29.1.09

Desaparecida

La receta para la historia de terror arquetípica moderna es bien sencilla: Una niña de cara angelical desaparece en alguna ciudad de Europa. Una vecina cuenta a todo el que quiere escucharla (todos se mueren por ser escuchados, por ser vistos) que la niña llevaba un pantalón así y una camiseta asá. Estaba parada en una esquina y luego ya no estaba. La historia de terror se inicia así, con un vacío, el que deja la niña perdida. Un vacío que es prontamente rellenado por los periodistas y la larga red de comentaristas espontáneos. Un vacío que se transforma dos años más tarde en un póster amarillento tamaño A4 (o A3 si están de suerte) pegado en un ventanal de una oficina de correo: doce caras sonrientes de otra época que dieron el salto a la dimensión ortogonal. Lo veo al pasar, doy marcha atrás, me detengo frente a la vitrina, los veo. ¿Qué sería de ellos? ¿Se congelaron en el tiempo? ¿Transmutaron en zombies? ¿Se desintegraron? ¿Regresaron? (¿De dónde?) Las hipótesis básicas que rodean la desaparición de la niña son un diagnóstico express de nuestros miedos como sociedad, de nuestras amenazas compartidas. La niña es violada. La niña es torturada. La niña es secuestrada. La niña es asesinada, destripada, empalada, desangrada, asfixiada, envenenada, fusilada, degollada, apaleada, destazada, fileteada, mutilada, trepanada sin más y arrojada (viva o muerta) por un barranco. O a un basurero. O dejada en algún bosque o en un río o en el mar. Hay locos así. Hay locos para todo. La televisión, fuente constante de sabiduría y confort, nos regala un loco nuevo encarcelado semanalmente en un práctico formato de una hora y nosotros lo adoptamos, lo convertimos en un miedo real, latente, lo dejamos ser para que cuando la niña de turno desaparezca tengamos un abanico suficientemente amplio de escenarios macabros que nos unan en torno a algo. Para que la desaparición de la niña, seamos sinceros, no nos aburra tan rápido.


Missing Children, Mayo 2006

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Curry Amarillo con Gambas

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28.1.09

Prodigio

Mi primo Ricardo podía comerse una mandarina entera y luego expulsar las pepitas, una a una, por la nariz. También sabía hacer otras cosas, pero esa era la mejor de todas.

Un día mi primo Ricardo, que nunca salía de su casa, me llamó por teléfono y me preguntó si estaba ocupado. Yo le dije que no. Me pidió que pensara un número de uno a cien. Pensé veintitrés. Ricardo dijo «Es veintitrés». Yo le dije «Sí, ese era.» Él me dijo «¡Ya ves, todos piensan el mismo!» y colgó.

Con Ricardo era siempre así.

Una vez le pregunté a mi mamá por qué Ricardo no tenía piernas. Ella me dijo que las había perdido en el mismo accidente de carros en el cual murió Pedro, su papá, el hermano menor de mi mamá. Ricardo era igual a Pedro cuando niño. Exactamente igual.

Ricardo decía que él no recordaba el accidente. Tampoco recordaba haber tenido piernas alguna vez. «¿Qué se siente tenerlas? ¿Pesan?» Nunca supe qué responderle.

Cuando llegaban las vacaciones, pasaba semanas enteras jugando en casa de Ricardo. Jugábamos a los fantasmas, a los números y también a la máquina del tiempo. Un día salimos de la máquina y vimos la llegada del hombre a la luna. Otro día salimos de la máquina y vi a mi mamá acostada en una cama con un tubo atravesándole la garganta. Intenté hablarle pero ella no sabía que yo estaba ahí. Éramos invisibles. Ricardo me consoló y me dijo que todavía tenía tiempo de decirle que la quería. Cinco años, para ser exactos.

De Ricardo heredé cuatro libros, su navaja suiza y su colección de piedras especiales para descarrilar trenes. Todo eso me confió en su carta de despedida. Era todavía joven cuando se fue.

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26.1.09

Algunas notas sobre Alexander Grothendieck (3): Paréntesis obviable, una cita y un enlace (o dos).

