3.3.07

The Host, por Bong Joon-ho.


(Reseña de The Host)
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El platanazo, literalmente.

El Platanazo
Tal parece que Davit, mi cuñado catalán, sigue feliz en su paseo por Colombia.
A él le debemos esta buena foto.
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2.3.07

How to write mathematics badly, por Jean Pierre Serre.

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1.3.07

For Esmé—with Love and Squalor.

This is the squalid, or moving, part of the story, and the scene changes. The people change, too. I'm still around, but from here on in, for reasons I'm not at liberty to disclose, I've disguised myself so cunningly that even the cleverest reader will fail to recognize me.
Ésta es una historia de cartas. Cartas prometidas, cartas por llegar —o que nunca llegarán—, cartas en proceso de ser escritas, cartas. Las cartas son excusas para hacer pausas y reconsiderar. Y también pueden ser golpes del pasado, o anclas. A veces, cuando siento que tengo la cabeza muy revuelta, abro Gmail y le escribo algo largo a algún amigo. Le cuento lo que ocurre, o lo primero que se me pasa por la cabeza, da igual. Casi siempre me responden. Casi siempre siento que algo mejora. En realidad, muchos de mis grandes amigos han existido, por esto de las distancias, más en letras que en carne y hueso. Este blog es, en más de una manera, una larga carta para todos ellos.

(Al margen: Debería escribirle algo a Mercedes cuando se acerque su matrimonio, a mitad de año. Para efectos prácticos, eso casi que sustituiría mi presencia. Lo anotaría en mi agenda si tuviera una. Debería tener una agenda.)

Esta es una historia de cartas y soldados. Me acuerdo que los soldados regulares que hacían entrenamiento en la Escuela de Artillería le escribían a sus familias o sus novias. Se sentaban en el casino de soldados en algún descanso y escribían. No mucho, unas palabritas no más. A veces escribían pidiendo cosas, pero casi siempre asegurándole a alguien que estaban bien, que al fin y al cabo no era tan duro.

Y mienten. No estaban bien, se les veía en la cara. Tenían miedo, no era para menos; no me gustaría haber estado en su situación. Estar pensando si seré capaz de disparar cuando deba hacerlo, por ejemplo. Eso me hubiera vuelto loco. Yo, en algún momento de mi servicio, durante una práctica de tiro, tuve una especie de ataque de pánico y me puse a llorar. Me acuerdo ahí, con las balas zumbándome a los lados, tirado en el piso temblando y con el fusil en la mano, llorando y gritando que no más. Me acuerdo que levanté la mano y el capitán dijo alto al fuego y vino el teniente Parga y me sacó de formación y me llevó lejos del polígono. Me acuerdo que me sentó junto a un árbol y este tipo, que tenía fama de ser un hijo de puta, me consoló. Me dijo que me calmara, que si no quería disparar, no tenía qué hacerlo. Yo le dije que yo no quería estar ahí, que ese no era mi lugar, que yo no sabía qué diablos hacía aprendiendo a matar gente si yo nunca había querido matar a nadie, y el Parga me puso la mano en el hombro y me dijo que fresco, que no pasaba nada, que él sabía que esto no tenía que gustarle a todos, y ahí estuvo hablándome un rato de cuando entró a la escuela de cadetes. Venía de Garzón, Huila, y tenía varios tíos militares. Él era uno de esos oficiales que se les ve que todo eso del ejército les encanta y que son todavía lo suficientemente jóvenes como para ilusionarse con unos meses en el monte dándose plomo con la guerrilla. Luego, cuando ya tienen sus años, les gusta más el confort de los batallones de ciudad, pero aún entre esos curtidos hay algunos que nunca pierden el gusto por la guerra. Ese es un gusto incomprensible para mí. Total es que Parga me calmó, y a partir de ese día nunca volví a disparar un fusil de esos, aunque tuve que cuidar uno durante el resto del año. Cuídenlo como a sus novias, nos decían. Como yo no tenía novia, nunca supe qué hacer con esa cosa.

Años después, en la universidad, conocí a otro nativo de Garzón que había sido vecino de Parga allá en el pueblo. Él también decía que Parga era un hijueputa. Había sido compañero de su hermano en el colegio. A ese tipo lo echaron de la universidad por bajo rendimiento académico. El apoyo constante a la revolución nepalí, parece, no le dejó tiempo para el álgebra lineal. Esas cosas pasan. Yo creo que terminó en la guerrilla, tenía todo el perfil. Parga, como sea, nunca volvió a aparecer. El huilense de la universidad fue mi último, digamos, contacto con él. El otro día busqué a Luis Parga en Google y no hay rastro. Intenté todos los rangos. ¿Será que me lo inventé? ¿Será que lo mataron? ¿Dónde andará el teniente Parga?

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Cuento de terror más corto que su propio título.

Soñaba en orden alfabético.
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28.2.07

Nepo.

Se llama Nepo y era albañil. Era El Albañil. Dicen que construyó medio barrio. Dicen que por eso es que lo quiere tanto: Es que es como un hijo. Dicen que construyó y construyó hasta que se lo comió el Parkinson, hace por ahí diez años, y desde ahí se dedicó a mendigar en el parque. Lleva una mendicidad digna. Alcoholizada, pero digna, dice con orgullo. Se baña todos los días en la casa de los Álvarez y luego desayuna, por cuenta de la señora Benavides, en la cafetería de Carla. Pide huevos revueltos y un perico. Más tarde, a eso de las nueve, pasea los perros de don David, y luego, si es jueves, va la tienda de Esteban a jugar dominó con Federico y Gonzalo. Apuestan trago y Nepo siempre gana, porque se conoce las fichas de memoria. Cada rugosidad es única, piensa. Cada rugosidad necesita un tratamiento distinto. Federico dice que Nepo si es mucho hijueputa cuando se despide. Sea jueves o no sea, al medio día va al supermercado de la cincuentaysiete y compra tres cajas de vino Fino. Se lo toma en la plaza, viendo a los pelaos jugar basket. Los pelaos lo conocen y él es, digamos, su entrenador secreto. Ellos juegan y Nepo mentalmente los corrije. Dice No, por ahí no. O Defensa, defensa. O al Negro, no joda, ¿es que no ven al negro? Y cuando se van a ir el negro siempre le pregunta, Oye, Nepo, qué tal estuvimos, y Nepo le responde que tienen que mejorar esa defensa, o reforzar las posiciones, o practicar lanzamientos, porque si siguen así nunca van a pasar de los cuartos de final del campeonato interbarrios.

Antier, serían las nueve y media, Nepo salvó a Herminia, la hija menor de los Iragua, de que la atracaran. Ella venía caminando de la estación y la seguían tres maricas. De pronto, apareció Nepo. Se les plantó con una botella en la mano y les dijo que comieran mierda, prácticamente, y los manes salieron cagados del susto corriendo, porque han oido historias del borracho que cuida el barrio, que es un fantasma, que dejó en silla de ruedas a un grafitero mal parado, que es un antiguo luchador, que no tiene miedo.

Un día de estos nos van a matar al pobre Nepo.
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27.2.07

Como estudiante en día de la primavera.

Está haciendo mucho sol. Más del debido para esta época. El corte inglés, que según Nano es más efectivo que Punxsutawney Phil prediciendo la llegada de la primavera, ya anuncia (ordena) desde hace una semana el cambio de temporada y nadie parece estar en desacuerdo. La pobre marmota, en cambio, sólo cuenta -históricamente- con un 39% de precisión. Mejor dicho, como dice también Nano, quien reporta sintonía desde una gélida Urbana, IL, a falta de corte inglés, nos va mejor lanzando una moneda.

