31.7.09

El libro electrónico, los derechos y la tecnocracia.

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Vásquez decidió continuar la discusión sobre la llegada del libro electrónico. Ya que sus argumentos sobre la supuesta imposibilidad de la lectura literaria en pantallas de tinta digital no resultaron muy sólidos, ahora (además de admitir que es un romántico, lo que está bien —yo también lo soy—) intenta un nuevo ángulo: la popularización del libro electrónico, nos advierte con el dedo bien en alto, es un camino directo (y sin vuelta atrás) hacia las peores formas de censura totalitaria. Para Vásquez, el reciente impasse Orwell de Amazon (que ya había mencionado al cierre de la entrada donde expandía mi columna) es una muestra de los tiempos por venir. No estoy de acuerdo. Para mí es simplemente una prueba de que todavía no hemos resuelto a cabalidad el problema de cómo vender libros en formato digital y que probablemente el sobrecontrol (por interconexión constante inalambrica) propuesto por Amazon en su Kindle no es la estrategia ideal.

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Por otro lado, me parece gracioso que recurra a este ejemplo en particular para continuar su alegato contra el libro electrónico. Lo de Amazon, como él dice, se debió a un problema de vencimiento de derechos: Los libros digitales que Amazon vendió eran editados por una compañía que no había pagado los derechos para distribuirlos en Estados Unidos. Esto pasa porque la legislación internacional de derechos de autor es confusa y para nada uniforme: aunque obras de Orwell como 1984 están ya en el dominio público en varios países (lo que permite bajarlos de internet sin problema), en Estados Unidos continúan protegidas por el copyright (como ya dije antes, todo es debido, exagerando un poco, a la existencia de Mickey Mouse). 1984, por ejemplo, llegará al dominio público gringo (si acaso) en 2044, cuando el libro cumpla noventa y cinco años de publicado (en Europa, por cierto, el vencimiento de derechos será en 2020). Y digo que esto me parece gracioso porque precisamente Vásquez nos hablaba hace una semana del absurdo de que las obras pasen al dominio público y aseguraba que esta era una forma de robo legalizada. La estúpida reacción de Amazon (que a Vásquez le parece la respuesta justa de una compañía seria aunque el mismo gerente de Amazon diga que fue una soberana y vergonzosa estupidez) es consecuencia de una todavía más estúpida legislación empecinada en proteger los derechos de explotación de obras creativas (para beneficio de empresas más que de personas) por los siglos de los siglos, tal y como quisiera Juan Gabriel Vásquez.

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Finalmente una precisión: he visto a varios comentaristas, Vásquez es uno de ellos, que usan la palabra "tecnócrata" para referirse a las personas que predicamos las ventajas de las nuevas tecnologías y contribuimos a su difusión. Creo que "tecnócrata" no es la palabra apropiada para describir eso ya que, de ninguna manera, estamos defendiendo un orden social donde la tecnología mande (como sugiere la etimología de la palabra). Nos interesa, por el contrario, que las personas adopten y exploten la tecnología para su propio beneficio y el de los demás; que la controlen, usen y entiendan, no que se dejen controlar.

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27.7.09

Cœur de Pirate


(clic)

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Veterinario (Villeurbanne)

El veterinario es de Tunes. Viaja a casa cada agosto a visitar a su familia. Habla en un inglés rudimentario del que se disculpa todo el tiempo (aunque es mucho mejor que nuestro francés) y vive en Francia hace veinticinco años. Aquí estudió y tiene su mujer e hijos. Mientras mide la temperatura de Plinio (normal) nos cuenta su propia teoría de la caída de las torres gemelas: todo fue acordado previamente. Bush y Bin Laden son prácticamente la misma persona. ETA está involucrada. Un avión norteamericano llevó a la familia Bin Laden a un sitio seguro horas antes de los atentados. Todo está en un libro francés que leyó. Una novela. No recuerda el título, pero todo está ahí. Hace un gesto cuando habla de eso: infla los cachetes y los explota con un dedo. Creo que quiere decir que todo es mentira. Repite ese gesto varias veces mientras conversamos. Cuando me entero de que es de Tunes le cuento que mi profesor de árabe en Barcelona también era de allá. Me dice que el árabe es un idioma matemático, completamente lógico. Su hijo, por ejemplo, aprendió las reglas básicas en veinte minutos. En una hoja del recetario resume las reglas de conjugación y los pronombres. Es el idioma más sencillo del mundo. En el reverso nos explica su molestia por la incoherencia entre el francés oral y el escrito, la naturalidad de leer los números empezando por las unidades, la inútil complicación de los tiempos verbales y sus conjugaciones irregulares. Entre ampolla de vacuna y ampolla de vacuna lista palabras francesas que vienen del árabe. Un amigo suyo las compila y planea escribir un libro con ellas. Marsella es una palabra árabe. Viene de puerto. Cuando nos vamos a ir se despide y me pide que vuelva por su consultorio cuando regrese del Canadá. Le encantaría volver a hablar conmigo. Antes de irnos nos regala varias bolsas de comida, un tubo de malta para las bolas de pelo (tres centímetros por tres días) y calmantes para el viaje (medio comprimido dos horas antes salir para el aeropuerto y uno en caso de que se altere una vez en vuelo). Antes de inyectarlo, restriega su cara contra la de Plinio y me parece que hasta ronronea un poco. Les da confianza y los tranquiliza, nos explica. Mañana se va de vacaciones. Nos desea buena suerte. Es una pena que no lo conociéramos antes.

