Reunión mensual de copropietarios.
El segundo martes de cada mes tenía que asistir a la junta de copropietarios del conjunto residencial donde vivía en Bogotá. Casi todo el mundo pagaba la multa de no asistir pero yo no tenía plata para eso así que ahí estaba muy puntual a las ocho de la noche con un libro bajo el brazo porque sabía de antemano que la cosa, si acaso, empezaría a las ocho y media. Poco a poco los asistentes llegaban, saludaban y se sentaban. La mayoría de los que asistían eran abogados o se creían abogados. También había varios médicos de humor cáustico. Todos dominaban el dudoso arte del discurso. Yo era el más joven por al menos una década. Siempre, antes de iniciar y justo después de pasar la hojita en la que había que firmar para acreditar asistencia, tenía lugar una discusión confusa sobre los formalismos de la sesión, que nunca quedaban del todo claros y siempre había que reinventar improvisadamente siguiendo las instrucciones de alguno de los abogados presentes, por lo general el que hablara más duro. Los abogados del conjunto no vivían en el conjunto sino que tenían las oficinas ahí. Casi todos eran señores barrigones de corbata que tenían la voz muy gruesa y se trataban mutuamente de doctor. Lo primero que siempre pasaba era que el secretario debía leer el acta de la sesión anterior. La lectura del acta deformaba horrorosamente lo que quiera que hubiera pasado hasta volverlo irreconocible, y tal vez por eso era interrumpida con frecuencia por los asistentes que pedían que ciertas cosas se puntualizaran y otras más se aclararan o incluso se reescribieran enteramente porque eso no era lo que querían decir. Ciertas metadiscusiones sobre los verdaderos términos de las intervenciones de hace un mes duraban más de media hora y la victoria llegaba por extenuación antes que por fortaleza argumental o buena memoria. El pasado era lo de menos. Las grabaciones no servían de nada. Luego de la lectura del acta y correspondiente corrección, que tomaba cerca de dos horas, los administradores ofrecían un informe de los eventos más importantes del mes anterior. Entre los más viejos subsistía una nostalgia por una época lejana, hace cerca de veinte años, cuando el conjunto residencial logró deshacerse por un año y algo de los administradores chupasangre y autoregularse a sí mismo. Las circunstancias por las que este período anarquista y feliz del conjunto llegaron a su fin nunca fueron expuestas durante mis tres años de sesiones mensuales, pero era claro que tenían que ver de alguna manera con la llegada al conjunto en el 94 de un doctor N., gastroenterólogo, que se sentaba atrás en las sesiones y al que todos le tenían un miedo y un respeto terrible y siempre escuchaban con atención cuando decidía intervenir. Había varios temas recurrentes en las sesiones de copropietarios: el primero era la inminente instalación del gas natural, cuya inminencia oscilaba de acuerdo al número de explosiones por fugas de gas que ocurrieran en la ciudad durante el mes. Las mujeres que asistían, por alguna razón, eran quienes más rechazaban la idea de la instalación y quienes, además, contaban las historias más escabrosas casi siempre involucrando familiares o mascotas a veces en llamas y a veces asfixiados en la famosa muerte dulce. El segundo tema favorito de todos eran los robos que venían y se iban pero siempre andaban por ahí. Existía el rumor de que uno de los propietarios era adicto a la heroína y robaba apartamentos para pagarse su adicción. El número del apartamento del sospechoso cambiaba regularmente y alguna vez descubrí con horror que era el mío así que reclamé respeto y les dije que precisamente a mí me habían robado algunos meses atrás y que no estaba dispuesto a que me acusaran así sin más. El secretario dijo entonces que haría constar en el acta que yo rechazaba los cargos en mi contra pero que el proceso continuaría su conducto regular. El doctor sentado a mi lado me explicó que una vez una acusación de esa magnitud ocurría en una junta de copropietarios el reglamento de propiedad horizontal impedía que fuera pasada por alto, especialmente mediante una moción de censura por parte del acusado, para así prevenir manipulaciones. El presidente de la junta asintió y citó el artículo concreto, aclarando que había sido modificado hacía algunos años pero que en esencia seguía siendo el mismo. Buena parte de las intervenciones de los doctores se iniciaban con un «Con todo respeto» pero de vez en cuando recurrían al «Si me permite una precisión». Más temas, en breve: las constantes dudas sobre el desempeño de los porteros y su capacidad para mantenerse despiertos toda la noche (¿convendría prohibirles las ruanas?); los problemas con el sistema de vigilancia de la puerta del garaje (aparentemente era imposible cubrir todos los ángulos deseados con apenas dos cámaras, y además el mecanismo que permitía abrir la puerta automáticamente implicaba un potencial riesgo de seguridad); los ladridos de los perros; los inquilinos de cierto apartamento que se encontraba desde hacía años en el corazón de una complicadísima disputa legal en la que parecían estar involucrados de una manera u otra todos los doctores abogados presentes, y al menos uno de los doctores de medicina; el manejo de basuras; el subarriendo de parqueaderos a individuos sin vivienda en el conjunto; el color de las paredes del patio interior; las reglas con respecto a colgar ropa en las ventanas; el reclamo insistente de cierta mujer que decía que el doctor F., que nunca venía a las juntas de copropietarios, atendía pacientes hasta más allá de las diez y media de la noche y el sonido de la fresa no la dejaba dormir; la hora precisa en la que las fiestas empezaban a estar terminantemente prohibidas y se podía llamar a la policía; la configuración de la junta y responsabilidades de cada uno de sus miembros; las congestiones en la entrada por culpa de la afluencia de clientes y pacientes de los doctores; la poca claridad y parsimonia de la señora administradora; el significado de la palabra quorum. Las reuniones mensuales de copropietarios terminaban siempre hacia las dos, dos y media de la madrugada. Nadie se despedía de nadie. Para ese momento la mitad de los asistentes ya se había excusado y un tercio de la mitad restante dormía en sus sillas plásticas sin mayor reparo. Durante los tres años de asistencia a estas sesiones intervine dos veces: la primera, ya mencionada, para pedir que no se mancillara mi buen nombre y el de mi hermana, y la segunda para decirle a la mujer hija de puta del apartamento justo al frente del mío del otro lado del patio interior que el perro que ladraba y la estaba volviendo más loca de lo que ya estaba no podía ser el mío porque mi perro se había ido hacía más de un mes, cuando me cansé de sus amenazas y su insistencia neurótica en proteger las siestas diurnas de su hijo subnormal. Esta segunda intervención quedó también registrada en el acta y gracias a ella me gané el cariño de una señora gordita y sonriente que también tenía un perrito que ladraba. Esa navidad, la última que pasé en Colombia, dejó unos chocolates en la portería para mí.
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