Comité de bienvenida.
El colegio de los Reyes Católicos y el Instituto Pedagógico Nacional comparten un lote sobre la avenida cientoveintisiete a la altura de la carrera décima. El primero es un colegio privado donde estudian (entre otros) los hijos de españoles que tienen la desgracia de crecer en Bogotá. El segundo es un colegio público que sirve de laboratorio de experimentación a los estudiantes de licenciaturas de la Universidad Pedagógica Nacional. Un muro de ladrillo los separa. Los estudiantes de los Reyes Católicos no tienen uniforme. Los muchachos del Instituto Pedagógico Nacional (al que de ahora en adelante abreviaremos IPN) padecen uno. En 1993-1994 el uniforme de los estudiantes del IPN se compone de las siguientes prendas: muchachos: bluyin, zapatos negros, camisa blanca, sweater gris rata cuello en ve con el escudo del colegio; muchachas: horrorosa jardinera de cuadros azules, grises y blancos, camisa blanca, zapatos negros, medias blancas, sweater gris rata abierto con el escudo del colegio. El buen uso del uniforme es fiscalizado diariamente por una mujer llamada María Cristina que, me enteré hace poco, antes era profesora de educación física. María Cristina, tal y como la recuerdo, tenía gafas, mala actitud, pelo negro, muchas curvas y una preferencia por los vestidos rojos. Empelota debía ser puro pin-up material clásico. Su oficina quedaba en un rinconcito del segundo piso y sobre su escritorio tenía un libro grande negro donde recopilaba las faltas disciplinarias, cada una con su respectiva firma y acto de contricción, de los estudiantes del colegio de los últimos cinco años. Una cosa buena del uniforme de los muchachos era que sin el sweater se deshacía. Esto, entre otras cosas, permitía que los estudiantes del IPN atracaran impunemente a los estudiantes de los Reyes Católicos a la salida del colegio por allá hacia las tres o cuatro de la tarde, cuando salían en jaurías con dirección al centro comercial.
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El secreto para robar con éxito, explica Diego, consiste en inspirar miedo y fingir cierto nivel razonable de desesperación. El estricto sistema de castas bogotano facilita la tarea inmensamente. Cuando un bogotano le pregunta a otro de qué colegio saliste uno ya sabe de qué colegio salió ese bogotano: del tipo de colegio donde les inculcan que eso importa, que tiene un valor y determina enteramente a la persona (su posición, su círculo, su radio de influencia, su jerarquía de mando). De cierta manera tienen razón. Por eso es que era tan fácil robar a los asustadizos muchachos de los Reyes Católicos: porque no saben de qué colegio somos, sin sweater podemos venir de cualquier lugar, e imaginan lo peor. Y lo peor en el imaginario de los muchachos a los que le importa de qué colegio saliste es ese lugar mítico que llaman "El Sur" donde el horror es cosa de todos los días, el canibalismo y incesto son prácticas comunes, y los muchachos luego del colegio salen "de atraca" como otros salen "a tomar cervecita".
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Algunos mitos asociados:
Los niños del "Sur" no le tienen miedo a la muerte porque la conocen de cerca.
Los niños del "Sur" andan armados con "pate'cabras" y "chuzos" que esconden hábilmente entre los pantalones o las medias.
Los niños del "Sur", como ciertos peces de agua dulce, escupen sífilis a los ojos con precisión si usted opone resistencia.
Los niños del "Sur" cargan agujas de jeringa infectadas de SIDA fresco (o excrementos).
Los niños del "Sur" están drogados todo el tiempo y su droga de preferencia es el bazuco (eso que otros más al norte llaman crack). Por eso parece que tuvieran hambre constantemente. Hambre de sangre, para ser precisos.
Los niños del "Sur" no aceptan un no por respuesta.
Axioma básico de supervivencia: Hay que temerle a los niños del "Sur".
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Para llegar al centro comercial los niños de los Reyes Católicos no tienen muchas opciones. Casi todas involucran caminar por zonas más bien solitarias cuando no agrestes. También, por cosas del teorema del valor intermedio, están obligados a cruzar en algún momento el caño por uno de los cuatro puentes disponibles. Muchos de estos sitios son ideales para montar emboscadas. Una emboscada usual involucra seis o siete de nosotros contra cuatro o cinco de ellos. Tres vienen por delante y el resto por atrás. Una vez rodeados Diego habla porque Diego es bueno con los acentos. Diego vive en Cedritos pero dice con voz afónica «Bájese del bobo, mono» como si el robo fuera su única fuente de sustento desde que tenía cinco años. Es potente Diego cuando atraca. Es potente y da miedo. Me da miedo hasta a mí. Diego se mete media mano entre el pantalón y se acerca para hablarles. No grita, dice las cosas con lentitud de psicópata. A veces agarra a alguno por la manga y acaricia la tela con las uñas intencionalmente largas y sucias mientras pide cosas. Mientras tanto nosotros miramos para un lado y para otro con nerviosismo para dar la impresión de que si algo pasa lo que sigue no será agradable para nadie. Los muchachos de los Reyes Católicos se atienen por lo general al protocolo universal establecido para estas circunstancias y obedecen mansamente las órdenes de Diego. Da gusto verlos quitándose los zapatos y abriendo sus maletas para mostrarnos que no tienen nada de valor. Algunos lloran durante y otros después pero todos lloran. También piden que no los matemos. A veces Diego se pasa y entonces hay que pararlo porque parece que de verdad estuviera dispuesto a hacer algo serio si estos malparidos no cooperan. Una vez, por ejemplo, tuvimos que patear a uno.
