Pale Fire (1).
I have no desire to twist and batter an unambiguous aparatus criticus into the monstrous semblance of a novel.A mí, más que el poema en sí mismo, me interesa la existencia del poema. Con frecuencia me pasan cosas así: Una vez constato que algo existe, así carezca de peso, así todavía falte codificarlo, solucionarlo y presentarlo, me doy por bien servido; sigo caminando. Yo no leo el poema. Siguiendo instrucciones leo los comentarios y me prometo que ojearé el poema cuando termine esperando exprimir algo de ahí. Me acuerdo la primera vez que lei Piedra de Sol. Antes había leido fragmentos, pero nunca el poema entero. Llevaba poco menos de un mes en Urbana y acababa de aprender a usar la biblioteca, así que fui al consabido piso seis y medio, busqué qué había de Octavio Paz y saqué Piedra de Sol (Sunstone) en una edición bilingüe que parecía manual de Bourbaki. Los libros que parecen manuales de Bourbaki me atraen inmensamente. La edición, digo, ese estilo clásico-francés de encuadernar. Tipografía en portada de colores negro y rojo. Papel grueso, casi cartón, que parece hecho a mano. Mi abuelo tenía en la porción de su biblioteca que heredé unos cuantos manuales de Bourbaki que nunca ojeé más allá de lo superficial, pero un día me dediqué, con un bisturí, a separar sus hojas una por una y a mirar las ecuaciones. Mirar las ecuaciones, qué raro suena, como si fuera un museo. Me acuerdo que cuando yo supe por primera vez acerca de Oulipo, pensé que era un Bourbaki escritor, una persona colectiva, pero luego pensé que Bourbaki era sobre todo un escritor obsesionado por el formalismo, así que Calvino et al. no habían inventado nada nuevo. Yo creo que a Bourbaki le hubiera gustado participar en Oulipo, hacían cosas parecidas. Yo creo que a Perec le hubiera gustado ser miembro de Bourbaki, pero André Weil jamás lo hubiera permitido, o quién sabe.C. Kinbote, Pale Fire (Commentary)

André y Simone Weil
Saqué Piedra de Sol de la biblioteca y me fui caminando por esta calle cuyo nombre ya olvidé. Wright, tal vez. Una calle clave, porque divide a Urbana y Champaign en dos. Nunca supe de qué lado quedaba esa biblioteca, por cierto. Caminaba por el lado Urbanino de la calle hacia matemáticas y en algún momento crucé hacia el quad y sin darme cuenta terminé en uno de esos salones con piano y poltronas que tanto me gustaban recién llegado. Como era temprano no había nadie, así que me senté en un sofá de cuero con vista al quad y sus muchachitas bronceándose y me eché a leer. Recuerdo que me gustó que en inglés el título fuera una sola palabra. Una sola palabra que sólo sirve para designar ese poema, que yo sepa, porque la última vez que revisé el Oxford saltaba de sunspot a sunstroke sin vergüenza alguna. Creo que lo lei sólo una vez y luego lo ojeé mirando detalles, revisando la trampa y la naturaleza de la trampa, y cuando me cansé me paré y fui a comprarme una coca-cola por ahí. Esa primera vez me interesó, sobre todo, el juego formal.
La segunda vez que lei Piedra de Sol fue esa misma noche, al llegar a mi casa. Yo vivía en un apartamento pequeño pequeño en la esquina de la calle Green y la calle Lincoln, junto a una estación de gasolina. Los edificios parecían galpones de gallinas color verde claro y no ofrecían mucho más que lo que ofrecería a sus habitantes un buen galpón de gallinas. Es decir, un lugar para dormir y comer de vez en cuando. Mi apartamento quedaba en el tercer piso y el corredor de ingreso tenía el olor característico de esos edificios de mentiras que construyen por allá. Creo que era producto de la mezcla de materiales aislantes, aires acondicionados, alfombras de alta resistencia y humedad. El número de mi apartamento era el 303 y en el 310, al fondo del corredor, vivía una flautista que nunca vi pero que imaginaba lindísima.
Al llegar al apartamento prendí el televisor para sentirme acompañado por ese ruido blanco que despide y que algún día se descubrirá causa del ochenta por ciento de las neurosis del mundo. Luego me quité la ropa, era verano, y después preparé algo de comer que no tomara mucho tiempo. Una ensalada de papa y atún, por ejemplo. Esa noche, luego de comerme mi ensalada rusa y ver mi dosis diaria de Third Rock from the Sun, mala comedia a la que me volví inmune con el tiempo, tomé el libro de mi maleta, me senté en mi sofá, ese que en el inventario de mi apartamento llamaban Loveseat pero yo llamaba Loneseat, y me puse a leer de nuevo el largo experimento circular de Paz intentando saber de qué hablaba. Cuando terminé de leerlo me dio mucho miedo, porque la primera vez que lo lei no lo había notado, tal vez por andar preocupado por las estructuras y los formalismos, pero la segunda vez era absolutamente claro que ese poema hablaba de mí. Seguro les ha pasado.
Al principio me sentí mal cuando descubrí esto. Temí un ataque narcisista producto, tal vez, de la terrible soledad que implicaba para mí, en ese momento, vivir en un idioma distinto, en uno que no sabía. Luego pensé que ese era precisamente el problema. Hablaba de mí porque hablaba en mi idioma, el que yo entendía, pero luego ahondé en las metáforas y descubrí memorias mías claramente descritas. Piedra de Sol hablaba de mi partida y también hablaba de Bogotá, la describía muy bien. Describía lo que significaba Bogotá para mí y lo que representaba estar lejos. En ese momento, agosto de 2001, odisea en el espacio, me imaginaba regresando en cinco años a Bogotá y el poema era una regresión temprana, injusta, a lo que por lo pronto no valía la pena añorar. Hace un rato, sin embargo, estuve revisando el poema, releyendo esas mismas metáforas, buscando lineas precisas para ejemplificar, y veo cosas distintas. Soy incapaz de conjurar Bogotá a través de ellas. Ahora aparecen otras cosas. Urbana, por ejemplo.

