17.4.07

Sesiones dobles: Wong Kar Wai.

Wong Kar Wai dice en alguna parte del documental sobre In the mood for love incluido en el DVD que aquilé hace unos cuatro años de la biblioteca pública de Urbana, que esa película nació de un edificio. Estoy citando de memoria así que voy a inventar. Lo que dice Wong Kar Wai (¿cuál es el nombre? ¿cuál es el apellido? ¿qué es Kar?) es que ellos andaban haciendo otra película, una para la que tenían dinero, y buscando locaciones llegaron a este edificio de apartamentos. El edificio no servía, no era lo que el director tenía en mente, pero subiendo las escaleras del edificio él decidió que necesitaba filmar algo en ese lugar. El origen de In the mood for love es, entonces, esa escalera que los protagonistas suben y bajan y donde se cruzan. El edificio gesta su propia historia, como en ese libro de Perec, y los personajes están inscritos en su estructura. Esa escalera, tal vez, clamaba por ese encuentro y la aventura subsecuente.


Uno mira las escaleras y siempre parecen lugares anodinos, pero en realidad —como con casi todos los espacios que sufren paso constante de gente— esta sensación cambia cuando se sabe mirar, cuando se mira lo que hay que mirar. En el último capítulo dedicado a las escaleras del libro de Perec, por ejemplo, hay un Tentativo inventario de algunas de las cosas halladas en la escalera al filo de los años. Los objetos encontrados incluyen: Una edición de Tauschnitz de Pride and Prejudice abierta en la página ochenta y seis; un tablero de ajedrez de viaje de cuero sintético con piezas magnéticas; varias flores de papel, serpentinas y confetis; una hoja de papel llena de dibujos infantiles por entre cuyos trazos se cuela el borrador de una traducción inversa de latin de segundo curso: dicitur formicas offeri granas fromenti in buca Midae pueri in somno ejus. Deinde suus pater arandum, aquila se posuit in jugum at araculum oraculus nuntiavit Midam futurus esse rex. Quidam scit Midam electum esse regum Phrygiae et (una palabra intraducible) latum reges suis leonis.

(Esto me recuerda que hace unas semanas la policía encontró a una mujer histérica en la escalera de mi edificio a la derecha. La mujer gritaba y no dejaba de llorar. La policía no encontró a la mujer accidentalmente, yo la llamé. Llamé a la policía porque minutos antes esa mujer de las escaleras había empezado a gritar que la iban a matar, que la iban a matar, llamen a la policía que me van a matar, gritaba, entonces yo busqué en el directorio el teléfono de la Guardia Urbana y llamé. Me contestó una mujer a quien le expliqué la situación y le di una ubicación aproximada de la potencial víctima. No tardaron mucho en llegar.

Desde la ventana de mi baño se escuchaba bien lo que ocurría. A veces alguien gritaba que silencio desde otro baño. El policía intentaba calmar a la mujer y la mujer no reaccionaba, estaba terriblemente afectada por lo que quiera que había ocurrido. El policía le hablaba como a una niña, le hablaba como una maestra le habla a una niña que llora en un corredor del colegio. Qué te pasa, le dice. Cálmate, cálmate, cuéntame qué pasa. Mira, si no te calmas, no te voy a poder ayudar. Mira, si no te calmas, me voy a ir. Y así. Al fin la mujer se calma y entre sollozos cuenta una historia que para mí no coincide con lo que escuché antes, cuando gritaba y otros gritaban, pero esa es la historia que cuenta. Cuenta que hay putas subiendo y bajando en el edificio y que ella no quiere putas, así que ese día interceptó una subiendo y le dijo lo que pensaba y empezaron a pelear y de pronto llegó el chulo de la puta... ¿Quién es el chulo?, pregunta el policía. Vive ahí, dice ella. ¿Pero ahí no vivía su cuñado?, dice él. No, no, mi cuñado vive una planta más abajo. ¿Y qué pasó con el chulo?, dice el policía, y ella le cuenta que el chulo le dijo que la iba a matar si decía algo y que luego le pegó. ¿Con qué? Con la mano. ¿Dónde? No sé, en todas partes, en la cara, en todas... ¿Y dónde está el chulo? No sé, se fue. ¿Para dónde? No sé, no sé, dice, y se vuelve a echar a llorar. Los policías la bajan por las escaleras medio cargada. ¿Te puedes poner en pie? No, no puedo. Yo los veo bajar desde la ventana del baño y me oculto. Luego me asomo por el balcón y veo que una ambulancia ha llegado. Entran tres paramédicos, así que regreso al baño y desde allí escucho a los paramédicos conversar con la mujer. ¿Te duele aquí? ¿Te duele acá? ¿Puedes hacer esto? Sube la cara. Frente al edificio la gente se congrega para esperar el resultado de la evaluación. Hay muchos que no saben lo que ocurre, así que sólo esperan el muerto, tal vez, o la banda de criminales desenmascarada, pero lo que sale es una mujer pequeña, en jeans, con camiseta blanca y sin zapatos, que camina medio arrastrada por los paramédicos y se sube a la ambulancia. Luego todos se van y yo regreso a mi escritorio a trabajar.)

Tras encontrar la historia sobre la escalera, Wong Kar Wai emprendió la búsqueda del hotel que requería. Ansioso por contarla, empezó a grabar paralelamente In the mood for love sonsacándole fondos a la otra. Hizo lo que él sabe hacer: Consiguió un par de actores, les contó más o menos lo que quería, les dijo «Exploremos» y entonces ellos comenzaron a explorar improvisando por el camino bajo su guía.

El hotel, de nuevo, no podía ser cualquier hotel. Tenía ser un hotel donde la historia calara, como esos juegos para bebés con piezas de formas distintas. El bebé toma la pieza, es una estrella amarilla, y luego busca su respectivo agujero. Kar Wai toma su historia, es una flor roja, y luego busca el hotel que se adecúe a lo soñado. Encuentra el hotel soñado en Taiwan, me imagino, y ahí filma el pedazo de la historia que quiere y luego sigue adelante, pero antes de irse, antes de dejar el hotel, piensa que ese hotel y esa habitación donde los protagonistas se encuentran ofrece pistas sobre lo que ocurre luego, sobre lo que ocurre cuando se acaba In the mood for love. La habitación es como una máquina del tiempo, o como una pintura de esas en las que todo ocurre, incluido lo que no ha sido siquiera pensado.

Y lo que ocurre cuando se acaba In the mood for love es 2046, que es una película de ciencia ficción al tiempo que es otras cosas, pero como de esa ya he hablado en otra parte, la intención no es repetirse y es importante ser breve (¡ja!), dejo acá por el momento.

Esta es una intrusión en el proyecto Sesiones Dobles organizado por el blog The Observer. Si vuelven a proponer películas que haya visto procuraré comentar. Si no las he visto y me interesan, fingiré que las vi para también hablar. Inventar es fácil.

En caso de estar interesados en opiniones menos improvisadas y más centradas sobre este par de películas, les recomiendo visitar el blog de Portnoy. Él sí sabe de qué habla.

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Nine Stories: Inicie su camino.

La edición de Nine Stories que tengo parece vieja pero no es tan vieja, tiene sólo tres años. Una amiga espectral que dice quererme me la regaló de cumpleaños para reducir un poco mi casi completa ignorancia salingeriana, algo hizo. Recuerdo que tuve que ir hasta una oficina de correos perdida en el medio de la nada para recogerlo, hacía un frío de mierda. Era un paquete con varios libros, Francina me llevó en su carro. No había manera de llegar a esa oficina si uno no tenía carro, creo. Francina me contó una historia ese día mientras esperábamos que la encargada encontrara el paquete. En otra ocasión, con más tiempo, se la cuento.

La portada de mi edición de Nine Stories tiene varios dobleces y ese toque de curvatura negativa tan de libro de bolsillo usado. Sus páginas, deben ser los viajes, lucen amarillas y huelen a lo que olía la biblioteca de mi abuelo, y en algunas de ellas, en los márgenes, hay dibujos que me sirven para encontrar textos. En la página dieciocho hay un revolver y la descripción soñada de una trayectoria serpenteante de una bala a través de un craneo antes de salir disparada reventando el parietal izquierdo. En la página ciento setenta y cuatro hay una naranja a medio pelar. En la setenta y tres hay un fantasma, o un pañuelo volando. En la ciento setenta y uno hay algo que parece un caracol junto a un párrafo que dice lo siguiente:
"I don't mean it's interesting thay they float," Teddy said. "It's interesting that I know about them being there. If I hadn't seen them, then I wouldn't know they were there, and if I didn't know they were there, I wouldn't be able to say that they even exist. That's very nice, a perfect example of the way—"
Leer un libro es apropiarse de él, y esas pequeñas marcas, incluyendo los dobleces de portada y las páginas dogeared, son una manera de certificar esa apropiación. El libro existe siempre y cuando es leido, y cada vez que es leido existe (reencarna) de una manera diferente, adaptándose al individuo que lo lee. Así como yo dejo marcas en mi libro, el libro deja marcas dentro de mí y, en lo que a mí respecta, esos rastros son indistinguibles del libro en sí. El libro es la experiencia irrepetible de leerlo y la manera como esta varía de momento a momento y de individuo en individuo.


