Querido Diario (Fragmento)
Por primera vez desde que llegamos a Lyon hace calor. Treinta y tres grados hoy si no estoy mal. Mucho más allá de los cómodos quince a veinte a los que esta ciudad de zombis aburguesados y funcionarios nos tiene acostumbrados. No es que moleste, pero perturba la rutina, me afecta.
Por ejemplo, me reduce la capacidad de lectura.
En compensación, como menos y, creo, mejor.
Siempre y cuando el gazpacho casero sea considerado sano, claro.
Y sigo leyendo igual. Lento pero seguro. Me canso pero sigo. Mucho más con Mónica de viaje. Aunque eso también me distrae. Mis algoritmos de distracción son refinadísimos.
Ayer, mientras escribía, seguía la trayectoria del avión en una ventana lateral. Me tomó horas escribir dos páginas. También tenía tabs con mapas de aeropuertos, estatus de las conexiones, mapas de la ciudad, del hotel, de la universidad, etcétera.
El acceso a información es mi manera de reducir la ansiedad.
Porque debo reconocer que siempre que alguien que me importa se sube en un avión pienso que el avión se va a caer.
En consecuencia, redacto casi que en piloto automático pequeños inicios de obituarios que por mal agüero no desarrollo más allá de las tres frases.
Mi tía Ángela me dijo que siempre espero lo peor y yo me reí cuando lo dijo, pero es cierto. No sé en qué momento empecé a ser así.
Mi mamá dice que en la casa sufrimos de nervios. Eso debe ser. Genético, como todo.
Hablando de genético, Cozzolino me contó el otro día que cuando su primer hijo nació él lo vió en la cuna y lo reconoció. Lo reconoció como si fuera alguien que ya haya visto antes, un viejo amigo o algo así. Unos amigos le explicaron que seguramente se conocieron en otra vida. Podría ser.
Vivimos en una era en la que todas las teorías concebibles conviven juntas. De la experiencia a lo paranormal y de ahí a la ciencia y luego de regreso a lo paranormal o a cualquier otra cosa que satisfaga momentaneamente nuestra necesidad de comprensión.
Tal vez haya una explicación evolutiva para lo de Cozzolino, al fin y al cabo el niño comparte suficientes genes con el padre como para que sea natural que haya mecanismos que generen afinidad natural entre los dos. Cosas químicas, tal vez. De pronto el cerebro sabe reconocer parentezco.
Puede ser también algo meramente psicológico, claro. Finalmente él sabía con anticipación que era el padre. No es que lo reconociera entre muchos niños, es que lo reconoció como si ya lo hubiera visto.
Seguro alguno de esos psicólogos de la escuela de Pinker ya ha conducido el experimento de hacer que los nuevos padres reconozcan a sus hijos recién nacidos.
Dudo que arroje nada interesante, pero quién sabe.
Por ejemplo, me reduce la capacidad de lectura.
En compensación, como menos y, creo, mejor.
Siempre y cuando el gazpacho casero sea considerado sano, claro.
Y sigo leyendo igual. Lento pero seguro. Me canso pero sigo. Mucho más con Mónica de viaje. Aunque eso también me distrae. Mis algoritmos de distracción son refinadísimos.
Ayer, mientras escribía, seguía la trayectoria del avión en una ventana lateral. Me tomó horas escribir dos páginas. También tenía tabs con mapas de aeropuertos, estatus de las conexiones, mapas de la ciudad, del hotel, de la universidad, etcétera.
El acceso a información es mi manera de reducir la ansiedad.
Porque debo reconocer que siempre que alguien que me importa se sube en un avión pienso que el avión se va a caer.
En consecuencia, redacto casi que en piloto automático pequeños inicios de obituarios que por mal agüero no desarrollo más allá de las tres frases.
Mi tía Ángela me dijo que siempre espero lo peor y yo me reí cuando lo dijo, pero es cierto. No sé en qué momento empecé a ser así.
Mi mamá dice que en la casa sufrimos de nervios. Eso debe ser. Genético, como todo.
Hablando de genético, Cozzolino me contó el otro día que cuando su primer hijo nació él lo vió en la cuna y lo reconoció. Lo reconoció como si fuera alguien que ya haya visto antes, un viejo amigo o algo así. Unos amigos le explicaron que seguramente se conocieron en otra vida. Podría ser.
Vivimos en una era en la que todas las teorías concebibles conviven juntas. De la experiencia a lo paranormal y de ahí a la ciencia y luego de regreso a lo paranormal o a cualquier otra cosa que satisfaga momentaneamente nuestra necesidad de comprensión.
Tal vez haya una explicación evolutiva para lo de Cozzolino, al fin y al cabo el niño comparte suficientes genes con el padre como para que sea natural que haya mecanismos que generen afinidad natural entre los dos. Cosas químicas, tal vez. De pronto el cerebro sabe reconocer parentezco.
Puede ser también algo meramente psicológico, claro. Finalmente él sabía con anticipación que era el padre. No es que lo reconociera entre muchos niños, es que lo reconoció como si ya lo hubiera visto.
Seguro alguno de esos psicólogos de la escuela de Pinker ya ha conducido el experimento de hacer que los nuevos padres reconozcan a sus hijos recién nacidos.
Dudo que arroje nada interesante, pero quién sabe.
Etiquetas: ansiedad, javier g. cozzolino, lyon, querido diario
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