16.1.09

Laboratorio

Estoy en Bellaterra, en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Recuerdo la primera vez que vine acá, en diciembre de 2003. He venido a esta universidad y a este edificio -la facultad de medicina, laboratorio de fisiología celular, para ser precisos- muchísimas veces. He pasado vacaciones enteras acá, acompañando a Mónica, que siempre llegaba muy temprano y se iba muy tarde. Yo iba la biblioteca y leía. El tiempo pasaba muy lento mientras la esperaba, como ahora. Probé un par de lemas sentado en escaleras. Leí varias novelas. Entendí cómo funcionaba la derivada logarítmica. En fin. Mónica adora este lugar y yo la adoro a ella, así que quiero este sitio por transitividad.

Hoy Mónica sustentó su tesis. Le fue bien. En Europa esas cosas son muy rígidas y formales, con muchas corbatas, muchos elogios y muchos discursos. Prefiero, por formación y crianza, cuando el nivel de bobería se reduce al mínimo, pero mis preferencias no tienen mayor importancia. Me gusta ver a Mónica haciendo lo que hace y hablando de lo que le gusta con gente que entiende lo que ella hace. Apenas puedo describir su trabajo (regeneración de tejido nervioso, cultivos organotípicos, modelos in vitro, motoneuronas, lesiones mecánicas y químicas...) pero todavía me enamoro cuando me cuenta emocionada sus progresos. El trabajo en el laboratorio es difícil y desgastante pero creo que en ninguna parte ella es tan feliz como aquí, entre sus ratas, sus médulas, sus cultivos, sus microscopios y sus marcadores.

Esta mañana, en el tren de camino acá, leí un cuento de William T. Vollmann titulado Red Hands. Hace parte de su colección The Rainbow Stories. El cuento se inicia con el testimonio de un terrorista de IRA que escapó a Estados Unidos, donde ahora vive. De repente, y sin mayor explicación, Vollmann empieza a intercalar fragmentos de una entrevista a Oliver (not his real name), un estudiante de postgrado. El apartado ocho del cuento se inicia con el siguiente párrafo:
The lab had the usual formaldehyde smell. Being rich in glass bottles and plastic tubes, it was its own world, which you came to every day, not knowing whether or not you were going to have a good day until you shuffled over the centrifuge for radioactive materials, flipped the switch, and listened to its good comforting hum, and suddenly it was clear after all that you did know which opening to dispense Parafilm through. There were hundreds of drawers to play in, hundreds of shelves and cabinets, and lab benches piled with a mole of this and an aliquot of that. Every chemical was like the muscle of a giant eye which allowed the researchers to see something which they had never seen before. They knew that their powerful reagents would permit them to shatter the unwanted cells, which were like boulders covering some antique tomb that the anthropologists were sure must be glutted with treasure which they could transfer from its underground grave to a public grave in some museum, where gold and bones lay in shame behind daily-cleaned glass.
Conozco ese lugar.

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