Tree Kaleidoscope, por Dev Gorur

Lo que viene a continuación es un árbol de lecturas —de versiones— de Nine Stories. Cerca de una veintena de valientes y yo nos comprometimos a leer un cuento por semana y decir algo al respecto, testimoniar el rastro que dejó, reconocer que flota. Algunos, apabullados por esta vida moderna que no deja tiempo para lo importante, cayeron en el intento; otros más, motivados por Dios sabe qué energía misteriosa, continuaron jugando hasta el final. Debido a la manera como organizamos e interconectamos los textos —siguiendo el ejemplo de Queneau—, el resultado es una especie de ilusión de una lectura universal de Nine Stories. Cada camino posible podría ser una experiencia de lectura. Hay más caminos que personas vivas en este planeta, así que habrá algo para todo el mundo. Habrá caminos contradictorios y caminos rotos. También habrá caminos que parecen escritos por esquizofrénicos. Esto no debería sorprendernos; el libro es en esencia un objeto esquizofrénico. Por eso podemos pasar de reflexiones técnicas sobre algunos cuentos a intentos de exploración psicológica del escritor, y en el medio de estos y estos otros encontraremos cartas de amor, evocaciones varias, citas, mediaciones paranoicas, símbolismos, anotaciones puntuales y hasta firmes descalificaciones. Todo dependiendo del día, de las circunstancias particulares de lectura, de las lecturas previas, de las lecturas por venir, de lo que ocurrió (y no debió ocurrir) la noche pasada. Yo los relatos los lei en mi cama, por ejemplo, los jueves de madrugada, mientras mordía un bolígrafo azul.

Una versión del libro está disponible en formato electónico acá. Pese a su magnitud, al árbol le faltan ramas. Ojalá que estas cuantas lo animen a constuir la suya.


Registro del crecimiento de un árbol de palabras hecho por mi amiga Maria Clara.
(La palabra clave es pasa lo que pasa)

El viaje se inicia con A perfect day for Bananafish, elija su camino:
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The amazing Randi

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15.4.07

Brick, por Rian Johnson (2).


(Reseña de Brick)

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El secreto del mal.

El cuento que más me gusta de El secreto del mal se titula El hijo del coronel. En este cuento, un narrador indeterminado y particulamente intenso nos resume a gran detalle, y con profusas anotaciones al margen, una película de zombis. Una película de muertos vivientes tipo 28 días más tarde, o algo así. Y la clave del cuento, lo que lo dota de un doble sentido jugoso y misterioso, es la afirmación de que esta película constituye, para el narrador, «mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra.» Esta declaración, expresada en el primer párrafo del relato, nos obliga a una lectura paralela no explícita sobre la historia a escuchar, redefine de inmediato la experiencia de la película, nos fuerza a preguntarnos reiterativamente a qué se refiere, cuál es la verdadera historia; preguntarnos, por ejemplo, quiénes son los zombis de esa vida, o cómo una vida se puede resumir en una película de zombis, o cómo alguien (qué tipo de alguien) puede verse reflejado ahí.

Con Bolaño esto ocurre con frecuencia. En sus libros nos encontramos repetidamente con narradores que nos cuentan historias con truco; historias cuya intención es hablar de otra cosa de la que nunca se habla, decir sin decir, dejar el cuento -el verdadero cuento- en manos del lector. Pero la figura, en realidad, no se limita a la narración interna sino que a veces el juego de niveles involucra de manera directa al escritor real, quien se propone como personaje, como sombra presente, y así la pregunta en El hijo del coronel, y en muchos otros de los cuentos y novelas del chileno, es también: ¿Cuál es el cuento secreto que Bolaño nos está contando por medio de ese narrador que también oculta algo? ¿Quién es el zombi? ¿Qué nos oculta Bolaño entre esas historias anidadas?

En El secreto del mal nos reencontramos con Arturo Belano de nuevo. Ya lo creíamos olvidado, perdido en África, pero regresa en tres de los diecisiete relatos que componen esta antología. Cuando Belano aparece, sabemos (queremos creer) que Bolaño habla de sí mismo. Pero en este libro, desde ultratumba, el Bolaño zombi nos sorprende con historias de Belano que parecen ocurrir después de su muerte. Belano, de alguna manera, sobrevive, es un escritor más o menos reconocido y sigue viviendo su vida, y en este universo paralelo en el que el alterego se desprende del ego, parte en busca de su hijo, Gerónimo, quien ha desaparecido en Berlín, en 2005, durante las Jornadas del Caos. Quién lo diría, 2005, hace sólo dos años, y nosotros dándolo por muerto.

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Das Leben der Anderen, por Florian Henckel von Donnersmarck (2).


(Reseña de La vida de los otros)

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Brick, por Rian Johnson (1).

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Das Leben der Anderen, por Florian Henckel von Donnersmarck (1).

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13.4.07

Lecturas habidas y por haber.


Koninklijke Bibliotheek, KB, KA 16, Folio 45v
  • HermanoCerdo 14 está en camino. Pronto en su tienda favorita. Como abrebocas, este excelente ensayo-relato de Mauricio Salvador refiriéndose tangencialmente a la reciente (y un tanto absurda (por lo amplia)) encuesta sobre los mejores libros de relatos (en cualquier idioma, supuestamente) publicados en los últimos veinticinco años. (Ganaron, por si les interesa, Cathedral (que no me parece gran cosa), Llamadas Telefónicas (que es buen Bolaño pero no grandes cuentos) y Velocidad de los jardines (que a mí no me convenció cuando intenté leerlo)).
  • Mientras tanto, puede entretenerse visitando el nuevo número de la revista de poesía Ping Pong, editada por Frank Báez y Giselle Rodriguez desde República Dominicana. El nivel de la revista bajó drásticamente en esta ocasión pues me incluyeron entre sus colaboradores (con una nada poética vieja entrada de este weblog), pero prometo que eso no ocurrirá de nuevo.
  • Con la reciente publicación de Los Detectives Salvajes en inglés, la prensa gringa anda dedicando más y más artículos a Bolaño y su mito. He aquí la reseña publicada en New York Times y un artículo sobre el México de Los Detectives publicado por Carmen Boullosa en The Nation.
  • El proyecto lúdico de creación de una hiperreseña colectiva de Nine Stories se aproxima a su cierre. Sólo nos quedan faltando las introducciones, a publicar esta semana. Aquí puede ver una recolección de los enlaces a las reseñas parciales cuento por cuento.

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12.4.07

So it goes (2).

The most important thing I learned on Tralfamadore was that when a person dies he only appears to die. He is still very much alive in the past, so it is very silly for people to cry at his funeral. All moments, past, present and future, have always existed, always will exist. The Tralfamadorians can look at the different moments just as we can look at a stretch of the Rocky Mountains, for instance. The can see how permanent all the moments are, and they can look at any moment that interest them. It is just an illusion we have here on Earth that one moment follows another one, like beads on a string, and that once a moment is gone it is gone forever.

When a Tralfamadorian sees a corpse, all he thinks is that the dead person is in bad condition at that particular moment, but that the same person is just fine in plenty of other moments. Now, when I myself hear that somebody is dead, I simply shrug and say that the Tralfamadorians say about dead people, which is 'So it goes'.
K. V., Slaughterhouse Five

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Hail Bokonon (So it goes).

If I were a younger man, I would write a history of human stupidity; and I would climb to the top of Mount McCabe and lie down on my back with the history for a pillow; and I would take from the ground some of the blue-white poison that makes statues of men; and I would make a statue of myself, lying on my back, grinning horribly, and thumbing my nose at You Know Who.
Book of Bokonon (Final Sentence)


K. Vonnegut, 1922-2007
And if I die —God forbid— I would like to go to heaven to ask somebody in charge up there, "Hey, what was the good news and what was the bad news?"
K. Vonnegut, Here is a lesson in creative writing

Ayer, coincidencialmente, mientras K. Vonnegut Jr. despegaba hacia nuevas dimensiones, releía ese ensayo de A man without a country titulado Here is a lesson in creative writing y miraba otra vez los gráficos que lo acompañan. Me gusta ese juego de los gráficos, me gusta mucho Vonnegut. ¡Qué entretenidos son sus libros! ¡Qué edificantes! ¡Qué bueno que aún me falten tantos de su libros por leer! Qué bueno que existan escritores con buen humor, como él, así se hayan muerto ayer.