Entrada de Altgeld Hall (Detalle), por Kosheahan
Así, leer Piedra de Sol fue siempre, para mí, un viaje interior. Podría incluso ir más lejos y decir que eso es lo que siento cuando leo poesía en general, porque exceptuando este libro es poco lo que he leido y siempre he sentido algo parecido, un reflejo. Luego de leer Piedra de Sol me aficioné a Octavio Paz y me apropié de la antología de poesía completa de la biblioteca. Me gustaba, me gusta (es posible decir "me gusta" con objetos tan volubles), El Mono Gramático. La tuve cuatro años conmigo, renovando el préstamo cada tres meses. La leía por las noches antes de dormir, me sabía algunas lineas pero ningún poema entero. También tenía una antología igualmente voluminosa de lo de Borges y a ambos libros los trataba con aprecio indistinto. Si leía uno y luego el otro y luego el otro parecía como si conversaran. Eran buena compañía. Esos dos libros y varios otros los devolví con tristeza en septiembre de 2005 antes de dejar Urbana. No he leido mucha poesía desde entonces.
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El narrador de Javier Marías cuenta como quien no quiere contar, pero cuenta y no se detiene una vez arranca, como si esto de contar fuera algo ineludible contra lo cual hay poco que hacer, salvo dejarse llevar y rezar si es que uno cree en dioses y cosas de esas. Sufrimos de inercia, me dijo alguien hace poco, y yo no le entendí porque me hablaba en inglés, y cuando me hablan en inglés, si estoy cansado, siempre escucho lo que quiero escuchar —más que escuchar, predigo palabras— así que cuando alguien se sale del guión con algo como "sufrimos de inercia", pierdo el equilibrio y tengo que pedir aclaraciones que, en otras circunstancias, si estuviera prestando atención, si realmente estuviera escuchando, no serían necesarias. Este narrador de Javier Marías que aquí se llama Juan y en otras le dicen Emilio es otra de esas personas que padece la inercia, y creo que en general maneja bien su condición. Otros en su situación acabarían destrozados por sus impulsos mentales, pero esta persona se las arregla para... para... Me acuerdo que cuando era pequeño mi mamá tejía sweaters de lana. Era una cosa medio absurda porque nosotros vivíamos a treinta y cinco grados a la sombra, pero mi mamá compraba un curso por fascículos con modelos y los iba haciendo a lo que le daban las noches. Cuando los terminaba, se los mandaba a sus hermanas en Bogotá, donde el clima los permite, y luego tomaba otro de esos fascículos, compraba más lana y continuaba. Parte del proceso del tejer consiste en preparar las lanas para la faena. A veces hay que tener varias y a veces una sola, pero siempre hay que organizarlas y enrollarlas convenientemente. Este trabajo no es delicado pero requiere atención. Cuando llegaba el momento de hacer un nuevo saco, que es como nosotros le decimos a los sweaters, ella algunas veces me llamaba y me pedía que le ayudara, y lo que me tocaba hacer a mí, si no recuerdo mal, era recibir lana y lana e irla enrollando y acomodando convenientemente en algún lugar para que luego sea convertida en saco. Tal vez sea una pesadilla, pero yo me acuerdo recibiendo madejas y madejas de lana de varios colores que no podía casi controlar y organizándolas todas al tiempo, sin detenerme, y esto es lo que me parece que el narrador de Javier Marías hace muy bien: la cabeza le entrega lana y lana y él la toma como viene y la organiza como puede entre los labios y la suelta, de tal manera que cuando llega a nuestros ojos, a nuestros oidos, uno no siente el descontrol informativo previo, uno sólo ve una historia que crece sin darse importancia entre las cabilaciones y largas conversaciones repletas de comentarios entre paréntesis y vueltas atrás y adelante que lo hacen creer que la narración no transcurre sino que nos es ofrecida íntegra, en una pieza, como los sacos que le mandaba mi mamá a sus hermanas en Bogotá.





El viernes se murió 








Ayer fuimos a un restaurante tai-japonés y Mónica pidió un cerdo con salsa de tamarindo que sabía a pato. Yo lo probé para constatar y sí, era pato. Le dijimos a la mesera que habíamos pedido cerdo y nos había traido pato y ella, muy profesional, tomó los palillos de Mónica e intentó demostrarnos -con un truco manipulativo sobre la carne- que efectivamente era proteina porcina. Yo no sé qué nos señaló, pero fue tal la contundencia del acto que se fue de ahí orgullosísima, convencida de que no había quedado duda, y Mónica, resignada, siguió comiéndose su pato imaginando que era cerdo hasta que se hastió. Cuando esto ocurrió, yo me zampé los pedazos que faltaban, y ahora tengo la duda de si uno de esos tres pedazos me supo a cerdo o si me lo inventé mientras conversábamos de camino a casa. 