Como sea, toda esta luz le hace bien al espíritu. Eso al menos por un rato. Luego, dentro de tres meses -o incluso menos-, estaré maldiciendo el calor que viene con ella. Uno vive saltando de odio a odio. Parece ser inevitable.

Se aproxima un examen oral de árabe. Y yo no sé nada. Que Ganesha se apiade de mí.
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26.2.07

Reflexión (666).

Conjetura metempsicótica: Si uno se porta mal en esta vida, nace cristiano y latinoamericano en la siguiente.

Ejemplo (¿o contraejemplo?): Jesucristo hombre demuestra que es el anticristo y revela la marca del 666.

Lo que Wikipedia dice sobre Jesucristo hombre: "He is currently the second most blasphemous creation to come from Puerto Rico behind of course Ricky Martin."

... and I say to myself, what a wonderful world...

(Me pregunto cómo entra todo esto de las iglesias cristianas de crecimiento viral en Estados Unidos y América Latina dentro del modelo-esquema de la globalizada cultura hipermoderna de Lipovetsky. Hoy estuve escuchándolo en el CCCB y quedé con esa duda. Me pareció demasiado localizado a Europa su discurso. Roberto lo disculpó recordándome que era francés.)
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Visiones (78).

Hoy la vi comprando pan. Últimamente la veo por todos lados. No, no estaba comprando pan. Estaba en un bar a las once la muy borracha. Y no era su bar, ni más faltaba, era otro: un grasibar donde los sábados por la mañana se sientan los turistas a bajar la rumba del viernes a grandes sorbos de cerveza. Ella ahí, tan ínfima, tan poca cosa, tan hormiga maquillada, tomándose una caña y conversando sobre nada con tres jovencitos italianos cuya suma de edades no alcanza la suya y pensando -reflejándose en la vitrina de las croquetas- si su peluca nueva estará bien puesta, si la peluca bastará para fingir ser otra, si tendrá suerte y dormirá acompañada la siesta de la tarde. Qué cosas piensa. Qué sola está.
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25.2.07

Metamorfosis.


1

Dentro de mi recorrido aleatorio por la obra cuentística de John Cheever, ayer salió Metamorphoses, una serie de cuatro relatos cortos que describen varias instancias de cambios. Cambios drásticos. Discontinuidades del destino. Desde que mi amiga Melba me dijo que a ella le parecía que yo vivía obsesionado con historias de esas, me he obsesionado un poco más. Siento que me hablan. Son las cosas que hace la conciencia de saberse algo.

Cambios: Alguien ve una cosa. Una que, aunque prosáica, no debería haber visto, y esa visión lo transforma y lo destruye en cuestión de días. Otro, desesperado, se despoja de razones en horas, se vacía. "He always sings of inessentials, never about the universality of suffering and love, but thousands of men and women go off to the stores as if he had, as if this was his song." Alguien más, al morir, se convierte en un eco a las afueras de la casa de su madre. Finalmente, un hombre decide romper con sí mismo, y al hacerlo, renueva literalmente su percepción del mundo. No lo puede sorportar.

2

Es como con mi tía Irma, la hermana mayor de mi mamá. Ella es muy vanidosa y hace unos meses, de regalo de cumpleaños, se compró un tubito de botoina, una especie de botox de uso externo. Ahora los nietos no la reconocen, y cuando los dejan con ella, se echan a llorar.

3

Ayer, continuando con mi batalla interminable, capturé una cucaracha exploradora detrás de la nevera. La apresé con una toalla de papel y, creyéndola muerta, la arrojé a la basura. Sin embargo, cuando estábamos amarrando la bolsa para llevarla al contenedor, Mónica juró haber visto al bicho moverse.

Imaginemos ahora que seguimos a la bolsa. La dejamos en el contenedor a las once. Por la noche pasa el camión y la recoge. Imaginemos que la cucaracha, honrando la fama de su especie, sobrevive al proceso de procesamiento y transporte, y hoy viaja entre las jugosas basuras de nuestra calle hacia un vertedero. Imaginemos que la cucaracha tiene mediana consciencia de lo que ocurre y algo parecido a una memoria. ¿Será ese un viaje feliz?

Imaginemos, para terminar y sólo por jugar, que esa cucaracha fuera un hombre. Reformulemos la historia: Un hombre camina por la calle y es capturado por unos malhechores que lo apalean hasta creerlo muerto. De hecho, no son malhechores, son agentes del Sistema, funcionarios eficientes. El tipo se equivocó de calle. Esas cosas pasan. En otra versión de esta reflexión podemos ahondar en las circunstancias específicas de su crimen, por ahora preocupémonos por su destino. Una vez apaleado, los malhechores lo suben en una avioneta y lo lanzan al atlántico, pero sobrevive a la caida y llega a... ¿a dónde llega? Vuelvo a preguntar: ¿Será el hipotético viaje de mi cucaracha uno feliz? ¿Cuál será la felicidad de las cucarachas?

4

Hoy, mi película de cambios favorita es El topo, de/por/con/para Alejandro Jodorowski. Mi segunda película de cambios favorita es Contacto Sangriento, con Jean Claude Van Damme. La tercera es un documental sobre la vida de Michael Jackson que vi una vez en E!.

5

Al leerle mi reflexión sobre la cucaracha, Mónica me aclaró que en España no hay vertederos sino incineradores. No hay caso: Todos los caminos conducen al infierno.
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Querido diario,

Yo no sé a qué horas terminé teniendo tan buenos amigos. Suertudo que es uno.
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24.2.07

Ya son treinta años perdidos.

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23.2.07

Last day on earth.

Mientras ayer se convería en hoy, lei un cuento de Cheever sobre un mueblecito, un lowboy. Richard lo quiere pero su hermano lo tiene, así que se lo pide y el hermano se lo da. El hermano cuenta la historia. Es un mueblecito de la mamá, o de la abuela, y en los cajones del mueblecito se esconden los muertos. Un pasado familiar insoportable lleno de tragedias. Pero Richard lo quiere. Así es la gente. Hay una frase que me gustó mucho: "Oh, why is it that life is for some an exquisite privilege and others must pay for their seats at the play with a ransom of cholers, infections, and nightmares?". También lei un menú de un restaurante indio al que fui con Roberto a almorzar. Lo lei y lo releí buscando lo que quería, se sentía inmenso, y no pude decidirme. Así de complicados son mis problemas diarios: qué comer, qué no comer, qué leer, qué no leer, qué hacer, qué escribir. No se puede decir que la tenga dificil. Al final le dije al mesero que me recomendara algo picante -muy picante- y el mesero me indicó una lista, de la cual elegí sin mucho mirar el primero. Efectivamente estaba picantísimo, pero yo tengo un callo en la lengua que me inmuniza. Mi lengua, ahora que hablamos de ella, es poligonal, no curva. Tengo la teoría de que, durante la noche, presiono la lengua contra los dientes superiores y por eso es que es así. No parece una mala teoría. Lo explica todo. También lei algunos e-mails, no muchos, y el periódico, por si las moscas había pasado algo novedoso, pero no, el mundo sigue igual. Fui a google news a buscar noticias que involucren payasos y me encontré otra para mi colección: Un payaso en Alemania le pegó a un muchacho que asistía a una de sus funciones. Ahora quieren mandarlo a la cárcel. Normal. Lo añadí a la lista. También, Lucía y Diana me indicaron la nota en El Tiempo que detalla la captura del payaso Miky (¡bulliciosos! ¡ah!, etc) en Bucaramángara, por un accidente en Cali del que se voló sin dar la cara. Me sorprendió la noticia. Yo creía que Miky había muerto, o había regresado a su Chile natal. Los payasos deberían morirse jóvenes. Es cruel que vivan tanto. Nadie envejece peor que un payaso malo y todos los payasos son malos. Yo nunca he visto un payaso bueno, uno que merezca UN sólo aplauso, ¿ustedes sí? Una vez me puse a llorar cuando un payaso se acercó a mi mamá y yo. Estábamos caminando por el centro y un payaso nos dijo algo y yo me ataqué a llorar. Es una de esas memorias en el aire que uno tiene y que jamás termina de armar por completo. No me acuerdo qué pasó después, por ejemplo. No me acuerdo cuándo dejé de llorar por culpa de ese payaso y empecé a llorar por otras cosas más concretas. Me gustaría recordar vívidamente. Dicen que cuando uno se hace viejo empieza a recordar así, sin niebla. Lo reciente se pierde, pero lo lejano se vuelve de nuevo tangible, como si se estuviera cerrando un círculo. Es un fenómeno curioso.