Buen viaje, Vonnegut. Gracias por todo.
When you're dead, you're dead. Make love when you can. It's good for you.
K.V.

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11.4.07

Ophrys Ephegodes.

Ophrys ephegodes 3


Ophrys ephegodes 2

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10.4.07

Pale Fire (1).

I have no desire to twist and batter an unambiguous aparatus criticus into the monstrous semblance of a novel.
C. Kinbote, Pale Fire (Commentary)
A mí, más que el poema en sí mismo, me interesa la existencia del poema. Con frecuencia me pasan cosas así: Una vez constato que algo existe, así carezca de peso, así todavía falte codificarlo, solucionarlo y presentarlo, me doy por bien servido; sigo caminando. Yo no leo el poema. Siguiendo instrucciones leo los comentarios y me prometo que ojearé el poema cuando termine esperando exprimir algo de ahí. Me acuerdo la primera vez que lei Piedra de Sol. Antes había leido fragmentos, pero nunca el poema entero. Llevaba poco menos de un mes en Urbana y acababa de aprender a usar la biblioteca, así que fui al consabido piso seis y medio, busqué qué había de Octavio Paz y saqué Piedra de Sol (Sunstone) en una edición bilingüe que parecía manual de Bourbaki. Los libros que parecen manuales de Bourbaki me atraen inmensamente. La edición, digo, ese estilo clásico-francés de encuadernar. Tipografía en portada de colores negro y rojo. Papel grueso, casi cartón, que parece hecho a mano. Mi abuelo tenía en la porción de su biblioteca que heredé unos cuantos manuales de Bourbaki que nunca ojeé más allá de lo superficial, pero un día me dediqué, con un bisturí, a separar sus hojas una por una y a mirar las ecuaciones. Mirar las ecuaciones, qué raro suena, como si fuera un museo. Me acuerdo que cuando yo supe por primera vez acerca de Oulipo, pensé que era un Bourbaki escritor, una persona colectiva, pero luego pensé que Bourbaki era sobre todo un escritor obsesionado por el formalismo, así que Calvino et al. no habían inventado nada nuevo. Yo creo que a Bourbaki le hubiera gustado participar en Oulipo, hacían cosas parecidas. Yo creo que a Perec le hubiera gustado ser miembro de Bourbaki, pero André Weil jamás lo hubiera permitido, o quién sabe.


André y Simone Weil

Saqué Piedra de Sol de la biblioteca y me fui caminando por esta calle cuyo nombre ya olvidé. Wright, tal vez. Una calle clave, porque divide a Urbana y Champaign en dos. Nunca supe de qué lado quedaba esa biblioteca, por cierto. Caminaba por el lado Urbanino de la calle hacia matemáticas y en algún momento crucé hacia el quad y sin darme cuenta terminé en uno de esos salones con piano y poltronas que tanto me gustaban recién llegado. Como era temprano no había nadie, así que me senté en un sofá de cuero con vista al quad y sus muchachitas bronceándose y me eché a leer. Recuerdo que me gustó que en inglés el título fuera una sola palabra. Una sola palabra que sólo sirve para designar ese poema, que yo sepa, porque la última vez que revisé el Oxford saltaba de sunspot a sunstroke sin vergüenza alguna. Creo que lo lei sólo una vez y luego lo ojeé mirando detalles, revisando la trampa y la naturaleza de la trampa, y cuando me cansé me paré y fui a comprarme una coca-cola por ahí. Esa primera vez me interesó, sobre todo, el juego formal.

La segunda vez que lei Piedra de Sol fue esa misma noche, al llegar a mi casa. Yo vivía en un apartamento pequeño pequeño en la esquina de la calle Green y la calle Lincoln, junto a una estación de gasolina. Los edificios parecían galpones de gallinas color verde claro y no ofrecían mucho más que lo que ofrecería a sus habitantes un buen galpón de gallinas. Es decir, un lugar para dormir y comer de vez en cuando. Mi apartamento quedaba en el tercer piso y el corredor de ingreso tenía el olor característico de esos edificios de mentiras que construyen por allá. Creo que era producto de la mezcla de materiales aislantes, aires acondicionados, alfombras de alta resistencia y humedad. El número de mi apartamento era el 303 y en el 310, al fondo del corredor, vivía una flautista que nunca vi pero que imaginaba lindísima.

Al llegar al apartamento prendí el televisor para sentirme acompañado por ese ruido blanco que despide y que algún día se descubrirá causa del ochenta por ciento de las neurosis del mundo. Luego me quité la ropa, era verano, y después preparé algo de comer que no tomara mucho tiempo. Una ensalada de papa y atún, por ejemplo. Esa noche, luego de comerme mi ensalada rusa y ver mi dosis diaria de Third Rock from the Sun, mala comedia a la que me volví inmune con el tiempo, tomé el libro de mi maleta, me senté en mi sofá, ese que en el inventario de mi apartamento llamaban Loveseat pero yo llamaba Loneseat, y me puse a leer de nuevo el largo experimento circular de Paz intentando saber de qué hablaba. Cuando terminé de leerlo me dio mucho miedo, porque la primera vez que lo lei no lo había notado, tal vez por andar preocupado por las estructuras y los formalismos, pero la segunda vez era absolutamente claro que ese poema hablaba de mí. Seguro les ha pasado.

Al principio me sentí mal cuando descubrí esto. Temí un ataque narcisista producto, tal vez, de la terrible soledad que implicaba para mí, en ese momento, vivir en un idioma distinto, en uno que no sabía. Luego pensé que ese era precisamente el problema. Hablaba de mí porque hablaba en mi idioma, el que yo entendía, pero luego ahondé en las metáforas y descubrí memorias mías claramente descritas. Piedra de Sol hablaba de mi partida y también hablaba de Bogotá, la describía muy bien. Describía lo que significaba Bogotá para mí y lo que representaba estar lejos. En ese momento, agosto de 2001, odisea en el espacio, me imaginaba regresando en cinco años a Bogotá y el poema era una regresión temprana, injusta, a lo que por lo pronto no valía la pena añorar. Hace un rato, sin embargo, estuve revisando el poema, releyendo esas mismas metáforas, buscando lineas precisas para ejemplificar, y veo cosas distintas. Soy incapaz de conjurar Bogotá a través de ellas. Ahora aparecen otras cosas. Urbana, por ejemplo.


Entrada de Altgeld Hall (Detalle), por Kosheahan

Así, leer Piedra de Sol fue siempre, para mí, un viaje interior. Podría incluso ir más lejos y decir que eso es lo que siento cuando leo poesía en general, porque exceptuando este libro es poco lo que he leido y siempre he sentido algo parecido, un reflejo. Luego de leer Piedra de Sol me aficioné a Octavio Paz y me apropié de la antología de poesía completa de la biblioteca. Me gustaba, me gusta (es posible decir "me gusta" con objetos tan volubles), El Mono Gramático. La tuve cuatro años conmigo, renovando el préstamo cada tres meses. La leía por las noches antes de dormir, me sabía algunas lineas pero ningún poema entero. También tenía una antología igualmente voluminosa de lo de Borges y a ambos libros los trataba con aprecio indistinto. Si leía uno y luego el otro y luego el otro parecía como si conversaran. Eran buena compañía. Esos dos libros y varios otros los devolví con tristeza en septiembre de 2005 antes de dejar Urbana. No he leido mucha poesía desde entonces.

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9.4.07

Manti.

Manti

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5.4.07

A perfect day for Bananafish.

Ayer hablaba con alguien que me decía que lo más raro de este hermano de Susana es que parecía una persona normal. Digo, dado lo que hizo. Sus rarezas, si alguna, eran de esas que entran en el amplio dominio de lo admisible: cuando pequeño comía jabón; a partir de los dieciocho se masturbó una vez por día; cuando estuvo en el ejército, tuvo la mala fortuna de ver cómo una granada de práctica estallaba en las manos de su compañero de catre; a los catorce años empezó a ver ovnis por todos lados; cuando conducía -pero esto sólo lo sabía él- llevaba cuenta, por orden taxonómico, de todos los árboles que veía a la vera del camino.

