Sesiones dobles: Wong Kar Wai.

Uno mira las escaleras y siempre parecen lugares anodinos, pero en realidad —como con casi todos los espacios que sufren paso constante de gente— esta sensación cambia cuando se sabe mirar, cuando se mira lo que hay que mirar. En el último capítulo dedicado a las escaleras del libro de Perec, por ejemplo, hay un Tentativo inventario de algunas de las cosas halladas en la escalera al filo de los años. Los objetos encontrados incluyen: Una edición de Tauschnitz de Pride and Prejudice abierta en la página ochenta y seis; un tablero de ajedrez de viaje de cuero sintético con piezas magnéticas; varias flores de papel, serpentinas y confetis; una hoja de papel llena de dibujos infantiles por entre cuyos trazos se cuela el borrador de una traducción inversa de latin de segundo curso: dicitur formicas offeri granas fromenti in buca Midae pueri in somno ejus. Deinde suus pater arandum, aquila se posuit in jugum at araculum oraculus nuntiavit Midam futurus esse rex. Quidam scit Midam electum esse regum Phrygiae et (una palabra intraducible) latum reges suis leonis.
(Esto me recuerda que hace unas semanas la policía encontró a una mujer histérica en la escalera de mi edificio a la derecha. La mujer gritaba y no dejaba de llorar. La policía no encontró a la mujer accidentalmente, yo la llamé. Llamé a la policía porque minutos antes esa mujer de las escaleras había empezado a gritar que la iban a matar, que la iban a matar, llamen a la policía que me van a matar, gritaba, entonces yo busqué en el directorio el teléfono de la Guardia Urbana y llamé. Me contestó una mujer a quien le expliqué la situación y le di una ubicación aproximada de la potencial víctima. No tardaron mucho en llegar.
Desde la ventana de mi baño se escuchaba bien lo que ocurría. A veces alguien gritaba que silencio desde otro baño. El policía intentaba calmar a la mujer y la mujer no reaccionaba, estaba terriblemente afectada por lo que quiera que había ocurrido. El policía le hablaba como a una niña, le hablaba como una maestra le habla a una niña que llora en un corredor del colegio. Qué te pasa, le dice. Cálmate, cálmate, cuéntame qué pasa. Mira, si no te calmas, no te voy a poder ayudar. Mira, si no te calmas, me voy a ir. Y así. Al fin la mujer se calma y entre sollozos cuenta una historia que para mí no coincide con lo que escuché antes, cuando gritaba y otros gritaban, pero esa es la historia que cuenta. Cuenta que hay putas subiendo y bajando en el edificio y que ella no quiere putas, así que ese día interceptó una subiendo y le dijo lo que pensaba y empezaron a pelear y de pronto llegó el chulo de la puta... ¿Quién es el chulo?, pregunta el policía. Vive ahí, dice ella. ¿Pero ahí no vivía su cuñado?, dice él. No, no, mi cuñado vive una planta más abajo. ¿Y qué pasó con el chulo?, dice el policía, y ella le cuenta que el chulo le dijo que la iba a matar si decía algo y que luego le pegó. ¿Con qué? Con la mano. ¿Dónde? No sé, en todas partes, en la cara, en todas... ¿Y dónde está el chulo? No sé, se fue. ¿Para dónde? No sé, no sé, dice, y se vuelve a echar a llorar. Los policías la bajan por las escaleras medio cargada. ¿Te puedes poner en pie? No, no puedo. Yo los veo bajar desde la ventana del baño y me oculto. Luego me asomo por el balcón y veo que una ambulancia ha llegado. Entran tres paramédicos, así que regreso al baño y desde allí escucho a los paramédicos conversar con la mujer. ¿Te duele aquí? ¿Te duele acá? ¿Puedes hacer esto? Sube la cara. Frente al edificio la gente se congrega para esperar el resultado de la evaluación. Hay muchos que no saben lo que ocurre, así que sólo esperan el muerto, tal vez, o la banda de criminales desenmascarada, pero lo que sale es una mujer pequeña, en jeans, con camiseta blanca y sin zapatos, que camina medio arrastrada por los paramédicos y se sube a la ambulancia. Luego todos se van y yo regreso a mi escritorio a trabajar.)
Tras encontrar la historia sobre la escalera, Wong Kar Wai emprendió la búsqueda del hotel que requería. Ansioso por contarla, empezó a grabar paralelamente In the mood for love sonsacándole fondos a la otra. Hizo lo que él sabe hacer: Consiguió un par de actores, les contó más o menos lo que quería, les dijo «Exploremos» y entonces ellos comenzaron a explorar improvisando por el camino bajo su guía.
El hotel, de nuevo, no podía ser cualquier hotel. Tenía ser un hotel donde la historia calara, como esos juegos para bebés con piezas de formas distintas. El bebé toma la pieza, es una estrella amarilla, y luego busca su respectivo agujero. Kar Wai toma su historia, es una flor roja, y luego busca el hotel que se adecúe a lo soñado. Encuentra el hotel soñado en Taiwan, me imagino, y ahí filma el pedazo de la historia que quiere y luego sigue adelante, pero antes de irse, antes de dejar el hotel, piensa que ese hotel y esa habitación donde los protagonistas se encuentran ofrece pistas sobre lo que ocurre luego, sobre lo que ocurre cuando se acaba In the mood for love. La habitación es como una máquina del tiempo, o como una pintura de esas en las que todo ocurre, incluido lo que no ha sido siquiera pensado.
Y lo que ocurre cuando se acaba In the mood for love es 2046, que es una película de ciencia ficción al tiempo que es otras cosas, pero como de esa ya he hablado en otra parte, la intención no es repetirse y es importante ser breve (¡ja!), dejo acá por el momento.
Esta es una intrusión en el proyecto Sesiones Dobles organizado por el blog The Observer. Si vuelven a proponer películas que haya visto procuraré comentar. Si no las he visto y me interesan, fingiré que las vi para también hablar. Inventar es fácil.
En caso de estar interesados en opiniones menos improvisadas y más centradas sobre este par de películas, les recomiendo visitar el blog de Portnoy. Él sí sabe de qué habla.
Etiquetas: 2046, cine, comentario, In the mood for love, sesiones dobles, wong kar wai


















