28.1.09

Prodigio

Mi primo Ricardo podía comerse una mandarina entera y luego expulsar las pepitas, una a una, por la nariz. También sabía hacer otras cosas, pero esa era la mejor de todas.

Un día mi primo Ricardo, que nunca salía de su casa, me llamó por teléfono y me preguntó si estaba ocupado. Yo le dije que no. Me pidió que pensara un número de uno a cien. Pensé veintitrés. Ricardo dijo «Es veintitrés». Yo le dije «Sí, ese era.» Él me dijo «¡Ya ves, todos piensan el mismo!» y colgó.

Con Ricardo era siempre así.

Una vez le pregunté a mi mamá por qué Ricardo no tenía piernas. Ella me dijo que las había perdido en el mismo accidente de carros en el cual murió Pedro, su papá, el hermano menor de mi mamá. Ricardo era igual a Pedro cuando niño. Exactamente igual.

Ricardo decía que él no recordaba el accidente. Tampoco recordaba haber tenido piernas alguna vez. «¿Qué se siente tenerlas? ¿Pesan?» Nunca supe qué responderle.

Cuando llegaban las vacaciones, pasaba semanas enteras jugando en casa de Ricardo. Jugábamos a los fantasmas, a los números y también a la máquina del tiempo. Un día salimos de la máquina y vimos la llegada del hombre a la luna. Otro día salimos de la máquina y vi a mi mamá acostada en una cama con un tubo atravesándole la garganta. Intenté hablarle pero ella no sabía que yo estaba ahí. Éramos invisibles. Ricardo me consoló y me dijo que todavía tenía tiempo de decirle que la quería. Cinco años, para ser exactos.

De Ricardo heredé cuatro libros, su navaja suiza y su colección de piedras especiales para descarrilar trenes. Todo eso me confió en su carta de despedida. Era todavía joven cuando se fue.

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