Będlewo (1)
Me preocupa Będlewo. Parece un sanatorio. Siempre le he tenido mucho miedo —¿y quién no?— a volverme loco de repente. O progresivamente. En últimas da lo mismo el ritmo. A veces siento que las personas me hablan de una manera especial, o que dicen cosas y no entiendo bien de qué están hablando. Y temo por mí y mis neuronas. Pienso en todo el tiempo que perdí. En todas las cosas que no hice cuando realmente estaba en capacidad de hacerlas, cuando de verdad sentía y había cosas que me importaban y no era este despojo de hombre encerrado en un cuarto blanco que se levanta desde hace meses todos los días a la misma hora y camina hasta el comedor, que queda en un castillo blanco en el medio de un patio triste, sucio y encharcado, lleno de mosquitos. Todo es un poco triste acá. Me siento solo. Hay otros como yo pero me siento solo. El comedor tiene una gran sala con platos de ensalada, quesos, jamones, encurtidos y pan. También hay agua y jugo de toronja diluido y azucarado. Por las tardes jugamos cartas pero también tenemos juegos con papeles, de palabras, de trenes. Jugamos a que somos trenes. A veces hablo con señores en los corredores o en la sala de televisión. Me preguntan cosas. Yo también les pregunto cosas. Les pregunto cuánto tiempo más tengo que estar acá. Primero me dijeron que serían cuatro días pero el cuarto día nada que llega. Mañana, me dicen. O en unos días. Me piden paciencia. Me dicen que son mis amigos. Me dicen que me quieren, que no me olvidan. Me tocan la cara y me preguntan si los recuerdo, si sé cómo se llaman y qué significan para mí. Si de verdad sé todo lo que significan para mí. Y no lo sé. Me preguntan cómo me siento hoy y en qué año estamos. Me parece extraño que podamos estar en un año como estamos en un lugar. Que no haya diferencia lingüística entre esas dos maneras tan distintas de estar. Preferiría un poco más de claridad en general, pero creo que ese es un lujo que ahora mismo no puedo darme. No tengo cómo. A veces me canso de la gente y regreso a mi cuarto blanco y me acuesto en la cama y prendo el radio viejo y giro el dial y todo está en un idioma incomprensible que suena seco y mascado y de alguna manera inaceptable. Hay varias emisoras de discursos y hay otra que cuenta números. Hay una emisora donde un hombre, siempre el mismo, reza. A veces rezo con él. Rezo por mí. Cuando era pequeño rezaba. Pero creo que no rezaba por mí sino por los otros. Me sentía culpable de muchas cosas y rezaba. Me sentía culpable de todo lo terrible que sin duda pasaría. Rezaba para dejar de pensar que un día me iba a morir porque me parecía terrible hacerle eso a mi mamá y mi hermana. Morirme, digo. Dejarlas. Tenía siete años y estaba repleto de culpas futuras. Rezaba acostado en la cama y con los ojos cerrados pero al mismo tiempo proyectados, enfocando hacia afuera, hacia lo que está del otro lado de esa oscuridad, y a eso que estaba del otro lado era a lo que le rezaba. Nunca supe cómo saludarlo o si necesitaba saludarlo. Alguna vez le pregunté a una monja y me dijo que la cortesía nunca estaba de más, especialmente cuando se trataba de hablar con El Señor. Así que yo decía Hola, Señor, soy Javier, y lo tuteaba aunque no tuteara a nadie más exceptuando mi mamá. Me presentaba porque no estaba seguro de que El Señor supiera distinguirme sólo por la voz. Luego pensaba que tal vez El Señor me veía cuando le hablaba, pero no estaba claro cómo podría pasar semejante cosa y ya me parecía suficientemente milagroso que bastara con pensar que hablaba con Dios para que Dios me oyera. A veces, luego de pedirle todas las cosas que siempre le pedía, esperaba un rato con los ojos cerrados pero proyectados hasta que los músculos de los ojos me dolían. Esperaba para ver si Dios respondía o me daba una señal. Y había días cuando pensaba que no me había respondido y otros en los que pensaba que sí, pero nunca supe si lo que sentía era alguna especie de autovaloración moral de mis propias preguntas que ocurría precisamente durante la oración o si de verdad había un agente externo todopoderoso e infinito que respondía y me decía que no me preocupara, que todo iba a estar bien por un tiempo, aunque eso no era lo que yo quería. Yo quería seguridad, una promesa, pero Dios nunca me entendió y por eso nos alejamos. Dejamos de hablar. Hasta ahora. Hasta que el hombre de la radio vieja empezó a rezar y ahora rezo con él, rezo por mí, para que un día me deje salir de aquí y volver a ser lo que creía que era. Para poder recordarlos. Para que El Señor me perdone y me permita renacer. No parece difícil. No debería serlo. Creo que merezco su misericordia.
Etiquetas: Będlewo, dios, juegos, matemáticas, oración, polonia, radio, reflexiones, sanatorio
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