(No recuerdo cuándo ni cómo ni dónde descubrí a Grothendieck. Si tuviera que adivinar tal vez diría que ocurrió en 2002, mientras escalaba la segunda sección del libro de Robin Hartshorne de Geometría Algebraica. Estoy seguro de que no soy el único que lo ha descubierto en semejantes circunstancias (no las mejores, por cierto, como prueba mi copia desmembrada del libro): Las variedades a la Zariski parecen prueba superada y entonces, cuando uno está descuidado pensando que domina sus rudimentos, reaparecen por asalto en una versión aparentemente contraintuitiva aderezada con ingentes cantidades de álgebra conmutativa. El golpe es duro y no pocos caen. Supongo que yo caí. El cambio de perspectiva no es fácil de digerir de buenas a primeras. Hay incluso una especie de prueba Zen que nos obliga a traicionar media matemática aprendida hasta el momento: Olviden los puntos. Los puntos no nos dicen nada. Los puntos mienten —son relativos—. Hay un objeto que trasciende los puntos. Un objeto donde todas las posibles materializaciones de las variedades coexisten en armonía.

Más o menos ahí es que aparece Grothendieck. Era difícil para mí entonces (y lo sigue siendo ahora por más que leo y leo) apreciar con precisión la inmensidad de su contribución. Algunos dirían que es todo —¡TODO!— de ahí en adelante. ¿Y demostró algo grande? preguntan otros. Sí, responden los algunos, pero eso no es lo importante. Lo importante es la catedral que montó. Este retorno a la idea (ya tratada brevemente en la primera parte de esta serie de entradas) de que su obra es un edificio, una construcción arquitectónica, no es arbitrario. Su motivación fundamental en matemáticas, más que resolver problemas, era construir contextos apropiados para estudiarlos y sobre todo apreciarlos. Para Grothendieck esta labor, de ser bien realizada, permitía plantear el problema en términos tales que hacían evidente su respuesta. Y esta evidencia no requería la intuición sobrenatural de algún Ramanujan sino que objetivamente estaba ahí, a disposición de cualquier (buen) lector mortal. No hay nada más uncanny (como en The Uncanny X-Men o en The Uncanny Valley) que avanzar lentamente por los tratados sesenteros de Grothendieck: las demostraciones son siempre brevísimas pero los resultados se tornan más y más complejos y a veces uno se detiene y da vuelta atrás no por incomprensión sino por pura incredulidad: es imposible que fluya así. El precio, claro, es repensar todo partir de ceros desde la ingenuidad educada (y armado de una disciplina y una visión de los mil demonios), pero la ganancia es un abismo de resultados que se recorren, una vez montados, sentado en una escalera eléctrica. Es una belleza.)
Here ends the infancy narrative of the gospel and begins the public career of the prophet. It was to last from 1949 to 1970. It is too well known for me to repeat it, and we may refer to the narrative of Dieudonné, even if it is somewhat brief. We shall mention only that Grothendieck was interested in functional analysis from 1950 to 1957, that his dissertation is a masterpiece, but that the article that had the most subsequent influence was undoubtedly "Résumé de la théorie métrique des produits tensoriels topologiques", the point of departure of the geometric theory of Banach spaces. Then, from 1956 to 1970, he completely reworked homological algebra and algebraic geometry. His scholarly career essentially ends at that point.
Pierre Cartier, A Mad Day's Work:
From Grothendieck To Connes and Kontsevich
The Evolution of Concepts of Space and Symmetry
(Aquí está la segunda parte de esta serie)

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25.1.09

192?

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El viento agitando las cortinas, por Juan Carlos Rodríguez.

Este libro de cuentos tiene muchas virtudes. Una de ellas es el tamaño de la tipografía. Supongo que la extensión del libro se presta pero no por eso sobra agradecer al editor esa letra grande y redonda que permite que cegatos como yo podamos zamparnos las ciento sesenta páginas que dura en apenas dos horitas sin alcanzar a aburrirnos ni cansarnos. Así se lee de fácil. Perfecto para un domingo de pereza.

Otra virtud es su prosa. Me refiero específicamente al uso cuidadoso de comas y puntos que en estos días de degradación postmoderna es cada vez más despreciado. Da gusto leer un libro escrito con evidente tranquilidad, limpio, bien editado, gramático, con la dosis apenas justa de adjetivos y metáforas, que se toma en serio eso de que va a ser leído por alguien más alguna vez.

Otra virtud más: La reflexión —presente en los tres relatos que lo componen— alrededor de la nostalgia y el recuerdo. Me gustan —entre otras porque me parecen dificilísimos de escribir— los relatos extensos donde el tiempo pasa y ese paso del tiempo se siente aunque las personas en esencia no cambien gran cosa. Todo reviene en ciclos lentos: los mismos errores, las mismas circunstancias y desengaños, la ansiedad de redescubrir el deseo o sentirse deseado. Cosas de esas siempre vienen bien.

O casi siempre.

