24.9.08

Mariox.

El sábado a las nueve me llaman para avisar que el técnico de lo del teléfono está en camino y llegará al apartamento en media hora. A la media hora me llaman para decir que el técnico ya está aquí. ¿Dónde?, pregunto. Aquí, abra la puerta, me dicen. Diga que usted es Monsieur MO(GH)RENO.

Abro la puerta.

No hay nadie.

Cierro la puerta.

Llamo.

No, no está.

Que sí, abra de nuevo.

Abro, no, nada, cierro.

Timbran.

Abro de nuevo. Call me Mario, clama a gritos esa imagen, o Mariox, con la equis como en Idefix: Mide uno cuarenta. Pesa noventa kilos. Lleva un overol naranja y gorra en juego. Tiene un bigote frondoso que le cubre en cascada media boca. Dice que viene de parte de France Telecom como si France Telecom fuera alguien famoso que abre todas las puertas.

Y las puertas se abren. Pase por aquí, por favor.

Conecta en el cuarto un transmisor que manda una señal por entre el cable y luego la sigue hasta la puerta de la casa. Mira hacia arriba de la puerta y señala. Ahí está el problema. ¿Tienen una escalera?

Primero intentamos con un banquito recién estrenado. El tipo se sube y así logra llegar con esfuerzo al dintel. Necesitamos algo más alto. Algo un metro más alto, al menos. ¿Están seguros de que no tienen una escalera?

Cuando pega el salto para bajarse del banquito, el banquito se rompe.

Mariox entra al apartamento como pasando revista y pregunta por cada mueble. Mónica dice no, No, nO, NO, ¡NO!. Bajamos a preguntarle al conserje. Aparentemente tenemos conserje. O al menos hay una puerta en el entresuelo que dice Conserje, pero el conserje, o quien quiera que viva ahí, no abre. Subimos de nuevo. A veces siento como si Mariox nos estuviera midiendo para saber si damos la talla subidos unos sobre los otros. Probablemente se imagina arriba, como los niños de esos circos a los que todavía le gusta ir. Más alto, grita. Más alto. Mariox, tal vez por su estatura, sigue sintiéndose pequeño, pero basta ver lo que hace su rodilla acolchada sobre el banquito cuando escala para constatar que su pequeñez es sólo aparente. En cualquier otra dimensión es inmenso.

Tal vez esto sirva, propongo. Es un mesón de cocina que parece resistente y suficientemente alto. Mariox dice claro. Yo saco el mueble al corredor y pongo papel periódico para protegerlo. Mariox me mira, mide de nuevo, entra al apartamento y vuelve a sacar el banquito roto. Lo pone encima del mesón, apilado. No alcanzo a medir la sensatez de la cosa cuando ya está arriba.

La situación es esta: A mis espaldas están las escaleras. Agarro con fuerza el banquito por el lado derecho y Álex hace lo propio por el izquierdo. Mariox, mientras tanto, ha escalado mediante otra silla hasta la superficie del mesón y se prepara para enfrentarse de nuevo al banquito, que ante la presión se contonea y cruje. Esto no es seguro, dice Álex. Pero Mariox no le tiene miedo al riesgo. Pareciera por momentos que ni siquiera sabe qué significa la palabra 'riesgo'.

No lo he dicho, pero Mariox tiene dañado el mecanismo que permite pensar sin hablar. Hay personas así. Son más de las que imaginamos. Mariox piensa cantando, aunque no entendamos una palabra de lo que dice, y mientras el banquito endeble lo sostiene apenas sobre la superficie del mesón canta y canta cada cable, cada corte, cada tornillo. Un mal paso a la derecha y rueda por las escaleras. Mentalmente exploro esa posibilidad. Temo por mi vida. Soy muy joven para morir aplastado.

Mariox descubre que el teléfono no funciona porque la línea jamás fue reconectada tras la remodelación. A veces mira hacia mi lado y sonríe nervioso. Es evidente para todos que mi buena voluntad no sería suficiente para sostenerlo en caso de que pasara lo que debió haber pasado si la física fuera lo que era en los tiempos de Newton, antes de que Mariox viniera al mundo, teletransportado desde Alfa Centauri.

Los minutos pasan lento, pero por fortuna pasan.

Al bajarse anuncia, con las manos en la cintura, que ahora todo está bien. Vuelve al cuarto a desconectar el transmisor. Revisa que tenga todos sus herramientas a mano. Es pura diligencia al moverse, flota un poco ahora. Es dificil no admirarlo un poco, no apreciar la existencia de alguien como él, con su resolución, con su tamaño, con su fuerza. Canta cada herramienta al tiempo que las organiza sobre la cama y las cuenta. Mira el módem y dice que todo estará en orden en una hora. Cada vez que dice uno levanta el dedo pulgar que es sin dificultad tres dedos pulgares míos. ¿Una hora?, le digo. UNE heure repite asintiendo y vuelve a enseñar ese rojo y jugoso pulgar.

El pulgar de un héroe, sin duda.

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