Luego me puse a pensar que cuando alguien hace algo que se sale de lo común, lo primero que sus conocidos comentan, como excusándolo, es que «parecía una persona normal». ¿Pero realmente será excusándolo? ¿No será más bien justificándolo? Tal vez la normalidad sea el detonante. Tal vez esa normalidad es peligrosa y es, debido a su fragilidad inherente, la verdadera causante de las peores tragedias. El ser humano promedio, el que es mayoría en todas las encuestas, al poco tiempo de leer el periódico deja de ser un individuo y empieza a dejarse llevar por lo que quiera que las estadísticas le deparen para ese día. Se somete a su comportamiento esperado. Las estadísticas son su signo zoodiacal. Ya no lo sorprende más ser el pico de la curva, sino que lo acepta con resignación y convierte esa normalidad en regla, hasta que la uniformidad lo agobia, deja de sentir que es para temerse legión y, bueno, ahí es cuando aparecen los amigos por televisión frente a un edificio en llamas, o un colegio ensangrentado, o una habitación de hotel desarreglada diciendo que «parecía una persona normal».

mdc

jds


Sigue Uncle Wiggily in Connecticut. Elija su camino:
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4.4.07

اكلة خفيفة الاطلس

La sandwichería El Atlas queda en la rambla del Raval a la altura del gato de Botero. Siempre que he pasado hay gente esperando en la puerta. Venden sandwiches sustanciosos (no bocadillos) de ternera guisada, pollo al curry, hígado guisado y albóndigas. Una baguette mediana sirve de contenedor. Cada uno de estos posibles rellenos base es acompañado (a discresión del cliente) de diferentes tipos de verduras (pepinillos encurtidos, lechuga, remolacha, zanahoria, aceitunas, tomate, cebolla) y otros rellenos que incluyen mortadela, queso, papas a la francesa y atún, así como mayonesa y la típica salsa picante de kebabería. Como son musulmanes, no venden cerveza. Los clientes habituales, pakistaníes de la zona que lo hacen sentirse a uno en un local céntrico de Islamabad, acompañan su sandwich con un vaso de dulce té de yerbabuena caliente, así que yo sigo el ejemplo.

Si Hernando Josué Téllez viviera en Barcelona, iríamos a la sandwichería El Atlas a almorzar una vez por semana y, con seguridad, ya nos hubiéramos atrevido a probar el sospechoso guiso de hígado. Nano, eso sí, reduciría la dosis de verduras a la mitad y pediría, en compensación, más papas a la francesa y queso dentro del sandwich. Yo pediría más picante.

Nano, desafortunadamente, vive a unos cuantos miles de kilómetros de distancia. Hace casi dos años que no lo veo.

(Precios: Un sandwich, 3.5€. Bebida, 1€.)

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Tres al azar.

Cuando mi papá fue a Montería a recoger sus libros, encontró entre las cajas un nido de ratas recién nacidas. Me acuerdo que salió a la calle con la caja, la llevó a un potrero y trituró a las bestiecitas rosadas con un ladrillo. Antes de hacerlo me las mostró. Chillaban. Yo no sé dónde estaba mi mamá ese día. Me acuerdo que mi papá vino y ella no estaba, sólo estábamos Liliana y yo, y él estuvo revisando sus libros, asegurándose de que no faltara ninguno o yo qué sé. Luego se llevó sus libros, y durante años me reclamó que no los hubiéramos cuidado bien, que hubiéramos perdido unos cuantos. Cuando mi papá nos dejó sus libros yo tenía dos años. Cuando se los devolvimos, tenía ocho.

Me acuerdo que en esa casa en Montería teníamos un kiosco en el patio donde la hija de la señora que nos llevaba al colegio vino alguna vez a patinar. Yo creo que yo estaba enamorado de esa niña, o de la abstracción que representaba tan eficientemente esa niña. La niña patinaba dando círculos junto a mi hermana y yo la miraba fascinado. Cuando era pequeño yo me enamoraba facilísimo de esas niñas abstractas que ni me miraban. Esos amores infantiles de tierra caliente son pavorosos. Una vez vi a una de esas niñas abstractas diez años más tarde, y me costó reconocerla, y cuando la reconocí fingí que no la reconocía, porque me entró un miedo terrible de que descubriera que sólo por ser ella, sólo por haber sido quien alguna vez fue, me seguía gustando.

Una vez, antes de todo eso, mi mamá nos dijo que no miráramos hacia atrás, que no miráramos. Nosotros le hicimos caso.

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3.4.07

Plinio, sus libros favoritos (2).

Hoy me vi con Pablo Muñoz y estuvimos hablando un rato. Pablo me regaló un libro de cuentos gringos viejo, publicado en el 63 y comprado en el 66 por un anónimo catalán de paso por Londres. Tras regresar de mi cita con Pablo, estuve ojeándolo. No leyéndolo sino sólo ojeándolo: pasando páginas y mirando los inicios de los cuentos. Mientras hacía esto, Plinio también ojeaba a su manera el libro: lo olfateaba. Lo hacía de manera sistemática, quizás no sólo lo ojeaba sino que él sí lo leía. Empezó por los bordes y luego paso la nariz por varias de las páginas. Hubo un momento donde me detuvo con la pata; iba a pasar la página y él no lo permitió, seguro le faltaba algo por saber.

El libro que me regaló Pablo es de esos aventureros que son abandonados infinidad de veces y recorren, por ende, muchas manos. Es probable que Plinio prefiera estos sobre los nuevos, porque dicen (¿cargan?) más. Yo apenas puedo imaginar al anónimo comprador catalán de paso por Londres —lo imagino como mi cuñado, David, pero más viejo y menos sonriente (esto me lo dice su manera de escribir «Maig 1966, Londres» en la esquina superior derecha de la segunda página)—, Plinio, en cambio, lo ve tomando el libro, ahí está, como me ve y llora cuando subo las escaleras del edificio tan sigilosamente como es posible, intentando evitar que descubra mi llegada. Plinio ve al anónimo comprador y tal vez alcance a reconocer en el libro el instante cuando por primera vez cambió de mano, o los espacios que habitó, o los caminos que, forzado, transitó. Si otro gato alguna vez llega a olfatear ese libro, reconocerá a Plinio en sus páginas también. Al leerlo, entra a formar parte de su historia. Y así sucesivamente. Los libros acumulativos de los gatos son mucho más divertidos. Son como una memoria ambulante, una grabadora del mundo. Y lo bueno, lo mejor, es que ni siquiera necesitan ser libros. El libro favorito de Plinio hoy, por ejemplo, es una piedrita que recogí en la calle con la que lleva jugando ya dos horas. Anda fascinado con ella.

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Plinio, sus libros favoritos (1).


Plinio prefiere autores que expresen abierta simpatía por los gatos, a menos que estos autores sean de origen japonés, en cuyo caso musita entre dientes comentarios xenófobos culpándolos de la guerra, la yakuza, la muerte de Lennon, la bomba y los tornados, entre otros. Antes decía cosas sobre los suramericanos, pero con ellos ya no es tan estricto desde que descubrió, hace apenas un par de horas, que Mónica y yo somos colombianos. Ahora limita su inagotable odio a los argentinos y los chilenos. El día de hoy, sus libros favoritos son: (1) W, ou le souvenir d'enfance, de Perec (Nunca lo ha leido ni lo leerá, pero le gusta la foto del autor con un gato en la solapa); (2) Herzog, de Bellow («Porque ese es mi segundo nombre» (No, no es)); (3) Le Chat botté, de Perrault (Versión ilustrada, sin letras, eso siempre suma puntos. También mencionó algo sobre role-models); (4) Rabbit At Rest, de Updike («Porque así es más fácil degollarlo»); y (5) Meditations in an Emergency, de O'Hara (Por razones que no está dispuesto a revelar y probablemente mañana no recuerde).

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Criptoanálisis.


Hoy, dia lluvioso y gris, estuve escuchando a Brel por la tarde, pero cuando llegó Mónica, a las diez y media, me pasé a Beck. Por la mañana, Bowie me acompañó mientras desenredaba una definición que, como es usual, resultó más sencilla de lo que parecía. Por la tarde la escribí. Los matemáticos, le decía el otro día a Enrique mientras él preparaba unas tortillas de patatas, dedican (¿dedicamos?) ingentes cantidades de tiempo a interpretar lo que otros matemáticos han mal-escrito. Aunque a veces el problema es de inmadurez de los conceptos —en cuyo caso ese desencriptar es, más bien, una depuración—, por lo general todo se debe a simple dejadez: la gente rehuye la claridad o, simplemente, no le interesa. Escriben por obligación, pero no con el interés de comunicar sino sólo de registrar. Esa es una forma velada de egoismo. Por fortuna, de vez en cuando aparece algún santo abnegado que, en medio de la neurosis y desazón que produce descubrir esto, decide dedicar algunos años de su vida a limpiar lo antes dicho y convertirlo en algo que pueda leer alguien distinto de su autor. La matemática le debe su existencia y progreso a la labor silenciosa de estos héroes que las medallas Fields nunca recuerdan. Debería haber un premio igual de prestigioso para ellos.

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2.4.07

A line of verse.