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Cuando Diego se cansa de acosarlos o es claro que ya no tienen nada entonces nos vamos y ellos se quedan ahí temblando, digiriendo el golpe, muertos de la rabia, de la frustración, de la vergüenza. Casi siempre vendemos las cosas en prenderías de la caracas los viernes por la tarde. Por un swatch nos dan veinte mil pesos. Por una calculadora buena, unos cuarenta o cincuenta. Por una pluma Lamy no dan nada. Esas usualmente las regalamos. Con los zapatos depende. De vuelta en la casa nadie nunca siente mayor remordimiento. Diego dice que de hecho debemos estar orgullosos pues nosotros tenemos una responsabilidad con esos muchachos: somos su comité de bienvenida al mundo real.
El secreto para robar con éxito, explica Diego, consiste en inspirar miedo y fingir cierto nivel razonable de desesperación. El estricto sistema de castas bogotano facilita la tarea inmensamente. Cuando un bogotano le pregunta a otro de qué colegio saliste uno ya sabe de qué colegio salió ese bogotano: del tipo de colegio donde les inculcan que eso importa, que tiene un valor y determina enteramente a la persona (su posición, su círculo, su radio de influencia, su jerarquía de mando). De cierta manera tienen razón. Por eso es que era tan fácil robar a los asustadizos muchachos de los Reyes Católicos: porque no saben de qué colegio somos, sin sweater podemos venir de cualquier lugar, e imaginan lo peor. Y lo peor en el imaginario de los muchachos a los que le importa de qué colegio saliste es ese lugar mítico que llaman "El Sur" donde el horror es cosa de todos los días, el canibalismo y incesto son prácticas comunes, y los muchachos luego del colegio salen "de atraca" como otros salen "a tomar cervecita".
Algunos mitos asociados:
Los niños del "Sur" no le tienen miedo a la muerte porque la conocen de cerca.
Los niños del "Sur" andan armados con "pate'cabras" y "chuzos" que esconden hábilmente entre los pantalones o las medias.
Los niños del "Sur", como ciertos peces de agua dulce, escupen sífilis a los ojos con precisión si usted opone resistencia.
Los niños del "Sur" cargan agujas de jeringa infectadas de SIDA fresco (o excrementos).
Los niños del "Sur" están drogados todo el tiempo y su droga de preferencia es el bazuco (eso que otros más al norte llaman crack). Por eso parece que tuvieran hambre constantemente. Hambre de sangre, para ser precisos.
Los niños del "Sur" no aceptan un no por respuesta.
Axioma básico de supervivencia: Hay que temerle a los niños del "Sur".
Para llegar al centro comercial los niños de los Reyes Católicos no tienen muchas opciones. Casi todas involucran caminar por zonas más bien solitarias cuando no agrestes. También, por cosas del teorema del valor intermedio, están obligados a cruzar en algún momento el caño por uno de los cuatro puentes disponibles. Muchos de estos sitios son ideales para montar emboscadas. Una emboscada usual involucra seis o siete de nosotros contra cuatro o cinco de ellos. Tres vienen por delante y el resto por atrás. Una vez rodeados Diego habla porque Diego es bueno con los acentos. Diego vive en Cedritos pero dice con voz afónica «Bájese del bobo, mono» como si el robo fuera su única fuente de sustento desde que tenía cinco años. Es potente Diego cuando atraca. Es potente y da miedo. Me da miedo hasta a mí. Diego se mete media mano entre el pantalón y se acerca para hablarles. No grita, dice las cosas con lentitud de psicópata. A veces agarra a alguno por la manga y acaricia la tela con las uñas intencionalmente largas y sucias mientras pide cosas. Mientras tanto nosotros miramos para un lado y para otro con nerviosismo para dar la impresión de que si algo pasa lo que sigue no será agradable para nadie. Los muchachos de los Reyes Católicos se atienen por lo general al protocolo universal establecido para estas circunstancias y obedecen mansamente las órdenes de Diego. Da gusto verlos quitándose los zapatos y abriendo sus maletas para mostrarnos que no tienen nada de valor. Algunos lloran durante y otros después pero todos lloran. También piden que no los matemos. A veces Diego se pasa y entonces hay que pararlo porque parece que de verdad estuviera dispuesto a hacer algo serio si estos malparidos no cooperan. Una vez, por ejemplo, tuvimos que patear a uno.
Cuando Diego se cansa de acosarlos o es claro que ya no tienen nada entonces nos vamos y ellos se quedan ahí temblando, digiriendo el golpe, muertos de la rabia, de la frustración, de la vergüenza. Casi siempre vendemos las cosas en prenderías de la caracas los viernes por la tarde. Por un swatch nos dan veinte mil pesos. Por una calculadora buena, unos cuarenta o cincuenta. Por una pluma Lamy no dan nada. Esas usualmente las regalamos. Con los zapatos depende. De vuelta en la casa nadie nunca siente mayor remordimiento. Diego dice que de hecho debemos estar orgullosos pues nosotros tenemos una responsabilidad con esos muchachos: somos su comité de bienvenida al mundo real.
Etiquetas: bogotá, colegios, confesiones, crimen, crónicas
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