24.6.09

Ventana

Hoy el cielo en Lyon es azul muy claro y si lo veo por largo rato desde la ventana de repente se vuelve blanco por alguna ilusión óptica rara que ingenuamente atribuyo a un hipotético esfuerzo cerebral de normalizar el vacío ante mí y volverlo del color base, osea blanco (?). En el patio interior que da a la ventana de la sala se dan cita ventarrones espiralados y con ellos vienen los pájaros, que parece que usaran la confluencia eólica como parque de diversiones con algo del peligro: abajo, en el prado, siempre hay gatos gordos entre el retozo y la cacería. A veces los pájaros entran al espacio del patio planeando en bandada, como arrastrados por la corriente, y no sólo pasan muy cerca de nuestra ventana sino que se sienten pasar desde el sofá, así no esté mirando ni esté atento. Se siente el golpe del viento contra el cuerpecito mínimo, casi inexistente, de esos pájaros negros y Plinio, naturalmente, se para de golpe de mi lado y mira la ventana, muy quieto y tembloroso, para ver qué es lo que pasa allá afuera, para entender la naturaleza de la amenaza exterior. Para Plinio allá afuera debe ser más o menos lo mismo que para nosotros es el más allá. Lo mira, al menos, con el mismo respeto y miedo con el que yo creo que miraría afuera si tuviera una ventana en mi sala que diera al reino de los muertos. Los pájaros negros, en su caso, vendrían a ser nuestros fantasmas.

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