Los cuentos de largo aliento son un territorio lleno de peligros. Esquizofrénicos narrativos, se debaten entre la concreción del cuento y la rebosante libertad de las novelas. Cualquier descuido puede convertirlos en un adefesio que quiere ser más pero no puede -por codicia- ser menos. El alcance es importante. Y es fácil perderlo cuando se quiere abarcar mucho manteniendo la ilusión de brevedad. El segundo relato de este libro se cae por eso, le pesa el tamaño. Los otros dos también salen perjudicados pero no al nivel de este. ¿Quién se acuerda del capitán Scott? (qué buenos títulos, otra virtud) se inicia con la infancia de un niño en Quito. El niño viaja a Bogotá y ocurre un juego de dos nostalgias superpuestas muy simpático: Por un lado está la nostalgia del niño, añorando sus tías y su abuela, y por otro lado la nostalgia del narrador, ese niño ya adulto, que recuerda el viaje y los primeros años en el nuevo ambiente donde nunca dejó de ser un poco raro. Esto empalma con una historia de amor platónico, o no tanto, con una compañera de salón. Pero entonces Rodríguez se deja llevar. ¿Y si ya conté todo esto —parece que dijera— por qué no contar todo lo demás? Y todo lo demás es un viaje a Santa Marta en tren que se extiende por cuatro páginas y que incluye conmoción afónica y lágrimas en los ojos al ver el mar. Pero no es sólo eso. Como el tiempo no se termina hasta que la vida se termina entonces pasan veinte años, tal vez más, y hay reencuentros escolares y el consabido romance tanto tiempo postergado con el amor infantil. Y pienso ahora que el problema es de extensión más que de alcance, porque hay un cuento similar oculto entre todo eso que es mucho mejor que este donde Rodríguez no pierde el control, uno quiere más al "ecuatoriano sensible" (un poco reiterativo en esta versión) y todo pasa –sin tanto detalle innecesario– en diez, quince páginas menos.

Mi cuento favorito del libro es el tercero: Mil veces el mal camino. Lástima que deteste con fervor religioso al narrador (profesor de literatura, jazz lover, dice "mariqui" amistosamente sin que sea en chiste...), porque por lo demás la estructura y el ritmo de este drama epistolar unidireccional me divirtieron mucho. Agradezco a Dios que Rodríguez, sabio y juguetón, nos ahorró las respuestas de la destinataria. Sospecho que con esos dos intercalándose no habría podido.

¿Y por qué no me gustó ese narrador? Tal vez por lo mismo que no me gustó particularmente ninguno de los tres: Por mojigatos. Incluso el voyeur fetichista del primer cuento, Contra el nudismo, es incapaz de adoptar un tono medianamente natural a la hora de hablar de sexo. Pese a iniciar su diatriba con una declaración de guerra a los eufemismos para hablar de calzones, tres páginas más tarde lo tenemos hablando de los senos de esta y el trasero de la otra y el sostén –¡por Dios!– como si alguien usara esa palabra en Colombia, y cuando quiere mostrarse transgresor cae en un sensacionalismo barato (típica estrategia mojigata) que bien podría ser nominado para el premio de mal sexo de The Guardian:
Cuanto los veo [los hoyuelos que tienen las personas entre culo y espalda] sueño venirme en ellos sin que una gota de semen los desborde. Quisiera convertirlos en pequeñas piscinitas de engrudo. Una de mis principales fantasías sexuales es llenarle así los hoyuelos a una jovencita y que luego otra (en calzones, por supuesto) se agache sobre ellos y los lama.
Si el propósito es escandalizar, mejor un enlace a Two girls, one cup.

De todas maneras, pese a dos o tres defectos más o menos aislables, El viento agitando las cortinas es en suma un buen libro. Un libro entretenido, con humor, correcto (más para bien que para mal) y bien escrito. Un libro de historias de amor hechas y derechas que no son tontas ni superficiales ni burlescas. Un libro de cuentos, además, lo que siempre es novedad y buena noticia en este triste medio tomado por novelitas primerizas desesperadas y testimonios amarillistas de asesinos y políticos.

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24.1.09

Algunas notas sobre Alexander Grothendieck (2): Dos fotografías que se encuentran en todas partes.


Antes de 1970


Después de 1970

(Aquí está la primera parte de esta serie)

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Arroz con butifarra, chorizo y setas.



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23.1.09

Médium

- 1 -

Cuando Eugenia nació viajamos a la colonia para que Amanda la conociera. Llegamos al mediodía, poco después del almuerzo, y una enfermera joven nos acompañó hasta su habitación.

Ahí estaba. Leía el periódico. Eso hacía todo el día. Primero el crucigrama, luego el problema de bridge y finalmente las noticias. No le gustaba hablar con nadie. Apenas salía al patio que rodeaba la casona. Odiaba la silla de ruedas. Cuando entramos levantó la mirada, se acomodó las gafas y se arregló la falda. Tenía un lápiz en la mano. Juliana llevaba a la niña en brazos con el vestido azul de flores que le había regalado mi hermana. Yo empujaba el cochecito vacío. Una vez junto a su cama tomé a la niña y se la enseñé.