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26.7.09

Las matemáticas del Eschaton

Pemulis, en la nota al margen número 123 de Infinite Jest, describe un procedimiento matemático para calcular el número de misiles termonucleares que recibe cada jugador de Eschaton (una especie de juego de rol-estrategia que juegan los muchachos de la escuela de tenis). El procedimiento, supuestamente, se vale de una versión sencilla del teorema de valor medio para integrales.

El teorema del valor medio para integrales dice, en esta versión, que si uno tiene una función continua f:[a,b]→ℜ entonces existe c∈[a,b] de tal manera que ∫[a,b]f(x)dx=f(c)(b-a).

El problema es que Wallace parece creer que el teorema incluye (o incluso constituye) un algoritmo para obtener el tal c, así que Pemulis (al que presentan como un genio matemático/estadístico) "aplica el teorema del valor medio" y la c providencial aparece por arte de magia. Aunque el texto sugiere que su interés es calcular la integral de una manera sencilla, sospecho que el valor que en realidad quieren encontrar (dado el contexto descrito) es f(c).

Como sea, creo que esto en general no es posible. Las demostraciones que se me ocurren de ese teoremita se valen de métodos no constructivos que garantizan la existencia del c pero de ninguna manera lo aislan. Si uno puede calcular la integral está hecho, pero parecería, por la manera como está planteado el procedimiento, que precisamente lo que intentan es evitar el cálculo —digamos— directo de la integral (lo que quiera que eso signifique).

Todo esto para decir que Wallace no es tímido a la hora de incluir matemáticas en sus textos, pero con frecuencia al abordar estos temas resbala en sutilezas técnicas (o conceptuales) elementales que contrastan con su evidente obsesión detallista. No me queda claro por qué, teniendo formación básica en matemáticas (y claro interés por las mismas), comete errores de apreciación tan sencillos.

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25.7.09

Está bien: hablemos de la evolución del libro.

Aquí la columna de hoy en El Espectador. En esta ocasión quisimos responder a una columna escrita por Juan Gabriel Vásquez sobre el libro electrónico. Como no todo cabe en los 1550 caracteres disponibles, a continuación algunas notas que extienden (y espero enriquezcan) lo dicho ahí:
  • La primera es que los lamentos de los nostálgicos del papel como Vásquez no deben ser muy distintos de los que soltaban los letraheridos que tuvieron que vivir la transición de la pluma a la imprenta: "esas máquinas frías", dirían, "nunca podrán capturar la gracia de la caligrafía, su emotividad."
  • Vásquez dice que no se pueden poner notas al margen en tres colores. Lo de los colores está en proceso (aquí algo al respecto). Las notas al margen, como me señaló por e-mail Martín Gómez (a quien le gusta citar correos electrónicos de sus amigos en el blog sin pedir autorización), están disponibles en dispositivos como el Kindle más reciente o el Sony Reader en modelos posteriores al PRS-700.
  • Producir libros actualmente es un proceso costoso. Es costosa la edición pero también son costosos los materiales, la impresión y la posterior distribución. Buena parte del precio actual de los libros se va en pagar intermediarios. La popularización del libro electrónico permitirá que buena parte de estos intermediarios innecesarios desaparezcan. La editoriales, por ejemplo, podrán vender sus libros directamente a sus lectores, sin depender de nadie. Por razones similares es probable que el espectro de autores disponibles aumente dado que el riesgo financiero disminuye. Es cierto que en este momento tenemos ya suficientes autores a la mano, pero también es bastante probable que muchos buenos escritores nunca sean descubiertos por simples restricciones de dinero.
  • Martín quiere añadir que "el mercado del libro electrónico sólo despegará cuando haya: (1) un dispositivo lector que termine por imponerse como el líder del mercado y el modelo a seguir (en este momento el que más tiene posibilidades de hacerlo es el Kindle debido a la oferta de contenidos que tiene Amazon aunque el tema del formato cerrado es una tara que impide que eso suceda). (2) un formato estándar (3) una oferta amplia de contenidos a la venta." Yo agregaría que eso pasará no importa cuántos se opongan durante los próximos cinco años.
  • Miguel Olaya considera (via Gtalk) que la defensa del libro electrónico debe venir de los productores de libros. Espero no haberlo malinterpretado. Si aparece por acá ya se extenderá en ese asunto en los comentarios. Por ahora me limitaré a decir que estoy en desacuerdo: los lectores nos beneficiaremos tanto o más que los editores.
  • Otra cosa que permitirán a largo plazo los libros electrónicos, y aquí pasemos al terreno de la ciencia ficción, es que nazca una literatura creada para ser leída en dispositivos programables. Novelas escritas y diseñadas explícitamente para aprovechar el nuevo medio, verdadera literatura digital. De la misma manera no es difícil imaginar ediciones electrónicas especiales de libros de papel "clásicos". Infinite Jest en formato ebook con un sistema de navegación entre las notas y el texto (así como la posible reorganización en orden cronológico (como el huevo de pascua del DVD de Memento) e interconexión con una edición electrónica del OED) sería una delicia (descontando el alivio que implicaría que pesara varios gramos menos). Seguramente a ustedes se les pueden ocurrir más ejemplos con sus libros favoritos.
  • El desarrollo actual del modelo de negocio del libro electrónico tiene problemas graves. Un síntoma de esos problemas es el escándalo reciente que se produjo después de que Amazon borrara de los Kindle dos libros de George Orwell que la tienda había vendido sin contar con los permisos de derechos de autor (Orwell está en el dominio público en casi todos lados, pero no en EEUU gracias al efecto Mickey Mouse). En el fondo está el asunto de la propiedad sobre lo que compramos. Esto es algo en lo que vale la pena ahondar y tal vez le dediquemos una próxima columna.