diagramas

Ahora estoy escuchando una canción que dice así:
Let's talk and we'll fill the air with imagery that lasts forever - So this is love that's a lovely thought - You have to care for it to keep it together - If you fall will you get up - You're stuck in a dream will you wake up - And if you fell in love will you hold on to it - And if it's cold will you stay warm - You drift too far will you swim towards the shore - And if you fell in love will you hold on to it - Let's sing and we'll fill the air with melodies that blend together - You speak so sweet with words so delicate - A glass i hope will never shatter.
Y la repito, y la repito, y la repito. Siempre suena bien.
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Aural Vertigo.

Hace unos días me reuní con Roberto Enriquez-Higueras en el Boadas, un reconocido metedero de alcohólicos en Tallers frecuentado por decadentes aficionados al dry martini, el gin tonic, y demás cocteles amargos. Pedí una coca-cola.

Los motivos y detalles de esta reunión serán discutidos en otro momento. Este no es un canal seguro. Por ahora, sólo les diré que el negocio esta vez no será (tan) ilegal. Hoy me interesa, más bien, describir algunos incidentes que ocurrieron durante esta reunión y cómo estos me llevaron a la conclusión de que una nueva conspiración se gesta en mi contra.

Primer incidente: Crucigramas

Hablamos de cocteles y de un cuadro de Miró dedicado al señor Boadas que decora una pared. Enriquez-Higueras le tomará una foto más tarde, pero por ahora sólo hablamos de él y aventuramos hipótesis sobre el grado de alcoholemia del bueno de Joan cuando dibujó ese mamarracho. Tras mi amigo, distrayendo mi atención, dos hombre discuten sentados en las bancas intercambiando recortes de periódico; crucigramas de periódico sin hacer. Me llevó un rato entender su dinámica, entender que había un orden en el modo como uno revisaba los crucigramas y señalaba algo con un lápiz y luego el otro tomaba nota en una hoja en blanco. Tardé un rato más en darme cuenta de que este era un orden impostado: Nadie llena crucigramas así. Nadie los estudia con tal detenimiento. Los dos fingían llenar crucigramas para pasar desapercibidos. Truco viejo. En realidad, el de la izquierda escuchaba cuidadosamente nuestra conversación y el de la derecha transcribía lo que el otro le dictaba en la hoja de papel. Más tarde, entregarían esa hoja a sus superiores en La Agencia como primera prueba en nuestra contra. Por fortuna, nos cuidamos de utilizar una clave, así que es probable que jamás descubran la naturaleza de nuestra transacción.

Los dos hombres escaparon al sentirse descubiertos por mi temible mirada inquisidora. Es obvio: Saben lo que puedo hacer.

Segundo incidente: Maldición

Tras los hombres del crucigrama, se oculta el borracho místico. Lo borracho es claro, descubrir lo místico toma un poco más de tiempo. El borracho místico apoya dos hojas de lo que parece un ensayo contra una banquita y hace correcciones con bolígrafo negro. Correcciones pequeñitas. A veces nos mira a todos, como sospechando, y vuelve a sumergirse en su ensayo. En algún momento se levanta, nos mira, junta las manos y musita una oración. Su aura cambia de color, se torna rojiza y amenazante. Sabiéndome en peligro, pido disculpas a Roberto, que no es consciente de lo que ocurre, y dejo por un instante mi cuerpo para suscribir un sello astral sobre nosotros. El sello por fortuna surte efecto, deteniendo la maldición vudú, y el borracho místico, derrotado, deja el local. Un minuto más tarde regresa, pero ya no es el mismo, su aura ha cambiado. El espíritu que lo controlaba ha dejado su cuerpo. Ya sereno, pide otro dry martini y continúa la corrección de su ensayo.

Una hora más tarde, llega Mauricio Retiz del trabajo y nos vamos todos a comer a Udón. No puedo evitar notar que la mesera no es la misma de siempre.
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22.2.07

Katarakt.


Mi amigo Sonat Süer, matemático, músico y gurú rint, es el protagonista, escritor y director de este corto animado.
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Deyokuasonás II: Ahora es real.


John Wayne Gacy

Este año, impulsado por Sergio, he decidido recopilar tragedias (o noticias judiciales) que involucren payasos. Llevo estas:
Avísenme si encuentran alguna otra que merezca mención en esta lista.
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Pretty mouth and green my eyes.

Una vez me dijo que nada olía peor que un colegio de mujeres administrado por monjas. Odiaba el colegio. Hablábamos por teléfono todas las noches. Cometí el error de darle mi número y ella me llamaba, casi siempre a las nueve o diez, y me contaba lo que estaba ocurriendo en su vida. Hablaba por horas y horas. Yo era su diario, nunca supo nada de mí. Su padre estaba muerto, su madre la tenía eternamente castigada. Tenía dos hermanas mayores y varias amigas. A las hermanas las odiaba pasionalmente. Sus sentimientos hacia las amigas, por otro lado, oscilaban de un extremo al otro dependiendo del día, de si hacía sol, de algún comentario de una monja, de la pelea que ocurrió en el gimnasio antes de la clase de educación física, de las discusiones de la ruta escolar.

Nunca nos vimos. Ella era sólo voz y yo era un silencio modulado. Recuerdo que a veces colgaba de imprevisto anunciando que había sido descubierta, y otras veces hablaba en voz baja para que no la encontraran. Sus discursos eran tanto global como localmente incoherentes y sus narraciones disparatadas, pero yo seguía hablando con ella, escuchándola, sobre todo, porque sus historias eran mejores que las de las telenovelas que veía mi abuela a esa misma hora. Era voyerismo barato. Algunos días lloraba, otros me contaba fiestas, o citas en centros comerciales con noviecitos, casi siempre odiaba al mundo y a sí misma, pero a mí jamás: yo era distinto, yo la entendía, yo resolvía su vida, yo -ya se los dije- era su diario.

Dejó de llamarme un día sin razón aparente. Tal vez se le acabaron las historias, tal vez agotó mis páginas, tal vez consiguió novio, tal vez creció. Ahora pienso que pudo haber una pelea, quizás fui muy duro con ella. A la semana, la llamé al número que tenía y que había usado para contactarla un par de veces. Una mujer contestó y le pregunté por ella. «Esa niña no vive acá. ¿Quién le dio este número?», respondió la mujer. «Ella nunca ha vivido en este lugar, ¿me escuchó?, nunca. Por favor, no vuelva a llamar.»

Eso hice.

¿De qué película es esta imagen?

