Lovecraft, la referencia oculta.
A mí no me interesaban los monstruos de Lovecraft porque nunca los vi, nunca los sentí presentes. Los monstruos eran miedo en estado puro, intransmitible, y no tenía sentido aclarar su naturaleza pues este ejercicio, lo advertían todos los libros, era un camino seguro hacia la locura. ¿O tal vez eran la locura misma?
En cambio de pensar en los monstruos, pensaba en las espirales que nos llevaban hasta ellos, ese camino previo que había que recorrer antes de iniciar el decenso. Los cuentos de Lovecraft escalaban sobre el horror de espaldas y luego se dejaban caer sobre su lengua como si fuera un tobogán, y era esa escalada de espaldas la que me hacía seguir, la que disfrutaba con morbo mientras veía pasar a mi lado esos pueblos muertos habitados por familias endogámicas donde, tras la regresión hacia el canibalismo de rigor, se gestaban los cultos que permitían invocar convenientemente a los primigenios y entrever las verdaderas fuerzas que regían el universo, un poco como en Cien años de soledad.
Los estudiosos casi siempre nos recuerdan que la obra de García Márquez es heredera de la tradición norteamericana encabezada por Faulkner, pero casi nunca ahondan en los estrechos vínculos que conectan Macondo y Dunwich. Aprovechemos los setenta años que lleva Lovecraft muerto y los ochenta que tiene García Márquez de vivo para revisitar la historia de Macondo y constatar lo familiar que resulta todo dentro del contexto Lovecraftiano:
Por un lado tenemos una familia y un pueblo, por el otro un gitano (¿un árabe loco? ¿ميلكياديس?) que despierta la curiosidad de la familia con sus espectáculos de feria y finalmente los induce a practicar artes arcanas que incluyen pero probablemente no se reducen a la alquimia. No debería sorprendernos que Melquiades, por ejemplo, desde su privilegiada posición como amigo y guía espiritual de la familia, promoviera sutilmente la endogamia en contra de las advertencias de los curas. Al fin y al cabo, podría estar abonando desde entonces el terreno para lo que preveía que ocurriría después. De este gitano macabro no se sabe gran cosa. Sabemos es un viajero, un sabio, alguien que no envejece, nada más. ¿De qué tipo de ser humano estamos hablando? ¿No será justo dudar de la humanidad de Melquiades? El libro nos cuenta la historia de la familia, su lento viaje hacia la miseria. Parafraseando a Howard Philip, no es dificil decir al respecto de los Buendía que «they have come to form a race by themselves, with the well-defined mental and physical stigmata of degeneracy and inbreeding», y mientras este proceso inevitable toma lugar entre guerras, masacres y desgracias, mientras los Buendía, pervertidos por la influencia nefasta de Melquiades, se convierten en una raza en sí misma, nunca perdemos de vista al gitano. Él siempre anda por ahí, yendo y viniendo, asegurándose que todo siga su curso, viene y va, hasta que se pierde y nos anuncian que ha muerto en Singapur, pero luego reaparece, directo de ultratumba, para asentarse en el pueblo para siempre.
Lo que sigue, no nos mintamos, sólo puede ser producto de una lectura compulsiva de los mitos del Cthulhu: Una vez en Macondo, Melquiades inicia la escritura de unos pergaminos en un idioma indescifrable en los que trabaja hasta su segunda (¿y definitiva?) muerte. Los pergaminos son descubiertos, años más tarde, por el joven Aureliano Babilonia, un personaje lovecraftiano prácticamente genérico, quien ha permanecido en la casona familiar condenado al encierro por su abuela Fernanda. ¿De qué lo protegen? Aureliano ha visto a su familia desaparecer, perderse en la locura, morir, y en algún momento, por curiosidad, se enfrasca en la traducción de los pergaminos, pero al caer enamorado de su tía, Amaranta Úrsula, recién llegada de Europa, detiene su labor. Amaranta Úrsula queda preñada de Aureliano sin saber que este es su sobrino y muere desangrada durante el parto. Su hijo, el último Buendía, tiene cola de marrano. Aureliano, intentando salvar a su esposa, sale corriendo por el pueblo en busca de ayuda, toca todas las puertas, pero el pueblo está desierto, asi que desesperado -claramente psicótico-, entra a una cantina y se emborracha. Cuando despierta y regresa al lugar del parto, descubre que su hijo subhumano ha sido engullido por las hormigas y esta visión lo remite a los pergaminos, quienes -ahora lo entiende- predecían lo que ocurriría. Enloquecido, se dedica sin descanso a la traducción a sabiendas de que al terminarla, al conocer cómo termina, la historia se cerrará sobre sí misma y, como si constituyera una invocación, lo tragará dentro de ella para así dar paso a un nuevo comienzo, a un nuevo orden, ya que «estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, que es irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendran una segunda oportunidad sobre la tierra». Fin de la novela.