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24.7.09

Comité de bienvenida.

El colegio de los Reyes Católicos y el Instituto Pedagógico Nacional comparten un lote sobre la avenida cientoveintisiete a la altura de la carrera décima. El primero es un colegio privado donde estudian (entre otros) los hijos de españoles que tienen la desgracia de crecer en Bogotá. El segundo es un colegio público que sirve de laboratorio de experimentación a los estudiantes de licenciaturas de la Universidad Pedagógica Nacional. Un muro de ladrillo los separa. Los estudiantes de los Reyes Católicos no tienen uniforme. Los muchachos del Instituto Pedagógico Nacional (al que de ahora en adelante abreviaremos IPN) padecen uno. En 1993-1994 el uniforme de los estudiantes del IPN se compone de las siguientes prendas: muchachos: bluyin, zapatos negros, camisa blanca, sweater gris rata cuello en ve con el escudo del colegio; muchachas: horrorosa jardinera de cuadros azules, grises y blancos, camisa blanca, zapatos negros, medias blancas, sweater gris rata abierto con el escudo del colegio. El buen uso del uniforme es fiscalizado diariamente por una mujer llamada María Cristina que, me enteré hace poco, antes era profesora de educación física. María Cristina, tal y como la recuerdo, tenía gafas, mala actitud, pelo negro, muchas curvas y una preferencia por los vestidos rojos. Empelota debía ser puro pin-up material clásico. Su oficina quedaba en un rinconcito del segundo piso y sobre su escritorio tenía un libro grande negro donde recopilaba las faltas disciplinarias, cada una con su respectiva firma y acto de contricción, de los estudiantes del colegio de los últimos cinco años. Una cosa buena del uniforme de los muchachos era que sin el sweater se deshacía. Esto, entre otras cosas, permitía que los estudiantes del IPN atracaran impunemente a los estudiantes de los Reyes Católicos a la salida del colegio por allá hacia las tres o cuatro de la tarde, cuando salían en jaurías con dirección al centro comercial.

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El secreto para robar con éxito, explica Diego, consiste en inspirar miedo y fingir cierto nivel razonable de desesperación. El estricto sistema de castas bogotano facilita la tarea inmensamente. Cuando un bogotano le pregunta a otro de qué colegio saliste uno ya sabe de qué colegio salió ese bogotano: del tipo de colegio donde les inculcan que eso importa, que tiene un valor y determina enteramente a la persona (su posición, su círculo, su radio de influencia, su jerarquía de mando). De cierta manera tienen razón. Por eso es que era tan fácil robar a los asustadizos muchachos de los Reyes Católicos: porque no saben de qué colegio somos, sin sweater podemos venir de cualquier lugar, e imaginan lo peor. Y lo peor en el imaginario de los muchachos a los que le importa de qué colegio saliste es ese lugar mítico que llaman "El Sur" donde el horror es cosa de todos los días, el canibalismo y incesto son prácticas comunes, y los muchachos luego del colegio salen "de atraca" como otros salen "a tomar cervecita".

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Algunos mitos asociados:

Los niños del "Sur" no le tienen miedo a la muerte porque la conocen de cerca.

Los niños del "Sur" andan armados con "pate'cabras" y "chuzos" que esconden hábilmente entre los pantalones o las medias.