Here he is, I would say to myself, that is his head, containing a brain of a different brand than that of the synthetic jellies preserved in the skulls around him. He is looking from the terrace (of Prof. C.'s house on that March evening) at the distant lake. I am looking at him. I am witnessing a unique physiological phenomenon: John Shade perceiving and transforming the world, taking it in and taking it apart, re-combining its elements in the very process of storing them up so as to produce some unspecified date and organic miracle, a fusion of image and music, a line of verse.
Charles Kinbote, Pale Fire

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Wes Craven.

I don't think you can be inculcated that way and not have it banging around some place. Even when the beliefs go out the window, the issues remain. If anything, religion of any sort is a way of looking for meaning beyond just the trivial or the self-serving, for whatever's out there that's bigger than us. It teaches you to ask the larger questions. So in that sense, it's still important. But in pretty much every other way, religion just ruined my life.
W. Craven, Entrevista en The Guardian
(Que sirva esta oportunidad para reconocer que durante mucho tiempo —e incluso ahora, que he abandonado casi todas mis aspiraciones juveniles— cuando grande yo quería ser un maestro del horror.)

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1.4.07

Inercia.

El narrador de Javier Marías cuenta como quien no quiere contar, pero cuenta y no se detiene una vez arranca, como si esto de contar fuera algo ineludible contra lo cual hay poco que hacer, salvo dejarse llevar y rezar si es que uno cree en dioses y cosas de esas. Sufrimos de inercia, me dijo alguien hace poco, y yo no le entendí porque me hablaba en inglés, y cuando me hablan en inglés, si estoy cansado, siempre escucho lo que quiero escuchar —más que escuchar, predigo palabras— así que cuando alguien se sale del guión con algo como "sufrimos de inercia", pierdo el equilibrio y tengo que pedir aclaraciones que, en otras circunstancias, si estuviera prestando atención, si realmente estuviera escuchando, no serían necesarias. Este narrador de Javier Marías que aquí se llama Juan y en otras le dicen Emilio es otra de esas personas que padece la inercia, y creo que en general maneja bien su condición. Otros en su situación acabarían destrozados por sus impulsos mentales, pero esta persona se las arregla para... para... Me acuerdo que cuando era pequeño mi mamá tejía sweaters de lana. Era una cosa medio absurda porque nosotros vivíamos a treinta y cinco grados a la sombra, pero mi mamá compraba un curso por fascículos con modelos y los iba haciendo a lo que le daban las noches. Cuando los terminaba, se los mandaba a sus hermanas en Bogotá, donde el clima los permite, y luego tomaba otro de esos fascículos, compraba más lana y continuaba. Parte del proceso del tejer consiste en preparar las lanas para la faena. A veces hay que tener varias y a veces una sola, pero siempre hay que organizarlas y enrollarlas convenientemente. Este trabajo no es delicado pero requiere atención. Cuando llegaba el momento de hacer un nuevo saco, que es como nosotros le decimos a los sweaters, ella algunas veces me llamaba y me pedía que le ayudara, y lo que me tocaba hacer a mí, si no recuerdo mal, era recibir lana y lana e irla enrollando y acomodando convenientemente en algún lugar para que luego sea convertida en saco. Tal vez sea una pesadilla, pero yo me acuerdo recibiendo madejas y madejas de lana de varios colores que no podía casi controlar y organizándolas todas al tiempo, sin detenerme, y esto es lo que me parece que el narrador de Javier Marías hace muy bien: la cabeza le entrega lana y lana y él la toma como viene y la organiza como puede entre los labios y la suelta, de tal manera que cuando llega a nuestros ojos, a nuestros oidos, uno no siente el descontrol informativo previo, uno sólo ve una historia que crece sin darse importancia entre las cabilaciones y largas conversaciones repletas de comentarios entre paréntesis y vueltas atrás y adelante que lo hacen creer que la narración no transcurre sino que nos es ofrecida íntegra, en una pieza, como los sacos que le mandaba mi mamá a sus hermanas en Bogotá.

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A heart so white (2).

Contar deforma, contar los hechos deforma los hechos y los tergiversa y casi los niega, todo lo que se cuenta pasa a ser irreal y aproximativo aunque sea verídico, la verdad no depende de que las cosas fueran o sucedieran, sino de que permanezcan ocultas y se desconozcan y no se cuenten, en cuanto se relatan o se manifiestan o muestran, aunque sea en lo que más real parece, en la televisión o el periódico, en lo que se llama la realidad o la vida o la vida real incluso, pasan a formar parte de la analogía y el símbolo, y ya no son hechos, sino que se convierten en reconocimiento. La verdad nunca resplandece, como dice la fórmula, porque la única verdad es la que no se conoce ni se transmite, la que no se traduce a palabras ni a imágenes, la encubierta y no averiguada, y quizá por eso se cuenta tanto o se cuenta todo, para que nunca haya ocurrido nada, una vez que se cuenta.
J. Marías, Corazón tan blanco

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A heart so white.

Kircher Diagram of the names of God
—A mí me lo contaría. Quién sabe si lleva todos estos años esperando a que aparezca alguien como yo, alguien que pueda hacerle de intermediario contigo, los padres y los hijos sois muy torpes entre vosotros. Quizá nunca te ha contado su historia porque no sabía cómo hacerlo o tú no le has preguntado bien. Yo sí sabré hacer que me la cuente.

Jerry Lewis manejaba una aspiradora en la televisión. La aspiradora era como un perrillo y se le rebelaba.

—¿Y si es algo que no es contable?

—¿Qué quieres decir? Todo es contable. Basta con empezar, una palabra tras otra.

—Algo que no debe contarse. Algo cuyo tiempo ha pasado, cada tiempo tiene sus propios relatos, y si se deja pasar la ocasión, entonces es mejor callar para siempre, a veces. Las cosas prescriben y se hacen inoportunas.

—Yo no creo que a nada se le pase el tiempo, todo está ahí, esperando a que se lo haga volver. Además, a todo el mundo le gusta contar su historis, incluso a los que no tienen ninguna. Si los relatos son distintos, el significado es el mismo.
J. Marías, Corazón tan blanco

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31.3.07

Comentarios Inteligentes.

La semana pasada El Tiempo, en un nuevo intento de civilizar sus degradados foros de comentarios, inauguró su sistema paralelo de comentarios "inteligentes", al que los usuarios se suscriben de manera especial, identificándose y asegurando que seguirán un cierto código de conducta. Desde que empezaron a publicar los comentaristas inteligentes, les he estado siguiendo la pista y por lo general me he encontrado con comentarios vacíos de caracter cantinflesco. En Colombia, está visto, la inteligencia y la verborrea son más o menos lo mismo. Un ejemplo diciente de este fenómeno, a continuación.

A la noticia 329 kilos de pescado en descomposición se han decomisado en plazas y puestos callejeros, un comentarista inteligente responde:
La venta de alimentos perecederos es tan antigua como los inicios de la civilizaciòn. sin embargo en el mundo moderno es inadmisible que no exìstan los controles suficientes para detener la anarquìa del mercado, lo que demuestra que en nuestro medio las costumbres cuando no se formalizan se vuelven las leyes de la selva, dando como resultado desequilibrios sociales.
¿Qué diablos dice?
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30.3.07

Plinio, sus costumbres.

Hay cosas que me gustaría hacer pero no hago por ceñirme a un propósito previamente dispuesto por uno de mis yos más jóvenes. Esa pila de imposiciones de instancias anteriores de mí mismo ejerce una tiranía incontestable sobre lo que circunstancialmente soy. Me pregunto si es a eso a lo que llaman identidad o si la identidad es el reconocimiento de ser pese a todo eso.

Hace unas semanas Plinio adoptó la costumbre de esperarme frente a la ducha mientras me baño. Apenas escucha el agua caer, sale de donde sea que se esconde o duerme, viene hasta la ducha y me espera atento. A veces saluda y yo le respondo y entonces conversamos sobre el propósito del día y su aterradora estabilización. A veces sólo constato que está ahí cuando abro la cortina de repente y él pega un alarido que bien podría ser un buenos días o un aplauso tras un truco de reaparición. Cuando salgo del baño, él sale conmigo y a veces, por jugar, me muerde las piernas e intenta atrapar la toalla que cuelga. Mientras me visto, sin embargo, se desentiende de todo el asunto y vuelve a su letargo habitual.

Plinio tiene pocas costumbres pero las administra con celo y disciplina. Adquiere una cada tanto, le abre un espacio en su rutina de baños y siestas, y luego parece cumplirla como si fuera una orden de alguien más, igual que yo con las mías. Ahora mismo duerme, por ejemplo, acostado en su cojín sobre el cual ha realizado previamente su ritual de apropiamiento masajeado. Siempre que me siento a escribir procede más o menos igual: Primero da algunas vueltas por la sala, un reconocimiento del terreno, luego intenta llamar mi atención con alguna pilatuna (e.g. subirse a la mesa del comedor, o saltar junto al computador y olerme la cara, o intentar morder mis manos) y, una vez tiene claro que no estoy en disposición de jugar, se sube al sofá, aprieta varias veces el cojín con sus melenudas garras, se enrosca sobre él, cierra los ojos y duerme. Cuando me levante de esta silla, despertará.

