La sociedad del columnista muerto
La muerte de una persona siempre es una buena excusa para reflexionar. Se muere un columnista mediocre pero bien conectado, por ejemplo, y los titulares de todos los periódicos anuncian al unísono una pérdida invaluable para el periodismo colombiano.
Díganme si eso no los pone a pensar.
Luego viene el show de las eulogías llorosas y los discursos imbéciles, y con todo esto arrecia el hedor agrio que expele el olimpo de las figuras públicas nacionales. Todo el poder, todos los bandos visibles que se disputan (casi que en guerra si no en guerra abierta) el gobierno, resultan cordialmente reunidos, como en un club —como en el club exclusivísimo que en últimas conforman—, alrededor de una figura sin mayor mérito más allá de ser hijo de su padre, ejemplo vivo y descarado del peor nepotismo. Un señor que en sus columnas mal escritas nos transmitía la opinión de la burguesía sonsa, sus malos gustos y sus chismorreos, nada más.
Y se supone que su muerte es una noticia importante.
Díganme si eso no los pone a pensar.
Luego viene el show de las eulogías llorosas y los discursos imbéciles, y con todo esto arrecia el hedor agrio que expele el olimpo de las figuras públicas nacionales. Todo el poder, todos los bandos visibles que se disputan (casi que en guerra si no en guerra abierta) el gobierno, resultan cordialmente reunidos, como en un club —como en el club exclusivísimo que en últimas conforman—, alrededor de una figura sin mayor mérito más allá de ser hijo de su padre, ejemplo vivo y descarado del peor nepotismo. Un señor que en sus columnas mal escritas nos transmitía la opinión de la burguesía sonsa, sus malos gustos y sus chismorreos, nada más.
Y se supone que su muerte es una noticia importante.
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