Los niños del "Sur", como ciertos peces de agua dulce, escupen sífilis a los ojos con precisión si usted opone resistencia.

Los niños del "Sur" cargan agujas de jeringa infectadas de SIDA fresco (o excrementos).

Los niños del "Sur" están drogados todo el tiempo y su droga de preferencia es el bazuco (eso que otros más al norte llaman crack). Por eso parece que tuvieran hambre constantemente. Hambre de sangre, para ser precisos.

Los niños del "Sur" no aceptan un no por respuesta.

Axioma básico de supervivencia: Hay que temerle a los niños del "Sur".

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Para llegar al centro comercial los niños de los Reyes Católicos no tienen muchas opciones. Casi todas involucran caminar por zonas más bien solitarias cuando no agrestes. También, por cosas del teorema del valor intermedio, están obligados a cruzar en algún momento el caño por uno de los cuatro puentes disponibles. Muchos de estos sitios son ideales para montar emboscadas. Una emboscada usual involucra seis o siete de nosotros contra cuatro o cinco de ellos. Tres vienen por delante y el resto por atrás. Una vez rodeados Diego habla porque Diego es bueno con los acentos. Diego vive en Cedritos pero dice con voz afónica «Bájese del bobo, mono» como si el robo fuera su única fuente de sustento desde que tenía cinco años. Es potente Diego cuando atraca. Es potente y da miedo. Me da miedo hasta a mí. Diego se mete media mano entre el pantalón y se acerca para hablarles. No grita, dice las cosas con lentitud de psicópata. A veces agarra a alguno por la manga y acaricia la tela con las uñas intencionalmente largas y sucias mientras pide cosas. Mientras tanto nosotros miramos para un lado y para otro con nerviosismo para dar la impresión de que si algo pasa lo que sigue no será agradable para nadie. Los muchachos de los Reyes Católicos se atienen por lo general al protocolo universal establecido para estas circunstancias y obedecen mansamente las órdenes de Diego. Da gusto verlos quitándose los zapatos y abriendo sus maletas para mostrarnos que no tienen nada de valor. Algunos lloran durante y otros después pero todos lloran. También piden que no los matemos. A veces Diego se pasa y entonces hay que pararlo porque parece que de verdad estuviera dispuesto a hacer algo serio si estos malparidos no cooperan. Una vez, por ejemplo, tuvimos que patear a uno.

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Cuando Diego se cansa de acosarlos o es claro que ya no tienen nada entonces nos vamos y ellos se quedan ahí temblando, digiriendo el golpe, muertos de la rabia, de la frustración, de la vergüenza. Casi siempre vendemos las cosas en prenderías de la caracas los viernes por la tarde. Por un swatch nos dan veinte mil pesos. Por una calculadora buena, unos cuarenta o cincuenta. Por una pluma Lamy no dan nada. Esas usualmente las regalamos. Con los zapatos depende. De vuelta en la casa nadie nunca siente mayor remordimiento. Diego dice que de hecho debemos estar orgullosos pues nosotros tenemos una responsabilidad con esos muchachos: somos su comité de bienvenida al mundo real.

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23.7.09

Lecciones (34): Política e inglés.

In our time it is broadly true that political writing is bad writing. Where it is not true, it will generally be found that the writer is some kind of rebel, expressing his private opinions and not a ‘party line’. Orthodoxy, of whatever colour, seems to demand a lifeless, imitative style. The political dialects to be found in pamphlets, leading articles, manifestos, White papers and the speeches of undersecretaries do, of course, vary from party to party, but they are all alike in that one almost never finds in them a fresh, vivid, homemade turn of speech. When one watches some tired hack on the platform mechanically repeating the familiar phrases — bestial, atrocities, iron heel, bloodstained tyranny, free peoples of the world, stand shoulder to shoulder — one often has a curious feeling that one is not watching a live human being but some kind of dummy: a feeling which suddenly becomes stronger at moments when the light catches the speaker's spectacles and turns them into blank discs which seem to have no eyes behind them. And this is not altogether fanciful. A speaker who uses that kind of phraseology has gone some distance toward turning himself into a machine. The appropriate noises are coming out of his larynx, but his brain is not involved, as it would be if he were choosing his words for himself. If the speech he is making is one that he is accustomed to make over and over again, he may be almost unconscious of what he is saying, as one is when one utters the responses in church. And this reduced state of consciousness, if not indispensable, is at any rate favourable to political conformity.

In our time, political speech and writing are largely the defence of the indefensible. Things like the continuance of British rule in India, the Russian purges and deportations, the dropping of the atom bombs on Japan, can indeed be defended, but only by arguments which are too brutal for most people to face, and which do not square with the professed aims of the political parties. Thus political language has to consist largely of euphemism, question-begging and sheer cloudy vagueness. Defenceless villages are bombarded from the air, the inhabitants driven out into the countryside, the cattle machine-gunned, the huts set on fire with incendiary bullets: this is called pacification. Millions of peasants are robbed of their farms and sent trudging along the roads with no more than they can carry: this is called transfer of population or rectification of frontiers. People are imprisoned for years without trial, or shot in the back of the neck or sent to die of scurvy in Arctic lumber camps: this is called elimination of unreliable elements.