Pareciera que ser un gato consiste en esa adquisición constante de ciclos superpuestos y en el cuidadoso acatamiendo de los ya adquiridos. En realidad, ser persona no se diferencia gran cosa de ser gato. Tal vez el análisis de Fourier de nuestra existencia sería un poco más complicado que el de los gatos, más elementos en la base, más manías disponibles, pero en lo esencial existir seguiría siendo un juego de ciclos, de rutinas, de reglas autoimpuestas que luego veneramos y respetamos como si al violarlas nos traicionáramos. Lo curioso es que en lo posible las ignoramos, nos reconocemos libres, creemos que vamos para donde deseamos, pensamos que nada nos controla.

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29.3.07

Uncle Wiggily in Connecticut.

«Floro, cuéntanos sobre tu hermanita. Ven, dale, guapo, no seas tímido...»

Floro tenía una hermana fantasma. La hermana se había muerto antes de que él naciera, pero había regresado cuando él tenía dos años y desde entonces lo acompañaba. Primero, había aparecido en sueños y luego, una noche, se había materializado junto a su cama y le había preguntado si podía dormir con él. Era una niña de vestido azul y piel reseca a la que se le caía el pelo mientras caminaba. Dejaba una mota polvorienta a su paso y poco hablaba. Olia a viejo. Una vez, Floro le contó a su mamá acerca de su hermana fantasma y a raiz de esta confesión su madre empezó a mirarlo con desconfianza y a burlarse de él frente a las amigas. Finalmente, cuando Floro cumplió diez años, lo envió a un sanatorio para que el fantasma de esa niña se fuera con él. No soportaba su presencia. Su partida, dijo alguna vez en una reunión familiar, fue lo mejor para todos.


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27.3.07

Sister Sister.

Hoy cumple años mi hermana, Liliana, sangre de mi sangre. La primera vez que intenté matar a Liliana yo tenía dos años y medio y ella apenas unos meses. La técnica a usar en esa ocasión fue un pasabocas esférico que estrategicamente planté en su boca diminuta. Cuando fui descubierto, minutos más tarde, alegué que mi única intención era que ella lo probara. Sólo intentaba ser un buen hermano.

Mis intentos de homicidio no mermaron con la edad, pues yo soy un asesino nato y neto, pero ya sea por torpeza o por suerte de Liliana, nunca logré mi cometido. Alguna vez, eso sí, le abrí la frente con un abaco de madera.

Liliana está llamada a grandes cosas dentro del Plan. Es una de esas personas a las cuales las cosas siempre les salen bien. Y por eso ahí va ella, campante, caminando por parallel de la mano de David. La acabo de llamar ahora para preguntarle cómo había celebrado y me dijo que acababa de ir a comprar champú y jabón, porque se les acabó. El sábado estuvimos en su casa celebrando y vimos a su gata, Cloe, que tiene problemas de autoestima debidos al sobrepeso. Parece un huevo.

Una vez vi un documental que Liliana hizo donde progresivamente se va quitando la ropa. Es un poco raro ver una película en la que la hermana de uno, sangre de su sangre, se desnuda. Por lo demás, en el documental mucha gente andaba desnuda, así que la desnudez de mi hermana no era particularmente notoria, era sólo algo que pasaba.

Hace algunos años dejé de intentar matar a Liliana. Yo insisto en que no fue cosa de la edad, ni de la madurez, sino algo más, la genética, tal vez: Compartimos muchos genes, matarla sería matarme un poco a mí mismo, y yo a eso del suicidio -así sea parcial- no le jalo.

Ahí va Liliana.

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26.3.07

El regreso de los muertos vivientes (Bolaño Zombie).

Plinio lee (o al menos hace el intento).
Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero. Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién estaba del otro lado de la puerta? Enrique Lihn con una botella de vino, un paquete de comida y un cheque de la Universidad Desconocida.
R. Bolaño, Un paseo por la literatura
Hoy por la tarde estuve ojeando La universidad desconocida y El secreto del mal, los dos libros póstumos de Roberto Bolaño que Anagrama acaba de publicar. El primero es un grueso volumen de poesía que él editó hace mucho tiempo y que leeré con calma, y el segundo es un compilado de textos cortos que ya estoy a punto de terminar. No duró nada.

Por lo pronto, me he encontrado una reseña bestial (en la acepción positiva del término) de una película de zombies (que para mí ya pagó el libro —el cual no pagué, de todos modos (o, mejor, estoy pagando)—); un par de fugaces y significativas reapariciones de Belano y Lima (un inicio (un encuentro adolescente en méxico, una partida) y un fin (con Belano exitoso y aburguesado visitando los restos de Lima en el DF)); un texto autobiográfico abierto donde por primera vez veo a Bolaño evidenciar su condición de padre y escribir sobre niños que parecen niños y no sobre niños que parecen robots; un experimento Perec-iano un tanto tedioso, tal vez por lo forzadamente francés; un eco de 2666 translocado en Chile, en Calama, que suena y se parece tanto, viendo fotos, a Sonora (si es que esta última se parece, como imagino, a Arizona); un relato detectivesco sin terminar que ocurre en París que da título al libro y que tiene un inicio divertido; una memoria del pasado adolescente mexicano; un metacuento metaliterario con metainicio fallido y metareinicio inmediato; uno con visos políticos medio enloquecido; y, finalmente, un texto cortísimo donde Belano parte en busca de su hijo, Gerónimo, quien ha desaparecido en Berlín durante las jornadas del caos, en el año 2005. También hay tres textos que ya habían aparecido en Entre paréntesis.
En ese momento se oye una voz: ¿Crees que has ganado, puta? Julie se da la vuelta y lo que vemos es al otro mexicano, ya plenamente convertido en un zombi. Ambos se ponen a pelear. En el combate, Julie recibe ayuda del negro y de su novio y por unos segundos da la impresión de que van a ganar. Pero los muertos que Julie mató se levantan y se unen a la pelea y por lo visto los zombis son diez veces más fuertes que los humanos normales, por lo que la pelea, indefectiblemente, se inclina del lado de los mexicanos. Así que los tres héroes huyen. El negro los lleva a un cuarto. Fortifican la puerta. El negro les dice que se larguen, que él intentará, sabe Dios cómo, detenerlos. Julie y el joven Reynolds no se hacen de rogar y pasan a otro cuarto. En un momento de la huida, Julie mira a los ojos a su novio y le pregunta, no recuerdo si con la mirada o con las palabras, cómo la puede amar todavía. Por toda respuesta el joven Reynolds la besa en la mejilla y luego le limpia los labios y la besa en la boca. Te amo, le dice, te amo más que nunca.

Entonces oyen un grito y saben que el negro ha caido.
R. Bolaño, El hijo del coronel
Casi todos los nuevos son textos sin pulir, a medias, pero también son textos sin pulir de alguien que llevaba el suficiente tiempo escribiendo (como si estuviera muerto) para que incluso en el descontrol inicial acierte. Esa calidad de borrador tiene algún nivel de vitalidad que a mí me gusta, de sinceridad. Por otro lado, uno siempre puede pelear un poco porque a un escritor le den este tratamiento post-mortem. ¿Qué tal que al tipo no le gustaran esos cuentos? ¿Qué tal que lo avergonzaran? Sin embargo, siendo realistas, para eso está muerto, ¿o no?. Ya si el tipo se levanta y sale con un hacha a perseguir a Echevarría y Herralde por profanar su computador, es problema de ellos, quién los manda a creer en fantasmas.

Póstumos.

Luego, tal vez, escribo más acerca de ellos (si es que Plinio no se los come primero).

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All Souls.


Todo lo que nos sucede, todo lo que hablamos o nos es relatado, cuanto vemos con nuestros ojos o sale de nuestra lengua o entra por nuestros oidos, todo aquello a lo que asistimos (y de lo cual, por tanto, somos algo responsables), ha de tener un destinatario fuera de nosotros mismos, y a ese destinatario lo vamos seleccionando en función de lo que acontece o nos dicen o bien decimos nosotros. Cada cosa deberá contarse a alguien —no siempre el mismo, no necesariamente—, y cada cosa va poniéndose aparte como quien ojea y aparta y va adjudicando futuros regalos una tarde de compras. Todo debe ser contado una vez al menos, aunque, como había dictaminado Rylands con su autoridad literaria, deba ser contado según los tiempos. O lo que es lo mismo, en el momento justo y a veces ya nunca más si ese momento justo no se supo reconocer o se dejó pasar deliberadamente. Ese momento se presenta a veces (las más) de manera inmediata, inequívoca y apremiante, pero muchas otras veces se presenta sólo confusamente y al cabo de lustros o de decenios, como sucede con los mayores secretos. Pero ningún secreto puede ni debe ser guardado siempre para todo el mundo, sino que está obligado a encontrar al menos un destinatario una vez en la vida, una vez en la vida de ese secreto.
J. Marías, Todas las almas

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25.3.07

300, por Zack Snyder (2).