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20.2.07

Querido diario,

Ayer, apenas comenzaba la película, la imagen saltó y luego se fue, dejando la sala a merced de las lúgubres luces de emergencia. Cuando empezaba a prepararme psicológicamente para el desalojo enloquecido en el que todo el mundo grita al tiempo y a destiempo «¡Con calma! ¡Con calma!», entró un tipo a la sala y dijo que había ocurrido un apagón de gran importancia en toda la ciudad, pero que no nos preocupáramos: El teatro cuenta con una planta eléctrica que en este justo momento está siendo ensamblada para que la proyección pueda continuar. Yo le propuse a Mauricio que fuéramos a ayudar a ensamblar la planta, y él aprovechó para darnos una descripción general del sistema de suministro eléctrico de la planta de Bavaria en Sogamoso, donde trabajó alguna vez. Un tema fascinante, como imaginarán. Total es que cuando íbamos llegando a lo mejor de la historia, apareció una señora en la puerta que anunció alguna otra cosa que no pudimos entender. Le faltaba voz, yo creo, y también un poco de alma. Cuando la gente no tiene alma, no la escuchan. La debe pasar terrible esta señora entrando a aeropuertos y centros comerciales, seguro.

Mauricio continuó donde iba, pero ya habíamos perdido el impulso y el climax de la descripción no fue el que hubiera podido ser. Luego las luces parpadearon y la película regresó.

Si me conocieran, seguro que se imaginarían lo angustiante que fue para mí esa situación. Yo no puedo con esas cosas. La ciudad a oscuras y yo acá, en un teatro, desaprovechando la oportunidad de unirme a los improvisados -siempre improvisados- comandos anarquistas que con probabilidad uno estarían, en ese preciso momento, tomándose las calles y organizando las barricadas en la oscuridad de las seguras cuevas-callejuelas del Raval. Yo aquí, en la comodidad de esta silla, y el mundo cambiando a toda velocidad afuera, como si estuvieramos en una máquina del tiempo. ¿Qué quedaría de todo aquello que conocíamos cuando terminara la película? ¿Qué sería del viejo orden cuando la luz regresara? ¿Surgiría un alter-alter-mundismo como respuesta al alter-mundismo ahora reinante? ¿Quedaría alguna vitrina sin romper? ¿Quedaría alguna piedra por usar? Me perdí la mitad de la película pensando en esas cosas. Sufriéndolas.

Al cabo de hora y media, las luces volvieron a saltar y alguien nos anunció que el apagón había concluido. Qué pena, pensé. Sin embargo, cuando salimos del teatro, todo estaba igual. No había turbas, ni vidrios rotos, ni comercios asaltados, ni barricadas, nada, pero yo tengo la teoría de que algo sí cambió, porque hoy, al contarle a Rodrigo esta historia, me dijo que le parecía rarísimo: A esa hora estaba a un par de cuadras del teatro, en su oficina, y no había ocurrido ningún apagón. En los periódicos, además no dicen nada al respecto. Ni una notita.

Pensarán que estoy loco, pero sospecho que la sala cinco de mi teatro favorito de cine es un portal transdimensional. Como en Sliders pero más rústico, sin tantas luces ni efecto ripple. Ésta es la primera prueba. He decidido llamar a esta nueva dimensión D'. Como es obvio, hoy me he dedicado compulsivamente a revisar libros de historia en la biblioteca, para asegurarme de que todo lo demás esté en orden. No se imaginan lo que encontré. Pensé en publicarlo acá, pero nunca lo entenderían: Ustedes siempre han vivido en este mundo.

Tengo que encontrar una manera de volver. La revolución me espera.
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La science des rêves, de Michel Gondry.


(Reseña de La science des rêves)
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18.2.07

Shortbus, de John Cameron Mitchell.


(Reseña de Shortbus)
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17.2.07

WriteRoom.

Me cuesta concentrarme en lo que hago. Soy disperso por naturaleza, igual que mi gato. Por eso, entre otras cosas, me cuesta terminar cosas. Como sea, hace unas semanas se me ocurrió que mi concentración al escribir mejoraría si no tuviera el sistema de ventanas visible, sino una hoja en blanco rodeada de fondo negro y nada más, como si estuviera en una máquina de escribir. Si esto fuera Linux tal vez un emacs o un vi en consola me bastaría, creo. Pero como esto no es unix, aunque a veces parezca serlo, tenía que encontrar otra opción. Estuve buscando esta semana y encontré algo que se ajusta a la perfección (casi) a mis necesidades: Write Room. Es un editor de texto sencillo (estilo TextEdit (rtf o texto plano)), pero con un modo de pantalla completa diseñado para neuróticos como yo. Una de sus mayores gracias es que se integra limpiamente a otras aplicaciones. Así, ahora no importa donde escriba, si en TexShop o en Aquamacs Emacs, siempre puedo hacer manzanita-ctrl-o y esfumar el mundanal ruido y luego regresar limpiamente a la aplicación donde estaba (con el texto ahora completo) cuando termino de escribir. Lo único que me hace un poco -pero sólo un poco- de falta es no tener Syntax Highlight a la mano. Algo así adaptado a LaTeX sería el paraiso.
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Plinio (Reporte de daños).

Plinio
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Sucio Vandalismo.

Algún antisocial se cargó el blog de Lully firmando como Jaime Ruiz. Yo he tenido fuertes y constantes encontrones con Jaime por todo tipo de cosas y nos hemos tratado bastante mal mutuamente (y probablemente lo seguiremos haciendo de cuando en cuando), pero estoy seguro de que no tuvo nada qué ver con ese lamentable incidente de vandalismo. Simplemente no es su estilo. Además, él no ganaría nada con hacer algo así. Es absurdo que le estén reclamando y lo estén amenazando como si de verdad pudiera ser el culpable.

Terrible que pasen cosas así. Mi apoyo a Jaime y Lully, que son las víctimas del ataque.
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16.2.07

Festín.

Le dijeron que la experiencia sería espiritual, pero él nunca pensó que estuvieran diciéndolo literalmente. Lo tienes que ver por ti mismo, Luis David. Siéntate, pide el menú degustación, y disfruta el trance gastronómico. La que habla es Eugenia, su cuñada, y esta será probablemente la última vez que esos dos crucen palabra en mucho -muchísimo- tiempo.

Dos días más tarde, tenemos a David sentado a la mesa iniciando el festín. Las entradas son deliciosas, cosas innombrables, cosas indescriptibles, cosas inabarcables con palabras. No exagero: el ochenta por ciento de los ingredientes son africanos y/o asiáticos sin nombre conocido en lengua indoeuropea. Entre estos, se destaca una raicilla seca y rojiza proveniente de Zambia de sabor al principio amargo y luego dulzón, como el regaliz, que molida condimenta un plato de lo que parecen ser alubias gigantes pero resultan ser culos de abejorro preservados en vinagre de pomarrosa. Esta raicilla, según me explica la narradora de National Geographic, tiene una probabilidad de uno en un millón de contener una sustancia entre venenosa y alucinógena con efectos similares a los del yajé colombiano, pero una potencia ampliamente superior. Los nativos africanos de la zona donde crece conocen sus poderes y metódicamente detectan las cepas narcóticas y las cosechan aparte, pues sirven para calmar moribundos y niños particularmente activos.

El chef del restaurante, un hombre viajado y culto, también conoce la propiedad de la raiz, y para curarse en salud, dentro del documento que hace firmar a la entrada del restaurante, incluye en letra menuda una cláusula que David obviamente pasó por alto y que libera al restaurante de responsabilidad ante cualquier contingencia digestiva. Este texto le será particularmente útil al chef cuando enfrente en un juicio al hermano de David, que no puede soportar ver a su hermano en semejante estado. No puede.