Como queda claro, Cien años de soledad le debe más de lo que parecería al desequilibrado y enfermo escritor norteamericano. La pregunta que se me viene a la cabeza ahora es, ¿por qué tanta insistencia en ocultar la referencia? García Márquez habla de Kafka y de Faulkner pero nunca lo escuchamos mentar a Lovecraft. ¿A qué se debe esto? ¿Qué intenta ocultar? Mi conjetura: Un plagio. No diré más por ahora, pero me temo que la famosa novela del nobel colombiano es una copia expandida de un delirante y oscuro cuento de Lovecraft que jamás fue traducido a ningún idioma salvo el catalán y cuyo único manuscrito descansa, por razones inexplicables, en los depósitos de una biblioteca en Barcelona que García Márquez frecuentaba durante su paso por esta ciudad. La búsqueda de este manuscrito y mi consecuente enfrentamiento a las mafias editoriales y masonas empeñadas en prevenir que este salga a la luz merecen una entrada aparte. Dejo abierta la inquietud. Prometo regresar pronto sobre este tema.
En cambio de pensar en los monstruos, pensaba en las espirales que nos llevaban hasta ellos, ese camino previo que había que recorrer antes de iniciar el decenso. Los cuentos de Lovecraft escalaban sobre el horror de espaldas y luego se dejaban caer sobre su lengua como si fuera un tobogán, y era esa escalada de espaldas la que me hacía seguir, la que disfrutaba con morbo mientras veía pasar a mi lado esos pueblos muertos habitados por familias endogámicas donde, tras la regresión hacia el canibalismo de rigor, se gestaban los cultos que permitían invocar convenientemente a los primigenios y entrever las verdaderas fuerzas que regían el universo, un poco como en Cien años de soledad.
Los estudiosos casi siempre nos recuerdan que la obra de García Márquez es heredera de la tradición norteamericana encabezada por Faulkner, pero casi nunca ahondan en los estrechos vínculos que conectan Macondo y Dunwich. Aprovechemos los setenta años que lleva Lovecraft muerto y los ochenta que tiene García Márquez de vivo para revisitar la historia de Macondo y constatar lo familiar que resulta todo dentro del contexto Lovecraftiano:
Por un lado tenemos una familia y un pueblo, por el otro un gitano (¿un árabe loco? ¿ميلكياديس?) que despierta la curiosidad de la familia con sus espectáculos de feria y finalmente los induce a practicar artes arcanas que incluyen pero probablemente no se reducen a la alquimia. No debería sorprendernos que Melquiades, por ejemplo, desde su privilegiada posición como amigo y guía espiritual de la familia, promoviera sutilmente la endogamia en contra de las advertencias de los curas. Al fin y al cabo, podría estar abonando desde entonces el terreno para lo que preveía que ocurriría después. De este gitano macabro no se sabe gran cosa. Sabemos es un viajero, un sabio, alguien que no envejece, nada más. ¿De qué tipo de ser humano estamos hablando? ¿No será justo dudar de la humanidad de Melquiades? El libro nos cuenta la historia de la familia, su lento viaje hacia la miseria. Parafraseando a Howard Philip, no es dificil decir al respecto de los Buendía que «they have come to form a race by themselves, with the well-defined mental and physical stigmata of degeneracy and inbreeding», y mientras este proceso inevitable toma lugar entre guerras, masacres y desgracias, mientras los Buendía, pervertidos por la influencia nefasta de Melquiades, se convierten en una raza en sí misma, nunca perdemos de vista al gitano. Él siempre anda por ahí, yendo y viniendo, asegurándose que todo siga su curso, viene y va, hasta que se pierde y nos anuncian que ha muerto en Singapur, pero luego reaparece, directo de ultratumba, para asentarse en el pueblo para siempre.
Lo que sigue, no nos mintamos, sólo puede ser producto de una lectura compulsiva de los mitos del Cthulhu: Una vez en Macondo, Melquiades inicia la escritura de unos pergaminos en un idioma indescifrable en los que trabaja hasta su segunda (¿y definitiva?) muerte. Los pergaminos son descubiertos, años más tarde, por el joven Aureliano Babilonia, un personaje lovecraftiano prácticamente genérico, quien ha permanecido en la casona familiar condenado al encierro por su abuela Fernanda. ¿De qué lo protegen? Aureliano ha visto a su familia desaparecer, perderse en la locura, morir, y en algún momento, por curiosidad, se enfrasca en la traducción de los pergaminos, pero al caer enamorado de su tía, Amaranta Úrsula, recién llegada de Europa, detiene su labor. Amaranta Úrsula queda preñada de Aureliano sin saber que este es su sobrino y muere desangrada durante el parto. Su hijo, el último Buendía, tiene cola de marrano. Aureliano, intentando salvar a su esposa, sale corriendo por el pueblo en busca de ayuda, toca todas las puertas, pero el pueblo está desierto, asi que desesperado -claramente psicótico-, entra a una cantina y se emborracha. Cuando despierta y regresa al lugar del parto, descubre que su hijo subhumano ha sido engullido por las hormigas y esta visión lo remite a los pergaminos, quienes -ahora lo entiende- predecían lo que ocurriría. Enloquecido, se dedica sin descanso a la traducción a sabiendas de que al terminarla, al conocer cómo termina, la historia se cerrará sobre sí misma y, como si constituyera una invocación, lo tragará dentro de ella para así dar paso a un nuevo comienzo, a un nuevo orden, ya que «estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, que es irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendran una segunda oportunidad sobre la tierra». Fin de la novela.