G. Orwell, Politics and the English Language

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18.7.09

Rutas de escape (2)

  • Javier Avilés lee Infinite Jest y publica reportes parciales de lectura en su blog. Sé que Jaime anda en las mismas, pero es más minimal.
  • Parece que varios blogueros se indignaron por el pánel organizado por mis amigos en Campus Party en el que Plinio y yo aparecimos brevemente en pantalla gigante para beneplácito de nuestros innumerables fans. Alejandro, otro de los panelistas, escribió ayer un texto al respecto que adhiero enteramente. Aquí está.
  • Modernois acaba de renovar diseño y plataforma. Y está en proceso de cambiar de servidor.
  • Aquí mis razones por las que Scarlett Johansson (entre otros tantos) no existe. Aquí una pequeña —pequeñísima— columna recalcando la importancia de desarrollar aplicaciones en línea con consciencia local. Y aquí un comentario breve a la historia de la animación "para adultos". Ah, sí, otra cosa: en la última edición de El Malpensante (todavía no está disponible en línea) sale una nota mía sobre la muerte de Farrah Fawcett.
  • Sita Sings The Blues es lo que pasa cuando El Ramayana y Annette Hanshaw se convierten en consuelo tras una separación. Una linda película animada creada por Nina Paley (hija de un profesor de matemáticas en UIUC, no que importe), distribuida con licencia Creative Commons y financiada con aportes voluntarios.
  • Y siguiendo con las animaciones, ya está en línea el primer capítulo del Show del Dr. W (versión en inglés, versión en catalán), una serie de cortos animados educativos desarrollada por mi buen amigo Muyi Neira.
  • Otra razón más para querer a Lola. (Como si hicieran falta.)
  • Ayer vimos The Savages. Nos gustó. Laura Linney, por cierto, se ve abrumadoramente linda con el pelo de color oscuro.
  • Más (y mejores) enlaces en el Scrapbook de Nanda.

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Por ejemplo


Learning To Love You More

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17.7.09

Without you.

That a little-mentioned paradox of Substance addiction is: that once you are sufficiently enslaved by a Substance to need to quit the Substance in order to save your life, the enslaving Substance has become so deeply important to you that you will all but lose your mind when it is taken away from you. Or that sometime after your Substance of choice has just been taken away from you in order to save your life, as you hunker down your required A.M. and P.M. prayers, you will find yourself beginning to pray to be allowed literally to lose your mind, to be able to wrap your mind in an old newspaper or something and leave it in an alley to shift for itself, without you.
I.J.
Lo que me recuerda la historia de este panadero o cocinero que mi hermana conoció cuando estaba haciendo el documental sobre el centro de venopunción del barrio de La Mina en Barcelona. La historia cuenta que el tipo estaba en lo más profundo de su adicción al caballo. No recuerdo si en el documental lo menciona pero lo cierto es que el tipo sabía que algo no estaba bien con él, que su vida no era sostenible de la manera que la llevaba, así que un buen día decidió Dios sabe en qué estado que iba a saltar de un puente peatonal a la carrilera de un tren para acabar con su vida miserable de una vez por todas. No tengo claras las tecnicalidades. Sea como sea, el tipo cumplió su determinación. Ahora pienso que pudo ser una cosa que decidió al vuelo mientras cruzaba el puente peatonal y vio el tren pasar bajo sus pies y pensó que esa podía ser una salida indolora a todas sus desgracias, barrido por un tren, quién sabe. El punto es que saltó y cayó suficientes metros para matarse pero no se mató. Cayó en picada, de cabeza, pero no se mató. Hubo contusiones, fracturas y hemorragias pero no se mató. En cambio quedó en coma por un cierto número indeterminado de meses, digamos seis, luego de los cuales recobró la consciencia y, cuando se preparaba para entrar en shock histérico por regresar a la vida triste de la que creía haber escapado, descubrió para su sorpresa que ya no necesitaba la heroína. No le hacía falta. Recordaba vagamente la sensación de necesidad pero esa sensación, esa hambre que lo había acompañado durante no sé cuántos años, ya no estaba ahí, se había esfumado. Durante los meses en coma había superado, inconsciente, lo más duro del proceso de desintoxicación y los padecimientos del temible síndrome de abstinencia. En la entrevista decía que había tenido suerte y que estaba feliz de tener esta nueva oportunidad de hacer algo provechoso con su vida.

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Materials for a Leisure Hour


Materials for a Leisure Hour, por W.M. Harnett

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Reunión mensual de copropietarios.