Y de verdad es triste ver a Luis David así. El otro día vinieron sus amigos del trabajo, Chucho y Comegato, y no lo reconocieron. Por supuesto, él tampoco los reconoció a ellos, ni siquiera los vio. Cuando llegaron dijo algo que sonó como «La nieve que cae del cielo me envuelve.» Es dificil adivinar cuál es la manera como David nos percibe. A veces pareciera que existe en un lugar distinto. Y no es sólo su ausencia, sino la naturalidad con la que cruza paredes, o flota sobre una avenida, como si fuera lo más normal del mundo. Rita, la enfermera, que se las apaña como puede para estár casi siempre a su lado, dice que a veces habla sin emitir sonido, como si conversara con fantasmas.
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Bogotá sueña (Versión beta).


"Un sueño es vivir el sueño que uno se imaginó."
(link)
Si encuentra algún error en la página, es probablemente culpa mía.
Déjeme un comentario reportandolo. Todavía estamos puliéndolo todo.
(En IE, por ejemplo, parece que el mapa no funciona bien. ¡Ack!)
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15.2.07

De Daumier-Smith's blue period.

This is exactly when you experience the freeing aspect of obedience... Your superior tells you that we are going to New York and here we go... no matter how many homework assignments or test are ahead. Somehow everything gets done on time.
D. (fragmento de una carta)
Hace un año y medio estaba en O'Hare tomando un vuelo hacia Inglaterra cuando la vi por última vez. Nos chocamos coincidencialmente en el área de comidas rápidas, haciendo fila para ordenar orange chicken en Panda Express. Nos sentamos juntos a comer y a hablar, como cuando desayunábamos en Panera Bread antes de empezar el día de trabajo. Esta vez, sin embargo, yo dejaba Estados Unidos for good, y ella, por su parte, volaba a casa. Sería su último viaje a Varsovia en mucho tiempo. Cuando regresara de nuevo, no sería la misma. Le tenía miedo a ese viaje, estaba nerviosa; sabía que implicaba una especie de despedida y también una confrontación, porque hay cosas que no son fáciles de entender. Cosas cuya explicación cuesta construir. Toma tiempo. Ya se lo habían hecho saber por teléfono: No entendían. Se lo habían dicho en ese ruido de hojas que ellos usan para comunicarse. Las tías preguntaban por qué y sugerían razones, y también su madre, que se culpaba. ¿En qué he fallado?, le preguntó. Su padre callaba, pero en ese silencio también había un reclamo, porque la decisión de D. implicaba una especie de muerte en vida: un progresivo aislamiento del Mundo al que seguiría, digamos, un renacimiento en Cristo. Mientras comíamos, me explicó lo que ocurriría año por año. Me describió cómo paulatinamente se convertiría en una sierva del Señor. Me enumeró las restricciones: No libros, no e-mail, no teléfono, pocas cartas, no contacto. Me dijo que tal vez regresaría, que tal vez se cansaría al cabo de un rato y volvería a hacer matemáticas. Yo le dije que yo sabía, y ella también, que no sería así. Se rio. Me repitió que estaba nerviosa. Me explicó la mecánica de unas visitas controladas cuya lógica no alcancé a comprender, así como en ese momento no alcancé a entender su alegría, su emoción, ante semejante perspectiva. Al final, para no perder una costumbre cimentada en las bases de nuestra amistad, comentamos del último Harry Potter. En el convento, reconoció con pena, no podría leer el cierre de la serie.

Como ambos haríamos escala en Heathrow, no nos despedimos. La acompañé hasta su sala y le dije que me buscara en Londres. Intercambiamos números de vuelo y nos sentamos en el suelo, contra un ventanal, hasta que la llamaron a abordar. Ahí acaba todo: Heathrow no es un aeropuerto para encontrarse por azar. El último gesto que me hizo, antes de cruzar la puerta y sumergirse en el túnel transoceánico, fue feliz, creo. Tal vez me picó el ojo, ella hacía eso, no recuerdo bien. A partir de ese día, D. se ha convertido para mí en letras de cartas comunales Live from Nashville cada vez más extrañas, más lejanas y más escasas, que firma in Christ, y que están llenas de alegría, buenos deseos y bendiciones para todos. El otro día me pidieron su dirección, necesitan una firma para poder publicar su segundo artículo. Les respondí que no sería fácil, pero que si la contactaban, le dieran un saludo de mi parte.
The Triduum was very deep and profound. During Mass on Holy Thursday, bells sounded for the last time before Easter, so in order to bring sisters to meals or prayer instead of the bell wooden clackers were used. Good Friday was a day of profound silence - especially between noon and 3pm you really couldn't hear any word spoken and yet the convent was full of sisters for no one had to work. The Veneration of the Cross was very moving and beautiful. We approached the cross in a procession (while chanting in Latin); everyone was barefoot and 3 times made an profound inclination on both knees. I have never seen the Adoration of the Cross done in this fashion so to take an active part in it was very moving for me. I think that Good Friday will remain in my memory for a long time.
D. (fragmento de una carta)
(Hace rato que quiero escribirle algo. Si le escribiera hoy, creo que le diría que la entiendo un poco mejor, que su decisión no es tan rara al final, y que somos parecidos, en medio de todo, cada uno en su propio viaje. Le diría que tout le monde est une nonne. Probablemente, adjunto, transcribiría ese cuento de Salinger que me la recuerda. Con un poco de suerte pensarían que es parte de la carta y permitirían que lo leyera. Quién sabe.)

Sigue Teddy. Elija su camino:
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14.2.07

Fantomas contra los vampiros multinacionales.

Y aunque el narrador tenía la muy cuestionada costumbre de residir en París, se hizo presente desde Barcelona, lo cual lo halagó muchísimo porque esa especie de don de ubicuidad hubiera debido bastar como explicación de muchas cosas más bien insólitas que estaban sucediendo.
(link)
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Marihuana en Rayuela (Tres (¡3!) menciones).

Él anda por aquí como otros se hacen iniciar en cualquier fuga, el voodoo o la marihuana, Pierre Boulez o las máquinas de pintar de Tinguely. Adivina que en alguna parte de París, en algún día o alguna muerte o algún encuentro hay una llave; la busca como un loco. Fíjese que digo como un loco. Es decir que en realidad no tiene conciencia de que busca la llave, ni de que la llave existe. Sospecha sus figuras, sus disfraces; por eso hablo de metáfora.
Rayuela (26), Gregorovius explica por qué Horacio es una "enorme metáfora".
-They are awful -dijo Babs, masticando un caramelo que había sacado del bolso-. Huelen marihuana aunque una esté haciendo un gulash.
Rayuela (28), Babs se queja de las vecinas que se quejan.
Romper la dura costra mental... ¿Cómo veía Ceferino lo que había escrito? ¿Qué realidad deslumbrante (o no) le mostraba escenas donde los osos polares se movían en inmensos escenarios de mármol, entre jazmines del Cabo? O cuervos anidando en acantilados de carbón, con un tulipán negro en el pico... ¿Y por qué «colorado del negro», «colorado del blanco»? ¿No sería «coloreado»? Pero entonces, ¿por qué: «colorado del amarillo o del amarillo simplemente»? ¿Qué colores eran esos, que ninguna marihuana michauxina o huxleyana traducía? Las notas de Ceferino, útiles para perderse un poco más (si eso era útil) no iban muy lejos.
Rayuela (55), Hablando de colores pamperos.
(Curioso que en una novela repleta de consumidores frecuentes de marihuana haya sólo tres menciones de la palabra. Tres menciones que, además, nunca se refieren a consumo explícito. Melba decía que tal vez Cortazar la evadió para no convertirla en un tópico. Roberto opina algo similar. Para que no fuera la Trainspotting de los sesenta (aunque en últimas eso haya sido). Melba también sugería que tal vez en ese momento eso hubiera dificultado su publicación, pero en El perseguidor, que es previo y tiene sólo cuarenta páginas, usa la palabra nueve veces. ¿Será que Cortazar intentó evadir la palabra metódicamente (o al menos el consumo de marihuana explícito)? Antier, por cierto, cumplió veintitres años de muerto.)