«Te presento a tu nieta,» le dije. Sonreí con incomodidad, a sabiendas de su estado. Hice un gesto para que la cargara pero no hubo respuesta.

«Parece muerta,» dijo en cambio. Apenas la miró.

«Está dormida, mamá, no seas así.»

«No, Manuel, parece muerta. Llévatela, no quiero verla. Tampoco esperes que me alegre por ti.»

Juliana se echó a llorar, me quitó a la niña y salió corriendo. Yo arrastré el coche tras ellas. De camino a la ciudad Juliana me hizo prometerle que nunca regresaríamos juntos a ese lugar, que nunca más la obligaría a visitarla.

Fue la única vez que Eugenia y Amanda se vieron, que yo sepa.

- 2 -

Amanda murió el preciso día cuando Eugenia cumplió seis años. Dicen que las últimas noches lloraba mucho. Se quejaba. Preguntaba por sus hijos, por su marido, por su papá. Su tiempo había colapsado. De su muerte nos enteramos tres días más tarde pues estábamos de viaje. Debo admitir que la noticia fue un alivio para todos. Habían sido ya muchos años de sufrimiento. Mi hermana, alma bendita, hizo los arreglos y Amanda fue enterrada junto a mi papá en el mausoleo familiar. Fue una ceremonia discreta. Apenas asistimos mi hermana, su marido, Juliana y yo. Dejamos a Eugenia y Federico en casa con la criada.

- 3 -

Las pesadillas de Federico se iniciaron una o dos semanas más tarde. Siempre había tenido el sueño difícil, pero esto era distinto. Era viernes y acababa de regresar a la casa del trabajo. Juliana me acompañaba mientras comía cuando oimos gritos en el cuarto de los niños. Subí corriendo y encontré a Federico oculto bajo las cobijas gritando descontrolado. Eugenia, parada sobre su cama, lo miraba entredormida. Prendí la luz y le pedí que se calmara. Lo saqué de su escondite y lo abracé. «No pasa nada,» le dije. «Todo está bien. Es sólo un sueño.»

«¿Ya se fue?,» me preguntó. «¿Estás seguro de que ya se fue?»

«Claro que sí, Fede, era una pesadilla. No tienes nada qué temer.»

«¿Eugenia está bien?»

- 4 -

Así fue a partir de entonces por los siguientes tres meses. Primero un par de veces por semana. Luego casi cada noche, cada hora de sueño. Estábamos desesperados. Siempre era lo mismo: primero los gritos, luego el llanto, luego el miedo de que lo que quiera que fuera siguiera ahí. Nunca ahondaba demasiado y arrancaba a llorar si lo presionaba para que nos contara. «No recuerdo,» decía. «No me dejes solo.» Cuando lo abrazaba, temblaba. Sudaba mucho. Algunas veces pedía que me lo llevara a nuestro cuarto. Otras, me preguntaba por su hermana. «¿Dónde está Eugenia? ¿Está bien?»

Lo llevamos al médico. Nos recomendaron a un psicólogo que a su vez nos remitió a un psiquiatra. «¡Es muy pequeño para psiquiatras!,» se quejaba Juliana en el teléfono con sus amigas pero lo llevamos a uno y a otro y luego a un neurólogo que lo devolvió al psiquiatra asegurando que no había nada malo con él. El psiquiatra dijo que tal vez sería conveniente medicarlo para que pudiera dormir. «Un antidepresivo suave,» nos explicó. «En casos como este es lo más recomendable. Ya verán cómo hace todo más fácil.»

- 5 -

Y sí, lo hizo fácil. Las pesadillas se desvanecieron pero con ellas se fue Federico. Poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Dormía cada vez más. Casi no hablaba. Vivía en un estado de sopor constante, de ausencia. El psiquiatra intentó modificar la dosis pero el daño ya estaba hecho. Federico jamás regresó. Ayer llegué a la casa y tras comer subimos juntos al cuarto de los niños. Desde que la somnolencia de Federico había empeorado a Juliana le gustaba pasar a revisarlo con frecuencia durante la noche. Cuando abrimos la puerta descubrimos que Eugenia no dormía. Estaba sentada en su cama con su lámpara de noche encendida. Fingía leer un libro de cuentos. Tenía un lápiz en la mano. No parecía sorprendida de vernos. Al contrario, nos miró sonriente, se arregló la pijama. Nos invitó a pasar con un gesto de la mano. «Parece muerto,» dijo en un susurro señalando la cama de su hermano.