(Reseña de 300)

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Paul Cohen.

El viernes se murió Paul Cohen de un problema pulmonar. Si los trabajos de los matemáticos fueran cartas, Paul Cohen le hubiera escrito una a Gödel en 1966 en respuesta la que este escribió veinticinco años antes desde Princeton, tras escapar de la guerra. Las cartas entre Cohen y Gödel versaban sobre el estatus del tamaño del continuo dentro de la jerarquía de cardinales propuesta a finales del siglo XIX por Georg Cantor, pero implícitamente eran una cuidadosa reflexión sobre la naturaleza de lo posible y el caracter relativo de los universos matemáticos. Mientras Gödel nos aseguraba que había un universo donde los reales tenían el segundo cardinal infinito, Cohen desarrollaba un método para construir universos donde este cardinal fuera tan alto como se deseara. El método de Cohen, llamado forcing, nos decía que, bajo ciertas condiciones, si podíamos construir cadenas cuidadosas de representaciones parciales de un objeto, entonces podíamos, mediante técnicas combinatorias, construir un universo donde este objeto ideal era tan real como el resto. Siendo burdos, lo que el forcing nos permite es construir un ser imaginándolo.

La primera vez que escuché hablar del forcing a algún nivel de detalle fue en Mérida, Venezuela, en 1998. Andrés Caicedo intentó explicarme qué era durante una comida. Si mal no recuerdo, su metáfora elegida fue una escalera. Lo recuerdo moviendo las manos hacia arriba y dibujando cosas en servilletas que convertían cualquier símbolo en una mancha. Meses más tarde, durante un curso de teoría de conjuntos en la nacional, Andrés Villaveces nos ofreció una buena introducción al método de Cohen y algunas de sus aplicaciones. Hicimos bastantes ejercicios, y así, de la comprensión esotérica, pasé a un reconocimiento formál del concepto, pero creo que nunca logré entender a fondo cómo utilizarlo; me quedé en su superficie. En matemáticas eso me pasa con pasmosa y deprimente frecuencia.

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24.3.07

300, por Zack Snyder (1).


De The 300 spartans (1962), por Rudolf Maté


De 300 (2006), por Zack Snyder
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23.3.07

CCCB, copyright y mondo monda.

1.

Ayer fui al CCCB a escuchar a un señor holandés que aboga por abolir el sistema de copyright. Según el volante, el señor se llama Joost Smiers y trabaja como profesor de ciencias políticas en Utrecht. Tiene la pinta del típico profesor holandés excéntrico. La academia holandesa, tal parece, es un caldo de cultivo excelente para todo tipo de ideas locas. El tedio es un alucinógeno potentísimo.

En ese auditorio, durante el año y algo que llevo en Barcelona, he asistido a presentaciones de las siguientes personas:
  • Nick Currie (alias Momus)
  • Robin Deacon
  • Antanas Mockus
  • Santiago Roncangliolo (hablando con un tipo anónimo y medio sonso de la editorial O'Reilly)
  • Gilles Lipovetski
La más concurrida de las presentaciones fue la de Mockus, seguido de Lipovetski, probablemente. Las de Deacon, Momus y Mockus fueron las que más disfruté. La que más me aburrió, la de Roncangliolo, pero no fue culpa de él, fue culpa de los organizadores del evento, que consideraron que porque tenía un blog podría decir algo relevante sobre los posibles caminos digitales de la literatura. Por fortuna él no posó, fue sincero, y dijo que de eso no tenía ni idea. La presencia del tipo de O'Reilly no hizo sino empeorar la cosa, pero lo que realmente me sacó de casillas fue la participación del público, que decidió utilizar el micrófono para coquetearle al escritor y promocionar sus respectivos weblogs. Cuando eso empezó a ocurrir, me salí.

2.

Este señor Smiers escribió un libro que se llama A world without copyright, cuya tesis central es que el sistema de copyright es un escudo que sólo protege las inversiones de las grandes compañías que controlan el mercado (y nunca a los artistas). Su propuesta ante este panorama es drástica: mediante políticas gubernamentales (reforzando leyes antimonopolio, por ejemplo) se debe disminuir el tamaño de esas compañías al tiempo que se barre de pleno con el sistema de copyright reemplazándolo por... por nada (no nos dice cómo llegar a eso, pero nos dice que ese es el camino). La teoría de Smiers es que dentro de lo que él llama un "mercado sano" (sin cuatro o cinco megacorporaciones (producto de infinitos mergings) controlando, sino más bien trescientas más humildes) el mismo sistema controlaría, sin necesidad de derechos de autor ni demandas, lo que se copia y cómo se copia. El ejemplo que propone para ilustrar esto es el siguiente: Digamos que dentro de esta situación hipotética (mercado sano, no copyright) un autor escribe un libro, una novela. Entonces esta persona busca una editorial que se interese por su trabajo, luego acuerdan un precio y unos términos de un contrato, y finalmente publican el libro. En principio, en este momento, debido a la hipótesis que manejamos, cualquier otra compañía podría tomar el libro recién publicado y copiarlo sin permiso de nadie, sin embargo Smiers asegura que esto no sucedería con tanta frecuencia y que, de suceder, no perjudicaría ni al autor ni a la empresa que primero lo publicó. Según él, si una empresa copia el libro sin permiso, esto la desprestigiaría dentro del medio y, en cualquier caso, debido a que todas las empresas serían relativamente pequeñas (y ninguna tiene el copyright protegiendo su inversión), tendría que gastar en publicidad para venderlo pues la publicidad de ninguna empresa sería tan vasta como para que otras pudieran favorecerse de ella. Así que, de copiar, es probable que la empresa para empezar al menos contactara al autor (para no perder prestigio), le pagara por participar en giras junto a su producto, y le apostará a un segmento del mercado que la publicación original no toma en cuenta.

Hubo algo en el discurso general de Smiers que no me convenció. Tal vez fue su ingenuidad académica -que proponía como paso previo a estas reformas la creación y financiación estatal de programas de maestría para investigar el fenómeno del control de la información, por ejemplo-, o tal vez fue mi percepción de que el tipo, como tantos otros intelectuales de estos lares, vive mentalmente encerrado en la supuestamente perfecta configuración social europea al tiempo que pretende hacer reflexiones universales. No sé ustedes, pero yo prefiero altermundismos más prácticos y las utopías me irritan. Siento que, en lugar de impulsar, obstaculizan la ruta hacia la solución real de problemas concretos.

3.

Oyendo a Smiers, y notando cómo penaba el traductor del español al inglés cuando el público hacía preguntas, me acordé de ese pequeño corto que acompaña el DVD de The Life Aquatic with Steve Zissou titulado Mondo Monda, donde Wes Anderson y Noam Baumbach, sus guionistas, responden a las preguntas de un entrevistador italiano en un supuesto programa de televisión cultural que parece sacado de lo más oscuro y absurdo de los años setenta. Para compensar por el ladrillo de leer esta entrada, los dejo con él:


4.

Ah, se me olvidó decir que de la charla de ayer también me salí durante la sesión de preguntas. Cada vez tengo menos paciencia para la basura intelectual. Parece que en esos círculos la confusión verbal es una virtud.

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22.3.07

Just before the war with the Eskimos

Hay unas cartas que Eric le escribe a Franklin desde la guerra con los Esquimales que uno nunca entiende muy bien. Uno no entiende muchas cosas, en realidad. La primera cosa que uno no entiende es por qué Franklin le regala esas cartas, una a una, a Ginnie, la amiga de su hermana Selena. La segunda cosa es la razón misma de las cartas. ¿La distancia? ¿El frío? ¿El arrepentimiento? Eric está rodeado de mercenarios cincuentones en un campamento en Alaska y hace parte del primer contingente de infantería que encabezará el ataque a Kotzebue. Eric habla de las sopas, que casi nunca están lo suficientemente calientes al servirlas, y también de los pocos amigos que ha hecho, porque todos estos viejos, mi querido Frank, son unos snobs malnacidos que no tienen respeto por nadie, ni por sí mismos. Ya te lo he dicho, mi amigo, siento que estoy rodeado de suicidas.