El narrador de Javier Marías cuenta como quien no quiere contar, pero cuenta y no se detiene una vez arranca, como si esto de contar fuera algo ineludible contra lo cual hay poco que hacer, salvo dejarse llevar y rezar si es que uno cree en dioses y cosas de esas. Sufrimos de inercia, me dijo alguien hace poco, y yo no le entendí porque me hablaba en inglés, y cuando me hablan en inglés, si estoy cansado, siempre escucho lo que quiero escuchar —más que escuchar, predigo palabras— así que cuando alguien se sale del guión con algo como "sufrimos de inercia", pierdo el equilibrio y tengo que pedir aclaraciones que, en otras circunstancias, si estuviera prestando atención, si realmente estuviera escuchando, no serían necesarias. Este narrador de Javier Marías que aquí se llama Juan y en otras le dicen Emilio es otra de esas personas que padece la inercia, y creo que en general maneja bien su condición. Otros en su situación acabarían destrozados por sus impulsos mentales, pero esta persona se las arregla para... para... Me acuerdo que cuando era pequeño mi mamá tejía sweaters de lana. Era una cosa medio absurda porque nosotros vivíamos a treinta y cinco grados a la sombra, pero mi mamá compraba un curso por fascículos con modelos y los iba haciendo a lo que le daban las noches. Cuando los terminaba, se los mandaba a sus hermanas en Bogotá, donde el clima los permite, y luego tomaba otro de esos fascículos, compraba más lana y continuaba. Parte del proceso del tejer consiste en preparar las lanas para la faena. A veces hay que tener varias y a veces una sola, pero siempre hay que organizarlas y enrollarlas convenientemente. Este trabajo no es delicado pero requiere atención. Cuando llegaba el momento de hacer un nuevo saco, que es como nosotros le decimos a los sweaters, ella algunas veces me llamaba y me pedía que le ayudara, y lo que me tocaba hacer a mí, si no recuerdo mal, era recibir lana y lana e irla enrollando y acomodando convenientemente en algún lugar para que luego sea convertida en saco. Tal vez sea una pesadilla, pero yo me acuerdo recibiendo madejas y madejas de lana de varios colores que no podía casi controlar y organizándolas todas al tiempo, sin detenerme, y esto es lo que me parece que el narrador de Javier Marías hace muy bien: la cabeza le entrega lana y lana y él la toma como viene y la organiza como puede entre los labios y la suelta, de tal manera que cuando llega a nuestros ojos, a nuestros oidos, uno no siente el descontrol informativo previo, uno sólo ve una historia que crece sin darse importancia entre las cabilaciones y largas conversaciones repletas de comentarios entre paréntesis y vueltas atrás y adelante que lo hacen creer que la narración no transcurre sino que nos es ofrecida íntegra, en una pieza, como los sacos que le mandaba mi mamá a sus hermanas en Bogotá.





El viernes se murió 