- 6 -

La última vez que vi a Amanda estaba sentada viendo televisión en la sala de la colonia. Le traje chocolates, libros y revistas. Parecía feliz de verme. Me preguntó por Juliana. Le extrañaba que no viniera aunque nunca preguntaba por los niños. «Dime la verdad, Manuel, ¿tienen problemas?» Preferí evitar el tema. Ya no era para ella. Le hablé de mi trabajo, de los viajes y también de un encuentro reciente con un primo lejano de mi papá que le enviaba saludes. Al principio no lo recordaba. Tenía un apellido extraño que siempre olvido.


Genealogía de la familia Dubois, 1883

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22.1.09

Corazones all'arrabbiata.

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Sobre críticas y reacciones.

Cegado por la amistad, Javier ha publicado un generosísimo comentario a Lo definitivo y lo temporal en su weblog. Hace pocos días, Nanda me hizo un informe detallado vía GTalk sobre su lectura cuento por cuento. Cuando es posible, estoy enlazando esos comentarios acá. Como le decía hoy a Inga, siempre es bueno corroborar que cualquier preconcepción que uno tenga de sus propios escritos va a romperse inevitablemente cuando otras personas los lean y se apropien de ellos. Tal vez esa sea la principal ganancia de liberarlos por ahí. Creo que por eso me impresiona (y hasta me da un poco de vergüenza ajena) la respuesta airada de Iván Thays a los comentarios críticos sobre su reciente novela premiada. Incluso cuando la crítica parece ser a todas luces positiva, o por lo menos no particularmente dura, Thays replica en su blog con una especie de sarcasmo cargado de evidente rabia: No leyeron como debían, dice. No entendieron mis bromas. No supieron apreciar mis juegos. No fueron suficientemente listos. Es triste: Esperaría de un escritor supuestamente consolidado y adulto como Thays una reacción ante la crítica (si alguna) menos torpe, más constructiva. Al fin y al cabo, nadie gana con esos reportes de lectura tanto como él.

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21.1.09

Sobre cierres y agonías.

Me gustaría que Atmospheric Disturbances fuera más corta para no tener que recordarla con esta sensación agria que me dejan los libros que no saben cuándo detenerse. No me gustan los libros que en lugar de terminar agonizan. Pensé en cerrarla hacia la página cientosetenta y darla por terminada por decreto, con la satisfacción todavía en pie, pero continué porque guardaba la esperanza de que de repente la reiteración ganara sentido. No fue así y lo lamento. Esperaba llegar al final de Atmospheric Disturbances con el mismo entusiasmo con el que empecé, maravillado con la voz del narrador y su historia de amores perdidos, pero el encanto se difuminó cuando el narrador dijo todo lo que tenía que decir y el libro se convirtió en una batalla entre una trama esencialmente abierta y el esfuerzo de su autora por crear a cualquier costo un cierre natural. Qué pena.

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16.1.09

Laboratorio

Estoy en Bellaterra, en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Recuerdo la primera vez que vine acá, en diciembre de 2003. He venido a esta universidad y a este edificio -la facultad de medicina, laboratorio de fisiología celular, para ser precisos- muchísimas veces. He pasado vacaciones enteras acá, acompañando a Mónica, que siempre llegaba muy temprano y se iba muy tarde. Yo iba la biblioteca y leía. El tiempo pasaba muy lento mientras la esperaba, como ahora. Probé un par de lemas sentado en escaleras. Leí varias novelas. Entendí cómo funcionaba la derivada logarítmica. En fin. Mónica adora este lugar y yo la adoro a ella, así que quiero este sitio por transitividad.

Hoy Mónica sustentó su tesis. Le fue bien. En Europa esas cosas son muy rígidas y formales, con muchas corbatas, muchos elogios y muchos discursos. Prefiero, por formación y crianza, cuando el nivel de bobería se reduce al mínimo, pero mis preferencias no tienen mayor importancia. Me gusta ver a Mónica haciendo lo que hace y hablando de lo que le gusta con gente que entiende lo que ella hace. Apenas puedo describir su trabajo (regeneración de tejido nervioso, cultivos organotípicos, modelos in vitro, motoneuronas, lesiones mecánicas y químicas...) pero todavía me enamoro cuando me cuenta emocionada sus progresos. El trabajo en el laboratorio es difícil y desgastante pero creo que en ninguna parte ella es tan feliz como aquí, entre sus ratas, sus médulas, sus cultivos, sus microscopios y sus marcadores.