A veces Franklin lee las cartas junto a Ginnie, y las comentan, y a veces las lee solo antes de que ella llegue esperando tener que censurar algo: Un accidente fatal que acaba con la vida de cinco hombres y cuya autoría Eric se atribuye, la desaparición de Thompson, la historia del perro que encontraron en uno de los campamentos. Cuando Ginnie llega a leer las cartas, los viernes por la tarde, luego de jugar tenis, Franklin siempre está en piyama ojeando el periódico en la sala y comiéndose un sandwich de pollo. La criada negra le abre la puerta a la chica —todo el mundo pasa de la criada negra—, y luego la acompaña hasta la sala y espera hasta que se siente junto a Frank antes de partir de vuelta a sus oficios. Frank por lo general le ofrece un pedazo de su sandwich de pollo —Jeat jet?— y, como si siguieran un ritual, Ginnie se hace rogar un par de veces antes de, con mala gana, aceptar lo que le ofrecen y probarlo tímidamente mientras piensa que, ¡Dios!, cuánta mayonesa tiene, y, ¡Dios!, qué mal sabe siempre este pan.

Y leen las cartas, en eso se les va la tarde. Algunas veces recuerdan episodios ocurridos en cartas pasadas e intentan relacionar las anécdotas sueltas, compactificar la narración. En otras ocasiones terminan pronto, ella espera a que Franklin se bañe y se vista, y luego salen juntos a caminar por ahí y hablar de lo poco que pasa en sus vidas, de lo aburrida que es la ciudad desde que Eric se fue. Cuando la noche cae, Frank acompaña a Ginnie a tomar el taxi y se despide de ella, esperando volver a verla la próxima semana.


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Rápida historia ilustrada del pueblo hispanoamericano.

Qué tiempos aquellos: paraiso, fiesta, sexo, satanismo, baile, oro, canibalismo y bla bla bla.

Nos bañábamos en oro y sembrábamos maiz (Serie "Historia de Suramérica" 1/4)

Llegan un par de turistas perdidos preguntando dónde está la fiesta, les decimos que es aquí. Llaman a sus amigos.

Space Invaders (Serie "Historia de Suramérica" 2/4)

Llegan los amigos acompañados de la virgen, rifles, caballos y Buddy "Almighty" Jesuschrist. Uno de ellos trae una radiola. «Ahora la música la pongo yo,» dice.

Battle Royale (Serie "Historia de Suramérica" 3/4)

Y ciertamente, a partir de entonces la música la pone él.

The state of things (Serie "Historia de Suramérica" 4/4)

Aquí vamos, más o menos.

(Para versiones más grandes de los grabados —que son una belleza— hagan clic en las imágenes. Las encontré en BibliOdyssey)

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21.3.07

Oficios varios.

Esta semana nos estamos levantando a las siete. Ella se va a las ocho para la universidad y yo me quedo con mis matemáticas. Hoy, sin embargo, estaba un poco mareado de esas sucesiones exactas y decidí, más bien, limpiar la casa. Siempre había bastante que organizar considerando el tamaño de nuestro apartamento. Ver todo en su lugar me tranquiliza. A decir verdad, toda la tarea es relajante. Lavar platos es el mejor descongestionante cerebral que conozco. Una vez terminé, para completar y disfrutar mi obra privada, me senté en el sofá junto a Plinio a leer. Plinio duerme y yo leo. Plinio corre y yo leo. Plinio salta sobre mí y yo leo. Plinio me muerde y yo lo muerdo. Nada de gravedad: un mordisco correctivo en la oreja nada más. Él gruñe y se ofende pero al poco rato regresa como si nada a continuar el juego de la lectura, que le gusta tanto. Yo creo que tiene alzheimer prematuro. Mónica dice que simplemente no es rencoroso. A veces, en los intermedios, huele el libro que estoy leyendo. Este de Javier Marías no parece gustarle tanto como el de la semana pasada.

A las doce y media comí. Quedaba sopa de salmón con azafrán de la que hice ayer cuando Mónica llegó de trabajar. Luego seguí leyendo un rato y después me preparé un té, el cual me tomo mientras escribo esto. Ahora debo trabajar.

Tom Johnson "Imaginary Music", No. 65. "Syncopated Texture"
(Encontrado acá)

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20.3.07

Sospechoso de los ataques.

La gente de la blogoteca, haciendo uso de los registros de carga de su applet y botones en diferentes blogs, ha detectado una dirección IP desde la cual es bastante probable que se hayan realizado los ataques recientes a diferentes blogs colombianos. La dirección es 190.65.0.19 y los detalles de la cuidadosa investigación están acá. Si tiene manera de revisar las direcciones IP de los visitantes y comentaristas de su blog, le recomiendo mirar si esta dirección IP aparece por ahí. En caso de que sea así, contáctese con la gente de la blogoteca. Los datos que obtenga pueden ser de utilidad para capturar o al menos identificar al vándalo.

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The last king of Scotland, por Kevin MacDonald.


(Reseña de The last king of Scotland)

Nota: Ah, y no se les olvide votar por Portnoy acá. Todos los días un voto, hasta mañana. Todavía hay oportunidad de que un blog de cultura le gane a uno sobre la sonsa política española.

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18.3.07

0->A_e(G)->A(G)->G->{e} splits.

La derivada logarítmica iterativa continúa acosándome, ahora convertida en un problema básico de extensiones de grupos que no he podido aclarar. Para Sonat es un problema de cohomología no conmutativa, pero yo me siento mal usando esos términos sin entenderlos del todo. Los objetos en mi caso parecen sencillos, las cosas son lo que deben ser, pero explorarlos a detalle -saber cómo son lo que son- es complicado a menos que uno se arriesgue a visitarlos localmente en casos sencillos -G es una curva elíptica, digamos-, pero entonces la cantidad de variables es tal que es prácticamente imposible salir de la tercera prolongación ileso. Y la prolongación que me interesa es la omega-ésima, así que jodidos. Tengo que hablar con un algebrista.

Para compensar, ayer compramos un libro de cuentos de Bellow. Hoy lei By the St. Lawrence, que es un cuento que hace una fotografía emocional de un momento específico de un hombre, un director de teatro con un pasado familiar singular. Bellow toma el momento, la visita a su ahora decadente pueblo de infancia, y se sumerje en la cabeza del tipo y recorre su conciencia de esa manera total como sólo el narrador omnisciente puede hacerlo. Esos narradores me impresionan mucho. Cheever también hace esas cosas muy bien. Igual Roth. Me cuesta imaginar cómo pueden construir personajes de semejante complejidad interna y luego saltar del uno al otro. Construir historias basadas en deslizarse suavemente sobre las conciencias de las personas más que sobre los hechos que las rodean. Me imagino que son cosas que surgen en el camino; detalles anidados descubiertos mientras se construye-explora el cuento. La escritura es una herramienta de exploración poderosísima.

El sábado, dentro de mi programa de un cuento cada día, leí Lucky Alan, el cuento de Lethem que está en la última New Yorker. Este, coincidencialmente, también habla sobre un director de teatro. Me gustó mucho este cuento, pero además, a raiz de su lectura, terminé ojeando vía Amazon el Sketchbook 1966-1971 de Max Firsch, cuyo cuestionario inicial sirve de hilo narrativo en el cuento de Lethem.

Hay varios cuestionarios en ese libro. Todos más o menos del mismo tono. Esta pareja de preguntas me gusta mucho:
¿De tener el poder para hacer realidad cosas que usted considera correctas, las haría en contra de los deseos de la mayoría? (Sí o no)

¿Por qué no, si usted piensa que son correctas?
O esta otra:
¿Qué le parece más fácil odiar, un grupo o un individuo? ¿Prefiere odiar individualmente o como parte de un grupo?
O esta otra más:
¿Lo convencen sus propias autocríticas?
No es dificil, luego de responderlas, dudar un poco de la coherencia de nuestras propias bases morales.
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Una nueva táctica.

Incapaces de convencernos de que (1) el calentamiento global es un fenómeno natural que no tiene correlación con el aumento de nuestras emisiones de CO2 y (2) era fácilmente solucionado instalando espejitos microscópicos en la atmósfera, ahora las agencias norteamericanas intentan una nueva técnica de negación: Convencernos de que, vaya, el calentamiento global es bueno, pues «el [consecuente] deshielo del Ártico puede impulsar el transporte internacional y la industria del crudo». Como quien dice: No se preocupen, Nueva York estará bajo el agua, Europa podrá termina semi-congelada, pero el transporte de mercancías aumentará y probablemente encontremos yacimientos de petroleo que nos permitan seguir emitiendo CO2 sin necesidad de depender del complicado tercer mundo.

Increible que las agencias de noticias le hagan eco a semejante información.
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