Mixed with the present scene was always a little of the past and a little of the future, and every once-familiar object loomed alien in the new perspective brought by my widened sight. From then on I walked in a fantastic dream of unknown and half-known shapes; and with each new gateway crossed, the less plainly could I recognise the things of the narrow sphere to which I had so long been bound. What I saw about me, none else saw; and I grew doubly silent and aloof lest I be thought mad. Dogs had a fear of me, for they felt the outside shadow which never left my side. But still I read more - in hidden, forgotten books and scrolls to which my new vision led me - and pushed through fresh gateways of space and being and life-patterns toward the core of the unknown cosmos.Fin de la novela, sí, pero qué diablos, continuemos: Muchos años después, en la biblioteca de la Universidad de Cartagena, un historiador holandés de apellido van den Dries encuentra unos pergaminos arrumados en un rincón oscuro de la tercera planta, junto a una camada de ratas y lo que reconocemos como los restos de los cuadernos de notas de Aureliano Babilonia. Dios sabe cómo llegaron ahí, pero seguro que si indagáramos lo suficiente descubriríamos que un misterioso gitano sin nombre está involucrado en su reubicación. Como sea, intrigado por el contenido de estos documentos, el holandés inicia un viaje acompañado de Ayhan Gunaydin, su fiel asistente turco, en busca del pueblo fantasma mencionado en los cuadernos y cuyo nombre transliterado al árabe —ماكوندو— encabeza los pergaminos. Si hemos leido con juicio a Lovecraft, ya sabemos lo que lo espera al final.H.P. Lovecraft, The Book
Como queda claro, Cien años de soledad le debe más de lo que parecería al desequilibrado y enfermo escritor norteamericano. La pregunta que se me viene a la cabeza ahora es, ¿por qué tanta insistencia en ocultar la referencia? García Márquez habla de Kafka y de Faulkner pero nunca lo escuchamos mentar a Lovecraft. ¿A qué se debe esto? ¿Qué intenta ocultar? Mi conjetura: Un plagio. No diré más por ahora, pero me temo que la famosa novela del nobel colombiano es una copia expandida de un delirante y oscuro cuento de Lovecraft que jamás fue traducido a ningún idioma salvo el catalán y cuyo único manuscrito descansa, por razones inexplicables, en los depósitos de una biblioteca en Barcelona que García Márquez frecuentaba durante su paso por esta ciudad. La búsqueda de este manuscrito y mi consecuente enfrentamiento a las mafias editoriales y masonas empeñadas en prevenir que este salga a la luz merecen una entrada aparte. Dejo abierta la inquietud. Prometo regresar pronto sobre este tema.
Numerous other copies probably exist in secret, and a fifteenth-century one is persistently rumoured to form part of the collection of a celebrated American millionaire. A still vaguer rumour credits the preservation of a sixteenth-century Greek text in the Salem family of Pickman; but if it was so preserved, it vanished with the artist R. U. Pickman, who disappeared early in 1926. The book is rigidly suppressed by the authorities of most countries, and by all branches of organised ecclesiasticism. Reading leads to terrible consequences. It was from rumours of this book (of which relatively few of the general public know) that R. W. Chambers is said to have derived the idea of his early novel The King in Yellow.Enlaces:H.P. Lovecraft, History of the Necronomicon
- Para otras influencias de la obra de Lovecraft en literatura y cultura igualmente obvias, refiérase a esta completa entrada del blog ausente.
- Para conmemorar el 70 aniversario de la muerte de H.P. Lovecraft, visite La Petite Claudine por estos días.
- Para leer a Lovecraft sin intermediarios, bien pueda salte aquí.
Etiquetas: cien años de soledad, ggm, literatura, lovecraft, misterio
22:22 • ¿Eco? • Compartir en Gacetilla
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Ayer fuimos a un restaurante tai-japonés y Mónica pidió un cerdo con salsa de tamarindo que sabía a pato. Yo lo probé para constatar y sí, era pato. Le dijimos a la mesera que habíamos pedido cerdo y nos había traido pato y ella, muy profesional, tomó los palillos de Mónica e intentó demostrarnos -con un truco manipulativo sobre la carne- que efectivamente era proteina porcina. Yo no sé qué nos señaló, pero fue tal la contundencia del acto que se fue de ahí orgullosísima, convencida de que no había quedado duda, y Mónica, resignada, siguió comiéndose su pato imaginando que era cerdo hasta que se hastió. Cuando esto ocurrió, yo me zampé los pedazos que faltaban, y ahora tengo la duda de si uno de esos tres pedazos me supo a cerdo o si me lo inventé mientras conversábamos de camino a casa. 












Hace unos días me reuní con Roberto Enriquez-Higueras en el Boadas, un reconocido metedero de alcohólicos en Tallers frecuentado por decadentes aficionados al dry martini, el gin tonic, y demás cocteles amargos. Pedí una coca-cola. 





