Domingo
Mónica viajó a Barcelona a trabajar por un par de semanas en su viejo laboratorio. Fui con Jaime a dejarla en el bus que la llevaría al aeropuerto, luego caminamos hacia el norte, cruzamos el parque y compramos dos tiquetes en el teatro de la Cité Internationale para ver Milk.
Cuando estábamos cerca de la empalizada donde viven las jirafas y a punto de llegar al lago Jaime recibió una llamada de Colombia. Era su hermana, medio borracha, para decirle que lo quería. Allá serían las cuatro de la madrugada. Él sólo decía «Yo también, hermana. Yo también.» Le dije que le dijera que se tomara uno por él. No me hizo caso. Cuando colgó hablamos un rato sobre Liliana, que ahora mismo anda en Colombia con Davit.
La última semana las calles de Lyon se sienten más vivas. Las estaciones tienen efectos visibles en la dinámica de la ciudad. Es extraño, porque no es que el frío sea ostensiblemente menor o que no llueva. Es sólo un cambio pequeño en la luminosidad general. Unas horas más, un ángulo más amable. Eso basta para que la ciudad despierte. Creo que nunca me acostumbraré a estos ciclos.
En casa, luego de la película, tomamos te con galletas que Mónica nos dejó y jugamos un partido de go. Jaime barrió con mi preciado territorio. Me coló un castillito viral cuyas bases desprecié por un buen rato hasta que fue demasiado tarde. Eran un par de piedritas minúsculas, en coma, en una esquina.
Cuando estábamos cerca de la empalizada donde viven las jirafas y a punto de llegar al lago Jaime recibió una llamada de Colombia. Era su hermana, medio borracha, para decirle que lo quería. Allá serían las cuatro de la madrugada. Él sólo decía «Yo también, hermana. Yo también.» Le dije que le dijera que se tomara uno por él. No me hizo caso. Cuando colgó hablamos un rato sobre Liliana, que ahora mismo anda en Colombia con Davit.
La última semana las calles de Lyon se sienten más vivas. Las estaciones tienen efectos visibles en la dinámica de la ciudad. Es extraño, porque no es que el frío sea ostensiblemente menor o que no llueva. Es sólo un cambio pequeño en la luminosidad general. Unas horas más, un ángulo más amable. Eso basta para que la ciudad despierte. Creo que nunca me acostumbraré a estos ciclos.
En casa, luego de la película, tomamos te con galletas que Mónica nos dejó y jugamos un partido de go. Jaime barrió con mi preciado territorio. Me coló un castillito viral cuyas bases desprecié por un buen rato hasta que fue demasiado tarde. Eran un par de piedritas minúsculas, en coma, en una esquina.
Etiquetas: días perdidos, lyon
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