Hay lecturas que es dificil dejar ir. Eso por un lado.
Por el otro, las lecturas saben cómo perdurar. Tienen ganchos, anclas, algo. Se asientan mejor en unas cabezas que en otras.
(Neurofisiología de la Lectura (Preguntas): ¿Cómo funciona? ¿cuál es el proceso? (o, más importante) ¿cuál es la metáfora apropiada, el modelo? ¿por qué el mecanismo funciona tan bien? ¿por qué no es lo mismo leer un libro que escuchar su lectura? ¿por qué a veces sentimos que pensamos lo que el libro dice y a veces parece como si fuera una voz distante? ¿cuál es el truco?)
Sí, eso es lo que me intriga. Cuando leemos, es como si nos contáramos una historia a nosotros mismos, una historia que no conocemos de antemano, una que lentamente vislumbramos a medida que avanzamos sobre las páginas, o es como si alguien más, alguien distante, nos contara algo durante una comida. Parecen la misma experiencia pero no lo son. No es lo mismo que el capitán Barrera cuente entre chiste y chanza que crucificó unos campesinos porque su respectivo capitán (cuando él era teniente) se lo ordenó, a que ustedes lean lo que acabo de escribir. Y no es lo mismo que yo lo escuche a que me lo invente. El canal es distinto, el mecanismo de decodificación también. La voz de Barrera es gruesa, a Barrera le gustan los soldados; le gusta humillarlos un poquito y luego sodomizarlos a medias, como quien no quiere la cosa, por encima de la ropa, con un palo de escoba. Los soldados no se quejan, eso es algo que se aprende: No estoy aquí, esto no está ocurriendo. Nadie lo enseña, es algo que se aprende en la práctica, un mecanismo de supervivencia más. Adaptación pura. Uno crea la ilusión de que ese es un tiempo perdido, un sueño largo y raro, y eso le permite llevar mejor ciertas cosas, responder como corresponde, hablar fuerte, con ímpetu, actuar. También le permite escuchar a Barrera contar su historia cruenta sin sonrojarse, sin escandalizarse, así Barrera se ría mientras la cuenta. Es posible, también, que uno también se ría un poco con él, con ellos, hay varios en la oficina y esta tarde llevan dos horas hablando de esas cosas que pasan. Accidentes o no tanto. De verdad en su momento hace gracia. El sargento mayor también tuvo sus aventuras. La guerra es dura,
shit happens.
Very often. Y puede ser diarrea incontenible (una borrachera mal llevada que terminó de manera trágica en un billar de un cacerío con una subametralladora tal vez demasiado cargada) como puede ser una puntual cagada controlada. Al final no importa porque el caso es que ahora hay unos muertos que toca
legalizar. Es bonito eso de poder
legalizar los muertos. Es un proceso creativo: La práctica de la ficción como una
herramienta de encubrimiento. Antes era un campesino atravesado, ahora es otra cosa. Luego vienen los condimientos para corroborar la ficción. Es probable que sean procesos paralelos. Construimos la ficción al tiempo que llevamos a cabo la reconstrucción de la escena, conseguimos los contactos para encontrar un fusil gastadito, algún decomiso fantasma, y unos diez cartuchos, pero lo que a mí me jode todavía es que el capitán del teniente Barrera le haya parecido necesario crucificarlos antes. Creo que los campesinos dijeron algo, sabían algo, contaron algo, y luego al capitán le pareció divertido crucificarlos por si las moscas, no fuera que resultaran dobles agentes, tal vez, uno nunca sabe con esos perros, así que improvisó el show en un par de árboles y los colgó. Cuando se murieron ahí sí los bajaron, par botas pantaneras, par camuflados y ya. Ahí tienen sus muertos legales. Resultados operativos. Consecuencias previsibles del sagrado ejercicio de la guerra.
Pero bueno, a lo que venía. Barrera cuenta eso y nos reimos. En su momento es como un chiste así sea una anécdota y así nadie dude que ocurrió. Nos reimos porque Barrera nos cuenta cosas que no recuerdo (que no podría reproducir) bien: El sabor, las conversaciones, la improvisación de las cruces, la confusión del asesino descarnado primerizo. Lo escuchamos y ahí queda. Queda la escena entera a decir verdad. Incluso un poco del revuelto de las colonias de todos esos oficiales jóvenes, mezclado con el del polvo de las estanterías y el de esos uniformes que uno usaba sin mudar por días y días. Todo eso queda. Y sobrevive de una manera extraña, como si apreciaramos ciertos horrores, como si los coleccionáramos. Las palabras se difuminan pero la historia sigue ahí, incorrupta, viva. Barrera la transmite con gracia, mejor que yo, sin duda, pero aquí me tienen contándola. Me gustaría saber cómo se siente leerla, no haberla escuchado. Debe ser distinto. Esperar una cosa, un comentario sobre un libro, y terminar leyendo algo así: Un asesinato bestial contado paso a paso, sin restar detalle, con un poquito de orgullo que a veces parece picardía juguetona y en otras simple bravura. El canal importa, creo. No es lo mismo escucharlo que leerlo. Bien escrito -bien leido-, la experiencia puede ser mucho más honda. Eso es lo que pasa con la lectura, que puede calar profundo, que en ocasiones parece salir de adentro y perturbar terriblemente. Apropiación, o algo así. ¿Por qué sabía todas esas cosas? ¿De dónde salen? ¿Cuánto más hay ahí adentro?
Todo esto, como es usual, para al final reconocer que no sé ni entiendo nada de lo que rige esos procesos. No sé por qué unas historias perduran y otras no. No sé por qué retengo ciertos detalles irrelevantes y al reconstruir la historia los resalto. No sé por qué (pero sé que es así) importa que haya escuchado a Barrera contarlo pero me gustaría haberlo leido. Es el canal, repito. Bien leido (bien escrito), sale de adentro. Y ahí se queda, nunca se va. Me gustaría entender por qué pasan cosas así, cuál es la magia.

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