El segundo martes de cada mes tenía que asistir a la junta de copropietarios del conjunto residencial donde vivía en Bogotá. Casi todo el mundo pagaba la multa de no asistir pero yo no tenía plata para eso así que ahí estaba muy puntual a las ocho de la noche con un libro bajo el brazo porque sabía de antemano que la cosa, si acaso, empezaría a las ocho y media. Poco a poco los asistentes llegaban, saludaban y se sentaban. La mayoría de los que asistían eran abogados o se creían abogados. También había varios médicos de humor cáustico. Todos dominaban el dudoso arte del discurso. Yo era el más joven por al menos una década. Siempre, antes de iniciar y justo después de pasar la hojita en la que había que firmar para acreditar asistencia, tenía lugar una discusión confusa sobre los formalismos de la sesión, que nunca quedaban del todo claros y siempre había que reinventar improvisadamente siguiendo las instrucciones de alguno de los abogados presentes, por lo general el que hablara más duro. Los abogados del conjunto no vivían en el conjunto sino que tenían las oficinas ahí. Casi todos eran señores barrigones de corbata que tenían la voz muy gruesa y se trataban mutuamente de doctor. Lo primero que siempre pasaba era que el secretario debía leer el acta de la sesión anterior. La lectura del acta deformaba horrorosamente lo que quiera que hubiera pasado hasta volverlo irreconocible, y tal vez por eso era interrumpida con frecuencia por los asistentes que pedían que ciertas cosas se puntualizaran y otras más se aclararan o incluso se reescribieran enteramente porque eso no era lo que querían decir. Ciertas metadiscusiones sobre los verdaderos términos de las intervenciones de hace un mes duraban más de media hora y la victoria llegaba por extenuación antes que por fortaleza argumental o buena memoria. El pasado era lo de menos. Las grabaciones no servían de nada. Luego de la lectura del acta y correspondiente corrección, que tomaba cerca de dos horas, los administradores ofrecían un informe de los eventos más importantes del mes anterior. Entre los más viejos subsistía una nostalgia por una época lejana, hace cerca de veinte años, cuando el conjunto residencial logró deshacerse por un año y algo de los administradores chupasangre y autoregularse a sí mismo. Las circunstancias por las que este período anarquista y feliz del conjunto llegaron a su fin nunca fueron expuestas durante mis tres años de sesiones mensuales, pero era claro que tenían que ver de alguna manera con la llegada al conjunto en el 94 de un doctor N., gastroenterólogo, que se sentaba atrás en las sesiones y al que todos le tenían un miedo y un respeto terrible y siempre escuchaban con atención cuando decidía intervenir. Había varios temas recurrentes en las sesiones de copropietarios: el primero era la inminente instalación del gas natural, cuya inminencia oscilaba de acuerdo al número de explosiones por fugas de gas que ocurrieran en la ciudad durante el mes. Las mujeres que asistían, por alguna razón, eran quienes más rechazaban la idea de la instalación y quienes, además, contaban las historias más escabrosas casi siempre involucrando familiares o mascotas a veces en llamas y a veces asfixiados en la famosa muerte dulce. El segundo tema favorito de todos eran los robos que venían y se iban pero siempre andaban por ahí. Existía el rumor de que uno de los propietarios era adicto a la heroína y robaba apartamentos para pagarse su adicción. El número del apartamento del sospechoso cambiaba regularmente y alguna vez descubrí con horror que era el mío así que reclamé respeto y les dije que precisamente a mí me habían robado algunos meses atrás y que no estaba dispuesto a que me acusaran así sin más. El secretario dijo entonces que haría constar en el acta que yo rechazaba los cargos en mi contra pero que el proceso continuaría su conducto regular. El doctor sentado a mi lado me explicó que una vez una acusación de esa magnitud ocurría en una junta de copropietarios el reglamento de propiedad horizontal impedía que fuera pasada por alto, especialmente mediante una moción de censura por parte del acusado, para así prevenir manipulaciones. El presidente de la junta asintió y citó el artículo concreto, aclarando que había sido modificado hacía algunos años pero que en esencia seguía siendo el mismo. Buena parte de las intervenciones de los doctores se iniciaban con un «Con todo respeto» pero de vez en cuando recurrían al «Si me permite una precisión». Más temas, en breve: las constantes dudas sobre el desempeño de los porteros y su capacidad para mantenerse despiertos toda la noche (¿convendría prohibirles las ruanas?); los problemas con el sistema de vigilancia de la puerta del garaje (aparentemente era imposible cubrir todos los ángulos deseados con apenas dos cámaras, y además el mecanismo que permitía abrir la puerta automáticamente implicaba un potencial riesgo de seguridad); los ladridos de los perros; los inquilinos de cierto apartamento que se encontraba desde hacía años en el corazón de una complicadísima disputa legal en la que parecían estar involucrados de una manera u otra todos los doctores abogados presentes, y al menos uno de los doctores de medicina; el manejo de basuras; el subarriendo de parqueaderos a individuos sin vivienda en el conjunto; el color de las paredes del patio interior; las reglas con respecto a colgar ropa en las ventanas; el reclamo insistente de cierta mujer que decía que el doctor F., que nunca venía a las juntas de copropietarios, atendía pacientes hasta más allá de las diez y media de la noche y el sonido de la fresa no la dejaba dormir; la hora precisa en la que las fiestas empezaban a estar terminantemente prohibidas y se podía llamar a la policía; la configuración de la junta y responsabilidades de cada uno de sus miembros; las congestiones en la entrada por culpa de la afluencia de clientes y pacientes de los doctores; la poca claridad y parsimonia de la señora administradora; el significado de la palabra quorum. Las reuniones mensuales de copropietarios terminaban siempre hacia las dos, dos y media de la madrugada. Nadie se despedía de nadie. Para ese momento la mitad de los asistentes ya se había excusado y un tercio de la mitad restante dormía en sus sillas plásticas sin mayor reparo. Durante los tres años de asistencia a estas sesiones intervine dos veces: la primera, ya mencionada, para pedir que no se mancillara mi buen nombre y el de mi hermana, y la segunda para decirle a la mujer hija de puta del apartamento justo al frente del mío del otro lado del patio interior que el perro que ladraba y la estaba volviendo más loca de lo que ya estaba no podía ser el mío porque mi perro se había ido hacía más de un mes, cuando me cansé de sus amenazas y su insistencia neurótica en proteger las siestas diurnas de su hijo subnormal. Esta segunda intervención quedó también registrada en el acta y gracias a ella me gané el cariño de una señora gordita y sonriente que también tenía un perrito que ladraba. Esa navidad, la última que pasé en Colombia, dejó unos chocolates en la portería para mí.

