Yo quisiera tener una hija que se llamara Adelaida
Hace unos días fuimos al centro a ver District 9. Luego de salir del cine caminamos por la calle Dundas hacia el oriente hasta llegar a la calle Adelaide. Quienes conocen la ciudad nos han advertido que nunca jamás debemos cruzar la calle Adelaide porque del otro lado de la calle Adelaide, bueno, pasan cosas malas. Mónica iba de mal genio cuando salimos de cine, por eso había que caminar. La película la descompensó un poco, a mí también. Esta es una de esas películas que muestra versiones ligeramente veladas de hechos reales cuya realidad uno conoce o cree conocer pero que de cualquier manera, al verlos en pantalla, así sea en versiones veladas-cienciaficcionadas, lo molestan. Y no es porque uno olvide ni porque necesite constatarlos. La película no permite constatar nada. La película simplemente despierta una indignación que uno siempre tiene guardada entre las costillas; la saca del letargo y le dice oiga, ¿se acuerda?, y efectivamente la cosa entre las costillas se acuerda y aprieta y genera el consabido vacío físico que el cerebro transforma (soy bastante liberal con los mecanismos fisiológicos y neuronales aquí, disculparán) en ira o frustración o impotencia u otra de esas cosas que si lo cogen en un mal día lo hacen llorar y/o aguantarse las ganas de darle puños a algo sólido para que al menos duela. Es medio triste que haya que ver películas para pensar en esas cosas.

La caminata hacia la calle Adelaide viene a cuento porque District 9 es una película sobre segregación. Algunos dicen que el referente fundamental es el Apartheid, porque, claro, es filmada en Johanesburgo, pero yo creo que District 9 nos está hablando de segregaciones más presentes y tal vez más sutiles. Segregaciones como la que evidencia nuestra caminata hacia la calle Adelaide donde, a partir de cierto momento, el paisaje urbano cambia radicalmente y dejamos de estar en el centro de la ciudad para estar en un lugar de edificios bajos de ladrillo (algunos sellados, otros no) y dinners de desayuno (café, tocineta, huevo, pan) por cuatro dólares con señores tirados en la calle fumando pedazos diminutos de cigarrillos y mujeres en piyama sucia de conejos con obesidad mórbida que ruedan desparramadas por las aceras en sus sillas electricas mientras abrazan un paquete de pretzels gigante como si fuera su único y verdadero amigo. La sociedad, como la ciudad, cambia al cruzar Adelaide. Adelaide es un portal. Media cuadra al oriente hay una librería mística de paredes rojas y cortinas negras con fotos de Anton LaVey en la vitrina, y frente a esa librería un centro comercial abandonado del que sobrevive únicamente un bar al aire libre lleno de señores barbudos sin camisa. En una esquina hay una casa de acogida de adictos con un aviso de cartón en la puerta que dice que no hay cupos y muchas personas en el patio del frente paradas tomando café en vasitos de papel. Casi no hablan. En la zona hay varias tiendas de muebles usados. Todo huele a mercado de las pulgas concentrado, a mugre y polvo añejo, hongueado. La gente nos mira al pasar. Creo que nunca nos habíamos sentido tan forasteros como caminando por ese lugar. Cuesta creer que esté a sólo veinte minutos de acá.

La caminata hacia la calle Adelaide viene a cuento porque District 9 es una película sobre segregación. Algunos dicen que el referente fundamental es el Apartheid, porque, claro, es filmada en Johanesburgo, pero yo creo que District 9 nos está hablando de segregaciones más presentes y tal vez más sutiles. Segregaciones como la que evidencia nuestra caminata hacia la calle Adelaide donde, a partir de cierto momento, el paisaje urbano cambia radicalmente y dejamos de estar en el centro de la ciudad para estar en un lugar de edificios bajos de ladrillo (algunos sellados, otros no) y dinners de desayuno (café, tocineta, huevo, pan) por cuatro dólares con señores tirados en la calle fumando pedazos diminutos de cigarrillos y mujeres en piyama sucia de conejos con obesidad mórbida que ruedan desparramadas por las aceras en sus sillas electricas mientras abrazan un paquete de pretzels gigante como si fuera su único y verdadero amigo. La sociedad, como la ciudad, cambia al cruzar Adelaide. Adelaide es un portal. Media cuadra al oriente hay una librería mística de paredes rojas y cortinas negras con fotos de Anton LaVey en la vitrina, y frente a esa librería un centro comercial abandonado del que sobrevive únicamente un bar al aire libre lleno de señores barbudos sin camisa. En una esquina hay una casa de acogida de adictos con un aviso de cartón en la puerta que dice que no hay cupos y muchas personas en el patio del frente paradas tomando café en vasitos de papel. Casi no hablan. En la zona hay varias tiendas de muebles usados. Todo huele a mercado de las pulgas concentrado, a mugre y polvo añejo, hongueado. La gente nos mira al pasar. Creo que nunca nos habíamos sentido tan forasteros como caminando por ese lugar. Cuesta creer que esté a sólo veinte minutos de acá.
Etiquetas: adelaide, caminatas, district 9, london, ontario
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