Algunas cosas que hicimos en Madrid (en ningún orden en particular.)
Vimos a un viejo que tocaba el violín en la estación de Sol recién renovada. Su mujer, también vieja, de vestido morado claro, canosa con moño, lo miraba sentada a su lado en un banquito. Era una imagen triste.
Compramos una botella de Moscatel Torres en El Corte Inglés.
Entramos a Tres Rosas Amarillas (una librería especializada en cuento que nos recomendó Martín) y nos espantó el olor a cigarrillo.
(Lo anterior casi que podría aplicarse a Madrid entera, ahora que lo pienso.)
Entramos a Tres Rosas Amarillas con tres objetivos: (0) Conocerla. (1) Mirar si el libro de Cozzolino ya había llegado (No). (Y 2) Comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Tampoco).
(Quería comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti porque Cozzolino habla mucho de esos cuentos y yo he leído muy pocos. Como Cozzolino escribe cuentos tan buenos, pensé que valdría la pena echarle una ojeada más cuidadosa.)
En búsqueda del libro de Onetti (con el de Cozzolino perdí pronto cualquier esperanza («¿El libro de qué? «¿Tulipanes para quién?»)), entramos a varias librerías pequeñas del centro de la ciudad. Entre ellas terminamos en esa que Javier Marías menciona por todos lados (no recuerdo el nombre) y que aparece durante su caminata por Madrid en el tercer tomo de Tu Rostro Mañana. Está sobre la calle mayor. Supe que era ella porque tenía, al fondo a la izquierda, un pequeño altar en honor de J.M. con todos los libros publicados hasta la fecha. También había otro para Arturo Pérez Reverté. Mientras revisábamos las estanterías, el dependiente hablaba con un señor de series de televisión policiacas de los setenta.
Finalmente terminamos encontrando el libro de Onetti en La Casa del Libro de la Gran Vía.
(Hace poco, dicho sea de paso, Amador me hizo caer en cuenta de que la traducción de Gran Vía al inglés sería Broadway.)
Compramos varios buñuelos en algunos de los cafés Juan Valdez. También un par de almojábanas.
Mónica leyó Homage to Catalonia. Yo terminé el libro de cuentos de Wells Tower.
Vimos la exposición de Matisse que había en Museo Thyssen. Nos gustó.
También nos gustó encontrar cuadros de Richard Estes.
Compramos postales para los amigos.
Pasamos frente al museo del Prado y comprobamos que está abierto los martes. Esta vez no entramos.
Comimos el lunes con Juan Camilo y Carolina y el martes con Margarita y Jorge. Hablamos, hablamos y hablamos.
Caminamos muy despacio por la calle Huertas.
Entramos a una oficina sobre el paseo del Prado (?) para pedir un documento que tardó dos años y tanto en ser emitido por el estado español. El proceso en la oficina fue indoloro y estábamos fuera a los diez minutos.
Almorzamos en Burger King.
Vimos un pájaro desconocido saltando en el parque del Retiro. Mónica dijo que probablemente era una paloma silvestre, pero tenía las patas muy cortas.
Oímos cosas en la calle por las noches. Niños corriendo. Camiones de basura. Chorros de agua. Borrachos.
Caminamos por Chueca de tarde, huyendo del sol.
Entramos a varias tiendas de ropa. En algunas ya había rebajas, en otras no.
Caminamos la vieja terminal del aeropuerto de Barajas.
Compramos la edición especial de Time sobre Michael Jackson.
Odiamos el calor.
Peleamos con un señor español que se quería colar en la fila para entrar al avión. Entre dientes lo llamé «Bárbaro». Creo que no le gustó.
Compramos una botella de Moscatel Torres en El Corte Inglés.
Entramos a Tres Rosas Amarillas (una librería especializada en cuento que nos recomendó Martín) y nos espantó el olor a cigarrillo.
(Lo anterior casi que podría aplicarse a Madrid entera, ahora que lo pienso.)
Entramos a Tres Rosas Amarillas con tres objetivos: (0) Conocerla. (1) Mirar si el libro de Cozzolino ya había llegado (No). (Y 2) Comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Tampoco).
(Quería comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti porque Cozzolino habla mucho de esos cuentos y yo he leído muy pocos. Como Cozzolino escribe cuentos tan buenos, pensé que valdría la pena echarle una ojeada más cuidadosa.)
En búsqueda del libro de Onetti (con el de Cozzolino perdí pronto cualquier esperanza («¿El libro de qué? «¿Tulipanes para quién?»)), entramos a varias librerías pequeñas del centro de la ciudad. Entre ellas terminamos en esa que Javier Marías menciona por todos lados (no recuerdo el nombre) y que aparece durante su caminata por Madrid en el tercer tomo de Tu Rostro Mañana. Está sobre la calle mayor. Supe que era ella porque tenía, al fondo a la izquierda, un pequeño altar en honor de J.M. con todos los libros publicados hasta la fecha. También había otro para Arturo Pérez Reverté. Mientras revisábamos las estanterías, el dependiente hablaba con un señor de series de televisión policiacas de los setenta.
Finalmente terminamos encontrando el libro de Onetti en La Casa del Libro de la Gran Vía.
(Hace poco, dicho sea de paso, Amador me hizo caer en cuenta de que la traducción de Gran Vía al inglés sería Broadway.)
Compramos varios buñuelos en algunos de los cafés Juan Valdez. También un par de almojábanas.
Mónica leyó Homage to Catalonia. Yo terminé el libro de cuentos de Wells Tower.
Vimos la exposición de Matisse que había en Museo Thyssen. Nos gustó.
También nos gustó encontrar cuadros de Richard Estes.
Compramos postales para los amigos.
Pasamos frente al museo del Prado y comprobamos que está abierto los martes. Esta vez no entramos.
Comimos el lunes con Juan Camilo y Carolina y el martes con Margarita y Jorge. Hablamos, hablamos y hablamos.
Caminamos muy despacio por la calle Huertas.
Entramos a una oficina sobre el paseo del Prado (?) para pedir un documento que tardó dos años y tanto en ser emitido por el estado español. El proceso en la oficina fue indoloro y estábamos fuera a los diez minutos.
Almorzamos en Burger King.
Vimos un pájaro desconocido saltando en el parque del Retiro. Mónica dijo que probablemente era una paloma silvestre, pero tenía las patas muy cortas.
Oímos cosas en la calle por las noches. Niños corriendo. Camiones de basura. Chorros de agua. Borrachos.
Caminamos por Chueca de tarde, huyendo del sol.
Entramos a varias tiendas de ropa. En algunas ya había rebajas, en otras no.
Caminamos la vieja terminal del aeropuerto de Barajas.
Compramos la edición especial de Time sobre Michael Jackson.
Odiamos el calor.
Peleamos con un señor español que se quería colar en la fila para entrar al avión. Entre dientes lo llamé «Bárbaro». Creo que no le gustó.
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