Esta mañana, en el tren de camino acá, leí un cuento de William T. Vollmann titulado Red Hands. Hace parte de su colección The Rainbow Stories. El cuento se inicia con el testimonio de un terrorista de IRA que escapó a Estados Unidos, donde ahora vive. De repente, y sin mayor explicación, Vollmann empieza a intercalar fragmentos de una entrevista a Oliver (not his real name), un estudiante de postgrado. El apartado ocho del cuento se inicia con el siguiente párrafo:
The lab had the usual formaldehyde smell. Being rich in glass bottles and plastic tubes, it was its own world, which you came to every day, not knowing whether or not you were going to have a good day until you shuffled over the centrifuge for radioactive materials, flipped the switch, and listened to its good comforting hum, and suddenly it was clear after all that you did know which opening to dispense Parafilm through. There were hundreds of drawers to play in, hundreds of shelves and cabinets, and lab benches piled with a mole of this and an aliquot of that. Every chemical was like the muscle of a giant eye which allowed the researchers to see something which they had never seen before. They knew that their powerful reagents would permit them to shatter the unwanted cells, which were like boulders covering some antique tomb that the anthropologists were sure must be glutted with treasure which they could transfer from its underground grave to a public grave in some museum, where gold and bones lay in shame behind daily-cleaned glass.
Conozco ese lugar.

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15.1.09

Algunas notas sobre Alexander Grothendieck (1): Desaparición en tres actos.

One of the recurring themes of mathematics, and one that I have always found seductive, is that of the nonexistent entity which ought to be there but apparently is not; which nevertheless obtrudes its effects so convincingly that one is forced to concede a broader notion of existence.
— Gavin Wraith, Mathematical Phantoms
El primer acto ocurre en París durante la primera mitad de la década del sesenta en el recién estrenado Instituto de Altos Estudios Científicos (IHES). Alexander Grothendieck es grande, tan grande como puede ser un matemático en esa época o tal vez de cualquier época. Diariamente, Grothendieck recibe cartas de investigadores en América, Europa y Asia con preguntas y noticias. Grothendieck no descansa. Las matemáticas son la única vida que conoce, lo obsesionan, les dedica doce horas de cada día, sueña con ellas. Si alguien trabaja en el activísimo campo de la geometría algebraica Grothendieck está enterado. Si alguien tiene una duda Grothendieck es el oráculo, la brújula, el guía. Este hombre sin nacionalidad, de treinta y tantos años, gafas y cabeza rapada a ras es el ingeniero y arquitecto —sobre todo el arquitecto, añadiría él— de una torre hermosísima y muy cuidadosa de resultados, preguntas y construcciones en la cual trabajan paralelamente matemáticos de todo el mundo. Una torre inmensa e invisible que Grothendieck, grácil, sostiene prácticamente en la palma de su mano.

◊◊◊

A principios de 1970, Grothendieck renuncia a su puesto como investigador en el IHES argumentando que no trabajará más en un sitio que recibe financiación militar. La segunda mitad de los sesenta despertó en él un hombre nuevo, las matemáticas de repente pasaron a un segundo plano. En junio del mismo año ofrece en la Universidad de Orsai una conferencia titulada “Las responsabilidades del académico en el mundo de hoy: El académico y el aparato militar” donde propone la creación de un movimiento llamado “Científicos en la Lucha por la Supervivencia”. En su manifiesto anuncia que su movimiento “luchará por la supervivencia de la especie humana y de la vida en general, amenazadas por el desequilibrio ecológico creado por la sociedad industrial contemporánea (contaminación y devastación del medio ambiente y de los recursos naturales), por los conflictos militares y por los peligros de los conflictos militares.” También denuncia “el divorcio entre la ciencia y la vida”, el cual considera inadmisible dado el estado del mundo. Del setenta hasta el setenta y tres, aprovechando su estatus de autoridad reconocida, Grothendieck viaja por todo el mundo intercambiando conferencias de matemáticas por declaraciones políticas. El movimiento, sin embargo, no tiene la respuesta que esperaba y languidece hasta deshacerse. A mediados del setenta y tres, tras recibir a regañadientes la nacionalidad francesa, acepta un contrato como profesor en la Universidad de Montpellier donde se dedica a la enseñanza, abandonando casi por completo la investigación y el intercambio con colegas e iniciando un lento proceso de ensimismamiento y reclusión.

