Médium
Cuando Eugenia nació viajamos a la colonia para que Amanda la conociera. Llegamos al mediodía, poco después del almuerzo, y una enfermera joven nos acompañó hasta su habitación.
Ahí estaba. Leía el periódico. Eso hacía todo el día. Primero el crucigrama, luego el problema de bridge y finalmente las noticias. No le gustaba hablar con nadie. Apenas salía al patio que rodeaba la casona. Odiaba la silla de ruedas. Cuando entramos levantó la mirada, se acomodó las gafas y se arregló la falda. Tenía un lápiz en la mano. Juliana llevaba a la niña en brazos con el vestido azul de flores que le había regalado mi hermana. Yo empujaba el cochecito vacío. Una vez junto a su cama tomé a la niña y se la enseñé.
«Te presento a tu nieta,» le dije. Sonreí con incomodidad, a sabiendas de su estado. Hice un gesto para que la cargara pero no hubo respuesta.
«Parece muerta,» dijo en cambio. Apenas la miró.
«Está dormida, mamá, no seas así.»
«No, Manuel, parece muerta. Llévatela, no quiero verla. Tampoco esperes que me alegre por ti.»
Juliana se echó a llorar, me quitó a la niña y salió corriendo. Yo arrastré el coche tras ellas. De camino a la ciudad Juliana me hizo prometerle que nunca regresaríamos juntos a ese lugar, que nunca más la obligaría a visitarla.
Fue la única vez que Eugenia y Amanda se vieron, que yo sepa.
Amanda murió el preciso día cuando Eugenia cumplió seis años. Dicen que las últimas noches lloraba mucho. Se quejaba. Preguntaba por sus hijos, por su marido, por su papá. Su tiempo había colapsado. De su muerte nos enteramos tres días más tarde pues estábamos de viaje. Debo admitir que la noticia fue un alivio para todos. Habían sido ya muchos años de sufrimiento. Mi hermana, alma bendita, hizo los arreglos y Amanda fue enterrada junto a mi papá en el mausoleo familiar. Fue una ceremonia discreta. Apenas asistimos mi hermana, su marido, Juliana y yo. Dejamos a Eugenia y Federico en casa con la criada.
Las pesadillas de Federico se iniciaron una o dos semanas más tarde. Siempre había tenido el sueño difícil, pero esto era distinto. Era viernes y acababa de regresar a la casa del trabajo. Juliana me acompañaba mientras comía cuando oimos gritos en el cuarto de los niños. Subí corriendo y encontré a Federico oculto bajo las cobijas gritando descontrolado. Eugenia, parada sobre su cama, lo miraba entredormida. Prendí la luz y le pedí que se calmara. Lo saqué de su escondite y lo abracé. «No pasa nada,» le dije. «Todo está bien. Es sólo un sueño.»
«¿Ya se fue?,» me preguntó. «¿Estás seguro de que ya se fue?»
«Claro que sí, Fede, era una pesadilla. No tienes nada qué temer.»
«¿Eugenia está bien?»
Así fue a partir de entonces por los siguientes tres meses. Primero un par de veces por semana. Luego casi cada noche, cada hora de sueño. Estábamos desesperados. Siempre era lo mismo: primero los gritos, luego el llanto, luego el miedo de que lo que quiera que fuera siguiera ahí. Nunca ahondaba demasiado y arrancaba a llorar si lo presionaba para que nos contara. «No recuerdo,» decía. «No me dejes solo.» Cuando lo abrazaba, temblaba. Sudaba mucho. Algunas veces pedía que me lo llevara a nuestro cuarto. Otras, me preguntaba por su hermana. «¿Dónde está Eugenia? ¿Está bien?»
Lo llevamos al médico. Nos recomendaron a un psicólogo que a su vez nos remitió a un psiquiatra. «¡Es muy pequeño para psiquiatras!,» se quejaba Juliana en el teléfono con sus amigas pero lo llevamos a uno y a otro y luego a un neurólogo que lo devolvió al psiquiatra asegurando que no había nada malo con él. El psiquiatra dijo que tal vez sería conveniente medicarlo para que pudiera dormir. «Un antidepresivo suave,» nos explicó. «En casos como este es lo más recomendable. Ya verán cómo hace todo más fácil.»
Y sí, lo hizo fácil. Las pesadillas se desvanecieron pero con ellas se fue Federico. Poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Dormía cada vez más. Casi no hablaba. Vivía en un estado de sopor constante, de ausencia. El psiquiatra intentó modificar la dosis pero el daño ya estaba hecho. Federico jamás regresó. Ayer llegué a la casa y tras comer subimos juntos al cuarto de los niños. Desde que la somnolencia de Federico había empeorado a Juliana le gustaba pasar a revisarlo con frecuencia durante la noche. Cuando abrimos la puerta descubrimos que Eugenia no dormía. Estaba sentada en su cama con su lámpara de noche encendida. Fingía leer un libro de cuentos. Tenía un lápiz en la mano. No parecía sorprendida de vernos. Al contrario, nos miró sonriente, se arregló la pijama. Nos invitó a pasar con un gesto de la mano. «Parece muerto,» dijo en un susurro señalando la cama de su hermano.
La última vez que vi a Amanda estaba sentada viendo televisión en la sala de la colonia. Le traje chocolates, libros y revistas. Parecía feliz de verme. Me preguntó por Juliana. Le extrañaba que no viniera aunque nunca preguntaba por los niños. «Dime la verdad, Manuel, ¿tienen problemas?» Preferí evitar el tema. Ya no era para ella. Le hablé de mi trabajo, de los viajes y también de un encuentro reciente con un primo lejano de mi papá que le enviaba saludes. Al principio no lo recordaba. Tenía un apellido extraño que siempre olvido.

Genealogía de la familia Dubois, 1883
Etiquetas: familias, historias de la vida real, médium, parapsicología, visionarios
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