Tumba de Cortazar

(¡Ah! Aquí está su larga entrevista de 1977 en A Fondo, por si acaso no la han visto.)
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12.2.07

Memorias (222).

Yo siempre fui un niño solitario. Cuando tenía nueve años, arrancaba hojas de cuadernos, me sentaba en la mesa y dibujaba un muñeco de palitos de cada lado. El de la izquierda azul y el de la derecha rojo. Parecían personas normales, nadie sospecharía. Mediante dibujos sobre la misma hoja describía (¿seguía?) lo que entonces ocurría. Era una especie de animación estática. Hablaba por ellos en voz baja imitando el acento de los doblajes mexicanos, los hacía volar, los transformaba, los enfrentaba a crueles trampas, les permitía descubrir capacidades secretas que demostraban a trazos burdos de su mismo color, los veía perder el control y lo perdía con ellos. Poco a poco, azul y rojo, que así se llamaban, se destruían. Era mi juego favorito.

Llegaba un momento en que era dificil encontrarlos entre la maraña de estados previos. Cuando esto ocurría, tomaba mi cuaderno y arrancaba otra hoja, calcaba sus posiciones y continuaba la batalla. Así seguía por horas hasta que me cansaba o llegaba la hora de comer, más o menos a las seis de la tarde, recién regresaba mi mamá del consultorio.

Me acuerdo que una vez, cuando tenía unos doce o trece, intenté recuperar ese viejo pasatiempo. No funcionó. Algo fallaba. No podía reproducir la intensidad que recordaba. Nunca pude volverlo a hacer. Sentí como si hubiera perdido un poder. Un par de años después me fui del pueblo a terminar el bachillerato en Bogotá. Mi mamá me dejó ir. Dijo que yo sabía lo que hacía. Eso fue en 1992.
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N10 reseñas de Nine Stories: Segundo Reporte.

Algunos temas: la manipulación, el detallismo, los matrimonios fallidos, la técnica narrativa, la necesidad de los barcos, el sexo abusador, los niños, la poesía, los veinticinco minutos, la espiritualidad, el suicidio, las resoluciones, las pistas, los múltiples cierres, Ted Bundy, las profecías, la muerte, la lógica. Dieciocho reseñas de Teddy. Empezamos bien.



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10.2.07

Pizzas l'àvia.

Hoy, buscando dónde reciclar dos galones de aceite de cocina (no pregunten), terminamos encontrando una pizzería de acento uruguayo entre una callejuela del Raval. Seguimos caminando, debíamos hacer mercado, pero nos prometimos regresar, porque en su puerta anunciaban empanadas a un euro con veinte y eso es algo que no se puede dejar pasar.

Tras las compras, muertos del hambre, buscamos de nuevo el sitio y pedimos tres empanadas para cada uno. Y aquí estamos, bienvenidos a la pizzería l'àvia (carrer La Cera, 33), atendida personalmente por su propietario, Mario Mariano Pérez Ruiz, un hombre grande y gordo, de un metro con noventa y tres, que dice que alguna vez midió más, pero con la edad uno... uno... Luego le muestra a su hija que Rosa está desesperada, y la niña de gafas y su perrita puddle salen en patines a toda carrera del local.

Al entrar, antes de ordenar, Mario nos recomendó la paella, pero no, nosotros habíamos venido por las empanadas, y además sabíamos, ya desde ese momento, nada más al cruzar la puerta, que este era un lugar de esos que nos gustaría convertir en uno familiar, como Punjab, nuestro querido restaurante ecuatoriano-pakistaní, el cual seguimos visitando cada semana y algo para trancarnos con su delicioso encebollado.

En las paredes hay pequeños cuadros a la venta. Hay una imagen de Poe junto a nuestra mesa, en plumilla, rodeado de cuervos. También hay otros similares con personas que no reconozco. A un lado, cerca a la barra-vitrina, hay un estante con libros usados que me recuerda la estantería de libros y juegos de la Green Street Coffee House en Urbana. Me gustaría describir el color del sitio pero no puedo, no sé cómo. Las paredes son azules o verdes, y hay acabados de madera oscura, pero hay algo más. Al fondo, un corredor conduce a la cocina, de la que viene un cocinero rubio y alto, más delgado que Mario, para decirle algo a la mesera. Mientras tanto, Mario saca del horno una bandeja de pan de pan pajés recién horneado. En esas entra un viejo. Saluda desde afuera y luego entra. Sonríe y dice algo que no alcanzo a atrapar. Luego pregunta que si todo está bien, y Mario le responde que tal vez deba traer la escopeta («su escopeta del 18») porque «este lugar está lleno de rumanos». Señala a la mesera y el cocinero. Todos se ríen. El viejo asiente y promete volver, más tarde, con la escopeta. Mario le dice que lo estará esperando. La música en el restaurante en ese justo momento, se los juro, es la tonada de presentación de Viaje a las estrellas: La nueva generación. Por la calle pasa una banda marcial.

Las pizzas medianas cuestan tres con sesenta en promedio. La porción sale por dos euro. También tienen pasta, bocadillos (choripán con chimichurri, tres euro), "especialidades" (que van desde caracoles en salsa, cinco con cincuenta, hasta atún al perfume de tomate, seis con cincuenta, pasando por vacío con papas y asado criollo), las ya mentadas empanadas (gallega, de atún, de espinaca, de carne, de jamón y queso, de sobrasada, de pollo y de maiz), y para terminar una selección de postres encabezada por unos excelentes alfajores a un euro con veinte no más. No tienen fanta naranja, pero tienen cas. No tienen coca-cola, pero tienen pepsi. Cuando pedimos la cuenta, Mario nos dijo diez euro y la mesera rumana gritó «¡Barato!». Yo le dije que tenía toda la razón.

En algún momento, mientras me comía el alfajor, me di cuenta de que sobre la barra-vitrina, además de los alfajores, Mario tenía un muestrario de libros nuevos a la venta. Al momento de pagar, frente a la caja registradora, ojeé los títulos: Pitágoras (El misterio de la voz interior), El manuscrito Voynich (y la búsqueda de los mundos subyacentes) y La quimera de la inmortalidad. Todos son escritos, ya lo imaginarán, por Mario Mariano Pérez Ruiz. No le pregunto si es él, no hace falta. Una fotografía en la solapa de uno de los libros lo confirma: Mario muy serio, de gafas, con una camisa roja. No le digo nada más. Miro al pizzero neopitagórico, tiemblo y pago. Pienso en el tetractys por tercera vez en esta semana. Por tercera vez en esta semana, siento que una espiral me envuelve. Al llegar a casa busco información. Primero los libros, aquí están (1, 2), luego su nombre, encuentro una entrevista. Leo apartes, recorto y pego:
(...) cuando hablamos de Pitágoras hablamos de la base misma del arte. También se habla de conocimiento y sensibilidad humana, pensar que ellos desarrollaban hasta 7 sentidos, podían escuchar la armonía de las esferas o desarrollar cosas que describió Ficino como "el furor divino". Ellos sentaron las bases para el arte y la ciencia, con cosas como la geometría. En una época el hombre tuvo capacidad de expresar sentimientos a través de los números, eso nos descoloca ahora. Algunas figuras geométricas pueden expresar sentimientos.