◊◊◊

En enero de 1990, recién jubilado y tras una década entera volcado en la escritura de intrigantes y extensos textos de naturaleza mixta, reflexiones matemáticas y meditaciones autobiográficas, Grothendieck envía una carta a doscientos cincuenta conocidos anunciándo que el 14 de octubre de 1996 se iniciará una nueva era y ellos han sido elegidos por Dios para preparar el nuevo orden, la Era de la Liberación. Una deidad llamada Flora había sido la encargada de revelarle, en sueños, su misión. Tres meses más tarde envía una “corrección” asegurando que no está seguro de la verdad de su revelación de la carta anterior. “Fui víctima,” explica, “de una mistificación por parte de uno o más ‘espíritus’ (entre los cuales no tengo capacidad de distinguir), investidos con poderes prodigiosos sobre mi cuerpo y mi psique.”

En julio, tras confiar su voluminoso archivo personal a un antiguo estudiante, Alexander Grothendieck desaparece por más de diez años. Sólo unos pocos conocen su paradero.

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13.1.09

Mónica (Defensiva o Sustentante)

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12.1.09

Vals con Bashir, de Ari Folman (2)

El bellísimo y terrible largometraje animado Vals con Bashir sobre un pelotón de soldados israelíes que participó indirectamente en la masacre de Sabra y Shatila ganó el Globo de Oro de este año a mejor película extranjera. Qué apropiada película para esta época, cuando las bengalas israelíes iluminan ese gran campo de refugiados que es Gaza mientras lo bombardean y recorren casa a casa preguntando por teléfono o a tiros (lo que ocurra primero) quién es de Hamás y quién no.

Mientras que en Israel sigan haciendo películas como ésta, mientras que quede algo de espíritu crítico entre sus ciudadanos, todavía habrá esperanza. Espero que pronto sus líderes recapaciten y detengan la masacre. Espero también que algún día se arrepientan (así sea soldado por soldado) y reconozcan que se equivocaron. Es evidente que su cruzada del Plomo Fundido no conduce a ningún lado.

Aquí lo que escribí sobre ella hace algunos meses, cuando la vi precisamente en Lyon tras mi entrevista de trabajo.

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11.1.09

Reporte de daños (17).

We need to develop a new vocabulary for lying, a taxonomy, a way to distinguish the lies that the liar himself believes in —a way to signal those lies could more accurately be understood as dreams. Lies —they make for tidy little phychological Doppler effect, tell us more about a liar than an undistorted self-report ever could.
Rivka Galchen, Atmospheric Disturbances
Desde mi paso por Luminy en noviembre de 2007 mi garganta no es lo que era. Creo que no fui suficientemente preparado para el frío —yo qué iba a saber que en Marsella nevaba a principios de noviembre— y tuve un conato de neumonía. Durante los cinco meses que llevo en Lyon he sufrido dos resfriados fuertes con bastante congestión y las consecuentes molestias. La más grave es que me cuesta dormir, o más bien pierdo capacidad de decisión con respecto al acto de dormir: la asfixia me despierta a las cuatro o a las tres y desde ahí hasta las seis o siete no importa cuánto me suene —disculparán los detalles escatológicos— no me puedo acostar sin que vuelva a quedar sin conductos nasales funcionales. El resultado es que caigo fulminado a las siete y me levanto a las doce con dolor de cabeza, más congestión y la boca pastosa. Odio estos días cuando me siento podrido por dentro. Paso el día entero cansado y me cuesta concentrarme. La dosis de congestión fuerte se repite cada noche. La cabrona es puntual, para colmo. De día parecería que ni existe. Será porque no me acuesto.

Ahora que Mónica no está veo televisión de madrugada. Ayer vi un bombardeo israelí en directo. Aljazeera tenía en la línea telefónica a un señor que vive en Gaza y que les contaba cómo era su vida durante estos días. Acompañaban la conversación con un paneo de Gaza de madrugada desde el edificio donde transmiten. El señor detenía un momento su respuesta y decía que había explosiones cerca, un par de segundo más tarde el horizonte se iluminaba varias veces. El señor decía que esas habían caido cerca. El entrevistador, desde Washington, le decía que nosotros también las estábamos viendo. Me pregunto si eso le serviría de consuelo al señor al otro lado del teléfono.

Hoy al medio día leía noticias mientras desayunaba. No sé bien qué fue lo que me afectó pero tuve una crisis de angustia que alcanzó a durar lo suficiente como para preocuparme. Por si acaso cerré mis canales informativos y me dediqué el resto de la tarde a leer Atmospheric Disturbances.

Aunque la historia de la novela no es precisamente antidepresiva la ansiedad bajó un poco. Mi mamá dice que la ansiedad es común en nuestra familia. Es lo que mi abuela llama "los nervios". Me gustaría saber controlarla mejor especialmente ahora que se ha vuelto más frecuente. Me preocupo por cualquier cosa y la preocupación se alimenta de sí misma hasta que se transforma en una molestia física.

