro que habla de Pitagoras de una autora mexicana con una dedicatoria que contiene una clave: Pitágoras en griego significa "los que hablan con el vientre". Entonces pense, eso me ha pasado a mí. A veces les llaman posesiones diabólicas, pero con el tiempo te das cuenta que solo es el alma. El alma es eterna, y tiene su propia presencia. Su propio cuerpo, esta compuesta de la misma materia de la que están hechas las estrellas. Dentro de la antigua sabiduría se habían desarrollado hasta 7 sentidos, uno de ellos es el de hablar por el vientre con el alma. Esto se reproduce con los babuinos, en el antiguo Egipto. Estos dictan a los escribas y pronuncian hasta 3 vocales a través del vientre.
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(...) yo tengo una abuela que es muy famosa en Barcelona, Carolina la florista de la rambla. Ella tuvo relaciones tanto con la masonería como con el espiritismo. Esto la condujo a un manicomio.
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Las religiones han hecho muchisimo daño. No buscan el saber. Los musulmanes queman la biblioteca de Alejandría, esta se crea como base de datos de la humanidad. La religión católica hace lo mismo con la inquisición. Los judíos no hacen tanto. Pero los budistas durante la segunda guerra mundial, conspiraron junto a los nazis para dominar el mundo. No son pacifistas, en la guerra hicieron muchas de las suyas, y las siguen haciendo con el gas sarín...etc.
Releo todo esto. Temo por mi vida. Me siento rodeado. Lamentablemente, debo regresar por otro alfajor más. Puede ser una trampa, lo sé, pero no tengo otra opción. Iré mañana. Recen por mí.