***

Yo trabajé en una pastelería en la que había un hombre que era de Mallorca y tenía un libro lleno de conocimientos secretos de pastelería, él lo quería publicar pero no lo consiguió. Estaba lleno de claves de pastelería. El hombre murió y el libro desapareció... y allí se termina la historia.

***

Hay algo que los masones llaman la "palabra perdida", Pitagoras en griego significa los que hablan con el vientre. Por eso un día determinado, el solsticio de invierno, entre Navidad y San Esteban, podemos observar en el cielo a la vez el sol y la luna en pleno día, en ese día tuve una experiencia que ellos denominan "la voz del vientre", una voz que salía de dentro mío. Junto a mi voz aparece otra que habla por si misma. Un amigo mío, tristemente fallecido en circunstancias dudosas... ya sabes, un lago... lo mataron, me habló mucho de Pitagoras. Profesor de ciencias políticas, Miguel Gresco. Yo me puse a investigar y me interesó mucho la figura de Pitagoras. En los 80's además de estudiar matemáticas me pongo a estudiar su figura en concreto. Encontré un libro que habla de Pitagoras de una autora mexicana con una dedicatoria que contiene una clave: Pitágoras en griego significa "los que hablan con el vientre". Entonces pense, eso me ha pasado a mí. A veces les llaman posesiones diabólicas, pero con el tiempo te das cuenta que solo es el alma. El alma es eterna, y tiene su propia presencia. Su propio cuerpo, esta compuesta de la misma materia de la que están hechas las estrellas. Dentro de la antigua sabiduría se habían desarrollado hasta 7 sentidos, uno de ellos es el de hablar por el vientre con el alma. Esto se reproduce con los babuinos, en el antiguo Egipto. Estos dictan a los escribas y pronuncian hasta 3 vocales a través del vientre.

***

(...) yo tengo una abuela que es muy famosa en Barcelona, Carolina la florista de la rambla. Ella tuvo relaciones tanto con la masonería como con el espiritismo. Esto la condujo a un manicomio.

***

Las religiones han hecho muchisimo daño. No buscan el saber. Los musulmanes queman la biblioteca de Alejandría, esta se crea como base de datos de la humanidad. La religión católica hace lo mismo con la inquisición. Los judíos no hacen tanto. Pero los budistas durante la segunda guerra mundial, conspiraron junto a los nazis para dominar el mundo. No son pacifistas, en la guerra hicieron muchas de las suyas, y las siguen haciendo con el gas sarín...etc.
Releo todo esto. Temo por mi vida. Me siento rodeado. Lamentablemente, debo regresar por otro alfajor más. Puede ser una trampa, lo sé, pero no tengo otra opción. Iré mañana. Recen por mí.
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9.2.07

Querido diario,


Ayer fuimos a ver a Fangoria en concierto. Los precedían las Nancys Rubias y Miranda. Estos últimos tuvieron problemas con el sonido que se hicieron terriblemente evidentes cuando todos gritamos ¡Es la guitarra de Lolo! y Lolo y su afro pasaron al frente y se contonearon a lo Slash sin producir sonido alguno. La guitarra no se oía. Decepcionante. Luego de Fangoria hubo un show corto de la bizarrísima Terremoto de Alcorcón y sus travestis barbudas, que pidió un aplauso para los tres teloneros. En algún momento todos cantaron Eres el Rey del Glam, nunca podrás cambiar ajeno a otras modas que vienen y van porque tú, tú, eres el Rey del Glam. Un himno raro ese. Yo antes creía que de Alaska y Dinarama al duende de Miranda había una degradación cualitativa. Pero durante el concierto me di cuenta de que tal vez la mayor gracia de ese tipo de música actualmente es la abierta intención lúdica de todo el show que la acompaña. Es una fiesta de disfraces con la minúscula-inmensa Alaska como presentadora, reina y sacerdotisa. No hay consignas, teorías, ni imposturas ideológicas. A nadie le importa que canten con playback. Todo el mundo luce feliz. Me gusta que sea así. Nos divertimos mucho.
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Teddy.

Heme acá, flotando, en una especie de espacio tangente infinito dimensional. El barco se contonéa. Todo se va por la borda. Todo deja, momentaneamente, de existir. La meditación hace esas cosas, dicen, pero yo creo... (no, no es una teoría) yo sé que lo fundamental es el quiebre. El ser -que es sólo un punto cubierto de carne- se desprende del universo, y es como cuando los astronautas ven la tierra alejándose a sus espaldas por primera vez. Y es esférica y azul. Y se mueve. Y se pierde entre la bruma cósmica. Algo así se siente.


Pero no crean que no hay un proceso. En realidad, la metodología es sencilla. Lo primordial es desprenderse de la lógica. Cada cual a su manera. Los neopitagóricos enfrentan al arreglo triangular numérico, el todopoderoso Tetractys, y lo imaginan parte de estructuras geométricas cada vez más complejas. Lo hacen inductivamente, una dimensión al tiempo, y allá van, despedidos vectorialmente entre un parpadeo y otro. Un segundo de iluminación que -al despertar- se siente como un escozor inlocalizable, como la repentina consciencia de que hace falta algo más y al mismo tiempo todo esto no es necesario. Claustroagorafobia existencial. ¿Qué hacer con ella al despertar?

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6.2.07

Tetractys (Against the day (3)).

At this most curious of moments in the history of spiritual inquiry, in keen competition with the Theosophical Society and its post Blavatskian fragments, as well as the Society of Physical Research, the Orden of the Golden Dawn, and other arrangements for seekers of certitude, of whom there seemed an ever-increasing supply as the century had rushed to its end and through some unthinkable zero and on out the other side, the T.W.I.T. [True Worshippers of the Ineffable Tretractys] has chosen to follow a secret neo-Pythagorean way of knowledge, based upon the sacred Tetractys,

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by which their ancient predecesors had sworn their deepest oath. The idea, as nearly as Neville and Nigel could explain it, was to look at the array of numbers as occupying not two dimensions but three, set in a regular tetrahedron—and then four dimensions, and so on, until you found yourself getting strange, which was taken to be a sign of impending enlightenment.
T. Pynchon, Against the day.
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5.2.07

CH (y los encuentros).

Tenía un amigo que creía que mi camiseta del chapulín colorado era una demostración abierta de mi afecto por la hipótesis del continuo (a.k.a) Continuum Hypothesis (a.k.a) CH, ese axioma odioso (e independiente de ZFC) que dice que entre el infinito de los números naturales y el de los números reales no hay ninguno. Cuando me lo dijo, me ofendí. ¿Por quién me tomaba?

El domingo, Roberto me confesó que él creía que esa camiseta era uno de esos diseños falsificados chinos de Carolina Herrera en los que se enfatiza la marca incluso más que en los originales. Esta vez no me ofendí sino que me reí. ¿Cómo se le pudo ocurrir a Roberto que yo usaba camisetas falsas (u originales) marca Carolina Herrera? La respuesta es fácil: Es Roberto.

(Carolina Herrera, por cierto, era el nombre de una colombiana que estudiaba un pregrado en Urbana. Creo que era antropóloga. Hablamos pocas veces, pero me caía bien. Estudiaba el final del pregrado; los primeros dos años los había hecho en alguna universidad bogotana. Era costeña pero tenía ese acento suave que tienen los costeños que dejan los guetos y se funden entre la masa cachaca. Mi hermanita habla así. Carolina cantaba bonito y hacía parte de un grupo de son cubano con Victor y Julián en las guitarras. Al cabo de dos años, regresó a Colombia y los del grupo consiguieron una nueva integrante que además de cantar tocaba la flauta traversa. Yo fui a escucharlos dos veces. Para ser ingenieros, no eran malos.