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Cinismo

Últimamente me incomoda mi cinismo agrio y me aterra el de los demás. Me parece una actitud fácil en una época donde expresar cualquier tipo de sensibilidad o idealismo parece reprochable, un síntoma de debilidad. Tener esperanza en lo que la humanidad puede hacer por sí misma, por ejemplo, se ha vuelto una posición de propiedad exclusiva de los ilusos autores motivacionales y sus rebaños que hacen el camino de Santiago buscando iluminación. Y ni hablemos del amor, o de la amistad, o de la hermandad, o de la bondad: cosas de imbéciles ilusos subyugados por el malvado sistema; monopolio de cristianos descerebrados y ansiosos de salvación. Creo que el escepticismo colectivo que cultivamos con tanto celo engendra peores futuros que los que podríamos alcanzar si nos diéramos el lujo de creer en la posibilidad de ser mejores.

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15.7.09

Viejo Lyon (Detalles)














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12.7.09

Campañas al vacío

Ayer salió la segunda columna sobre sociedad y tecnología que escribimos con Sergio para El Espectador. Como la versión en línea es prácticamente inaccesible y además fue recortada, reproduzco a continuación el texto original.
Dentro de la lógica de que Internet es el futuro y la política debe adaptarse al ritmo de los tiempos, los candidatos presidenciales se lanzan a conquistar la codiciada red haciendo presencia en Facebook, Twitter, YouTube y, claro, los blogs. El ejemplo a seguir es Barack Obama, cuya campaña virtual fue fundamental para difundir su discurso y crear una comunidad gigante de voluntarios. El éxito de esta campaña en línea consistió en conectar al candidato con la gente de manera efectiva y sin depender de la intermediación de los medios tradicionales. Obama hablaba y respondía, anunciaba visitas y coordinaba encuentros con una audiencia extensa y de otra manera inabarcable. La idea, sencilla, fue bien implementada y parecería que funcionó, ¿pero tiene sentido reproducirla en Colombia?

No es una pregunta fácil de responder. El impacto del contenido en la red es algo que todavía no entendemos bien. No sabemos, por ejemplo, si la comunidad colombiana en línea tendrá el peso suficiente para afectar de manera significativa los resultados electorales. ¿Bastarán nuestros cerca de 2000 twitteros? ¿O los 12500 blogueros que reporta en su último estudio Bitácoras.com? No es claro. Al vuelo parecería que la red social nacional es todavía inmadura para que valga la pena invertir en su atención, lo que nos lleva a nuevas preguntas: ¿Y entonces por qué lo hacen? ¿Cuál es la motivación de esas campañas?

