7.6.09

I haven't dreamed of flying for a while (2): La última vez.

Hace algunos días intenté escribir algo sobre el día que se murió mi abuelo. Es un día que creo que recuerdo bien pero que con seguridad recuerdo muy mal (mediado por las historias familiares al respecto, que al final perduran más que la experiencia infantil.) En el proceso de organizar ese día en mi cabeza le pregunté a varias personas sobre ello. A mi hermana, a mis primos, a mi mamá: ¿Se acuerdan? ¿Qué recuerdan? ¿Cuándo fue la última vez que lo vieron vivo? Cada cual recordaba algo distinto o simplemente prefería no recordar.

No sé por qué quería escribir sobre el día que se murió mi abuelo. No puedo decir que quisiera entender lo que había pasado porque ya para este momento tengo medio claro que lo de menos en esos asuntos es entender. No hay comprensión posible ni racionalización que valga. Tampoco puedo decir que me cueste digerirlo o que todavía no lo haya superado, pasó hace casi veinte años, pero de vez en cuando pienso en él y aunque intento recordar las caminatas por Pacho o su voz cuando cantaba siempre termino de regreso en esas imágenes fantasmagóricas de sus últimos días, cuando fuimos a su casa a intentar despedirnos. Luego vino su muerte. Mi hermana menor gritaba en una especie de histeria inocente («¡El abuelito se murió!»); mi mamá nos contaba por teléfono que mi abuelo se había muerto; mis primos iban al parque a esperar el momento y comer helado; mi abuela en la funeraria nos preguntaba si lo habíamos visto, si habíamos visto lo bien que se veía; mis tías gritaban mientras el ataúd se perdía en el túnel metálico hacia el horno; y mi tío, tendría mi edad, leía la biblia en la misa que precedió a la cremación. Me acuerdo que lloré poco y me sentía mal por no poder llorar más.

La última vez que vi a mi abuelo bajaba las escaleras de su casa para saludarnos. Estaba en piyama. Muy delgado, débil, triste, resignado. Había perdido su voz. Creo que lo primero que perdió fue eso. Al final hablaba y ya no era mi abuelo, era otra persona, ya mi abuelo (su fuerza, su risa, su inmensidad) se había ido. Hoy tengo la sensación de que nunca me despedí de él.


Mi abuelo Arturo con mi mamá y mis tías Clara y Elena

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