Carolina se fue, Victor se fue, Darío se fue, Sebastián se fue, y al final me tocó el turno a mí, que me fui -como es mi estilo- a destiempo. Me acuerdo que la semana antes de irme nos reunimos en la casa de Pablo y, ya tomados, empezamos a hablar de ese fenómeno de irse y cómo eso determinaba la manera como las personas se relacionaban en esos ambientes universitarios gringos. Cinco años de amistad y luego nada. A Pablo eso le daba muy duro. Creo que hasta lloró. Yo siempre me tomé esa situación con cinismo: Los que me importan, los amigos que quiero, que son bien pocos, a esos los volveré a ver, el resto da igual; pero no puedo negar que ver a Pablo ahí, destrozado por la partida de Claudia, me rompió mi cinismo en pedacitos por unas horas.

Hace unos meses iba caminando hacia la estación de tren para encontrarme con Mónica cuando Carolina pasó a mi lado. Yo la reconocí y la detuve. Hola, le dije, ¿se acuerda de mí?. Ella también me reconoció, menos mal, y en diez segundos hicimos un intercambio mutuo de recuentos flash de cómo terminamos en esta ciudad. Me pidió mi teléfono, se lo di. Le dije que me llamara un día para tomarnos un café. Luego le dije que tenía prisa y seguí caminando. Nunca me llamó, pero yo no me preocupé, porque sabía que seguro me la encontraría de nuevo. Barcelona y yo tenemos ese trato.

Y así fue: A principios de diciembre caminaba con Mauricio y Mónica por la rambla del Raval, de regreso de alguna película, cuando la vi. Mauricio peleaba conmigo sobre alguna de esas cosas abstractas que nosotros regularmente peleamos y Mónica, paciente, oficiaba de silencioso árbitro. Esta vez fue Carolina quien saludó. Iba acompañada de alguien pero yo no miré quién era, yo sólo la saludé y ella me dijo que la disculpara pero había perdido su móvil. No hay problema, le dije, y esta vez fui yo el que escribí su número de teléfono en un papel suelto. Nos despedimos y seguimos caminando y, claro, el papel se perdió.

Me sentí mal de haberlo perdido, así que decidí buscar su nombre en internet y ahí fue cuando descubrí que había una diseñadora famosísima que se llamaba igual y cuya existencia reducía inmensamente la probabilidad de encontrar a Carolina por ese medio (o al menos hacía la búsqueda infinitamente más tediosa). Probablemente, por otro lado, si no hubiera buscado a Carolina en google ese día, la pregunta de Roberto sobre mi camiseta me hubiera sonado rarísima. No me hubiera reido sino que le habría preguntado de dónde conocía a Carolina Herrera, o algo así, y ahí habría sobrevenido la confusión y luego las burlas, porque yo tengo una colección de Vogue en la casa y está claro que no la leo con suficiente cuidado. Sea como sea, resignado, no tenía de otra sino depender de la suerte una vez más.

Y fue fácil. El otro día estaba semiconversando con algunos compañeros de árabe -y maldiciendo al margen mi odiosa timidez- cuando de repente Laura, una que se sienta al frente mío, me dijo que ella tenía una amiga colombiana que me conocía. Me asusté, le dije que no podía ser: Yo no conozco a nadie, le aseguré, y ella me contestó que sí, que hacía unas semanas ella iba con su amiga por la rambla del Raval y se habían cruzado conmigo. Yo había hablado con Carolina y aparentemente no la había reconocido. ¡Toma ya!, como dicen por acá.

Eso fue en diciembre, han pasado dos meses. Yo no he sido capaz de confesarle a Laura que perdí el teléfono de Carolina y pedírselo una vez más. En realidad no sé si valga la pena. Probablemente no la llamaría. O yo no sé. Hoy pienso que lo mejor sería hacer el experimento y apostar por un nuevo encuentro accidental, inshallah. A mí me gustan esos encuentros accidentales, me parecen señales. Hace unas horas mi amiga Julia Inés me preguntó que si creía en Dios y yo le respondí que en principio no, o que no sabía, pero que a veces creía en cosas que, de ser desenredadas, probablemente se parecerían mucho a un dios. Mi fé en el significado de los encuentros sin planear y el valor de las coincidencias es un buen ejemplo: Yo me dejo llevar por el Plan.)

Churrerías (3)
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4.2.07

13 Tzameti.

Tzameti.
No more talking. No more guessing. Don't even think about nothing that's not right in front of you. That's the real challenge. You've gotta save yourselves from yourselves.
Cube
Es otro de esos juego con prisioneros y bombillas. Hay una fijación ahí, eso no puede ser normal. ¿Por qué hay tantos acertijos con potenciales consecuencias trágicas que involucran prisioneros y bombillas? También hay puertas a veces, y un carcelero-verdugo invisible. En ocasiones, para aumentar la diversión, también incluyen condenas infinitas, o prisioneros interminables, o corredores sin fin, o un jugoso premio en dólares. El sadismo —ya lo sabemos— no conoce límites.

Como ese de los N prisioneros encerrados en Guantánamo, ¿lo han escuchado?. Cada día, en un orden arbitrario que puede incluir repeticiones, uno de los prisioneros es liberado y llevado amordazado y vendado hasta una sala en una de cuyas paredes hay dos botones. El primero permite encender o apagar una luz estroboscópica que flashea la sala, y el segundo sirve para comunicarle al carcelero —un gimp estilo Pulp Fiction— que todos los prisioneros ya pasaron al menos una vez por ahí. Si el prisionero oprime el segundo botón y está en lo correcto, todos son liberados, no hard feelings; de lo contrario, todos son ahogados en ácido sulfúrico infestado de pirañas con escamas de adamantium que las hace inmunes al tal ácido. Antes de iniciar su condena, para que no digan que todo es crueeldad, los prisioneros tienen un día de gracia para discutir su estrategia en cuanto a la encendida o apagada de la bombilla —su única manera de comunicarse una vez adentro—. El problema es encontrar la estrategia óptima para salir.

A mí lo que me saca de quicio de esos juegos es su apasionada tendencia a involucrar vidas humanas en sus planteamientos. Supongo que pretenden sugerir gravedad, o inminencia de peligro. Y tienen razón en que así sea, porque si en lugar de personas hubiera, digamos, patos, todo el mundo dejaría así al cabo de cinco minutos. Algunos, incluso, consideraríamos la opción de comer pato a la naranja ese día en algún restaurante chino. Con las personas, por otro lado, no se puede hacer eso. Esas están ahí, de brazos cruzados, zapateando, esperando una respuesta. Uno se las imagina y de inmediato existen, y la ansiedad viene con ellas. Solidaridad platónica de especie, debe ser. A veces, para atenuar la sensación de culpa, la presión, me imagino todo en blanco y negro, y algo ayuda. De todos modos, cada segundo perdido es un día más en esas iron maiden hipotéticas, al acecho de las pirañas corrosivas y hambrientas, padeciendo fríjoles mal cocidos, yogurt aguado al desayuno y el terrible sentido del humor del carcelero. Además, esos sitios, está comprobado científicamente, favorecen el desarrollo de adicciones, depresiones y tendencias psicóticas. Para colmo, recuerde que los tipos son —en su mayoría— inocentes. Póngale: alguno de ellos podría ser su primo. Y hablando de su primo, ¿usted sabe dónde está su primo en este momento?
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