Si nos basamos en la manera como las llevan, da la impresión de que la única razón por la que existen es para acreditar modernidad. Para poder compararse a Obama y combatir por el dudoso título de ser "el candidato virtual". Una moda apenas cuya utilidad no entienden y por tanto no aprovechan. Pocos se aventuran fuera de los comunicados robóticos, o responden a los comentarios de sus contactos, o intentan crear comunidad. La red es sobrevalorada y subutilizada al tiempo. En ocasiones la torpeza es tal que ciertos candidatos ganan momentáneamente cualidades divinas y están en Pereira según YouTube y en Bogotá según Twitter (ver el blog Doblemachete para detalles). Son campañas empacadas y destinadas al vacío. Lo importante es estar aquí, en el éter, da lo mismo cómo.

Y lo triste es que el impacto podría ser real. Ya hace un año largo comprobamos en la práctica lo que se puede coordinar con algo de interacción en línea: miles de personas salieron a las calles en respuesta a una convocatoria gestada mediante Facebook. El potencial en bruto está ahí. Lo mínimo que uno esperaría de los que pretenden regir el destino de un país en desarrollo como el nuestro es que se tomaran las nuevas tecnologías un poco más en serio.

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Clif (Saw A Cub Bear Breaking Free From The Zoo)


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Loki (Edamame Monster)

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Ayhan (Mann Property Master)

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Lou (Tame Topologist)

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3.7.09

I want you back

1970

2001

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1.7.09

Algunas cosas que hicimos en Madrid (en ningún orden en particular.)

Vimos a un viejo que tocaba el violín en la estación de Sol recién renovada. Su mujer, también vieja, de vestido morado claro, canosa con moño, lo miraba sentada a su lado en un banquito. Era una imagen triste.

Compramos una botella de Moscatel Torres en El Corte Inglés.

Entramos a Tres Rosas Amarillas (una librería especializada en cuento que nos recomendó Martín) y nos espantó el olor a cigarrillo.

(Lo anterior casi que podría aplicarse a Madrid entera, ahora que lo pienso.)

Entramos a Tres Rosas Amarillas con tres objetivos: (0) Conocerla. (1) Mirar si el libro de Cozzolino ya había llegado (No). (Y 2) Comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Tampoco).

(Quería comprar la antología de cuentos completos de Juan Carlos Onetti porque Cozzolino habla mucho de esos cuentos y yo he leído muy pocos. Como Cozzolino escribe cuentos tan buenos, pensé que valdría la pena echarle una ojeada más cuidadosa.)

En búsqueda del libro de Onetti (con el de Cozzolino perdí pronto cualquier esperanza («¿El libro de qué? «¿Tulipanes para quién?»)), entramos a varias librerías pequeñas del centro de la ciudad. Entre ellas terminamos en esa que Javier Marías menciona por todos lados (no recuerdo el nombre) y que aparece durante su caminata por Madrid en el tercer tomo de Tu Rostro Mañana. Está sobre la calle mayor. Supe que era ella porque tenía, al fondo a la izquierda, un pequeño altar en honor de J.M. con todos los libros publicados hasta la fecha. También había otro para Arturo Pérez Reverté. Mientras revisábamos las estanterías, el dependiente hablaba con un señor de series de televisión policiacas de los setenta.

Finalmente terminamos encontrando el libro de Onetti en La Casa del Libro de la Gran Vía.

(Hace poco, dicho sea de paso, Amador me hizo caer en cuenta de que la traducción de Gran Vía al inglés sería Broadway.)

Compramos varios buñuelos en algunos de los cafés Juan Valdez. También un par de almojábanas.

Mónica leyó Homage to Catalonia. Yo terminé el libro de cuentos de Wells Tower.

Vimos la exposición de Matisse que había en Museo Thyssen. Nos gustó.

También nos gustó encontrar cuadros de Richard Estes.

Compramos postales para los amigos.

Pasamos frente al museo del Prado y comprobamos que está abierto los martes. Esta vez no entramos.

Comimos el lunes con Juan Camilo y Carolina y el martes con Margarita y Jorge. Hablamos, hablamos y hablamos.

Caminamos muy despacio por la calle Huertas.

Entramos a una oficina sobre el paseo del Prado (?) para pedir un documento que tardó dos años y tanto en ser emitido por el estado español. El proceso en la oficina fue indoloro y estábamos fuera a los diez minutos.

Almorzamos en Burger King.

Vimos un pájaro desconocido saltando en el parque del Retiro. Mónica dijo que probablemente era una paloma silvestre, pero tenía las patas muy cortas.

Oímos cosas en la calle por las noches. Niños corriendo. Camiones de basura. Chorros de agua. Borrachos.

Caminamos por Chueca de tarde, huyendo del sol.

Entramos a varias tiendas de ropa. En algunas ya había rebajas, en otras no.

Caminamos la vieja terminal del aeropuerto de Barajas.

Compramos la edición especial de Time sobre Michael Jackson.

Odiamos el calor.

Peleamos con un señor español que se quería colar en la fila para entrar al avión. Entre dientes lo llamé «Bárbaro». Creo que no le gustó.

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Infinite Summer


(clic)

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