La historia de Atmospheric Disturbances trata sobre un psiquiatra de cincuenta y un años que sospecha que su mujer no es su mujer sino una impostora que se hace pasar por ella, un simulacro. (La última novela de Richard Powers tiene una premisa similar, ahora que lo pienso.) Como el psiquiatra cree que su mujer ha sido reemplazada entonces inicia su búsqueda. Primero en Nueva York, donde viven, y luego en Buenos Aires, donde ella nació. La situación es absurda y muy triste. La comedia de la confusión y la demencia resulta ser, al menos hasta donde voy, una capa superficial de una historia de amor en crisis y repleta de nostalgia.

Esta semana será movida.

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Morir en Gaza, por Mario Vargas Llosa.

Me pregunto si algún país en el mundo hubiera podido progresar y modernizarse en las condiciones atroces de existencia de la gente de Gaza. Nadie me lo ha contado, no soy víctima de ningún prejuicio contra Israel, un país que siempre defendí, y sobre todo cuando era víctima de una campaña internacional orquestada por Moscú que apoyaba toda la izquierda latinoamericana. Yo lo he visto con mis propios ojos. Y me he sentido asqueado y sublevado por la miseria atroz, indescriptible, en que languidecen, sin trabajo, sin futuro, sin espacio vital, en las cuevas estrechas e inmundas de los campos de refugiados o en esas ciudades atestadas y cubiertas por las basuras, donde se pasean las ratas a la vista y paciencia de los transeúntes, esas familias palestinas condenadas sólo a vegetar, a esperar que la muerte venga a poner fin a esa existencia sin esperanza, de absoluta inhumanidad, que es la suya. Son esos pobres infelices, niños y viejos y jóvenes, privados ya de todo lo que hace humana la vida, condenados a una agonía tan injusta y tan larval como la de los judíos en los guetos de la Europa nazi, los que ahora están siendo masacrados por los cazas y los tanques de Israel, sin que ello sirva para acercar un milímetro la ansiada paz. Por el contrario, los cadáveres y ríos de sangre de estos días sólo servirán para alejarla y levantar nuevos obstáculos y sembrar más resentimiento y rabia en el camino de la negociación.
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10.1.09

Palestina (Lecturas)

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9.1.09

HermanoCerdo 22: En un restaurante cerca a usted.

Hoy subimos HermanoCerdo 22. Pensábamos sacarlo el veinticuatro de diciembre, como regalo de navidad, pero luego concluimos que era mejor que fuera un regalo de reyes, así nadie se perdía el lanzamiento.

Me encantan las pinturas de aviones de Andrew Dillon, nuestro ilustrador invitado.

En cuanto a crónica y ficción, esta vez tenemos ciencia ficción pornográfica desde España, un cuento de descubrimiento adolescente desde Chile y una historia de niños crueles desde México. Además contamos con una traducción de un relato felino japonés y una crónica nostálgica desde la frontera entre Israel y Gaza.

La reseña de Crash escrita por Javier Cozzolino es buenísima.

Este texto me convirtió en fan incondicional de Matt Sullivan, pero todavía no estoy totalmente satisfecho con su traducción.

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6.1.09

غزة

Las muertes civiles son un precio que nadie acepta pero todos cobran.

La guerra es un juego que consiste en pasar una pelota caliente de mano en mano mientras los misiles y los cohetes continúan cayendo.

La pelota caliente se llama responsabilidad.

Pierde quien acepte su culpa.

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5.1.09

Gaza

¿Qué podemos hacer, pues? El camino mejor para Israel es llegar a una tregua completa a cambio de un alivio del bloqueo impuesto a Gaza. Si el Hamas sigue rehusándose a llegar a una tregua y prosigue el bombardeo de los civiles israelíes, hay que tener cuidado de que una operación militar no le haga el juego al Hamas. El cálculo de este es sencillo, cínico y malévolo. Si mueren israelíes inocentes, tanto mejor, y si mueren muchos palestinos inocentes, tantísimo mejor. Ante semejante actitud, Israel debe obrar con sensatez y no en un arrebato de ira.
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1.1.09

A garage sale, a stag party, a fire drill.

The gist of the story was that our noble inquisitors were on the job again, righting wrongs. It was a gross oversimplification. A murder didn't happen in the void, like some kind of hiccough. It was the outcome of an inexorable series of past events climaxing in the act, and with repercussions stretching into the future far beyond the usual inquisition. I listened to myself thinking this way and had to laugh. A murder was a garage sale. A murder was a stag party. A murder was a fire drill. A murder was whatever the Inquisitor's Office wanted it to be.
Jon Lethem, Gun, with Occasional Music

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72 x 41

¿Será que ya llegamos al futuro?

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