Reporte de progresos.

Hace dos semanas estábamos recién aterrizados en Lyon, levantándonos junto a un camión con libros, ropa y una nevera en un camping helado diez kilómetros al norte, desayunando café en pequeñas tazas robadas, abrazados a Plinio que temblaba y temblaba. Cundía la incertidumbre: no sabíamos cómo doblar las carpas.

Por fortuna, un día más tarde despertábamos en un apartamento lleno de cajas. Sin luz y sin agua caliente, pero apartamento de cualquier modo.

Al día siguiente teníamos muebles: Cama, comedor, escritorio. Plinio –poco acostumbrado a la luz solar directa– se escondía en los armarios. La electricidad seguía esquiva.

Tuvimos que esperar tres días más para que llegara, hasta el lunes. Ese día corrimos al Carrefour a comprar un horno microondas para suplir la ausencia de cocina. El gas tardaría más –todavía tarda, a decir verdad– pero al menos podíamos hacer té de vez en cuando.
El martes fuimos a un banco a abrir una cuenta. En Francia un ser humano sin banco es un homínido inferior, sin derechos, sin esperanza.

Nos dieron cita para el miércoles. Tardaron una hora y media en abrir la cuenta. La mujer que nos atendió, Valerie, tiene un hermano que trabaja en matemáticas. Me preguntó si lo conocía. Me dijo que a veces viajaba a Japón y otras veces a Estados Unidos.
Alex llegó a Lyon el jueves por la noche. Lo recibimos con un suculento banquete de comida congelada del Picard. Salimos a caminar por el centro nocturno y desolado. Al día siguiente iniciamos el proceso de instalación de Alex: Corrimos a un banco a pedir una cita, visitamos su futuro apartamento, fuimos a saludar a Frank, comimos té con pie de manzana.

El sábado por la mañana Alex tuvo su cita en el banco. La reunión tardó dos horas y el éxito fue parcial: Para abrir una cuenta en un banco se necesita tener una prueba de residencia en Francia, pero para alquilar un apartamento en Francia se necesita una cuenta de banco. El bucle se resuelve, naturalmente, con trampa: Alguien miente un poco, lo suficiente para que el proceso del banco se inicie. Luego el banco miente un poco más , y así. Una mentira se suma a otras tantas y dos horas más tarde me llamo Yegor y Mónica se llama Oksana. Alex es mi hermano menor, Ruslan. Somos tres rusos altos, rubios, gordos y colorados. Usamos gafas oscuras de marco dorado y ropa Adidas. Tenemos una próspera empresa de guantes de caucho amarillos y rojos cerca a San Petesburgo. Plinio ladra con soltura y responde cuando lo llamo Blek.

En medio de la confusión, Ruslan nos presta dinero para comprar una cocina. Luego escapa a Israel. Inmigración lo detiene al llegar el aeropuerto de Tel Aviv. Parece que alguna vez, desesperado, descorazonado, hace unos cuatro años, envió papeles a Jerusalén para lo de la ciudadanía pero lo había olvidado. La ciudadanía le fue concedida. Debía dos años de impuestos y sobre él pesaba una orden de captura por evadir el servicio militar.
Lunes: Primer telegrama de Ruslan desde una cárcel en Haifa: MALA COMIDA STOP MALA STOP AYUDA URGENTE STOP. Contactos con abogados en Jesusalén. Sorprendente dominio pleno del Yiddish, nu. El primo Vanya en San Petesburgo se ofrece a ayudar. Ruslan recibe una estola de armiño y una botella de Vodka en su celda. Además cuenta con un esclavo personal armenio.

Martes: Segundo telegrama de Ruslan desde la misma cárcel en Haifa: BARRIGA LLENA STOP CORAZON CONTENTO STOP.
¿Sabrá que le cobran shekels por cada STOP?

Miércoles: Llega la cocina. También las tarjetas del banco. Compramos un teléfono móvil. Desde Grenoble nuestro francófono ángel guardían nos informa que instalarán el gas el martes. La compañía de teléfonos promete por carta instalarnos la línea en menos de tres semanas pero aclara, en letras pequeñas, que legalmente tiene catorce semanas para hacerlo. La tienda donde compramos la cocina promete la devolución del excedente y una botella de champaña si conseguimos una cocina igual por mejor precio. Ruslan me confiesa por teléfono que se ha enamorado de la hermana de su compañero de celda. Si todo sale como esperamos, pronto será transladado a un cuartel. Blek, mientras tanto, caza bichos en la sala.
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