24.5.09

No es que no los quiera

Vivo solo desde los catorce años, cuando mis papás murieron en un accidente de tránsito del que prefiero no hablar porque es una de esas cosas que importa. Vivo en una casa grande de tres pisos y siete cuartos vacíos que antes fue de mis abuelos maternos. Es una casa en el barrio Bella Suiza con pisos de madera, sala inmensa, bar y chimenea que ya está a punto de caerse porque eso le pasa a las casas cuando se quedan solas. Ya sé, yo vivo aquí, no está técnicamente sola, pero hay ciertas casas a las que no les basta con una persona, que quieren más, que quieren conversaciones que resuenen y mantengan la estructura en forma y de paso en pie. A la mía no puedo darle eso. Hago lo posible y la dejo poco, espero que baste. Estoy casi siempre acá en el estudio viendo televisión o jugando con el computador o durmiendo en el sofá o conversando por chat con una amiga, Nubia, que vive en Argentina y está convencida de que soy una versión idealizada mí mismo. Nubia es mi única amiga. Sé todo sobre ella, incluso cosas que ella no sabe ni jamás sabrá, no tendrá oportunidad. Tengo una cualidad que algunos llamarían don: cuando conozco a alguien, así sea sólo un poco, sé todo sobre ellos. Los veo plenos, como una cadena continua de individuos superpuestos que puedo recorrer a voluntad en cualquier dirección. Me angustia, lo confieso. Preferiría no saber. Por eso no salgo y casi no hablo con nadie que no sea absolutamente necesario. Para no saber. Es horrible eso. Saber.

Nubia me dice que si estoy hablando con alguien más ella me deja y hablamos más tarde o mañana. Nubia cree que me llamo Gustavo. Así se llamaba mi papá y también el de ella. Prefiero ese nombre, me hace sentir protegido. Le dije, para seguir con ustedes, que estoy trabajando y por eso tantas pausas pero que no me deje, no todavía. Nubia se va a morir ya vieja pero no de vieja. Se va a matar en una clínica en Ginebra. Su marido la va a convencer de que se vayan juntos porque él ya no puede más con ese cáncer pero no quiere dejarla sola. Es difícil imaginarse que alguien tan vivo como Nubia, que tiene sueños de hijos y planes de aventuras y cultiva flores y paltas en su jardín, vaya a terminar enfrentada a una disyuntiva tan ingrata e injusta como esa y que ante ella tome semejante decisión, se resigne. Tal vez por eso es que todavía la tengo como amiga, pese a la decepción de saberla fallida, rota por dentro, traidora. Aunque sé todo sobre ella no la entiendo. Veo a Nubia ahora y la veo en diez años en Ezeiza esperando al inglés que todavía no conoce pero con el que se va a terminar casándo y la veo recién nacida abrazada por su mamá y con su papá, que se llama igual al mío, temblando del susto ante la cama. La veo cuando hace, cuando hizo, cuando hará, pero no sé por qué hace lo que hace. La veo llorar ante la cama de su marido y preguntarle si quiere más morfina. El viejo se queda dormido pero sigue quejándose. La enfermera le dice que al menos así puede descansar. Me gustaría entender por qué sigue ahí junto a él. Qué la sostiene.

Nubia me pregunta en qué trabajo. Le digo que escribo un capítulo más de mi libro sobre la muerte. Sé que le molesta. Que por qué me gusta hablar tanto de eso, me reclama siempre, que por qué no soy capaz de dejarlo atrás (¡ya ha pasado suficiente tiempo!), que por qué no abandono ese libro de una vez por todas y vivo. Vivo. Me aguanto. No le digo que hoy viene el capítulo sobre la suya. ¿De qué le serviría saberlo? ¿Actuaría distinto? ¿Lo recordaría cuando llegue el momento? O, más importante, ¿Me recordaría? La dejo ahí esperando, haciéndome el que preparo un monólogo profundo, sentido, confesional. Tal vez piense que estoy triste, que (por fin) me hirió de verdad. Tal vez me escriba un email largo pidiendo perdón y mientras tanto yo sigo con ustedes, a quienes no conozco y por tanto no me afectan. A ustedes les puedo decir la verdad: yo sé de qué va este juego. Conozco las reglas y las trampas. Yo sé cómo termina y sé cómo ganar: basta esperar: todos, tarde o temprano, se van.

Nubia me dejó así: (1) Le dan una pastilla de Anzemet para que no vomite, su marido también se toma una. Son parecidas a las que venían antes de las sesiones de "quimio", que es como le dicen las enfermeras de cariño a la quimioterapia. (2) Media hora más tarde Nubia misma disuelve una dosis alta de Nembutal en polvo en un vaso de jugo de manzana, para ella, y uno de naranja, para él. (3) Luego le pide que tome y él le dice que ella primero, ella le responde que no, que esto no debería ser así, llora un poco, dice vos primero, vos, es por vos que hacemos esto, por vos, no por mí, llora un poco más, se recompone, la enfermera entra y pregunta en alemán si hay algo mal, Nubia le dice en inglés que no pasa nada y toma un sorbo que sabe amargo y un poco salado pero no vomita. Sólo entonces su marido acepta tomar también, pero lo hace con desconfianza, como si temiera ser envenenado. (4) Nubia se acuesta a su lado y lo abraza. Tiemblan juntos. Se aprietan. (5) Él se queda dormido primero, está débil, ella lo sigue sólo unos minutos después. (6) Los monitores reportan el ingreso al coma cusasisimultáneo a los diez minutos y al cabo de un rato el consabido paro respiratorio que deviene en muerte. Sería dolorosísimo si estuvieran despiertos, pero para eso sirve el Nembutal.

Y luego esperan que los trate como si estuvieran vivos.

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