3.3.09

Sala de espera

El viejo mira el reloj de la sala de visitas por cuarta vez en la última hora. Hoy es su cumpleaños y Gustavo prometió —¿lo hizo?— visitarlo con los niños.

Así que el viejo espera. No deben tardar.

A veces por las tardes el viejo y Hugo jugaban dominó. Pero desde que Hugo se murió no tiene con quién jugar. Hugo olía mal. Al viejo le preocupaba llegar a ese estado cuando oler deja de importar. Pero luego pensaba que tal vez Hugo no lo notaba. Tal vez él también olía mal. Una vez le preguntó a Raquel si olía mal y ella le dijo que olía a lo que huelen todos los viejos. ¿A meados?, preguntó él. No, a polvo, dijo ella, a guardado.

A gastado.

Después resultó que Hugo tenía gatos en el cuarto. Nunca se lo dijo a nadie. Tenía tres gatos entre el armario. Por eso se servía tanto al almuerzo. Por eso olía mal. Cuando lo sacaron del cuarto para llevarlo a la funeraria los gatos empezaron a aullar como ambulancias.

Dicen que la muerte natural durante el sueño es una muerte tranquila pero Hugo no parecía satisfecho. El viejo lo vio y no, no tenía esa cara. Tenía cara de... no era miedo, era resignación, tal vez. O soledad. O angustia. Cuando la mujer de Hugo se murió, él lo tomó bien, intentó reorganizar su vida en la colonia de tal manera que la ausencia de Isabel no se sintiera, eso decía. Empezó a ir a la piscina. Dirigía el grupo de baile. Jugaba cartas por las tardes con el viejo.

Pero ese impulso le duró poco. Al año dejó casi todo salvo por las cartas y la televisión. Cuando el viejo le preguntó por qué había dejado el baile Hugo le dijo que hacía un mes y algo se había dado cuenta de que Isabel no regresaría. Su muerte era definitiva. Cuando Pilar se murió el viejo todavía era joven e intentó rehacer su vida. Algo logró. No la olvidó, nunca pudo, pero no se murió con ella. Le costó, pero aprendió a aceptar su distancia. Con Hugo e Isabel no era lo mismo. Llega un momento, decía él, cuando ya no hay nada qué rehacer. Cuando todo esfuerzo por vivir sabe a espera.

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